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¡Feliz Navidad!



Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David.
954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran.
Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo.
Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.
Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén.
Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.
La mistificación empezó con la costumbre de que losjuguetes no los trajeran los Reyes Magos - como sucede en España con toda razón -, sino el niño Dios.
Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos.
Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo.
Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.
Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad denieve.
En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina.
Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños.
Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25.
La leyenda se volvió institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de losjuguetes. y hace poco más de cien anos pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar.
Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducídos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.
Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año.
Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala.
Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario.
Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones.
Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros.
Ni es raro tampoco que los niños - viendo tantas cosas atroces - terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.


Gabriel García Márquez




Nessuno ormai si ricorda di Dio a Natale. Ci sono tante comete e fuochi artificiali, tante ghirlande colorate, tanti innocenti tacchini sgozzati e tante angustie per il denaro, per far bella figura al di sopra delle nostre reali risorse, che uno si chiede - a pensarci un attimo - se ci si rende conto di che incredibili pazzie si compiono per festeggiare il compleanno di un bambino nato più o meno 2000 anni fa in una misera stalla, a poca distanza da dove era nato mille anni prima il Re David.
Novecentocinquantaquattro milioni di cristiani credono che quel bambino fosse Dio incarnato, ma molti in realtà lo festeggiano senza crederlo.
Molti milioni celebrano quello che non hanno mai creduto, ma le feste piacciono molto e molti altri sarebbero disposti a rovesciare il mondo per far sì che nessuno continuasse a crederlo.
Sarebbe interessante verificare quanti credono nel fondo della loro anima che il Natale di oggi è una festa abominevole e non hanno il coraggio di dirlo per un pregiudizio non religioso, ma sociale.
La cosa più grave è il disastro culturale che questi Natali pervertiti provocano in America Latina: prima, quando avevamo solo costumi ereditati dalla Spagna, i presepi domestici erano prodigi dell’immaginazione familiare. Gesù Bambino era più grande del bue, le casette sulla collina erano più grandi della Vergine e nessuno notava gli anacronismi, il paesaggio di Betlemme era completato con un treno di corda, un’anatra di peluche più grande di un leone che nuotava nello specchio della sala o un vigile urbano che dirigeva un gregge di agnelli verso un angolo di Gerusalemme.
In cima si metteva una stella di carta dorata con una lampadina al centro; un nastro di seta gialla indicava la strada ai Re Magi per il cammino della salvezza. Il risultato era brutto di sicuro, ma ci assomigliava. Era meglio di tanti quadri naif mal copiati del doganiere Rousseau.
La mistificazione è cominciata quando non sono stati più i Re Magi a portare i giocattoli, come accade in Spagna e con ragione, ma ha cominciato a portarli il Bambino Gesú.
Noi bambini andavamo a letto presto, per far sì che i regali giungessero presto ed eravamo felici ascoltando le poetiche bugie degli adulti.
Io non avevo più di cinque anni quando qualcuno a casa mia decise che era tempo di dirmi la verità: fu una grande delusione perchè io credevo davvero che era il Bambino Gesù che mi portava i giocattoli e mi sarebbe piaciuto continuare e crederlo.
Con pura logica d’adulto pensai che allora tutti gli altri misteri cattolici erano invenzioni dei genitori per intrattenere i bambini e rimasi nel limbo.
Quel giorno, come dicono i maestri gesuiti alle elementari, io persi l’innocenza perchè scoprii che non erano le cicogne che portavano i bambini da Parigi. Un’altra cosa che mi piaceva credere per pensare di più all’amore e di meno alla pillola.
Tutto è cambiato negli ultimi trent'anni, con un’operazione commerciale di proporzioni mondiali che ha provocato una devastante aggressione culturale.
Il Bambino Gesù è stato cacciato dal trono dal Santa Claus dei gringos e degli inglesi, lo stesso Papà Natale dei francesi che tutti conosciamo anche troppo. È arrivato con tutto: la slitta tirata da un alce, l’abete carico di giochi, sotto una fantastica tempesta di neve.
In realtà questo usurpatore dal naso di bevitore di birra non è altri che il buon San Nicola, un santo che io amo molto perchè era quello di mio nonno, il colonnello, ma che non aveva niente a che veder con il Natale e tanto meno con la notte della vigilia nel Tropico dell’America Latina.
Secondo la leggenda nordica, San Nicola ha ricomposto e resuscitato un gruppo di scolari che erano stati uccisi da un orso in mezzo alla neve e per questo è il Patrono dei bambini.
Ma la sua festa si celebra il 6 dicembre e non il 25.
La leggenda è divenuta istituzionale nelle province tedesche del nord alla fine del XVIII secolo, assieme all’albero e i giocattoli e poco più di cent’anni dopo passò in Gran Bretagna e Francia poi negli Stati Uniti e questi lo mandarono in America Latina con tutta la loro cultura di contrabbando: la neve artificiale, le candeline colorate, il tacchino ripieno e quei quindici giorni di consumismo frenetico al quale ben pochi riusciamo a sottrarci.
Con tutto questo la cosa più sinistra dei Natali del consumismo è l’estetica miserabile che portano con sè: le cartoline indecenti, le campane di vetro, le corone di vischio sulle porte, le canzoni da ritardati mentali che sono villanelle tradotte dall’inglese e tante altre stupidaggini per le quali non valeva nemmeno la pena d’aver inventato l’elettricità.
Tutto questo per la festa più spaventosa dell’anno.
Una notte infernale nella quale i bambini non possono dormire con la casa piena di ubriaconi che si sbagliano di porta, cercando dove orinare o perseguitando la moglie di un altro, se hanno avuto la ventura di addormentarsi su un divano in una sala.
Menzogna: non è una notte di pace e d’amore!
È tutto il contrario, è l’occasione solenne della gente che non si vuole bene, l’opportunità provvidenziale di compiere quegli impegni rimandati perchè non graditi: invitare il povero cieco che nessuno invita, la cugina Isabella che è rimasta vedova quindici anni fa, la nonna paralitica che nessuno vuole mostrare. È l’allegria per decreto, l’affetto per compassione, il momento di regalare perchè ci regalano e di piangere in pubblico senza dare spiegazioni.
È l’ora felice in cui gli invitati si bevono tutto quello che è avanzato il Natale precedente: la crema di menta, il liquore di cioccolato, il vino di banana. Non è raro, come pure succede, che la festa finisca a spari.
Non è raro che i bambini - vedendo tante cose atroci - finiscano col credere davvero che Gesù Bambino non è nato Betlemme, ma negli Stati Uniti.

Gabriel García Márquez
__________



25, ya es Navidad. Todos juntos vamos a brindar
por Ruanda, Etiopía. En Venezuela o en la India
hoy mueren niños, ¡Feliz Navidad!
Navidades de hambre y dolor. Ha nacido el hijo de Dios.
El Mesías que nos guía, ofrece su filosofía.
Nadie entiende al hijo de Dios.
Mi familia comienza a cantar. En el ambiente hay felicidad.
En compañía vamos a olvidar la agonía de los pueblos
donde no hay Navidad.
Cantemos, hermanos, todos juntos hacia el Vaticano.
Suelta prenda, ¡Coño!, que mueren niños de inanición.
Un negocio millonario con la fe de los cristianos
que utilizan a Jesús como el perpetuo salvador.
Jesu Cristo era un tío normal, pacifista, intelectual,
siempre al lado de los pobres, defendiendo sus valores,
siempre en contra del capital.
Crucificado como un animal, defendiendo un ideal.
El abuso de riqueza se convierte en la miseria más injusta
de la humanidad.
Mi familia comienza...
Cantemos, hermanos, todos juntos...
Fue la Iglesia la que se lo montó
y de su muerte un negocio creó.
El Vaticano es un imperio que devora con ingenio
predicando por la caridad.
25, ya es navidad. Todos juntos vamos a brindar
por un revolucionario que intentó cambiar el mundo,
el primer hippie de la humanidad.
Mi familia comienza...
Cantemos, hermanos, todos juntos...
La Navidad, la Navidad, es la sociedad de consumo.
Mentira, mentira, la Navidad es mentira, mentira...

Vivir para contarlo






Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.





Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.
Muchas gracias.


Gabriel García Márquez


Antonio Pigafetta, un navigatore fiorentino che accompagnò Magellano nel suo primo viag­gio attorno al mondo, scrisse, durante il suo passaggio attraverso l’America Meridionale, un rigoroso resoconto che sembrava una avventura dell’immaginazione. Raccontò di aver visto maiali con l’ombelico sul fianco, uccelli privi di zampe le cui femmine covavano le uova sulla schiena del maschio, e altri che sembravano pellicani senza lingua e i cui becchi avevano la forma di cucchiai. Raccontò di aver visto un mostruoso animale con testa e orecchie di mulo, corpo di cammello, zampe di cervo e nitrito di cavallo. Raccontò che il primo nativo incontrato in Patagonia fu messo davanti a uno specchio, e che quel gigante, impressionato, perse l’uso della ragione per la paura della propria immagine.
Questo libro, breve e affascinante, nel quale già si intravedono i germi dei nostri attuali romanzi, è ben lungi dall’essere il più stupefacente testimonio della nostra realtà di quei tempi. I Cronisti delle Indie ce ne lasciarono infiniti altri. Eldorado, il nostro illusorio paese tanto bramato, figurò in numerose carte geografiche nel corso di molti anni, cambiando di luogo e di forma secondo la fantasia dei cartografi. Alla ricerca della fonte dell’eterna gioventù, il mitico Alvar Núñez Cabeza de Vaca esplorò per otto anni il nord del Messico, con una spedizione sballata i cui membri si mangiarono l’un l’altro, e solo cinque dei 600 uomini che la compo­nevano, ritornarono. Uno dei tanti misteri che non furono mai risolti è quello delle undicimila mule caricate ognuna con cento libre d’oro, che un bel giorno uscirono da Cuzco per andare a pagare il riscatto di Atahualpa, e non raggiunsero mai la loro destinazione. Più tardi, durante il periodo coloniale furono vendute a Cartagena delle Indie delle galline allevate in terre alluvio­nali, nel cui ventriglio si trovavano pietruzze d’oro. Questo delirio per l’oro dei nostri fondatori ci ha perseguitato fino a poco tempo fa. Ancora nel secolo scorso la missione tedesca incaricata di studiare la costruzione di una ferrovia interoceanica nello stretto di Panama, concluse che il progetto era realizzabile alla condizione che i binari non fossero fatti di ferro, che era un metallo scarso nella regione, ma d’oro.
L’indipendenza dalla dominazione spagnola non ci salvò dalla demenza. Il generale Antonio López de Santana, che fu tre volte dittatore del Messico, fece sotterrare con sontuosi funerali la gamba destra che aveva perso nella cosiddetta guerra dei pasticcini. Il generale Gabriel García Morena governò l’Ecuador per sedici anni come un monarca assoluto, e il suo cadavere fu vegliato con la sua uniforme di gala e la sua corazza di onorificenze seduto sulla sedia pre­sidenziale. Il generale Maximiliano Hernández Martínez, il despota teosofico di El Salvador che fece sterminare in una barbara mattanza 30 mila contadini, aveva inventato un pendolo per verificare se i cibi fossero avvelenati, e fece coprire con carta rossa l’illuminazione pubblica per combattere un’epidemia di scarlattina. Il monumento al generale Francisco Morazán, eretto nella piazza maggiore di Tegucigalpa, era in realtà una statua del maresciallo Ney comprata a Parigi in un deposito di sculture usate.
Undici anni fa, uno dei poeti insigni del nostro tempo, il cileno Pablo Neruda, illuminò con la sua parola questa sala. Da allora, le buone coscienze d’Europa, e a volte anche le cattive, sono state colpite con forza sempre maggiore dalle fantastiche notizie dell’America Latina, questa immensa patria di uomini perseguitati e di donne storiche, la cui infinita ostinazione si confonde con la leggenda. Non abbiamo avuto un istante di riposo. Un presidente prometeico trincerato nel suo palazzo in fiamme morì combattendo da solo contro tutto un esercito, e due disastri aerei sospetti e mai chiariti tolsero la vita a un altro presidente dal cuore generoso, e a un militare democratico che aveva ristabilito la dignità del suo popolo. Ci sono state 5 guerre e 17 colpi di stato, e venne alla luce un diabolico dittatore che in nome di Dio compì il primo etnocidio latinoamericano del nostro tempo. Nel frattempo, venti milioni di bambini latinoa­mericani sono morti prima di compiere un anno, più di quanti ne sono nati in Europa dal 1970. Gli scomparsi a causa della repressione sono quasi 120 mila, che è come se oggi non si sapesse dove siano finiti tutti gli abitanti di Upsala. Numerose donne incinte arrestate partorirono nelle prigioni argentine, però si ignora addirittura l’identità e dove siano finiti i loro figli, che furono dati in adozione clandestina o internati in orfanotrofi da parte delle autorità militari. Per non voler che le cose continuassero in questo modo, morirono circa 200 mila donne e uomini in tutto il continente, e più di 100 mila morirono in tre piccoli e caparbi paesi dell’America Cen­trale, Nicaragua, El Salvador e Guatemala. Se ciò fosse avvenuto negli Stati Uniti, la cifra proporzionale sarebbe di 1 milione e 600 mila morti violente in quattro anni.
Dal Cile, paese di tradizioni di ospitalità, sono fuggite un milione di persone: il 12% della sua popolazione. Dall’Uruguay, una minuscola nazione di due milioni e mezzo di abitanti che viene considerato il paese più civilizzato del continente, se ne è andato in esilio un cittadino su cinque. La guerra civile in El Salvador dal 1979 ha provocato un rifugiato ogni 20 minuti. Il paese che si sarebbe potuto costruire con tutti gli esiliati e gli emigrati forzati dell’America Latina, avrebbe una popolazione maggiore di quella della Norvegia.
Oso pensare che cosa sia questa incredibile realtà, e non solo la sua espressione letteraria, che quest’anno ha meritato l’attenzione dell’Accademia Svedese delle Lettere. Una realtà che non è quella di carta, ma che vive con noi e che decide in ogni istante sulle nostre innumere­voli morti quotidiane, e che sostiene una sorgente creativa insaziabile, piena di sventura e di bellezza, della quale questo colombiano errante e nostalgico non è nulla di più che un numero maggiormente segnalato dalla sorte. Poeti e mendicanti, musicisti e profeti, guerrieri e malan­drini, tutte le creature di quella realtà smisurata: abbiamo dovuto chiedere molto poco all’im­maginazione, perché la sfida maggiore per noi è stata l’insufficienza delle risorse convenzionali per rendere credibile la nostra vita. Questo è, amici, il nodo della nostra solitudine.
E se queste difficoltà, la cui natura condividiamo, ci ostacolano, non è difficile capire che i talenti razionali di questa parte del mondo, estasiati nella contemplazione della propria cultura, si siano trovati senza un metodo valido per interpretarci. È comprensibile che insistano nel valutarci con lo stesso metro col quale valutano se stessi, senza ricordare che i danni non sono uguali per tutti, e che la ricerca della propria identità è tanto difficile e tanto sanguinosa per noi come lo fu per loro. La interpretazione della nostra realtà con schemi che non ci appartengono contribuisce a renderci ogni volta meno conosciuti, ogni volta meno liberi, ogni volta più soli. A volte l’Europa venerabile sarebbe più comprensiva se tentasse di vederci nel suo proprio pas­sato. Si dovrebbe ricordare che a Londra occorsero 300 anni prima che si potessero costruire le sue mura, e altri 300 per avere un vescovo; che Roma fu avvolta dalle tenebre dell’incertezza per 20 secoli prima che un re etrusco la introducesse nella storia; e che ancora nel XVI secolo i pacifici svizzeri di oggi, che ci allietano con i loro leggeri formaggi e i loro orologi impavidi, insanguinavano l’Europa come soldati di fortuna. Anche nell’apogeo del rinascimento, 12 mila lanzichenecchi al soldo degli eserciti imperiali saccheggiarono e devastarono Roma, e passa­rono a fil di spada otto mila dei suoi abitanti.
Non pretendo incarnare l’illusione di Tonio Kröger, i cui sogni di unione fra un nord casto e un sud appassionato esaltò Thomas Mann 53 anni fa in questa sala. Però credo che gli Europei dalla mente lucida, quelli che lottano anche qui per una grande patria più umana e più giusta, potrebbero aiutarci meglio se riconsiderassero a fondo il modo di vederci. La solidarietà con i nostri sogni ci farà sentire meno soli, fino a quando non si concretizzeranno con atti di soste­gno concreto ai popoli che hanno l’illusione di avere una propria vita nella distribuzione del mondo.
L’America Latina non vuole, né ha alcuna ragione di essere una pedina senza libero arbitrio, né ha nulla di chimerico se i suoi programmi d’indipendenza e originalità diventino un’aspira­zione dell’Occidente. Ciononostante, i progressi della navigazione che hanno diminuito grande­mente la distanza fra la nostra America e l’Europa, sembra che in cambio ne abbiano aumentato la distanza culturale. Perché l’originalità che ci si riconosce senza riserve nella letteratura ce la si nega con ogni tipo di sospettosità nei nostri difficilissimi tentativi di cambiamento sociale? Perché pensare che la giustizia sociale che gli europei progressisti tentano di imporre nei propri paesi non possa essere anche un obiettivo latinoamericano con metodi distinti in condizioni differenti? No: la violenza e lo smisurato dolore della nostra storia sono il risultato di ingiustizie secolari e amarezze inenarrabili, e non un complotto ordito a 3 mila leghe da casa nostra. Ma molti dirigenti e pensatori europei lo hanno creduto, con l‘infantilismo di nonni che abbiano dimenticato le fruttuose follie della loro giovinezza, come se non fosse possibile altro destino che vivere alla mercé dei due grandi signori del mondo. Questa, amici miei, è la dimensione della nostra solitudine.
Malgrado ciò, davanti all’oppressione, al saccheggio e all’abbandono, la nostra risposta è la vita. Né i diluvi né le pestilenze, né le carestie né i cataclismi, e neppure le guerre eterne attraverso i secoli dei secoli sono riusciti a ridurre il vantaggio tenace della vita sopra la morte. Un vantaggio che aumenta e accelera: ogni anno ci sono 74 milioni di nascite in più rispetto alle morti, una grande quantità di nuovi esseri viventi tale da aumentare di sette volte ogni anno la popolazione di New York. La maggioranza di loro nasce nei paesi con meno risorse, com­presi, naturalmente, quelli dell’America Latina. In cambio, i paesi più prosperi sono riusciti ad accumulare sufficiente potere di distruzione per annientare cento volte non solo tutti gli esseri umani che esistono oggi, ma la totalità degli esseri viventi che sono passati attraverso questo sfortunato pianeta.
In un giorno come quello di oggi il mio maestro William Faulkner disse in questa aula: «Non posso ammettere la fine dell’uomo». Non mi sentirei degno di occupare questo posto che fu suo se non fossi pienamente consapevole che la colossale tragedia di cui egli rifiutò di ammettere l’esistenza trentadue anni fa è ora, per la prima volta dall’inizio dell’umanità, niente di meno che una semplice possibilità scientifica. Davanti a questa terrificante realtà che deve essere sembrata una semplice utopia per tutto il tempo dell’esistenza dell’uomo, noi, inventori di racconti, che crediamo a tutto, ci sentiamo autorizzati a credere che non sia troppo tardi per impegnarci a creare un’utopia contraria. Una nuova e impetuosa utopia della vita, dove nessuno possa decidere per gli altri circa la forma della sua morie, dove di vero sia certo l’amore e sia possibile la felicità, e dove la stirpe condannata a cento anni di solitudine abbia finalmente e per sempre, una seconda opportunità sulla terra.
Ringrazio l'Accademia delle Lettere di Svezia che mi ha insignito con un premio che mi colloca vicino a molti di coloro che orientarono ed arricchirono i miei anni di lettore e di quotidiano celebrante di questo delirio senza appello che è il mestiere di scrivere. I loro nomi e le loro opere mi si presentano oggi come ombre tutelari, ma anche come il compromesso, spesso opprimente, che si acquisisce con questo onore. Un gravoso onore che mi sembrò di semplice giustizia in essi, ma che capisco in me come una lezione in più di quelle con cui normalmente ci sorprende il destino, e che fanno più evidente la nostra condizione di giocattoli di un caso indecifrabile la cui unica e desolante ricompensa, sono normalmente, la maggioranza almeno delle volte, l'incomprensione e la dimenticanza.
È perciò appena naturale che mi interrogassi, là in quel fondo segreto dove normalmente rovistiamo tra le verità più essenziali che costituiscono la nostra identità, quale fosse stato il sostentamento costante della mia opera, che cosa avesse potuto richiamare l'attenzione di questo tribunale di arbitri tanto severi in maniera così compromettente. Confesso senza false modestie che non mi è stato facile trovarne la ragione, ma voglio credere che sia stata la stessa che io avrei desiderato. Voglio credere, amici, che questo è, un'altra volta, un omaggio che si rende alla poesia. Alla poesia in virtù della quale l'inventario opprimente delle imbarcazioni che enumerò nella sua Iliade il vecchio Omero è animato da un vento che le spinge a navigare con la loro sollecitudine intemporale ed allucinata. La poesia che sostiene, con la magra impalcatura delle terzine di Dante, tutta la fabbrica densa e colossale del Medioevo. La poesia che con tanta miracolosa totalità riscatta la nostra America nelle Alturas de Machu Pichu del grande Pablo Neruda, il più grande, e dove distillano la loro millenaria tristezza i nostri migliori sogni senza uscita. La poesia, infine, quell'energia segreta della vita quotidiana che cuoce i ceci nella cucina, e contagia l'amore e riflette le immagini negli specchi.
In ogni riga che scrivo cerco sempre, con maggiore o minore fortuna, di invocare gli spiriti schivi della poesia, e tento di lasciare in ogni parola l'attestazione della mia devozione per le sue virtù di divinazione, e per la sua permanente vittoria contro i sordi poteri della morte. Il premio che ho appena ricevuto lo considero, con tutta umiltà, come la consolatrice rivelazione che il mio tentativo non è stato vano. È per questo motivo che invito tutti voi a brindare per quello che un gran poeta delle nostre Indie, Luis Cardoza ed Aragona, ha definito come l'unica prova concreta dell'esistenza dell'uomo: la poesia.
Molte grazie.

Gabriel García Márquez

¿Cómo se siente?



Señor Bush:

¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente ver que el horror estalla en tu patio y no en el living del vecino? ¿Cómo se siente el miedo apretando tu pecho, el pánico que provocan el ruido ensordecedor, las llamas sin control, los edificios que se derrumban, ese terrible olor que se mete hasta el fondo en los pulmones, los ojos de los inocentes que caminan cubiertos de sangre y polvo?
¿Cómo se vive por un día en tu propia casa la incertidumbre de lo que va a pasar? ¿Cómo se sale del estado de shock? En estado de shock caminaban el 6 de agosto de 1945 los sobrevivientes de Hiroshima. Nada quedaba en pie en la ciudad luego que el artillero norteamericano del Enola Gay dejara caer la bomba. En pocos segundos habían muerto 80. 000 hombres mujeres y niños. Otros 250. 000 morirían en los años siguientes a causa de las radiaciones. Pero ésa era una guerra lejana y ni siquiera existía la televisión.
¿Cómo se siente hoy el horror cuando las terribles imágenes de la televisión te dicen que lo ocurrido el fatídico 11 de septiembre no pasó en una tierra lejana sino en tu propia patria? Otro 11 de setiembre, pero de 28 años atrás, había muerto un presidente de nombre Salvador Allende resistiendo un golpe de Estado que tus gobernantes habían planeado. También fueron tiempos de horror, pero eso pasaba muy lejos de tu frontera, en una ignota republiqueta sudamericana. Las republiquetas estaban en tu patio trasero y nunca te preocupaste mucho cuando tus marines salían a sangre y fuego a imponer sus puntos de vista.
¿Sabías que entre 1824 y 1994 tu país llevó a cabo 73 invasiones a países de América Latina? Las víctimas fueron Puerto Rico, México, Nicaragua, Panamá, Haití, Colombia, Cuba, Honduras, República Dominicana, Islas Vírgenes, El Salvador, Guatemala y Granada
Hace casi un siglo que tus gobernantes están en guerra. Desde el comienzo del siglo XX, casi no hubo una guerra en el mundo en que la gente de tu Pentágono no hubiera participado. Claro, las bombas siempre explotaron fuera de tu territorio, con excepción de Pearl Harbor cuando la aviación japonesa bombardeó la Séptima Flota en 1941. Pero siempre el horror estuvo lejos.
Cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo en medio del polvo, cuando viste las imágenes por televisión o escuchaste los gritos porque estabas esa mañana en Manhattan, ¿pensaste por un segundo en lo que sintieron los campesinos de Vietnam durante muchos años? En Manhattan, la gente caía desde las alturas de los rascacielos como trágicas marionetas. En Vietnam, la gente daba alaridos porque el napalm seguía quemando la carne por mucho tiempo y la muerte era espantosa, tanto como las de quienes caían en un salto desesperado al vacío.
Tu aviación no dejó una fábrica en pie ni un puente sin destruir en Yugoslavia. En Irak fueron 500.000 los muertos. Medio millón de almas se llevó la Operación Tormenta del Desierto... ¿Cuánta gente desangrada en lugares tan exóticos y lejanos como Vietnam, Irak, Irán, Afganistán, Libia, Angola, Somalia, Congo, Nicaragua, Dominicana, Camboya, Yugoslavia, Sudán, y una lista interminable? En todos esos lugares los proyectiles habían sido fabricados en factorías de tu país, y eran apuntados por tus muchachos, por gente pagada por tu Departamento de Estado, y sólo para que tu pudieras seguir gozando de la forma de vida americana.
Hace casi un siglo que tu país está en guerra con todo el mundo. Curiosamente, tus gobernantes lanzan los jinetes del Apocalipsis en nombre de la libertad y de la democracia. Pero debes saber que para muchos pueblos del mundo (en este planeta donde cada día mueren 24. 000 pobladores por hambre o enfermedades curables), Estados Unidos no representa la libertad, sino un enemigo lejano y terrible que sólo siembra guerra, hambre, miedo y destrucción. Siempre han sido conflictos bélicos lejanos para ti, pero para quienes viven allá es una dolorosa realidad cercana, una guerra donde los edificios se desploman bajo las bombas y donde esa gente encuentra una muerte horrible. Y las víctimas han sido, en el 90 por ciento, civiles, mujeres, ancianos, niños efectos colaterales
¿Qué se siente cuando el horror golpea a tu puerta aunque sea por un sólo día? ¿Qué se piensa cuando las víctimas en Nueva York son secretarias, operadores de bolsa o empleados de limpieza que pagaban puntualmente sus impuestos y nunca mataron una mosca?
¿Cómo se siente el miedo? ¿Cómo se siente, yanqui, saber que la larga guerra finalmente el 11 de septiembre llegó a tu casa?


Gabriel García Márquez



Signor Bush:

Come ci si sente? Come ci si sente nel vedere che l'orrore adesso è nel tuo cortile e non nel soggiorno del tuo vicino? Che effetto fa la paura che ti stringe il petto, il panico provocato dal rumore assordante, le chiamate fuori controllo, gli edifici che crollano, questo terribile odore che arriva fin nel profondo dei polmoni, gli occhi degli innocenti che camminano coperti di sangue e di polvere?
Come si vive per un giorno in casa propria l'incertezza di quanto sta succedendo? Come si esce dallo stato di shock? In stato di shock camminavano il 6 agosto 1945 i sopravvissuti di Hiroshima. Niente era rimasto in piedi nella città dopo che l'artigliere nordamericano dell'Enola Gay aveva lasciato cadere la bomba. In pochi secondi sono morti 80.000 fra uomini, donne e bambini. Altri 250.000 moriranno negli anni seguenti a causa delle radiazioni. Però questa era una guerra lontana e non esisteva la televisione.
Come si vive oggi l'orrore quando le terribili immagini della televisione ti dicono che ciò che è successo quel tragico 11 settembre non è successo in una terra lontana ma nella tua stessa patria? Un altro 11 settembre, ma di venti anni fa, morì un presidente di nome Salvador Allende, resistendo ad un colpo di Stato che i tuoi predecessori avevano organizzato. Anche quelli furono tempi di orrore, però questo succedeva molto lontano dalle tue frontiere, in una ignota repubblichetta sudamericana. Le repubblichette stavano nel tuo cortile posteriore e mai ti ti sei preoccupato molto quando i tuoi marines hanno messo tutto a ferro e fuoco per imporre il proprio punto di vista.
Sai che tra il 1824 ed il 1994 il tuo paese ha portato avanti 73 invasioni nei paesi dell'America Latina? Le vittime furono Portorico, Messico, Nicaragua, Panama, Haiti, colombia, Cuba, Honduras, Repubblica Dominicana, Isole Vergini; El Salvador, Guatemala e Granada.
E' quasi un secolo che i governanti degli Stati Uniti sono in guerra. Dall'inizio del XX secolo, quasi non c'è stata una guerra al mondo alla quale la gente del tuo Pentagono non ha partecipato. Naturalmente le bombe sono sempre esplose fuori del tuo territorio, ad eccezione di Pearl Harbour quando l'aviazione giapponese bombardò la Settima Flotta nel 1941. Però l'orrore è rimasto sempre lontano.
Quando le Torri Gemelle crollarono in mezzo alla polvere, quando vedesti le immagini per televisione o ascoltasti le grida perché quella mattina eri a Manatthan, pensasti per un secondo a quello che hanno sentito i contadini vietnamiti per molti anni? A Manatthan la gente cadeva dalle finestre dei due grattacieli come tragiche marionette. In Vietnam la gente urlava perché il napalm continuava a bruciare le carni per molto tempo e la morte era spaventosa tanto quanto quella di chi si lanciava in un salto disperato nel vuoto.
La tua aviazione non ha lasciato una fabbrica in piedi o un ponte sano in Yugoslavia. In Iraq ci furono 500.000 morti. Mezzo milione di anime se le portò via l'Operazione Tempesta nel Deserto. Quanta gente è morta dissanguata in paesi tanto esotici e lontani come Vietnam, Iraq, Iran, Afghanistan, Libia, Angola, Somalia, Congo, Nicaragua, Repubblica Dominicana, Cambogia, Yugoslavia, Sudan e la lista è interminabile? In tutti questi luoghi i proiettili sono stati fabbricati nel tuo paese, lavorati dai tuoi ragazzi, da gente pagata dal tuo Dipartimento di Stato, e solo perché tu potessi continuare a godere del modo di vivere americano.
E' quasi un secolo che il tuo paese è in guerra con tutto il mondo. Curiosamente i governanti del tuo paese lanciano i Cavalieri dell'Apocalisse in nome della libertà e della democrazia. Però devi sapere che per molti popoli del mondo (in questo pianeta dove ogni giorno muoiono 24000 persone per fame o per malattie curabili), gli Stati Uniti non rappresentano la libertà, ma un nemico lontano e terribile che semina solo guerra, fame, paura e distruzione. Per te ci sono sempre state guerre lontane, ma per chi vive lì è una realtà vicina e dolorosa, una guerra dove gli edifici crollano sotto le bombe, e dove questa gente trova una morte orribile. E per il 90% le vittime sono civili, donne, vecchi, bambini... effetti collaterali.
Come ci si sente quando l'orrore batte alla tua porta sebbene solo per un giorno? Cosa si pensa quando le vittime a New York sono segretarie, operatori di borsa, addetti alle pulizie che pagavano puntualmente le tasse e non hanno mai fatto male ad una mosca? Come si vive la paura? come ci si sente, yankee, nel sapere che la lunga guerra finalmente l'11 di settembre è arrivata a casa tua?

Gabriel García Márquez

Algo grave va a pasar

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 19 y una hija de 14.
Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: "No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo."
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: "Te apuesto un peso a que no la haces." Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla, y él contesta: "Es cierto, pero me he quedado preocupado de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo".
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mama, feliz con su peso y le dice: "Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto."
"¿Y por qué es un tonto?"
"Porque no pudo hacer una carambola sencillísima segun el preocupado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo."
Y su madre le dice: "No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen."
Una pariente que estaba oyendo esto y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: "Deme un kilo de carne", y en el momento que la está cortando, le dice: "Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado."
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: "Mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas."
Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..."
Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.
Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:
"¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?"
"¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!"
"Sin embargo" - dice uno - "a esta hora nunca ha hecho tanto calor."
"Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor."
"Sí, pero no tanto calor como hoy."
Al pueblo todos alerta, y a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: "Hay un pajarito en la plaza".
Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
"Pero señores," - dice uno - "siempre ha habido pajaritos que bajan aquí."
"Sí, pero nunca a esta hora."
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
"Yo sí soy muy macho"- grita uno - "Yo me voy."
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve.
Hasta que todos dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos."
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado: "¿Vistes m'hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?"
Esto se llama la profecía auto cumplida.

Moraleja: No hagas caso del rumor. No seas tú mismo un instrumento para crear el caos. Lo negativo atrae a lo negativo. Sé positivo

Gabriel García Márquez



Immaginatevi un paese molto piccolo dove c'è una vecchia signora che ha due figli, uno di 19 ed una figlia di 14.
Sta servendo loro la colazione e ha un'espressione di preoccupazione. I figli le domandano che cosa le succede ed ella risponde loro: "Non so, ma mi sono svegliata col presentimento che qualcosa di molto grave succederà in questo paese."
Il figlio gioca al biliardo, e al momento di tirare una carambola semplice, l'altro giocatore gli dice: "Scommetto con te un peso che non ce la fai." Tutti ridono. Anch'egli ride. Tira la carambola e non ce la fa. Paga il suo peso e tutti gli domandano che cosa gli è successo, visto che era una carambola semplice, Ed egli risponde: "Certo che lo era, ma sono rimasto turbato da una cosa che mi ha detto questa mattina mia madre circa qualcosa di grave che succederà a questo paese."
Tutti ridono di lui, e quello che s'è guadagnato il suo peso ritorna a casa sua, dove sta con la mamma, e felice col suo peso le dice: "Ho vinto questo peso a Dámaso nel modo più semplice perché è uno stupido".
"E perché è uno stupido?"
"Non è riuscito a fare una carambola semplice perché secondo lui era turbato dal pensiero di sua mamma che oggi s'è svegliata con l'idea che qualcosa di molto grave succederà in questo paese."
E sua madre gli dice: "Non ti prendere gioco dei presentimenti dei vecchi perché a volte riescono."
Una parente che stava sentendo questo va a comprare della carne. E dice al macellaio: "Mi dia un chilo di carne", e nel momento che sta tagliandola, gli dice: "Meglio me ne dia due, perché vanno dicendo che qualcosa di grave accadrà e la cosa migliore è essere preparati."
Il macellaio le impacchetta la sua carne e quando arriva un'altra signora a comprare un chilo di carne, le dice: "Meglio ne prenda due perché proprio adesso è arrivata gente dicendo che qualcosa di molto grave succederà, e si stanno preparando e comprando cose."
Allora la vecchia risponde: "Ho una famiglia numerosa, meglio me ne dia quattro di chili..."
Si porta via i quattro chili, e per non farla lunga col racconto, dirò che il macellaio in mezz'ora esaurisce la carne, ammazza un'altra vacca, si vende tutta e la diceria si va spargendo.
Arriva il momento in cui tutti quanti nel paese, sta apettando che succeda qualcosa. Si paralizzano le attività ed all'improvviso alle due del pomeriggio qualcuno dice: "Vi rendete conto del caldo che sta facendo?"
"Ma se in questo paese ha fatto sempre caldo!"
"Tuttavia" - risponde uno - "a quest'ora non ha fatto mai tanto caldo."
"Ma alle due del pomeriggio è quando fa più caldo."
"Sì, ma non tanto caldo come oggi."
Nel paese erano tutti all'erta quando, sulla piazza deserta, si posa all'improvviso un uccellino e si sparge la voce: "C'è un uccellino nella piazza."
E tutti quanti impaurito a vedere l'uccellino.
"Ma signori," - dice uno - "ci sono stati sempre uccellini che si posano qui."
"Sì, ma mai a questa ora."
Arriva un momento di tensione tale per gli abitanti del paese che tutti sono disperati e vorrebbero andar via ma non hanno il coraggio di farlo.
"Io sì sono molto macho" - grida uno - "Io vado via."
Afferra i suoi mobili, i suoi figli, i suoi animali, li mette in una carretta ed attraversa la strada centrale dove tutto il paese lo vede.
Fino a che tutti dicono: "Se questo osa, perché non andiamo via anche noi." Ed incominciano a smantellare letteralmente il paese. Si portano le cose, gli animali, tutto.
Ed uno degli ultimi che abbandona il paese, dice: "Che non venga la disgrazia a colpire quel che rimane della nostra casa", ed allora l'incendia ed anche gli altri incendiano le loro case.
Fuggono tutti in un tremendo e autentico panico, come in un esodo di guerra, ed in mezzo ad essi va la signora che ebbe il presagio, e dice al figlio che sta al suo fianco: "Hai visto figlio mio che qualcosa di molto grave stava per succedere in questo paese?"
Questo si chiama il profezia autoavverata.

Morale della storia: Non far caso alle dicerie, non essere tu stesso un strumento per creare il caos. La negatività attrae negatività. Sii positivo

Gabriel García Márquez

Si un día

Si un día tendrás ganas de llorar me llamas:
no prometo de hacerte reír pero podré llorar contigo...
Si un día lograrás huir, no titubees a llamarme:
no prometes de preguntarte de quedar, pero podré huir contigo...
Si un día no tendrás ganas de hablar con nadie, llámame:
estaremos en silencio...
Pero si un día me llamarás y no contestaré, vienes corriendo de mí:
¡porque de alguno tendré de ti!


Gabriel García Márquez





















Se un giorno avrai voglia di piangere chiamami:
non prometto di farti ridere ma potrò piangere con te...
Se un giorno riuscirai a fuggire, non esitare a chiamarmi:
non prometto di chiederti di rimanere, ma potrò fuggire con te...
Se un giorno non avrai voglia di parlare con nessuno, chiamami:
staremo in silenzio...
Ma se un giorno mi chiamerai e non risponderò, vieni correndo da me:
perché di certo avrò bisogno di te!

Gabriel García Márquez

Homenaje a Gabo



Se per un istante Dio si dimenticasse che sono una marionetta di stoffa e mi facesse dono di un pezzo di vita, probabilmente non direi tutto ciò che penso, ma penserei a tutto ciò che dico. Valuterei le cose, non per il loro valore, ma per ciò che significano. Dormirei poco, sognerei di più, essendo cosciente che per ogni minuto che teniamo gli occhi chiusi, perdiamo sessanta secondi di luce. Andrei avanti quando gli altri si ritirano, mi sveglierei quando gli altri dormono. Ascolterei quando gli altri parlano e con quanto piacere gusterei un buon gelato al cioccolato.
Se Dio mi desse un pezzo di vita, mi vestirei in modo semplice, e prima di tutto butterei me stesso in fronte al sole, mettendo a nudo non solo il mio corpo, ma anche la mia anima.
Dio mio se avessi un cuore, scriverei il mio odio sul ghiaccio e aspetterei l’arrivo del sole. Sulle stelle dipingerei una poesia di Benedetti con un sogno di Van Gogh e una canzone di Serrat sarebbe la serenata che offrirei alla luna. Annaffierei le rose con le mie lacrime per sentire il dolore delle loro spine e il rosso bacio dei loro petali.
Dio mio se avessi un pezzo di vita, non lascerei passare un solo giorno senza dire alle persone che amo, che le amo. Direi ad ogni uomo e ad ogni donna che sono i miei prediletti e vivrei innamorato dell’Amore. Mostrerei agli uomini quanto sbagliano quando pensano di smettere di innamorarsi man mano che invecchiano, non sapendo che invecchiano quando smettono di innamorarsi! A un bambino darei le ali, ma lascerei che imparasse a volare da solo. Ai vecchi insegnerei che la morte non arriva con la vecchiaia, ma con la dimenticanza.
Ho imparato così tanto da voi, Uomini... Ho imparato che ognuno vuole vivere sulla cima della montagna, senza sapere che la vera felicità sta nel come questa montagna è stata scalata. Ho imparato che quando un neonato stringe per la prima volta il dito del padre nel suo piccolo pugno, l’ha catturato per sempre. Ho imparato che un uomo ha il diritto di guardare dall’alto in basso un altro uomo solo per aiutarlo a rimettersi in piedi.
Da voi ho imparato così tante cose, ma in verità non saranno granché utili, perché quando mi metteranno in questa valigia, starò purtroppo per morire.

Dì sempre ciò che senti e fa’ ciò che pensi.
Se sapessi che oggi è l’ultima volta che ti guardo mentre ti addormenti, ti abbraccerei fortemente e pregherei il Signore per poter essere il guardiano della tua anima. Se sapessi che oggi è l’ultima volta che ti vedo uscire dalla porta, ti abbraccerei, ti darei un bacio e ti chiamerei di nuovo per dartene altri. Se sapessi che oggi è l’ultima volta che sento la tua voce, registrerei ogni tua parola per poterle ascoltare una e più volte ancora. Se sapessi che questi sono gli ultimi minuti che ti vedo, direi "TI AMO" e non darei scioccamente per scontato che già lo sai.
Sempre c’è un domani e la vita ci dà un’altra possibilità per fare le cose bene, ma se mi sbagliassi e oggi fosse tutto ciò che ci rimane, mi piacerebbe dirti quanto ti amo, che mai ti dimenticherò.
Il domani non è assicurato per nessuno, giovane o vecchio. Oggi può essere l’ultima volta che vedi chi ami. Perciò non aspettare oltre, fallo oggi, perchè se il domani non arrivasse, sicuramente compiangeresti il giorno che non hai avuto tempo per un sorriso, un abbraccio, un bacio e che eri troppo occupato per regalare un ultimo desiderio.
Tieni chi ami vicino a te, digli quanto bisogno hai di loro, amali e trattali bene, trova il tempo per dirgli "mi dispiace", "perdonami", "per favore", "grazie" e tutte le parole d’amore che conosci.Nessuno ti ricorderà per i tuoi pensieri segreti. Chiedi al Signore la forza e la saggezza per esprimerli. Dimostra ai tuoi amici e ai tuoi cari quanto sono importanti.

GABO

Escribo a usted Don Emiliano, para que sepa usted que aqui estamos...



Il subcomandante Marcos arrivò nella Selva Lacandona del Chiapas, nel sud est del Messico, nel 1984, e lì ha vissuto per 17 anni con le comunità indigene tzotziles e tzeltales fino all'11 marzo scorso, quando la marcia che ha guidato attraversando mezzo paese si è conclusa con una gigantesca manifestazione nella piazza della Costituzione - meglio nota come el Zocalo - di Città del Messico. In questo luogo, simbolo della storia del Messico, il capo dell'esercito zapatista, senza un'arma addosso, ha confermato la decisione del suo movimento di fare politica con le buone maniere. Da quel giorno, i messicani attendono con ansia l'esito delle trattative, perché sanno che il futuro del paese dipende in gran parte dai negoziati con questo misterioso uomo incappucciato e il gruppo di comandanti che compongono il suo stato maggiore. La sua missione è ottenere l'approvazione di una legge sui diritti degli indigeni. Marcos si è insediato con la sua gente nella Scuola Nazionale di Antropologia e Storia (Enah), nella zona sud della città, trasformando i suoi saloni e le sue classi in dormitori improvvisati e nel centro di attenzione dell'opinione pubblica mondiale sia per l'importanza dei suoi inquilini che per il numero di notizie che produce la loro presenza nel college. Alla fine Marcos ha ottenuto udienza dai deputati del Congresso: parlerà dalla tribuna del Parlamento mercoledì prossimo.

Sette anni dopo l'annuncio che l'Ezln sarebbe entrato trionfalmente a Città del Messico, lei è arrivato nello Zocalo e lo ha trovato strapieno di gente. Che effetto le ha fatto salire sul palco e vedere lo spettacolo?
Seguendo la tradizione zapatista dell'anticlimax, il posto peggiore per vedere una manifestazione nello Zócalo è il palco. C'era molto sole, molto smog, avevamo tutti un gran mal di testa ed eravamo preoccupati per le persone che svenivano dal caldo davanti a noi. Ho detto subito al comandante Tacho che dovevamo fare in fretta con il comizio perché c'era il rischio che quando avremmo cominciato a parlare noi, non sarebbe rimasto nessuno nella piazza. Non potevo vedere tutta la piazza. La distanza fisica di sicurezza tra noi e la gente era anche una distanza emotiva e non abbiamo capito nulla di quello che è accaduto fino al giorno dopo, quando abbiamo letto i resoconti dei giornali e abbiamo visto le foto. Credo che sia stata la fine di un percorso. I nostri discorsi sono stati equilibrati. Abbiamo stupito coloro che speravano saremmo andati a prendere il Palazzo o avremmo fatto un appello alla insurrezione generale. Ma anche quelli che pensavano che il nostro discorso si sarebbe limitato ad una questione lirica o poetica. Penso che il bilancio di quello che abbiamo ottenuto è sufficiente. Che in un modo o nell'altro l'Ezln stava parlando nello Zocalo l'11 marzo, ma non del 2001, stava parlando di qualcosa che doveva ancora concludersi: questo sentimento significa che la sconfitta definitiva del razzismo deve diventare una politica di Stato, una politica educativa, una scelta di tutta la società messicana. Come diciamo noi militari: la guerra è vinta ma ci sono ancora alcune battaglie da combattere. Penso che quel giorno nello Zocalo abbiamo capito che la scelta di lasciare le armi era stata giusta, che la scommessa della mobilitazione pacifica era corretta e che stava dando i suoi risultati. Manca che lo Stato messicano lo capisca, che il governo lo accetti concretamente.

Lei ha usato l'espressione "come diciamo noi militari". Per noi colombiani, che abbiamo ascoltato la nostra guerriglia, il suo non sembra un discorso militare. Che cosa ha lei di militare e come descriverebbe la guerra che ha combattuto?
Noi siamo cresciuti dentro un esercito, quello zapatista di liberazione nazionale. La struttura è militare. Il subcomandante Marcos è il capo militare di un esercito. In ogni caso il nostro è un esercito particolare perché sta proponendo di smettere di esserlo. Un militare è una persona assurda che ha bisogno di ricorrere alle armi per convincere l'altro delle sue ragioni. In questo senso il movimento non ha futuro se il suo futuro è militare. Se l'Ezln si perpetua come struttura militare armata, va al fallimento. Un fallimento come opzione ideale, di posizione di fronte al mondo. Arrivare al potere e insediarsi come un esercito rivoluzionario sarebbe la cosa peggiore che potrebbe accaderci. Per noi sarebbe un fallimento. Ciò che poteva essere considerato un successo per una organizzazione politico-militare degli anni '60 o '70, nata come movimento di liberazione nazionale, per noi sarebbe uno smacco. Abbiamo capito che quelle vittorie erano in realtà fallimenti, sconfitte nascoste dietro la loro stessa maschera. Che il problema rimane sempre quello del ruolo della gente, la società civile, il popolo. Che alla fine è una disputa tra due egemonie. C'è un gruppo di potere oppressore che dall'alto decide per la società, poi c'è un gruppo di illuminati che decide di condurre il paese in un modo migliore e toglie il potere all'altro gruppo, prende il potere e da quel momento prende decisioni in nome di tutta la società. Per noi questa è una lotta di egemonie, sempre ce n'è una buona e una cattiva: quella che va vincendo è la buona, l'altra la cattiva. Ma per il resto della società non cambiano le cose fondamentali. Nell'Ezln è arrivato il momento di superare lo zapatismo. La E di esercito si è rimpicciolita. Non è solo meno faticoso muoversi senza armi, per noi è anche un sollievo. Di fatto il sacco in spalla pesa meno di prima e pesa meno anche la parafernalia militare che inevitabilmente porta con sé un gruppo armato nel momento del dialogo con la gente. Non è possibile ricostruire il mondo, né la società, né ricostruire gli Stati nazionali, partendo da una disputa che consiste in chi va ad imporre la sua egemonia sulla società. Il mondo e la società messicana nel concreto, è composta da diversi. Tra questi diversi bisogna costruire una relazione sulla base della tolleranza e del rispetto. Queste cose non le ha mai dette nessuna organizzazione politico-militare degli anni '60 e '70. La realtà ha sempre passato il conto e per i movimenti armati di liberazione il costo della fattura è stato molto alto.

Di solito i guerriglieri parlano in nome della maggioranza. Lei invece parla per una minoranza quando potrebbe farlo per il popolo povero e sfruttato. Perché?
Tutte le avanguardie pensano di rappresentare la maggioranza. Naturalmente è falso. Nel nostro caso non solo sarebbe falso. Nel migliore dei casi sarebbe solo un desiderio. Nel peggiore un evidente esercizio di sovrapposizione. Quando entrano in gioco le forze sociali, l'avanguardia capisce che non è veramente avanguardia e che coloro che pensa di rappresentare non si riconoscono in lei. Ora che l'Ezln sta rinunciando ad essere una avanguardia sta riconoscendo il suo orizzonte reale. Credere che possiamo parlare per qualcun altro, oltre che per noi, è solo masturbazione politica. Noi stiamo solo cercando di essere onesti con noi stessi e qualcuno potrebbe affermare che è una questione di bontà umana. No. Potremmo anche essere cinici e dire che essere onesti ci ha dato dei risultati quando abbiamo detto che rappresentiamo soltanto le comunità indigene zapatiste di una zona del sud est messicano. Ma il nostro appello è riuscito a raggiungere le orecchie di moltissima altra gente. Fino a lì siamo arrivati. Non oltre. In tutti i discorsi che abbiamo fatto durante la marcia abbiamo spiegato alla gente che non possiamo né dirigere, né appoggiare altre lotte. Sappiamo che in Messico ci sono molte ingiustizie, molte ferite, molte proteste ma noi siamo stati onesti. E abbiamo spiegato alla gente che non potevamo occuparci anche di queste. Siamo venuti per la legge degli indios.

Lei e gli zapatisti siete nel momento del massimo successo. E' appena caduto il PRI, c'è un progetto di legge in Parlamento per uno statuto delle comunità indigene e può cominciare la trattativa che voi volete. Come le sembra il panorama?
Come una lotta e una disputa tra un orologio che controlla l'orario d'ingresso degli impiegati in una azienda, cioè l'orologio di Fox, e il nostro che è un orologio di sabbia. La sfida è se noi ci allineiamo a questo orologio di controllo di Fox, o lui al nostro. Non accadrà né una cosa né l'altra. Dobbiamo accettare, lui e noi, che bisogna fabbricarne un altro di comune accordo. Sarà quello che costruiremo che segnerà il ritmo del processo di dialogo e alla fine, il ritmo della pace. Noi siamo nel loro terreno, nella sede del potere politico. Siamo una organizzazione completamente inefficace quando si tratta di fare politica, almeno questa politica. Siamo maldestri, balbuzienti ma con buona volontà. Dall'altra parte ci stanno coloro che maneggiano bene i codici della politica. È, un'altra volta, la sfida tra il fare politico della classe dei politici e il nostro. Credo che alla fine non vincerà né il loro né il nostro. Quando abbiamo fatto la guerra abbiamo sfidato il governo, ora per costruire la pace dobbiamo sfidare non solo il governo ma tutto lo stato messicano. Non esiste un tavolo di confronto con il governo. Dobbiamo costruirlo. Il compito che abbiamo di fronte è convincere il governo che bisogna costruire questo tavolo, che deve sedersi con noi e che ci guadagnerà. E che, se non lo fa, perderà.

Chi dovrebbe sedersi a questo tavolo?
Da una parte il governo, dall'altra noi.

Il presidente Fox non sta di fatto accettando questo tavolo di negoziato quando dice che vuole incontrarla. Riceverla nel palazzo del presidente o in qualsiasi altro luogo che lei scelga?
Quello che lui vuole è un pezzetto della torta mediatica. Perché questo non è diventato un processo di mediazione e dialogo ma una corsa di popolarità. Quello che vuole Fox è scattare una foto con me per garantire la sua presenza sui mezzi di comunicazione. Noi siamo disposti a parlare con Fox se lui si prende la responsabilità di arrivare fino alla fine del percorso. E chi governa il Paese mentre lui partecipa alle trattative di pace? È ovvio che deve nominare un commissario. Un commissario per la pace. Non c'è fretta. Noi non abbiamo tra i nostri sogni proibiti una foto insieme a Vicente Fox.

Nel corso di questo lungo processo lei continuerà a vestirsi così, come un guerrigliero in un college universitario? Come si svolge di solito una sua giornata tipo?
Mi alzo, concedo interviste finché non arriva l'ora di tornare a dormire (ride). Quello che stiamo facendo è stare su due tavoli con in mezzo una di quelle sedie girevoli con le ruote piccole che c'erano quando io ero giovane. In un tavolo parliamo con il Parlamento, nell'altro con le comunità indigene di Città del Messico. Ma siamo preoccupati perché il Congresso si comporta con noi come con chiunque altro che chiede qualcosa: ci stanno dicendo di aspettare perché devono occuparsi anche di altri problemi. Se è così non finirà bene perché non c'è in gioco solo il riconoscimento dei diritti delle comunità indigene. La gente non accetterà che i deputati si fermino a guardarla solo quando siamo prossimi ad un appuntamento politico. Inoltre sarebbe un pessimo segnale per altri gruppi più radicali che non condividono la nostra idea del negoziato e pensano che ci stiamo arrendendo.

Fra parentesi, lei ha detto che c'erano sedie girevoli quando era giovane. Quanti anni ha?
Ho 518 anni....(ride)

Il suo abbigliamento è curioso: un fazzoletto logoro legato al collo e un vecchio passamontagna. Però ha anche una lanterna che qui non le serve, una radio molto sofisticata e due orologi ai polsi. Sono simboli? Cosa significano?
La lanterna mi serve perché ci hanno messo in un buco dove non c'è luce mentre con la radio chiedo lumi ai miei assessori all'immagine. Loro mi dettano le risposte alle domande dei giornalisti. No, sul serio. Questo è un walkie-talkie che comunica con gli uomini della sicurezza e la radio mi serve per parlare con la nostra gente nel Chiapas ed essere avvisato se ci sono problemi. Abbiamo ricevuto numerose minacce di morte. Il fazzoletto che porto al collo era rosso e nuovo il giorno che abbiamo occupato San Cristobal de las Casas, sette anni fa. E il cappello che porto sopra il passamontagna è lo stesso che portavo diciotto anni fa, quando arrivai nella selva Lacandona. Uno dei due orologi è quello che avevo con me quando arrivai lì, l'altro ha iniziato a contare il giorno del cessate-il-fuoco. Quando le due ore coincideranno vorrà dire che il nostro esercito si è sciolto, che inizia un'altra stagione, un altro orologio, un altro tempo.

Nonostante tutto ha ancora tempo per leggere?
Certo. Perché altrimenti che facciamo? Negli eserciti di un tempo il militare approfittava del tempo libero per pulire le sue armi. Nel nostro caso, visto che le nostre armi sono le parole, dobbiamo occuparci del nostro arsenale in ogni momento.

Tutto quello che dice, lo forma nella quale lo dice, fa pensare ad una sua formazione letteraria molto seria e molto antica. Come nacque?
Viene dall'infanzia. Nella mia famiglia la parola aveva un valore molto particolare. Il modo di affacciarsi al mondo era attraverso il linguaggio. Non ho imparato a leggere a scuola ma leggendo i giornali. Mi padre e mia madre mi hanno insegnato a leggere libri da piccolissimo. Credo che grazie a ciò, io e i miei fratelli, abbiamo acquisito la coscienza del linguaggio come una forma non solo di comunicare ma anche di costruire qualcosa. Un piacere più che un dovere.

Possiamo parlare della sua famiglia?
Era una famiglia di classe media. Mio padre era maestro in una scuola rurale negli anni del cardenismo quando, diceva lui, ai maestri gli tagliavano le orecchie se simpatizzavano coi comunisti. Anche mia madre era maestra. Una famiglia senza problemi economici. Di provincia. Dove l'orizzonte culturale corrisponde alla pagina di società del giornale. Il grande mondo fuori da lì era Città del Messico, le sue librerie, quella delle librerie era per noi la grande attrazione di arrivare fino a qui. Ogni tanto riuscivamo a ottenere qualche libro nelle feste di paese: Garcia Marquez, Carlos Fuentes, Monsivais, Vargas Llosa. Mio padre ce li dava da leggere e crede che questo ci segnò. Non ci affacciammo al mondo attraverso una notizia di agenzia ma attraverso un racconto, un romanzo, un saggio. Quello fu lo specchio che misero i nostri genitori, come altri possono mettere quello dei mezzi di comunicazione, o un vetro nero affinché non si veda quello che sta succedendo nel mondo.

Quando arriva il Don Chisciotte in mezzo a tutte queste letture?
Me lo regalarono il giorno in cui ho compiuto dodici anni. Un copia elegante, rilegata. Ma lo avevo già letto nelle edizioni tascabili. Comunque se devo fare un ordine credo che lessi per primi i libri del cosiddetto boom latinoamericano, poi Cervantes, poi Garcia Lorca. Dunque lei (indica Garcia Marquez) è corresponsabile di tutto questo.

Che cosa sta leggendo adesso?
Il Don Chisciotte e il Romancero Gitano di Garcia Lorca li porto sempre con me. Il Don Chisciotte è il miglior libro di teoria politica che conosco, prima di Hamlet e del Macbeth. Non c'è modo migliore per capire il sistema politico messicano nel suo lato tragico e in quello comico: Don Chisciotte, Hamlet e Macbeth. Meglio di qualsiasi editoriale di analisi politica.

Lei scrive a mano o al computer?
Al computer. Solo durante la marcia ho scritto molto a mano. Faccio una bozza, poi un'altra e ancora un'altra e un'altra. Di solito quella buona arriva dopo il settimo tentativo.

Che cosa sta scrivendo?
Stavo provando a scrivere una follia, ossia provare a spiegare noi stessi a partire da noi stessi, cosa praticamente impossibile. Quello che noi dell'esercito zapatista dobbiamo raccontare è il paradosso che siamo. Perché un esercito non pianifica la presa del potere, perché un esercito non combatte se è questo il suo lavoro. Tutti i paradossi che abbiamo affrontato. Come siamo cresciuti in questi anni e siamo diventati forti in un settore della società - gli indios - completamente estraneo ai canali culturali.

Se tutto il mondo sa chi è lei, perché non si toglie il passamontagna?
Per civetteria. Comunque non sanno chi sono e soprattutto non gliene importa nulla. Qui è in gioco chi è oggi e non chi è stato il subcomandante Marcos.

Gabriel García Márquez