Futboleras (segunda parte)

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El Mundial del '54

Gelsomina y Zampanó brotaban de la mano mágica de Fellini y se echaban a payasear por La strada, sin apuro, mientras a toda velocidad Fangio se consagraba campeón mundial de automovilismo por segunda vez. Jonas Salk preparaba la vacuna contra la poliomelitis. En el Pacífico estallaba la primera bomba de hidrógeno. En Vietnam, el general Giap noqueaba al ejército francés en la fulminante batalla de Dien Bien Phu. En Argelia, otra colonia francesa, nacía la guerra de la independencia.
El general Stroessner era elegido presidente del Paraguay, en reñida competencia contra ningún candidato. En Brasil, se estrechaba el cerco de los militares y empresario, armas y dineros, contra el presidente Getulio Vargas, que poco después se rompería el corazón de un balazo. Aviones norteamericanos bombardeaban Guatemala, con la bendición de la OEA, y un ejército fabricado en el norte invadía, mataba y vencía. Mientras en Suiza se cantaban los himnos de dieciséis países, inaugurando el quinto Campeonato Mundial de Fútbol, en Guatemala los vencedores cantaban el himno de los Estados Unidos celebrando la caída del presidente Arbenz, cuya ideología marxistaleninista estaba fuera de toda duda porque se había metido con las tierras de la United Fruit.
En el Mundial del 54, participaron once equipos europeos, tres americanos, Turquía y Corea del Sur. Brasil estrenó la camiseta amarilla con cuello verde, en vista de que la anterior camiseta, blanca, le había dado mala suerte en Maracaná. Pero el color canarito no tuvo efecto inmediato: Brasil fue derrotado por Hungría en un partido violento, y no pudo llegar ni a las semifinales. La delegación brasileña denunció ante la FIFA al árbitro inglés, que había actuado "al servicio del comunismo internacional, contra la Civilización Occidental y Cristiana".
Hungría era la gran favorita de esta Copa. El demoledor equipo de Puskas, Kocsis y Hidegkuti llevaba cuatro años invicto, y poco antes del Mundial había goleado a Inglaterra 7 a 1. Pero éste fue un campeonato extenuante. Tras el duro enfrentamiento con los brasileños, los húngaros exprimieron sus energías contra los uruguayos. Hungría y Uruguay jugaron a muerte, sin darse tregua, y se agotaron mutuamente hasta que dos goles de Kocsis definieron el partido en el alargue.
La final fue contra Alemania. Hungría ya la había derrotado por paliza, 8 a 3, al comienzo del Mundial, y en aquel partido había quedado fuera de combate el capitán Puskas. En la final, Puskas reapareció, jugando a duras penas en una sola pierna, al frente de un equipo brillante pero gastado. Hungría, que iba ganando 2 a 0, acabó perdiendo 3 a 2, y Alemania conquistó su primer título mundial. Austria obtuvo el tercer lugar. Uruguay, el cuarto.
El húngaro Kocsis fue el goleador de la Copa, con once tantos, seguido por el alemán Morlock, con ocho, y el austríaco Probst, con seis. De los once goles de Kocsis, el más golazo fue hecho contra Brasil. Kocsis se lanzó como un avión, voló un buen rato en el aire y cabeceó al ángulo.

Gol de Di Stéfano

Fue en 1957. España jugaba contra Bélgica. Miguel madrugó a la defensa belga, se infiltró por la derecha y lanzó un centro. Di Stéfano se arrojó en plancha y desde el aire remató, de taco, al gol. Alfredo Di Stéfano, el astro argentino que se había nacionalizado español, tenía la costumbre de meter goles así. Toda valla abierta era una crimen imperdonable, que exigía de inmediato castigo, y él ejecutaba la pena metiendo estocadas de duende bandido.

El Mundial del '58

Los Estados Unidos lanzaban un satélite a los altos cielos: la nueva lunita giraba en torno a la tierra, se cruzaba con los sputniks soviéticos y no los saludaba. Y mientras las grandes potencias competían en el más allá, en el más acá comenzaba la guerra civil de el Líbano, Argelia ardía, se incendiaba Francia y el general De Gaulle alzaba sus dos metros de altura sobre las llamas y prometía la salvación. En Cuba fracasaba la huelga general de Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista, pero en Venezuela otra huelga general volteaba la dictadura de Pérez Jiménez. En Colombia, conservadores y liberales bendecían con elecciones su reparto del poder, al cabo de una década de guerra de exterminio mutuo, mientras Richard Nixon era recibido a pedradas en su gira latinoamericana. José María Arguedas publicaba Los ríos profundos. Aparecían La región más transparente, de Carlos Fuentes, y los Poemas de amor de Idea Vilariño.
En Hungría, caían fusilados Imre Nagy y otros rebeldes del 56, que habían querido democracia en lugar de burocracia, y en Haití morían los rebeldes que se habían alzado al asalto del palacio donde Papa Doc Duvalier reinaba rodeado de brujos y verdugos. Juan XXIII, Juan el Bueno, era el nuevo Papa de Roma, el príncipe Carlos era el futuro monarca de Inglaterra, Barbie era la nueva reina de las muñecas, João Havelange conquistaba la corona brasileña en el negocio del fútbol, mientras en el arte del fútbol un muchacho de diecisiete años, llamado
Pelé, se consagraba rey del mundo.
La consagración de Pelé tuvo lugar en Suecia, durante el sexto Campeonato Mundial. Participaron del torneo doce equipos europeos, cuatro americanos y ninguno de otras latitudes.
Los suecos pudieron ver los partidos en las canchas y también en sus casas. Ésta fue la primera vez que la Copa se transmitió por televisión, aunque sólo llegó en vivo y en directo al ámbito nacional y el resto del mundo la recibió después.
Ésta fue, también, primera vez que un país ganó la Copa jugando fuera de su continente. En el Mundial del 58, la selección brasileña empezó más o menos, pero fue arrolladora a partir del momento en que los jugadores se sublevaron y pudieron imponer al director técnico el equipo que ellos querían. Entonces, cinco suplentes se hicieron titulares. Entre ellos, Pelé, un adolescente desconocido, y Garrincha, que ya traía mucha fama desde Brasil y mucho se había lucido en los juegos previos, pero había sido excluido del Mundial porque los estudios psicotécnicos le habían diagnosticado debilidad mental. Ellos, suplentes negros de jugadores blancos, brillaron con luz propia en el nuevo equipo de estrellas, junto a otro negro de juego deslumbrante, Didí, que desde atrás les organizaba las magias.
Juego y fuego: el periódico World Sports, de Londres, dijo que había que restregarse los ojos para creer que aquello era cosa de este planeta. En las semifinales, contra la Francia de Kopa y Fontaine, los brasileños ganaron 5 a 2, y otra vez 5 a 2 en la final contra el dueño de casa. El capitán de Suecia, Liedholm, uno de los jugadores más limpios y elegantes de la historia del fútbol, convirtió el primer gol del partido, pero después Vavá, Pelé y Zagalo pusieron las cosas en su lugar, ante la atónita mirada del rey Gustavo Adolfo. Brasil fue campeón invicto. Cuando terminó el partido, los jugadores regalaron la pelota a su hincha más devoto, el negro Américo, masajista.
Francia ocupó el tercer lugar y Alemania Federal, el cuarto. El francés Fontaine encabezó la tabla de goleadores, con una lluvia de trece tantos, ocho de pierna derecha, cuatro de izquierda y uno de cabeza, seguido por Pelé y el alemán Helmut Rahn, que metieron seis.

Garrincha

Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al futbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado.
Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue mas: él fue el hombre que dio mas alegrias en toda la historia del futbol.
Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitacion a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.
¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo.
Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.

El Mundial del '62

Unos astrólogos hindúes y malayos habían anunciado el fin del mundo pero el mundo seguía girando, y entre vuelta y vuelta nacía una organización que se bautizaba con el nombre de Amnistía Internacional y Argelia daba sus primeros pasos de vida independiente, al cabo de más de siete años de guerra contra Francia. En Israel ahorcaban al criminal nazi Adolf Eichmann, los mineros de Asturias se alzaban en huelga, el para Juan quería cambiar la Iglesia y devolverla a los pobres. Se fabricaban los primeros disquetes para computadoras, se realizaban las primeras operaciones con rayo láser, Marilyn Monroe perdía las ganas de vivir.
¿En cuánto se cotizaba el voto internacional de un país? Haití vendía su voto a cambio de quince millones de dólares, una carretera, una represa y un hospital y así otorgaba a la OEA la mayoría necesaria para expulsar a Cuba, la oveja negra del panamericanismo. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. Setenta y cinco demandas de prohibición se presentaban ante los tribunales norteamericanos contra la novela Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que por primera vez se había publicado sin censura. Linus Pauling, que estaba por recibir su segundo premio Nobel, caminaba ante la Casa Blanca portando un cartel de protesta contra las explosiones nucleares, mientras Benny Kid Paret, cubano, negro, analfabeto, caía muerto, aniquilado por los golpes, en el ring del Madison Square Garden.
En Memphis, Elvis Presley anunciaba su retiro, después de vender trescientos millones de discos, pero se arrepentía al ratito, y en Londres una empresa de discos, la Decca, se negaba a grabar canciones de unos músicos peludos que se llamaban los Beatles. Carpentier publicaba El siglo de las luces, Gelman publicaba Gotán, los militares argentinos volteaban al presidente Frondizi, moría el pintor brasileño Cándido Portinari. Aparecían las Primeras estórias, de Guimaraes Rosa, y los poemas que Vinícius de Moraes escribió Para vivir um grande amor. João Gilberto susurraba el samba de uma notasó, en el Carnegie Hall, mientras los jugadores de Brasil aterrizaban en Chile, dispuestos a conquistar el séptimo Campeonato Mundial de Fútbol ante cinco países americanos y diez europeos.
En el Mundial del 62, Di Stéfano no tuvo buena suerte. Iba a jugar en la selección de España, su país de adopción. A los 36 años de edad, era su última oportunidad. En vísperas del estreno, se lastimó la rodilla derecha, y no hubo caso. Di Stéfano, la Saeta Rubia, uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol, nunca pudo jugar un Mundial. Pelé, otra estrella de todos los tiempos, no llegó muy lejos en el Mundial de Chile: sufrió de entrada un desgarramiento muscular y quedó fuera. Y otro monstruo sagrado del fútbol, el ruso Yashin, anduvo también con mala pata: el mejor arquero del mundo se comió cuatro goles ante Colombia, porque parece que se le fue la mano con los traguitos que lo entonaban en el vestuario.
Brasil ganó el torneo. Sin Pelé, y bajo la batuta de Didí. Amarildo se lució en el difícil lugar de Pelé, atrás Djalma Santos fue una muralla y adelante Garrincha deliraba y hacía delirar. "¿De qué planeta procede Garrincha?", se preguntaba el diario El Mercurio, mientras Brasil liquidaba a los dueños de casa. Los chilenos se habían impuesto a Italia, en un partido que fue una batalla campal, y también habían vencido a Suiza y a la Unión Soviética. Se habían servido spaguettis, chocolate y vodka, pero se les atragantó el café: los brasileños ganaron 4 a 2.
En la final, Brasil derrotó a Checoslovaquia 3 a 1 y fue, como en el 58, campeón invicto. Por primera vez, la final de un campeonato mundial se pudo ver en directo por la televisión en transmisión internacional, aunque fue en blanco y negro y llegó a pocos países.
Chile conquistó el tercer lugar, la mejor clasificación de su historia, y Yugoslavia ganó el cuarto puesto gracias a un pájaro llamado Dragoslav Sekularac, que ninguna defensa pudo atrapar.
El campeonato no tuvo un goleador, pero varios jugadores convirtieron cuatro tantos: los brasileños Garrincha y Vavá, el chileno Sánchez, el yugoslavo Jerkovic, el húngaro Albert y el soviético Ivanov.

El Mundial del '66

Los militares bañaban a Indonesia en sangre, medio millón de muertos, un millón, quién sabe, y el general Suharto iniciaba su larga dictadura asesinando a los pocos rojos, rosados o dudosos que quedaban vivos. Otros militares volteaban a N.Krumah, presidente de Guinea y profeta de la unidad africana, mientras sus colegas de Argentina desalojaban al presidente Illia por golpe de Estado.
Por primera vez en la historia, una mujer, Indira Gandhi, gobernaba la India. Los estudiantes echaban abajo a la dictadura militar del Ecuador. La aviación de los Estados Unidos bombardeaba Hanoi, en una nueva ofensiva, pero en la opinión pública norteamericana crecía la certeza de que nunca debían haber entrado en Vietnam, que no debían haberse quedado y que debían salir cuanto antes.
Truman Capote publicaba A sangre fría. Aparecían Cien años de soledad, de García Márquez, y Paradiso, de Lezama Lima. El cura Camilo Torres caía peleando en las montañas de Colombia, el Che Guevara cabalgaba su flaco Rocinante por los campos de Bolivia, Mao desataba la revolución cultural en China. Varias bombas atómicas caían en la costa española de Almería, y aunque no estallaban, sembraban el pánico. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída deFidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas.
En Londres, Harold Wilson mascaba su pipa y celebraba la victoria en las elecciones, las muchachas andaban en minifalda, Carnaby Street dictaba la moda y todo el mundo tarareaba las canciones de los Beatles, mientras se inauguraba el octavo Campeonato Mundial de Fútbol.
Éste fue el último Mundial de Garrincha, y también fue la despedida del arquero mexicano Antonio Carbajal, el único jugador que había estado cinco veces en el torneo.
Participaron dieciséis equipos: diez europeos, cinco americanos y, cosa rara, Corea del Norte. Asombrosamente, la selección coreana eliminó a Italia con gol de Pak, un dentista de la ciudad de Pyongyang que practicaba el fútbol en sus ratos libres. En la selección italiana jugaban nada menos que Gianni Rivera y Sandro Mazzola. Pier Paolo Pasolini decía que ellos jugaban al fútbol en buena prosa interrumpida por versos fulgurantes, pero el dentista los dejó mudos.
Por primera vez se transmitió todo el campeonato en directo, vía satélite, y el mundo entero pudo ver, todavía en blanco y negro, el show de los jueces. En el mundial anterior, los jueces europeos habían arbitrado 26 partidos; en éste, dirigieron 24 de los 32 partidos disputados. Un juez alemán obsequió a Inglaterra el partido contra Argentina, mientras un juez inglés regalaba a Alemania el partido contra Uruguay. Brasil no tuvo mejor suerte: Pelé fue impunemente cazado a patadas por Bulgaria y Portugal, que lo desalojaron del campeonato.
La reina Isabel asistió a la final. No gritó ningún gol, pero aplaudió discretamente. El Mundial se definió entre la Inglaterra de Bobby Charlton, hombre de temible empuje y puntería, y la Alemania de Beckenbauer, que recién empezaba su carrera y ya jugaba de galera, guantes y bastón. Alguien había robado la copa Rimet, pero un perro llamado Pickles la encontró tirada en un jardín de Londres. Así, el trofeo pudo llegar a tiempo a manos del vencedor. Inglaterra se impuso 4 a 2. Portugal entró tercero. En cuarto lugar, la Unión Soviética. La reina Isabel otorgó título de nobleza a Alf Ramsey, el director técnico de la selección triunfante, y el perro Pickles se convirtió en héroe nacional.
El Mundial del 66 fue usurpado por las tácticas defensivas. Todos los equipos practicaban el cerrojo y dejaban un jugador escoba barriendo la línea final detrás de los zagueros. Sin embargo, Eusebio, el artillero africano de Portugal, pudo atravesar nueve veces esas impenetrables murallas en las retaguardias rivales. Tras él, en la lista de goleadores, figuró el alemán Haller, con seis tantos.

Pelé

Cien canciones lo nombran. A los diecisiete años fue campeón del mundo y rey del fútbol. No había cumplido veinte cuando el gobierno de Brasil lo declaró tesoro nacional y prohibió su exportación. Ganó tres campeonatos mundiales con la selección brasileña y dos con el club Santos. Después de su gol número mil, siguió sumando. Jugó más de mil trescientos partidos, en ochenta países, un partido tras otro a ritmo de paliza, y convirtió casi mil trescientos goles. Una vez, detuvo una guerra: Nigeria y Biafra hicieron una tregua para verlo jugar.
Verlo jugar, bien valía una tregua y mucho más. Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, para no perderse el golazo.
Había nacido en casa pobre, en un pueblito remoto, y llegó a las cumbres del poder y la fortuna, donde los negros tienen prohibida la entrada. Fuera de las canchas, nunca regaló un minuto de su tiempo y jamás una moneda se le cayó del bolsillo. Pero quienes tuvimos la suerte de verlo jugar, hemos recibido ofrendas de rara belleza: momentos esos tan dignos de inmortalidad que nos permiten creer que la inmortalidad existe.

Gol de Pelé

Fue en 1969. El club Santos jugaba contra el Vasco da Gama en el estadio Maracaná.
Pelé atravesó la cancha en ráfaga, esquivando a los rivales en el aire, sin tocar el suelo, y cuando ya se metía en el arco con pelota y todo, fue derribado.
El árbtro pitó penal. Pelé no quiso tirarlo. Cien mil personas lo obligaron, gritando su nombre.
Pelé había hecho muchos goles en Maracaná. Goles prodigiosos, como aquel en 1961, contra el club Fluminense, cuando había gambeteado a siete jugadores y al arquero también. Pero este penal era diferente: la gente sitió que algo tenía de sagrado. Y por eso hizo silencio el pueblo más bullanguero del mundo. El clamor de la multitud calló de pronto, como obedeciendo una orden: nadie hablaba, nadie respiraba, nadie estaba allí. Súbitamente en las tribunas no hubo nadie, y en la cancha tampoco. Pelé y el arquero, Andrada, estaban solos. A solas, esperaban. Pelé, parado junto a la pelota en el punto blanco del penal. Doce pasos más allá, Andrada, encogido, al acecho, entre los palos.
El guardamenta alcanzó a rozarla, pero Pelé clavó la pelota en la red. Era su gol número mil. Ningún otro jugador había hecho mil goles en la historia del fútbol profesional.
Entonces la multitud volvió a existir, y saltó como un niño loco de alegría, iluminando la noche.

El Mundial del '70

En Praga moría Jiri Trnka, maestro del cine de marionetas, y en Londres moría Bertrand Russell, tras casi un siglo de vida muy viva. A los veinte años de edad, el poeta Rugama caía en Managua, peleando solito contra un batallón de la dictadura de Somoza. El mundo perdía su música: se desintegraban los Beatles, por sobredosis de éxito, y por sobredosis de drogas se nos iban el guitarrista Jimi Hendrix y la cantante Janis Joplin.
Un ciclón arrasaba Pakistán y un terremoto borraba quince ciudades de los Andes peruanos. En Washington ya nadie creía en la guerra de Vietnam pero la guerra seguía, según el Pentágono los muertos sumaban un millón, mientras los generales norteamericanos huían hacia adelante invadiendo Camboya. Allende iniciaba su campaña hacia la presidencia de Chile, después de tres derrotas, y prometía dar leche a todos los niños y nacionalizar el cobre. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro que iba a desplomarse en cuestión de horas. Comenzaba la primera huelga en la historia del Vaticano, en Roma se cruzaban de bra-zos los funcionarios del Santo Padre, mientras en México movían las piernas los jugadores de dieciséis países y comenzaba el noveno Campeonato Mundial de
Fútbol.
Participaron nueve equipos europeos, cinco americanos, Israel y Marruecos. En el partido inaugural, el juez alzó por primera vez una tarjeta amarilla. La tarjeta amarilla, señal de amonestación, y la tarjeta roja, señal de expulsión, no fueron las únicas novedades del Mundial de México. El reglamento autorizó a cambiar dos jugadores en el curso de cada partido. Hasta entonces, sólo el arquero podía ser sustituido, en caso de lesión; y no resultaba muy difícil reducir a patadas al elenco adversario.
Imágenes de la Copa del 70: la estampa de Beckenbauer, con un brazo atado, batiéndose hasta el último minuto; fervor de Tostão, recién operado de un ojo y aguantándose a pie firme todos los partidos; las volanderías de Pelé en su último Mundial: "Saltamos juntos", contó Burgnich, el defensa italiano que lo marcaba, "pero cuando volví a tierra, ví que Pelé se mantenía suspendido en la altura".
Cuatro campeones del mundo, Brasil, Italia, Alemania y Uruguay, disputaron las semifinales. Alemania ocupó el tercer lugar, Uruguay el cuarto. En la final, Brasil apabulló a Italia 4 a 1. La prensa inglesa comentó: "Debería estar prohibido un fútbol tan bello". El último gol se recuerda de pie: la pelota pasó por todo Brasil, la tocaron los once, y por fin Pelé la puso en bandeja, sin mirar, para que rematara Carlos Alberto, que venía en tromba.
El Torpedo Müller, de Alemania, encabezó la tabla de goleadores, con diez tantos, seguido por el brasileño Jairzinho, con siete.
Campeón invicto por tercera vez, Brasil se quedó con la copa Rimet en propiedad. A fines de 1983, la copa fue robada y vendida, después de ser reducida a casi dos quilos de oro puro. Una copia ocupa su lugar en las vitrinas.

Gol de Maradona

Fue en 1973. Se medían los equipos infantiles de Argentina Juniors y River Plate, en Buenos Aires.
El número 10 de Argentinos recibió la pelota de su arquero, esquivó al delantero centro del River y emprendió la carrera. Varios jugadores le salieron al encuentro: a uno se la pasó por el jopo, a otro entre las piernas y al otro lo engañó de taquito. Después, sin detenerse, dejó paralíticos a los zagueros y al arquero tumbado en el suelo, y se metió caminando con la pelota en la valla rival. En la cancha habían quedado siete niños fritos y cuatro que no podían cerrar la boca.
Aquel equipo de chiquilines, los Cebollitas, llevaba cien partidos invicto y había llamado la atención de los periodistas.
Uno de los jugadores, El Veneno, que tenía trece años, declaró: "Nosotros jugamos por divertirnos. Nunca vamos a jugar por plata. Cuando entra la plata, todos se matan por ser estrellas, y entonces vienen la envidia y el egoísmo".
Habló abrazado al jugador más querido de todos, que también era el más alegre y el más bajito: Diego Armando Maradona, que tenía doce años y acababa de meterese gol increíble.
Maradona tenía la costumbre de sacar la lengua cuando estaba en pleno envión. Todos sus goles habían sido hechos con la lengua fuera. De noche dormía abrazado a la pelota y de día hacía prodigios con ella. Vivía en una casa pobre de un barrio pobre y quería ser técnico industrial.

El Mundial del '78

En Alemania moría el popular escarabajo de la Volkswagen, el Inglaterra nacía el primer bebé de probeta, en Italia se legalizaba el aborto. Sucumbían las primeras víctimas del SIDA, una maldición que todavía no se llamaba así. Las Brigadas Rojas asesinaban a Aldo Moro, los Estados Unidos se comprometían a devolver a Panamá el canal usurpado a principios de siglo. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. En Nicaragua tambaleaba la dinastía de Somoza, en Irán tambaleaba la dinastía del Sha, los militares de Guatemala ametrallaban una multitud de campesinos en el pueblo de Panzós. Domitila Barrios y otras cuatro mujeres de las minas de estaño iniciaban una huelga de hambre contra la dictadura militar de Bolivia, al rato toda Bolivia estaba en huelga de hambre, la dictadura caía. La dictadura militar argentina, en cambio, gozaba de buena salud, y para probarlo organizaba el undécimo Campeonato Mundial de Fútbol.
Participaron diez países europeos, cuatro americanos, Irán y Túnez. EL Papa de Roma envió su bendición. Al son de una marcha militar, el general Videla condecoró a Havelange en la ceremonia de la inauguración, en el estadio Monumental de Buenos Aires. A unos pasos de allí, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz argentino, el centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar.
"Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la Argentina", celebró el presidente de la FIFA ante las cámaras de la televisión. Henry Kissinger, invitado especial, anunció: "Este país tiene un gran futuro a todo nivel".
Y el capitán del equipo alemán, Berti Vogts, que dio la patada inicial, declaró unos días después: "Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún preso político".
Los dueños de casa vencieron algunos partidos, pero perdieron ante Italia y empataron con Brasil. Para llegar a la final contra Holanda, debían ahogar a Perú bajo una lluvia de goles. Argentina obtuvo con creces el resultado que necesitaba, pero la goleada, 6 a 0, llenó de dudas a lo malpensados, y a los bienpensados también. Los peruanos fueron apedreados al regresar a Lima.
La final entre Argentina y Holanda se definió por alargue. Ganaron los argentinos 3 a 1, y en cierta medida la victoria fue posible gracias al patriotismo del palo que salvó al arco argentino en el último minuto del tiempo reglamentario. Ese palo, que detuvo un pelotazo de Rensenbrink, nunca fue objeto de honores militares, por esas cosas de la ingratitud humana. De todos modos, más decisivos que el palo resultaron los goles de Mario Kempes, un potro imparable que se lució galopando, con la pelambre al viento, sobre el césped nevado de papelitos.
A la hora de recibir los trofeos, los jugadores holandeses se negaron a saludar a los jefes de la dictadura argentina. El tercer puesto fue para Brasil. El cuarto, para Italia.
Kempes fue el mejor jugador de la Copa y también el goleador, con seis tantos. Detrás figuraron el peruano Cubillas y el holandés Rensenbrink, con cinco goles cada uno.

El Mundial del '86

Baby Doc Duvalier huía de Haití, robándose todo, y robándose todo huía Ferdinand Marcos de Filipinas, mientras los archivos norteamericanos revelaban, más vale tarde que nunca, que Marcos, el alabado héroe filipino de la segunda guerra mundial, había sido en realidad un desertor.
El cometa Halley visitaba nuestro cielo después de mucha ausencia, se descubrían nueve lunas en torno al planeta Urano, aparecía el primer agujero en la capa de ozono que nos protege del sol. Se difundía una nueva droga, hija de la ingeniería genética, contra la leucemia. En el Japón se suicidaba una cantante de moda y tras ella elegían la muerte veintitrés de sus devotos. Un terremoto dejaba sin casa a doscientos mil salvadoreños y la catástrofe nuclear soviética de Chernobyl desataba una lluvia de veneno radioactivo, imposible de medir y de parar, sobre quién sabe cuántas leguas y gentes.
Felipe González decía "" a la OTAN, la alianza militar atlántica, después de haber gritado "No", y un plebiscito bendecía el viraje mientras España y Portugal entraban al mercado común europeo. El mundo lloraba la muerte de Olof Palme, el primer ministro de Suecia, asesinado en la calle. Tiempos de luto para las artes y las letras: se nos iban el escultor Henry Moore y los escritores Simone de Beauvoir, Jean Genet, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges.
Estallaba el escándalo Irangate, que implicaba al presidente Reagan, a la CIA y a los contras de Nicaragua en el tráfico de armas y de drogas, y estallaba la nave espacial Challenger, al despegar de Cabo Cañaveral, con siete tripulantes a bordo. La aviación norteamericana bombardeaba Libia y mataba a una hija del coronel Gaddafi, para castigar un atentado que años después se atribuyó a Irán.
En una cárcel de Lima morían ametrallados cuatrocientos presos. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. Se habían desplomado muchos edificios sin cimientos, con toda la gente adentro,
cuando un terremoto había sacudido a la ciudad de México, el año anterior, y buena parte de la ciudad estaba todavía en ruinas mientras se inauguraba allí el decimotercer Campeonato Mundial de Fútbol.
En la Copa del 86, participaron catorce países europeos y seis americanos, además de Marruecos, Corea del Sur, Irak y Argelia. En México nació la ola en las tribunas, que a partir de entonces suele mover a las hinchadas del mundo al ritmo de la mar bravía. Hubo partidos de esos que ponen los pelos de punta, como el de Francia contra Brasil, donde los jugadores infalibles, Platini, Zico, Sócrates, fracasaron en los penales; y hubo dos goleadas espectaculares de Dinamarca, que propinó seis tantos a Uruguay y recibió cinco de España.
Pero éste fue el Mundial de Maradona. Contra Inglaterra, Maradona vengó con dos goles de zurda al orgullo patrio malherido en las Malvinas: hizo uno con la mano izquierda, que él llamó mano de Dios, y el otro con la pierna izquierda, después de haber tumbado por los suelos a la defensa inglesa.
Argentina disputó la final contra Alemania. Fue de Maradona el pase decisivo, que dejó solo a Burruchaga para que Argentina se impusiera 3 a 2 y ganara el campeonato cuando ya el reloj señalaba el fin del partido, pero antes había ocurrido otro gol memorable: Valdano arrancó con la pelota desde el arco argentino, cruzó toda la cancha y cuando Schumacher le salió al cruce, la colocó contra el poste derecho. Valdano venía hablando con la pelota, le venía rogando: "Por favor, entrá".
Francia se clasificó en tercer lugar, seguida por Bélgica. El inglés Lineker encabezó la tabla de goleadores, con seis tantos. Maradona hizo cinco goles, como el brasileño Careca y el español Butragueño.

Romario

Venido desde quién sabe qué región del aire, el tigre aparece, pega su zarpazo y se esfuma. El arquero, atrapado en su jaula, no tiene tiempo ni de pestañear. En un fogonazo, Romario asesta sus goles de media vuelta, de chilena, de volea, de chanfle, de taco, de punta, o de perfil.
Romario nació en la miseria, en la favela de Jacarezinho, pero desde niño ensayaba la firma para los muchos autógrafos que iba a firmar en la vida. Trepó a la fama sin pagar los impuestos de la mentira obligatoria: este hombre muy pobre se dio siempre el lujo de hacer lo que quería, disfrutón de la noche, parrandero, y siempre dijo lo que pensaba sin pensar lo que decía.
Ahora tiene una colección de Mercedes Benz y doscientos cincuenta pares de zapatos, pero sus mejores amigos siguen siendo aquellos impresentables buscavidas que en la infancia le enseñaron el secreto del zarpazo.

Maradona

Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94. La efedrina, que no se considera droga estimulante en el deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está prohibida en las competencias internacionales.
Hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenaci ón moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el
delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa "con la izquierda" y también significa "al contrario de como se debe hacer".
Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes, en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.
Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. "Necesito que me necesiten", confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos.
El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.
Después, en Nápoles, Maradona fue Santa Maradonna y san Gennaro se convirtió en San Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba. Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 1990, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.
Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces, estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe.
Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía se llevaba preso.
"Es un enfermo", dijeron. Dijeron: "Está acabado". El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto.
Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina.
La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio, cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.
Los mismos periodistas que lo acosan con los micrófonos, lc reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del fútbol? Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar: "El último astro argentino fue Di Stéfano".
Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fantástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear rivales.
En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz.

Los dueños de la pelota

La FIFA, que tiene trono y corte en Zurich, el Comité Olímpico Internacional, que reina desde Lausana, y la empresa ISL Marketing, que en Lucerna teje sus negocios, manejan los campeonatos mundiales de fútbol y la olimpíadas. Como se ve, las tres poderosas organizaciones tienen su sede en Suiza, un país que se ha hecho famoso por la punterías de Guillermo Tell, la precisión de sus relojes y su religiosa devoción por el secreto bancario. Casualmente, las tres tienen un extraordinario sentido del pudor en todo lo que se refiere al dinero que pasa por sus manos y al que en sus manos queda.
La ISL Marketing posee, al menos hasta fin de siglo, los derechos exclusivos de venta de la publicidad en los estadios, los filmes y videocasetes, las insignias, banderines y mascotas de las competencias internacionales. Este negocio pertenece a los herederos de Adolph Dassler, el fundador de la empresa Adidas, hermano y enemigo del fundador de la competidora Puma. Cuando otorgaron el monopolio de esos derechos a la familia Dassler, Havelange y Samaranch estaban ejerciendo el noble deber de la gratitud. La empresa Adidas, la mayor fabricante de artículos deportivos en el mundo, había contribuido muy generosamente a edificarles el poder. En 1990, los Dassler vendieron Adidas al empresario francés Bernard Tapie, pero se quedaron con la ISL, que la familia sigue controlando en sociedad con la agencia publicitaria japonesa Dentsu.
El poder sobre el deporte mundial no es moco de pavo. A fines de 1994, hablando en Nueva York ante un círculo de hombres de negocios, Havelange confesó algunos números, lo que en él no es nada frecuente: "Puedo afirmar que el movimiento financiero del fútbol en el mundo alcanza, anualmente, la suma de 225 mil millones de dólares".
Y se vanaglorió comparando esa fortuna con los 136 mil millones de dólares facturados en 1993 por la General Motors, que figura a la cabeza de las mayores corporaciones multinacionales.
En ese mismo discurso, Havelange advirtió que "el fútbol es un producto comercial que debe venderse lo más sabiamente posible", y recordó la ley primera de la sabiduría en el mundo contemporáneo: "Hay que tener mucho cuidado con el envoltorio".
La venta de los derechos para televisión es la veta que más rinde, dentro de la pródiga mina de las competencias internacionales, y la FIFA y el Comité Olímpico Internacional reciben la parte del león de lo que paga la pantalla chica. El dinero se ha multiplicado espectacularmente desde que la tele empezó a trasmitir en directo, para todos los países, los torneos mundiales. Las Olimpíadas de Barcelona recibieron de la televisión en 1993, seiscientas treinta veces más dinero que las Olimíadas de Roma en 1960, cuando la transmisión sólo llegaba al ámbito nacional.
Y a la hora de decidir cuáles serán las empresas anunciantes de cada torneo, tanto Havelange y Samaranch como la familia Dassler lo tienen claro: hay que elegir a las que pagan más. La máquina que convierte toda pasión en dinero no puede darse el lujo de promover los productos más sanos y más aconsejables para la vida deportiva: lisa y llanamente se pone siempre al servicio de la mejor oferta, y sólo le interesa saber si Mastercard paga mejor o peor que Visa y si Fujifilm pone o no pone sobre la mesa más dinero que Kodak. La Coca-Cola, nutritivo elixir que no puede faltar en el cuerpo de ningún atleta, encabeza siempre la lista. Sus millonarias virtudes la ponen fuera de discusión.
En este fútbol de fin de siglo, tan pendiente del marketing y de los sponsors, nada tiene de sorprendente que algunos de los clubes más importantes de Europa sean empresas que pertenecen a otras empresas. La Juventus de Turín forma parte, como la Fiat, del grupo Agnelli. El Milan integra la constelación de trescientas empresas del grupo Berlusconi. El Parma es de Parmalat. La Sampdoria, del grupo petrolero Mantovani. La Fiorentina, del productor de cine Cecchi Gori. El Olympique de Marsella fue lanzado al primer plano del fútbol europeo cuando se convirtió en una de las empresas de Bernard Tapie, hasta que un escándalo de sobornos arruinó al exitoso empresario. El París Saint Germain pertenece al Canal Plus de la televisión. La peugeot, sponsor del club Sochaux, es también dueña de su estadio. La Philips es la dueña del club holandés PSV de Eindhoven. Se llaman Bayer los dos clubes de la primera división alemana que la empresa financia: el Bayer Leverkusen y el Bayer Uerdingen. El inventor y dueño de las computadoras Astrad es también propietario del club británico Tottenham Hotspur, cuyas acciones se cotizan en bolsa, y el Blackburn Rover pertenece al grupo Walker. En Japón, donde el fútbol profesional tiene poco tiempo de vida, las principales empresas han fundado clubes y han contratado estrellas internacionales, a partir de la certeza de que el fútbol es un idioma universal que puede contribuir a la proyección de sus negocios en el mundo entero. La empresa eléctrica Furukawa fundó el club Nagoya Grampus, que contó en sus filas con el goleador inglés Gary Lineker. El veterano pero siempre brillante Zico jugó para el Kashima, que pertenece al grupo industrial y financiero Sumitomo. Las empresas Mazda, Mitsubishi, Nissan, Panasonic y Japan Airlines también tienen sus propios clubes de fútbol.
El club puede perder dinero, pero este detalle carece de importancia si brinda buena imagen a la constelaci ón de negocios que integra. Por eso la propiedad no es secreta: el fútbol sirve a la publicidad de las empresas y en el mundo no existe un instrumento de mayor alcance popular para las relaciones públicas. Cuando Silvio Berlusconi compró el club Milan, que estaba en bancarrota, inició su nueva era desplegando toda la coreografía de un gran lanzamiento publicitario. Una tarde de 1987, los once jugadores del Milan descendieron lentamente en helicóptero hacia el centro del estadio, mientras en los altavoces cabalgaban las Walkirias de Wagner. Bernard Tapie, otro especialista en su propio protagonismo, solía celebrar las victorias del Olympique con grandes fiestas, fulgurantes de fuegos artificiales y rayos láser, donde trepidaban las mejores bandas de música rock.
El fútbol, fuente de emociones populares, genera fama y poder. Los clubes que tienen cierta autonomía, y que no dependen directamente de otras empresas, están habitualmente dirigidos por opacos hombres de negocios y políticos de segunda que utilizan el fútbol como una catapulta de prestigio para lanzarse al primer plano de la popularidad. Hay, también, raros casos al revés: hombres que ponen su bien ganada fama al servicio del fútbol, como el cantante inglés Elton John, que fue presidente del Watford, el club de sus amores, o el director de cine Francisco Lombardi, que preside el Sporting Cristal de Perú.

El Mundial del '90

Se venden piernas
(Para Ángel Ruocco)
Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes. Por un mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de simples mortales.
Nada tiene de raro. Como todos los uruguayos, de niño quise ser jugador de fútbol. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona.
En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos; y me consta que también la profesan, en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian al fútbol o lo acusan de todo. La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable. El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.
Y la verdad sea dicha este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy valiosa mercancía, que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.
Ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación y la espontaneidad creadora. Importa el resultado, cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura. Se juega para ganar, o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando; y el agua en las venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.
El fútbol sudamericano, el que más comete todavía estos pecados de leso eficiencia, parece condenado por las reglas universales del cálculo económico. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol sudamericano es una industria de exportación produce para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros paises han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este mundial del 90. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen, casi todos, a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo; y al fin y al cabo, los buenos jugadores son los únicos inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas.
Parece que muy pronto cambiará la reglamentación internacional. Los clubes europeos podrían, de aquí a poco, contratar a cuatro, o quizá cinco, jugadores extranjeros. En ese caso, me pregunto qué será del fútbol sudamericano. No nos van a quedar ni los masajistas.
En estos tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira, mágicamente, sobre el césped de los estadios. Pero también el fútbol demuestra que esta tierra no es muy redonda, que digamos.

El Mundial del '98

Enseñanzas del Mundial
Gracias a la reciente Copa del Mundo, hemos podido aprender, o confirmar:
- Que las tarjetas MasterCard tonifican los músculos, y que la Coca-Cola y las hamburguesas McDonald's no pueden faltar en el menú de un buen atleta.
- Que en la final, Francia apabulló a Brasil, y que eso también significa; Adidas se impuso sobre Nike. El amor de Nike por el fútbol brasileño hizo que la empresa pagara cuatrocientos millones de dólares a su selección, y otra millonada a su estrella, Ronaldo. Denuncias bien fundadas revelan que Nike impuso la presencia de Ronaldo en el partido último; son numerosos los indicios de que así Ronaldo fue arrancado del hospital. Gravemente afectado por una convulsión, jugó pero no jugó.
- Que la selección triunfante fue un equipo de inmigrantes. Según las encuestas, la mitad de los franceses cree que hay que echar a los inmigrantes, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.
- Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente, capacidad de sorpresa. Por Croacia nadie daba dos vintenes, y a punta de coraje conquistó el tercer lugar.
- Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente, capacidad de belleza. Ví todos los partidos, y no me arrepiento. El fútbol de fin de siglo, calculador, defensivo, es amarrete en hermosura; pero que lo hubo, lo hubo.

Después del Mundial '98

Futbol en pedacitos

Campeones
Brasil no pudo ser pentacampeón. Adidas, sí. Desde la Copa del 54, que Adidas ganó cuando ganó Alemania, ésta es la quinta consagración de los seleccionados que representan la marca de las tres barras. Adidas levantó, con Francia, el trofeo mundial de oro macizo y conquistó, con Zinedine Zidane, el premio al mejor jugador del campeonato. La empresa rival, Nike, tuvo que conformarse con el segundo y el cuarto lugar, que obtuvieron sus selecciones de Brasil y Holanda. La estrella de Nike, Ronaldo, no se lució demasiado. Una empresa menor, Lotto, dio el batacazo con la sorprendente Croacia, que entró tercera.
Según un reciente estudio científico publicado por el Daily Telegraph de Londres, los hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta testosterona como los jugadores. Pero hay que reconocer que también las empresas multinacionales transpiran la camisa como si fuera

Estrellas
Los jugadores de fútbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el jugador jugaba, y eso era todo, o casi todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado. Maradona cobró mucho, y mucho pagó, cobró con las piernas, pagó con el alma. Cuando ya llevaba algunos años en las canchas, la crisis lo rompió, y enfermó gravemente por sobredosis de éxito.
El éxito espectacular de Ronaldo le permite facturar mil dólares por hora, incluyendo las horas que duerme. En el Mundial del 98, a los veintipoquitos años de edad, Ronaldo sufrió una crisis temprana convulsiones, ataque de nervios. Dicen que la presión de Nike lo metió a prepo en la final contra Francia. El hecho es que jugó enfermo, y no pudo exhibir como debía las virtudes del nuevo modelo de botines, el R-9, que Nike estaba lanzando al mercado por medio de sus pies.

Precios
Al fin del siglo, los periodistas especializados hablan cada vez menos de las habilidades de los jugadores y cada vez más de sus cotizaciones. Los dirigentes, los empresarios, los contratistas y demás cortadores del bacalao ocupan un espacio creciente en las crónicas futboleras. Antes, los "pases" se referían al viaje de la pelota de un jugador al otro; ahora, los "pases" aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un país a otro. ¿Cuánto están rindiendo los famosos en relación a la inversión? Los especialistas nos bombardean con el vocabulario de los tiempos oferta, compra, opción de compra, venta, cesión en préstamo, valorización, desvalorización.
El año pasado, un aviso de televisión de Fox Sports exhortaba a mirar fútbol prometiendo: "Sea testigo de cómo el pez grande se come al pez chico". Era una invitación al aburrimiento. Afortunadamente, en el Mundial 98, en más de una ocasión el pez chico se comió al pez grande, con espinas y todo. Eso es lo bueno que tienen, a veces, el fútbol y la vida.

Sudamericanos
De los equipos sudamericanos, el que más me gustó fue Holanda.
La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pases cortos, gozador de la pelota. Este estilo sudamericano se debió, en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur descendientes de esclavos, nacidos en Surinam. No había negros entre los diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí que los había. Fue una fiesta verlos Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Kluivert, Davids. Kluivert es sutil como Francescoli, y cabecea como él. Davids, motor del equipo, juega y crea juego mete pierna y mete líos, porque no acepta que los negros cobren menos que los blancos en los clubes de Holanda.

Africanos
Njanka, jugador de Camerún, arrancó de atrás, dejó por el camino a toda la población de Austria y clavó el golazo más lindo del Mundial. Pero Camerún no llegó lejos.
Cuando Nigeria derrotó, con su fútbol divertido, a la selección española, y Paraguay empató, el presidente Aznar comentó que "hasta un nigeriano o un paraguayo pueden ponerte en tu lugar". Después, cuando Nigeria se fue de Francia, un comentarista argentino sentenció "Son todos albañiles, ninguno usa la cabeza para pensar". La FIFA, que otorga los premios fair play, no jugó limpio con Nigeria le impidió ser cabeza de serie, aunque el fútbol nigeriano venía de conquistar el trofeo olímpico.
Las selecciones del Africa negra se fueron temprano del campeonato mundial, pero algunos jugadores africanos o nietos de africanos deslumbraron en Holanda, Francia, Brasil y otros equipos. Hubo locutores y comentaristas que los llamaban "negritos", aunque nunca llamaron "blanquitos" a los demás.
Mundial del 98, las pantallas de la televisión brindaron espacio a la emoción colectiva, la más colectiva de las emociones, y también fueron vidrieras de exhibición mercantil.

Franceses
El padre de Zidane fue uno de los albañiles que levantaron el estadio donde su hijo se consagró como el mejor de todos. Zidane es de familia argelina. Thuram, elevado a la categoría de héroe nacional por dos golazos, nació en el Caribe, en la isla Guadalupe, y de allí llegaron a Francia los padres de Henry. Desailly vino de Ghana, Viera de Senegal, Karembeu de Nueva Caledonia. Djorkaeff es de origen ruso y armenio. Trezeguet se crió en Argentina.
Eran inmigrantes casi todos los jugadores que vestían la camiseta azul y cantaban La Marsellesa antes de cada partido. Una encuesta, publicada en esos días por Le Figaro Magazine, reveló que la mitad de los franceses quería la expulsión de los inmigrantes, pero el doble discurso racista permite ovacionar a los héroes y maldecir a los demás. El trofeo mundial fue celebrado por una multitud sólo comparable a la que desbordó las calles, hace más de medio siglo, cuando llegó a su fin la ocupación alemana.
Hubo alzas y caídas en la bolsa de piernas.


Mundial del 2002

Modelos

Son dos los campeonatos mundiales de fútbol. En uno juegan los deportistas de carne y hueso. En el otro, al mismo tiempo, juegan los robots. Las selecciones humanoides disputan la RoboCup 2002 en el puerto japonés de Fukuoka, frente a la costa coreana.
Los torneos de robots ocurren, cada año, en un lugar diferente. Este es el sexto. Sus organizadores tienen la esperanza de competir, de aquí a algún tiempo, contra las selecciones de verdad. Al fin y al cabo, dicen, ya una computadora ha derrotado al campeón Gary Kasparov en un tablero de ajedrez, y no les cuesta tanto imaginar que los atletas mecánicos lleguen a lograr una hazaña semejante en una cancha de fútbol.
Los robots, programados por ingenieros, son fuertes en defensa y rápidos y cañoneros en el ataque. Jamás se entretienen con la pelota. Cumplen sin chistar las órdenes del director técnico y ni por un instante cometen la locura de creer que los jugadores juegan.

***

¿Cuál es el sueño más frecuente de los empresarios, los tecnócratas, los burócratas y los ideólogos de la industria del fútbol? En el sueño, cada vez más parecido a la realidad, los jugadores imitan a los robots.
Triste signo de los tiempos, el siglo XXI sacraliza la mediocridad en nombre de la eficiencia y sacrifica la libertad en los altares del éxito. "Uno no gana porque vale sino que vale porque gana", había comprobado, hace ya algunos años, Cornelius Castoriadis. El no se refería al fútbol, pero era como si.
Prohibido perder tiempo, prohibido perder, convertido en trabajo, sometido a las leyes de la rentabilidad, el juego deja de jugar. Cada vez más, como todo lo demás, el fútbol profesional parece regido por la Uenbe (Unión de Enemigos de la Belleza), poderosa organización que no existe, pero manda.
Ignacio Salvatierra, un árbitro injustamente desconocido, merece la canonización. El dio testimonio de la nueva fe. Hace seis años exorcizó al demonio de la fantasía en la ciudad boliviana de Trinidad. El árbitro Salvatierra expulsó de la cancha al jugador Abel Vacca Saucedo. Le sacó tarjeta roja "para que aprenda a tomarse el fútbol en serio". Vaca Saucedo había cometido un gol imperdonable. Eludió a todo el equipo rival, en un desenfreno de gambetas, túneles, sombreros y taquitos y culminó su orgía de espaldas al arco, con un certero culazo que clavó la pelota en el ángulo.

***

Obediencia, velocidad, fuerza, y nada de firuletes éste es el molde que la globalización impone.
Se fabrica en serie un fútbol más frío que una heladera. Y más implacable que una máquina trituradora.
Según los datos publicados hace un par de años por France Football, el tiempo de vida útil de los jugadores profesionales ha bajado a la mitad en los últimos veinte años. El promedio, que era de doce años, se ha reducido a seis. Los obreros del fútbol rinden cada vez más y duran cada vez menos. Para responder a las exigencias del ritmo de trabajo, muchos no tienen más remedio que recurrir a la ayuda química, inyecciones y pastillas que les aceleran el desgaste, las drogas tienen mil nombres, pero todas nacen de la obligación de ganar y merecen llamarse exitoína.
Las comunidades indígenas disputan en Brasil su propio campeonato de fútbol. En la Copa del año 2000, el equipo de los indios makuxis llegó a la final después de jugar tres partidos seguidos a lo largo de ocho horas. La proeza se explica por los prodigiosos poderes de otra droga, que el fútbol profesional no puede pagar. Esa pócima mágica, que no tiene precio, se llama entusiasmo. La palabra no viene de la lengua de los makuxis sino del idioma de la Grecia antigua y significa tener a los dioses adentro.

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Dos mil quinientos años antes de Blatter, los atletas competían desnudos y sin ningún tatuaje publicitario en el cuerpo. Los griegos, fragmentados en muchas ciudades, cada cual con sus propias leyes y sus propios ejércitos, se juntaban en los Juegos Olímpicos. Haciendo deporte, aquellos pueblos dispersos decían "Nosotros somos griegos", como si recitaran con sus cuerpos los versos de La Ilíada que habían fundado su conciencia de nación.
Mucho después, durante buena parte del siglo XX, el fútbol fue el deporte que mejor expresó y afirmó la identidad nacional. Las diversas maneras de jugar han revelado, y celebrado, las diversas maneras de ser. Pero la diversidad del mundo está sucumbiendo a la uniformización obligatoria. El fútbol industrial, que la televisión ha convertido en el más lucrativo espectáculo de masas, impone un modelo único, que borra los perfiles propios, como ocurre con esas caras que se vuelven máscaras, todas iguales, al cabo de continuas operaciones de cirugía plástica.
Se supone que este aburrimiento es el progreso, pero el historiador Arnold Toynbee había pasado por muchos pasados cuando comprobó "La más consistente característica de las civilizaciones en decadencia es la tendencia a la estandarización y la uniformidad".

***

Desde hace ya un buen tiempo, la selección brasileña parece dedicada a dejar de ser brasileña. "Aquel fútbol de gambetas espectaculares ha pasado a la historia", sentencia el director técnico de la selección, Luiz Felipe Scolari. Mientras emite su certificado de defunción al fútbol más hermoso del mundo, este fervoroso de la mediocridad practica la disciplina militar. Scolari admira al general Pinochet, adora el orden y desconfía del talento. Condena al exilio a los desobedientes Romario y Djalminha, como en otros tiempos hubiera fusilado a aquel ingobernable rey del circo llamado Garrincha.

***

El fútbol profesional practica la dictadura. Los jugadores no pueden decir ni pío en el despótico señorío de los dueños de la pelota, que desde su castillo de la FIFA reinan y roban. El poder absoluto se justifica por la costumbre así es porque así debe ser, y así debe ser porque así es.
Pero, ¿ha sido siempre así? Vale la pena recordar, ahora, una experiencia que ocurrió en el país de Scolari, hace no más que veinte años, todavía en tiempos de la dictadura militar. Los jugadores conquistaron la dirección del club Corinthians, uno de los clubes más poderosos del Brasil, y ejercieron el poder durante 1982 y 1983. Insólito, jamás visto los jugadores decidían todo entre todos, por mayoría. Democráticamente discutían y votaban el método de trabajo, el sistema de juego, la distribución del dinero y todo lo demás. En sus camisetas, se leía Democracia Corinthiana. Al cabo de dos años, los dirigentes desplazados recuperaron la manija y mandaron a parar. Pero mientras duró la democracia, el
Corinthians, gobernado por sus jugadores, ofreció el fútbol más audaz y vistoso de todo el país, atrajo las mayores multitudes a los estadios y ganó dos veces seguidas el campeonato local.

Eduardo Galeano




Il Mondiale del '54

Gelsomina e Zampanò spuntavano dalla mano magica di fellini e prendevano a far pagliacciate per La strada, senza fretta, mentre a tutta velocità Fangio si consacrava campione mondiale di automobilismo per la seconda volta. Jonas Salk preparava il vaccino per la poliomielite. Nel Pacifico esplodeva la prima bomba all'idrogeno, In Vietnam il generale Giap stendeva l'esercito francese nella fulminante battaglia di Dien Bien Phu. In Algeria, altra colonia francese, iniziava la guerra per l'indipendenza.
Il generale Stroessner veniva eletto presidente del Paraguay in un duro testa a testa contro nessuno. In Brasile si stringeva il cerchio di militari e imprenditori, armi e denaro contro il presidente Getulio Vargas, che di lì a poco si sarebbe fatto saltare il cuore con un colpo di pistola. Aerei statunitensi bombardavano il Guatemala con la benedizione della OEA [Organización de Estados Americanos, n.d.r.] , e un esercito costituito a nord invadeva, uccideva e vinceva. Mentre in Svizzera si eseguivano gli inni nazionali dei sedici paesi, e si inaugurava il quinto Campionato del Mondo di calcio, in Guatemala i vincitori cantavano l'inno degli Stati Uniti celebrando la caduta del presidente Arbenz, la cui ideologia marxista-leninista era fuori discussione, visto che si era messo in testa di riprendersi le terre della United Fruits.
Al Mondiale del 1954 parteciparono undici squadre europee, tre americane, Turchia e Coera del Sud. Il Brasile sfoggiò la maglietta gialla con il colletto verde, dato che la maglia precedente, bianca, aveva portato sfortuna al Maracaná. Ma il color canarino non ebbe effetto immediato. Il Brasile fu sconfitto dall'Ungheria al termine di una partita violenta e non arrivò neppure alle semifinali. La delegazione brasiliana denunciò alla FIFA l'arbitro inglese che aveva diretto "al servizio del comunismo internazionale contro la Civiltà Occidentale e Cristiana".
L'Ungheria era la gran favorita di questa coppa. La travolgente formazione di Puskas, Kocsis e Hidegkuti era imbattuta da quattro anni e poco prima del Mondiale aveva travolto l'Inghilterra per 7-1. Ma fu un campionato estenuante. Dopo il duro confronto con i brasiliani, gli ungheresi spesero altre energie contro gli uruguaiani. Unheria e Uruguay giocarono alla morte, senza darsi tregua, e si esaurirono reciprocamente fino a quando due gol di Kocsis risolsero la partita ai supplementari.
La finale fu contro la Germania. L'Ungheria l'aveva già battuta bastonandola per 8-3 all'inizio del Mondiale, e in quela partita era finito fuori combattimento il capitano Puskas. In finale Puskas riapparve, giocando a stento con una sola gamba, alla guida di una squadra brillante ma ormai esausta. L'Ungheria, che stava conducendo per 2-0, finì per perdere 3-2, e la Germania conquistò il suo primo titolo mondiale. L'Austria ottenne il terzo posto, l'Uruguay il quarto.
L'ungherese Kocsis fu il capocannoniere della Coppa con undici marcature, seguito dal tedesco Morlock con otto e dall'austriaco Probst con sei. Degli undici gol di Kocsis, il vero golazo fu quello contro il Brasile. Kocsis prese il volo come un aereo, navigò per un bel po' nell'aria e incornò nell'angolo.

Gol di Di Stefano

Accadde nel 1957. La Spagna giocava contro il Belgio. Miguel ubriacò la difesa belga, si infilò sulla destra ed effettuò un cross. Di Stefano si lanciò in orizzontale e ancora in aria insaccò, di tacco, in rete.
Alfredo Di Stefano, l'astro argentino naturalizzato spagnolo, era abituato a segnare gol così. La porta sguarnita era un crimine imperdonabile che esigeva un immediato castigo, e lui eseguiva prontamente la condanna infilando stoccate da folletto sfrenato.

Il Mondiale del '58

Gl Stati Uniti lanciavano un satellite nell'alto dei cieli. La nuova piccola luna girava intorno alla terra incrociando gli Sputnik senza salutarli. E mentre le grandi potenze gareggiavano nell'aldilà, nell'aldiqua cominciava la guerra civile in Libano, l'Algeria ardeva, s'infiammava la Francia e il generale De Gaulle alzava i suoi due metri di altezza sopra le fiamme e prometteva la salvezza. A Cuba falliva lo sciopero generale di Fidel Castro contro la dittatura di Batista, ma in Venezuela un altro sciopero generale rovesciava la dittatura di Pérez Jiménez. In Colombia conservatori e liberali benedicevano con elezioni la spartizione del potere dopo un decennio di guerra e di mutuo sterminio, mentre Richard Nixon era ricevuto a sassate nel suo giro per l'America Latina. José María Arguedas pubblicava I fiumi profondi. Appariva La ragione più trasparente di Carlos Fuentes e Poemas de amor di Idea Vilariño.
In Ungheria cadevano fucilati Imre Nagy e altri ribelli del 1956 che avevano voluto la democrazia invece della burocrazia; ad Haiti morivano i ribelli che si erano lanciati all'assalto del palazzo dove Papa Doc Duvalier regnava attorniato da stregoni e aguzzini. Giovanni XXIII, il Papa buono, era il nuovo pontefice, il principe Carlo era il futuro monarca d'Inghilterra, Barbie era la nuova regina delle bambole. João Havelange conquistava la corona brasiliana negli affari del calcio, mentre nell'arte del football un ragazzo di diciassette anni chiamato Pelé si consacrava re del mondo.
La consacrazione di Pelé ebbe luogo in Svezia durante il sesto Campionato del Mondo. Parteciparono al torneo dodici squadre europee, quattro americane e nessuna di altre latitudini.
Gli svedesi poterono assistere alle partite dagli stadi ma anche dalle loro case. Questa fu infatti la prima coppa che venne trasmessa in televisione, anche se le riprese dal vivo e in diretta arrivarono solo dentro i confini nazionali e il resto del mondo le ricevette in differita.
Questa fu anche la prima volta che un paese vinse la la coppa del mondo giocando fuori dal proprio continente. Nel Mondiale del 1958, la nazionale brasiliana cominciò così così, ma fu travolgente a partire dal momento in cui i giocatori si sollevarono e riuscirono ad imporre al direttore tecnico la squadra che loro volevano. Allora cinque riserve divennero titolari. Tra loro Pelé, un adolescente sconosciuto, e Garrincha che si portava dietro già una grande fama dal Brasile e si era messo in grande evidenza nelle partite precedenti, ma era stato escluso dal mondiale perché i test psicologici avevano diagnosticato una certa debolezza mentale. Loro, riserve nere di giocatori bianchi, brillarono di luce propria nella nuova squadra di stelle, insieme ad un altro nero strabiliante, Didí, che da dietro organizzava le loro magie.
Gioco e fuoco: la rivista londinese World Sport disse che bisognava stropicciarsi gli occhi per poter credere che quella era roba del nostro pianeta. Nella semifinale contro la Francia di Kopa e Fontaine i brasiliani vinsero 5-2 e di nuovo 5-2 si imposero nella finale contro i padroni di casa. Il capitano della Svezia, Liedholm, uno dei giocatori più brillanti ed eleganti della storia dl calcio, segnò il primo gol della partita, ma poi Vavá, Pelé e Zagalo misero le cose a posto davanti allo sguardo attonito di re Gustavo Adolfo. Il Brasile divenne campione imbattuto. Quando finì la partita, i giocatori regalarono il pallone al loro tifoso più devoto: il nero Américo, massaggiatore.
La Francia occupò il terzo posto, la Germania Federale il quarto. Il francese Fontaine guidò la classifica dei marcatori con una pioggia di ben tredici reti, otto di destro, quattro di sinistro e uno di testa, seguito da Pelé e dal tedesco Helmut Rhan che ne segnarono sei.

Garrincha

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Uno dei suoi tanti fratelli lo ribattezzò Garrincha, che è il nome di un uccellino bruttarello e inutile. Quando cominciò a giocare a calcio, i medici gli diedero l'estrema unzione: diagnosticarono che non sarebbe mai arrivato ad essere uno sportivo quell'anormale, quel povero avanzo della fame e della poliomielite, asino e zoppo, con un cervello infantile, una colonna vertebrale fatta a S e le due gambe piegate dallo stesso lato.
Non c'è mai stata un'ala destra come lui. Nel Mondiale del 1958 fu il migliore nel suo ruolo. Nel Mondiale del 1962 fu il miglior giocatore del campionato. Ma nel corso degli anni che ha trascorso in campo, Garrincha è stato di più: è stato l'uomo che ha regalato più allegria in tutta la storia del football.
Quando era lì, il campo da gioco era una pista da circo, il pallone un animale addestrato, la partita era l'invito a una festa. Garrincha non si lasciava soffiare la palla, bambino che difendeva il suo giocattolo; la palla e lui compivano diavolerie che facevano morire dal ridere la gente: lui saltava su di lei, lei si arrampicava su di lui, lei si nascondeva, lui scappava, lei lo rincorreva. Lungo la strada, gli avversari si scontravano tra di loro, le loro gambe si intrecciavano, avevano mal di mare, cadevano a terra seduti. Garrincha esercitva le sue astuzie di malandrino ai bordi del campo, sul confine destro, lontano dal centro: cresciuto nelle periferie, in periferia giocava. Giocava per un club chiamato Botofango che significa accendi il fuoco, e proprio così era lui: il Botofango, che incendiava gli stadi, pazzo per l'aguardiente e per tutto ciò che ardeva, quello che scappava dai ritiri calandosi dalla finestra, perché da qualche posto lontano lo chiamava un pallone che chiedeva di essere giocato, una musica che chiedeva di essere ballata, qualche donna che voleva essere baciata.
Un vincitore? Un perdente fortunato. E la fortuna non dura. Non per altro in Brasile si dice che se la merda valesse qualcosa i poveri nascerebbero senza culo.
Garrincha morì della sua morte: povero, ubriaco e solo.

Il Mondiale del '62

Alcuni astrologi indiani e malesi avevano previsto la fine del mondo, ma il mondo continuava a girare, e tra un giro e l'altro nasceva una organizzazione che veniva battezzata col nome di Amnesty International, l'Algeria muoveva i suoi primi passi di vita indipendente al termine di oltre sette anni di guerra contro la Francia. In Israele impiccavano il criminale nazista Adolf Eichmann, i minatori delle Asturie scendevano in sciopero, papa Giovanni voleva cambiare la Chiesa e restituirla ai poveri. Si fabbricavano i primi dischetti per computer, si realizzavano le prime operazioni col laser, Marylin Monroe perdeva la voglia di vivere.
Quanto era quotato il voto internazionale di un paese? Haiti vendeva il suo in cambio di quindici milioni di dollari, una strada una fornitura di armamenti e un ospedale. Così si consegnava alla Organizzazione degli Stati Americani la maggioranza necessaria per espellere Cuba, la pecora nera del panamericanismo. Fonti ben informate di Miami annunciavano l'imminente caduta di Fidel Castro, che sarebbe stato rovesciato nel giro di poche ore. Settantacinque richieste di proibizione venivano presentate ai tribunali americani contro il romanzo Tropico del Cancro, di Henry Miler, che per la prima volta era stato pubblicato senza censura. Linus Pauling, che stava per ricevere il suo secondo premio Nobel, camminava davanti alla Casa Bianca portando un cartello di protesta contro le esplosioni nucleari, mentre Benny Kid Paret, cubano, nero, analfabeta, cadeva morto, massacrato di colpi, sul ring del Madison Square Garden.
A Menphis, Elvis Presley annunciava il suo ritiro dopo aver venduto trecento milioni di dischi, ma subito se ne pentiva mentre a Londra una casa discografica, la Decca, si rifiutava di registrare le canzoni di certi musicisti capelloni che si chiamavano Beatles. Carpentier pubblicava El siglo de las luces, Gelman pubblicava Gotán, i militari argentini rimuovevano il presidente Frondizi, moriva il pittore brasiliano Cándido Portinari. Apparivano Primeras estórias di Guimaraes Rosa e le poesie che Vinicius de Moraes scrisse Para vivir um grande amor. João Gilberto sussurrava Samba de uma nota só alla Carnegie Hall, mentre i giocatori del Brasile atterravano in Cile, decisi a conquistare il settimo Campionato Mondiale di calcio, davanti ad altri cinque paesi americani e dieci europei.
Nel Mondiale del 1962, Di Stefano non ebbe fortuna. Avrebbe giocato con la nazionale della Spagna, il suo paese di adozione. A 36 anni quella era la sua ultima opportunità. Alla vigilia del debutto si infortunò al ginocchio destro e non ci fu nulla da fare. Di Stefano, la Saeta rubia (Freccia bionda), uno dei migliori giocatori della storia del calcio, non poté mai giocare un Mondiale. Pelé, altra stella di tutti i tempi, non arrivò molto lontano nel Mondiale del Cile. Si procurò subito uno strappo muscolare e finì fuori squadra. Un altro mostro sacro del calcio, il russo Yashin, fu anche lui infortunato: il miglior portiere del mondo dovette papparsi quattro gol contro la Colombia. Pare che gli fosse scappata un po' la mano con i bicchierini che lo tranquillizzavano nello spogliatoio.
Il Brasile vinse in torneo. Senza Pelé e sotto la direzione di Didí. Amarildo brillò nel difficile ruolo di Pelé, in difesa Djalma Santos fu una muraglia e davanti Garrincha delirava e faceva delirare. "Da che pianeta arriva Garrincha?" si chiedeva il giornale El Mercurio mentre il Brasile liquidava i padroni di casa. I cileni si erano imposti sull'Italia in una partita che fu una battaglia campale, e avevano sconfitto anche la Svizzera e l'Unione Sovietica. Si erano ingozzati di spaghetti, cioccolato e vodka, ma gli andò di traverso il caffè: il Brasile vinse 4-2.
Nella finale, il Brasile sconfisse la Cecoslovacchia 3-1 e fu, come nel 1958, campione imbattuto. Per la prima volta una finale del Campionato del Mondo si potè vedere in diretta in televisione in eurovisione, anche se la ripresa era in bianco e nero e arrivava in pochi paesi.
Il Cile conquistò il terzo posto, il miglior piazzamento della sua storia, e la Jugoslavia si piazzò quarta grazie a un uccellino chiamato Dragoslav Sekularac, che nessuna difesa riuscì a intrappolare.
Nel campionato non ci fu un vero capocannoniere, ma molti giocatori realizzarono quattro gol: i brasiliani Garrincha e Vavá, il cileno Sánchez, lo jugoslavo Jerkovic, l'ungherese Albert e il sovietico Ivanov.

Il Mondiale del '66

I militari causavano un bagno di sangue in Indonesia, mezzo milione di morti, forse un milione, e il generale Suharto iniziava la sua lunga dittatura assassinando i pochi rossi, o rosa, o forse solo dubbiosi che restavano vivi. Altri militari deponevano N'Krumah, presidente del Ghana e profeta dell'unità africana, mentre i suoi colleghi d'Argentina sloggiavano il presidente Illia con un colpo di stato.
Per la prima volta nella storia, una donna, Indira Gandhi, governava l'India. Gli studenti abbattevano la dittatura militare dell'Ecuador. L'aviazione degli Stati Uniti bombardava Hanoi nel corso di una nuova offensiva, ma nell'opinione pubblica americana cresceva la certezza che non sarebbero mai dovuti entrare in Vietnam, che non avrebbero dovuto restarci e che avrebbero dovuto uscirne quanto prima.
Truman Capote pubblicava A sangue freddo, apparivano Cent'anni di solitudine di García Márquez e Paradiso di Lezama Lima. Il prete Camilo Torres cadeva combattendo sulle montagne della Colombia, Che Guevara cavalcava il suo magro Ronzinante per le campagne della Bolivia. Mao scatenava la rivoluzione culturale in Cina. Varie bombe atomiche cadevano sulla costa spagnola di Almería e, pur non esplodendo, seminavano il panico. Fonti ben informate di Miami annunciavano l'imminente caduta di Fidel Castro, che sarebbe stato rovesciato nel giro di poche ore.
A Londra, Harold Wilson masticava la sua pipa e celebrava la vittoria nelle elezioni. Le ragazze indossavano la minigonna, Carnaby Street dettava la moda e tutto il mondo canticchiava le canzoni dei Beatles mentre si inaugurava l'ottavo Campionato Mondiale di Calcio.
Questo fu l'ultimo Mondiale di Garrincha, e fu anche l'addio del portiere messicano Antonio Carbajal, l'unico giocatore ad aver partecipato cinque volte al torneo.
Parteciparono sedici squadre: dieci europee, cinque americane e, cosa rara, la Corea del Nord. Clamorosamente la formazione coreana eliminò l'Italia con il gol di Pak, un dentista di Pyongyang che faceva il calciatore solo nei ritagli di tempo. Nella selezione italiana giocavano niente meno che Gianni Rivera e Sandro Mazzola. Pier Paolo Pasolini diceva di loro che giocavano un calcio di buona prosa interrotta da versi folgoranti, ma il dentista li lasciò muti.
Per la prima volta fu trasmesso tutto il campionato in diretta, via satellite, e il mondo intero poté vedere, ancora in bianco e nero, lo show degli arbitri. Nel Mondiale precedente gli arbitri europei avevano diretto 26 partite, in questo diressero 24 delle 32 gare disputate. Un arbitro tedesco fece gentile omaggio all'Inghilterra della partita contro l'Argentina, mentre un arbitro inglese regalava alla Germania la partita contro l'Uruguay. Il Brasile non ebbe miglior sorte. Pelé fu impunemente inseguito a pedate dalla Bulgaria e dal Portogallo che lo gettarono fuori dal campionato.
La regina Elisabetta presenziò alla finale. Non esultò ad alcun gol ma applaudì discretamente. Il Mondiale si giocò tra l'Inghilterra di Bobby Charlton, uomo di terribile spinta e di grande mira, e la Germania di Franz Beckenbauer, che iniziava solo allora la sua carriera ma già giocava come se indossasse cilindro, guanti e bastone. Qualcuno aveva rubato la Coppa Rimet, ma un cane chiamato Pickles la trovò abbandonata in un parco di Londra. Così il Trofeo fece in tempo ad arrivare nelle mani del vincitore. L'Inghilterra si impose 4-2, il Portogallo arrivò terzo. Al quarto posto l'Unione Sovietica. La regina Elisabetta insignì del titolo nobiliare Alf Ramsey, il direttore tecnico della nazionale vincitrice, e il cane Pickles divenne un eroe nazionale.
Il Mondiale del 1966 fu rovinato dalle tattiche difensive. Tutte le squadre praticavano il catenaccio e lasciavano un giocatore libero, col compito di spazzare l'area di rigore alle spalle dei terzini. Tuttavia Eusebio, il cannoniere africano del Portogallo, riuscì a superare nove volte quelle impenetrabili muraglie costituite dalle difese avversarie. Dopo di lui, nella classifica dei cannonieri, risultò il tedesco Haller con sei centri.

Pelé

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Cento canzoni lo nominano. A diciassette anni fu campione del mondo e re del football. Non ne aveva ancora compiuto venti quando il governo del Brasile lo dichiarò patrimonio nazionale e ne proibì l'esportazione. Vinse tre campionati mondiali con la nazionale brasiliana e due con il Santos. Dopo il suo gol numero mille continuò ad aggiungerne altri. Giocò più di milletrecento partite, in ottanta nazioni, una partita dopo l'altra, a ritmo tambureggiante, e realizzò quasi milletrecento gol. Una volta fermò addirittura una guerra: Nigeria e Biafra firmarono una tregua per vederlo giocare.
Vederlo giocare valeva davvero una tregua e molto di più. Quando Pelé avanzava di corsa, passava attraverso gli avversari come un coltello. Quando si fermava, gli avversari si perdevano nei labirinti che le sue gambe disegnavano. Quando saltava, saliva nell'aria come se l'aria fosse una scala. Quando batteva un tiro da fermo, gli avversari che formavano la barriera avevano voglia di piazzarsi alla rovescia, con la faccia rivolta alla porta, per non perdersi il golazo.
Era nato in una casa povera, in un paesino remoto, e arrivò alla vetta del potere e della fortuna, dove i neri solitamente hanno l'entrata proibita. Fuori dal campo non regalò mai un minuto del suo tempo e mai una moneta gli cadde dalla tasca. Ma noi che abbiamo avuto la fortuna di vederlo giocare, abbiamo ricevuto un regalo di rara bellezza: momenti a tal punto degni di immortalità, che ci consentono di credere che l'immortalità esiste.

Gol di Pelé


Accadde nel 1969. Il Santos giocava contro il Vasco da Gama nello stadio Maracaná.
Pelé attraversò il campo a folate, evitando gli avversari nell'aria, senza toccare terra, e quando ormai stava per entrare in porta con il pallone, fu messo a terra.
L'arbitro fischiò il rigore, Pelé non volle tirarlo. Centomila persone lo "obbligarono" gridandone il nome.
Pelé aveva segnato molti gol al Maracaná. Gol prodigiosi come quello del 1961 contro il Fluminense quando aveva dribblato sette giocatori e anche il portiere. Ma questo rigore era differente: la gente sentì che aveva qualcosa di sacro. E per questo il popolo più chiassoso del mondo fece silenzio. Il clamore della folla tacque di colpo come se obbedisse a un ordine: nessuno parlava, nessuno respirava, nessuno era lì. Improvvisamente sulle tribune non c'era più nessuno e in campo nemmeno. Pelé e il portiere Andrada erano soli. In solitudine aspettavano. Pelé fermo vicino al pallone nel punto bianco del rigore. Dodici passi più in là, Andrada, piegato, su se stesso, in agguato tra i pali.
Il portiere arrivò a toccarla, ma Pelé inchiodò il pallone in rete. Era il suo gol numero mille. Nessun altro giocatore aveva fatto mille gol nella storia del calcio professionistico.
Allora la folla tornò a esistere, e saltò come un bambino pazzo di allegria, illuminando la notte.

Il Mondiale del '70

A Praga moriva Jiri Trnka, maestro del cinema delle marionette, e a Londra moriva Bertrand Russell dopo quasi un secolo di vita molto attiva. A venti anni di età, il poeta Rugama cadeva in Managua combattendo da solo contro un battaglione del dittatore Somoza. Il mondo perdeva la sua musica: si disintegravano i Beatles per overdose di successo, mentre per overdose di droga se ne andavano il chitarrista Jimi Hendrix e la cantante Janis Joplin.
Un ciclone radeva al suolo il Pakistan e un terremoto cancellava quindici città delle Ande peruviane. A Washington nessuno più credeva alla guerra del Vietnam ma la guerra continuava. Secondo il Pentagono i morti erano un milione, mentre i generali americani fuggivano in avanti invadendo la Cambogia. Allende iniziava la sua campagna per la presidenza del Cile, dopo tre sconfitte, e prometteva di dare latte a tutti i bambini e di nazionalizzare le miniere di rame. Fonti ben informate di Miami annunciavano l'imminente caduta di Fidel Castro che sarebbe stato spodestato nel giro di poche ore. Cominciava il primo sciopero nella storia del Vaticano, a Roma incrociavano le braccia i funzionari del Santo Padre mentre in Messico muovevano le gambe i giocatori del nono Campionato del Mondo di Calcio.
Parteciparono nove squadre europee, cinque americane, Israele e Marocco. Nella partita inaugurale l'arbitro alzò per la prima volta un cartellino giallo. Il cartellino giallo che indicava l'ammonizione e il cartellino rosso che indicava l'espulsione non furono le uniche novità del Mondiale del Messico. Il regolamento autorizzò la sostituzione di due giocatori nel corso di ogni partita. Fino ad allora solo il portiere poteva essere sostituito in caso di infortunio e non risultava molto difficile ridurre a forza di calci il numero dei giocatori avversari.
Immagini della Coppa 1970: la figura di Beckenbauer, con un braccio legato, che si batte fino all'ultimo minuto. Il fervore di Tostão, appena operato ad un occhio, che sopporta a piè fermo tutte le partite. I voli di Pelé al suo ultimo mondiale. “Siamo saltati insieme”, raccontò Burgnich, il difensore italiano che lo marcava, “ma quando io sono tornato a terra ho visto che Pelé si manteneva sospeso in aria”.
Quattro campioni del mondo, Brasile, Italia Germania e Uruguay, disputavano le semifinali. La Germania occupò il terzo posto, l'Uruguay il quarto. In finale il Brasile schiacciò l'Italia per 4-1. La stampa inglese commentò: “dovrebbe essere proibito un calcio così bello”. L'ultimo gol merita di essere ricordato in piedi: la palla passò per tutto il Brasile, la toccarono in undici e alla fine Pelé la mise su un piatto d'argento, senza guardare, per il tiro di Carlos Alberto che arrivava in corsa.
La Torpedine Müller della Germania capeggiò la classifica dei marcatori con dieci reti, seguito dal brasiliano Jairzinho con sette.
Campione invitto per la terza volta, al Brasile toccò la proprietà della Coppa Rimet. Alla fine del 1983 la Coppa fu rubata e venduta dopo essere stata ridotta a quasi due chili di oro puro. Una copia occupa il suo posto nella bacheca.

Gol di Maradona

Accadde nel 1973. Si misuravano le formazioni dei ragazzi dell'Argentinos Junior e del River Plate a Buenos Aires.
Il numero 10 dell'Argentinos ricevette il pallone dal suo portiere, scartò il centravanti del River e iniziò la sua corsa. Vari giocatori gli si fecero incontro. A uno fece passare il pallone di lato, all'altro tra le gambe, l'altro ancora lo ingannò di tacco. Poi, senza fermarsi, lasciò paralizzati i terzini e il portiere caduto a terra e camminò con il pallone ai piedi fin dentro la porta avversaria. In mezzo al campo erano rimasti sette ragazzini fritti e quattro che non riuscivano a chiudere la bocca.
Quella squadra di ragazzini, le Cebollitas, era imbattuta da cento partite e aveva già richiamato l'attenzione di giornalisti. Uno dei giocatori el Veneno (il Veleno), che aveva tredici anni, dichiarò: "Noi giochiamo per divertirci. Non giocheremo mai per i soldi. Quando comincia a esserci di mezzo il danaro, tutti si ammazzano per poter essere delle stelle e allora arrivano l'invidia e l'egoismo".
Parlò abbracciato al giocatore più amato da tutti, che era il più allegro e il più piccoletto: Diego Armando Maradona, che aveva dodici anni e aveva appena segnato quel gol incredibile. Maradona aveva l'abitudine di cacciare fuori la lingua quando era in piena spinta. Tutti i suoi gol erano stati fatti con la lingua fuori. Di notte dormiva abbracciato alla palla e di giorno con lei faceva prodigi. Viveva in una casa povera di un quartiere povero e voleva diventare un perito industriale.

Il Mondiale del '78

In Germania moriva il popolare Maggiolino della Volkswagen. In Inghilterra nasceva il primo bambino in provetta. In Italia si legalizzava l'aborto. Soccombevano le prime vittime dell'AIDS, una maledizione che ancora non si chiamava così. Le Brigate Rosse assassinavano Moro e gli Stati Uniti si impegnavano a restituire a Panama il canale usurpato agli inizi del secolo. Fonti ben informate di Miami annunciavano la imminente caduta di Fidel Castro che sarebbe stato rovesciato nel giro di poche ore. IN Nicaragua traballava la dinastia dei Somoza, in Iran traballava la dinastia dello Scià, i militari del Guatemala mitragliavano una folla di contadini nel villaggio di Panzós. Domitila Barrios e altre quattro lavoratrici delle miniere di stagno iniziavano uno sciopero della fame contro la dittatura militare della Bolivia; all'improvviso tutta la Bolivia era in sciopero della fame, la dittatura cadeva. La dittatura militare argentina, al contrario, godeva di buona salute, e per provarlo organizzava l'undicesimo Campionato del Mondo di Calcio. Parteciparono dieci paesi europei, quattro americani, Iran e Tunisia. Il papa inviò la sua benedizione. Al suono di una marcia militare, il generale Videla decorò Havelange durante la cerimonia di inaugurazione nello stadio Monumental di Buenos Aires. A pochi passi da lì era in pieno funzionamento la Auschwitz argentina, il centro di tortura e sterminio della Scuola di Meccanica dell'Esercito. E, alcuni chilometri più in là, gli aerei lanciavano i prigionieri vivi in fondo al mare.
"Finalmente il mondo può vedere l'immagine vera dell'Argentina", annunciò il presidente della FIFA davanti alle telecamere delle televisioni. Henry Kissinger, ospite d'onore, annunciò: "questo paese ha un grande futuro, a tutti i livelli".
E il capitano della squadra tedesca Berti Vogts, che diede il calcio d'inizio, dichiarò qualche giorno più tardi: "l'Argentina è un paese nel quale regna l'ordine. Io non ho visto nessun prigioniero politico".
I padroni di casa vinsero alcune partite, ma persero contro l'Italia e pareggiarono con il Brasile. Per arrivare alla finale contro l'Olanda dovevano annegare il Perù sotto una pioggia di gol. L'Argentina ottenne abbondantemente il risultato del quale aveva bisogno, ma la goleada (6-0) riempì di dubbi i malpensanti, e a dire il vero anche i benpensanti. I peruviani furono presi a sassate al rientro a Lima.
La finale tra Argentina e Olanda fu decisa ai supplementari. Vinsero gli argentini per 3-1 e, in una certa misura, la vittoria fu possibile grazie al patriottismo del palo che salvò la porta argentina all'ultimo minuto dei tempi regolamentari. Quel palo, che fermò una conclusione di Rensenbrink, non fu mai oggetto di onori militari, per la solita ingratitudine umana. Ad ogni modo, più decisivi dei pali risultrono i gol di Mario Kempes, un puledro inarrestabile che si mise in luce galoppando con la chioma al vento sopra il prato imbiancato di coriandoli.
Al momento di ricevere il trofeo, i giocatori olandesi si rifiutarono di salutare i capi della dittatura argentina. Al terzo posto arrivò il Brasile, al quarto l'Italia.
Kempes fu il miglior giocatore della Coppa e anche il capocannoniere con sei centri. Alle sue spalle si piazzarono Cubillas e l'olandese Rensenbrink, con cinque gol a testa.

Il Mondiale del '86

Baby Doc Duvalier fuggiva da Haiti rubando tutto, così come rubando tutto fuggiva Ferdinad Marcos dalle Filippine, mentre gli archivi americani rivelavano, meglio tardi che mai, che Marcos, l'acclamato eroe filippino della seconda guerra mondiale, era stato in realtà un disertore.
La cometa di Halley visitava il nostro cielo dopo una lunga assenza, si scoprivano nove lune intorno al pianeta Urano, appariva il primo buco nella cappa di ozono che ci protegge dal sole. Si diffondeva una nuova medicina, figlia dell'ingegneria genetica, contro la leucemia. In Giappone si suicidava una cantante di successo e subito dopo di lei sceglievano la morte anche ventitré dei suoi devoti. Un terremoto lasciava senza casa duecentomila salvadoregni e la catastrofe della centrale nucleare di Chernobyl scatenava una pioggia di veleno radioattivo, impossibile da misurare e da arrestare, sopra chissà quanto spazio e quanta gente.
Felipe González diceva "" alla NATO , l'alleanza militare atlantica, dopo aver gridato "No", e un plebiscito benediceva la sua virata mentre Spagna e Portogallo entravano nel mercato comune europeo. Il mondo piangeva la morte di Olof Palme, il primo ministro svedese, assassinato per strada. Giorni di lutto per l'arte e le lettere: se ne andavano lo scultore Henry Moore e gli scrittori Simone de Beauvoir, Jean Genet, Juan Rulfo e Jorge Luis Borges.
Scoppiava lo scandalo Irangate che vedeva implicato il presidente americano Regan, la CIA e i contras del NIcaragua nel traffico di armi e di droga, mentre esplodeva la navetta spaziale Challenger al momento del decollo da Cape Canaveral con a bordo sette uomini di equipaggio. L'aviazione statunitense bombardava la Libia e uccideva la figlia del colonnello Gheddafi, punizione per un attentato che qualche anno dopo fu attribuito all'Iran.
In un carcere di Lima morivano a colpi di mitragliatrice quattrocento prigionieri. Fonti ben informate di Miami annunciavano l'imminente caduta di Fidel Castro che sarebbe stato rovesciato nel giro di poche ore. A cadere furono invece molti edifici senza fondamenta e con tutta la gente dentro, quando un terremoto aveva fatto tremare Città del Messico l'anno prima. E buona parte della città era ancora in rovina mentre si inaugurava il tredicesimo Campionato Mondiale di Calcio.
Alla Coppa del 1986 parteciparono quattordici paesi europei e sei americani, oltre a Marocco, Corea del Sud, Iraq e Algeria. In Messico nacque la ola sulle tribune che, a partire da allora, muove le tifoserie di tutto il mondo al ritmo del mare agitato. Ci furono partite di quelle che fanno rizzare i capelli, come quella tra la Francia e il Brasile, nella quale giocatori infallibili come Platini, Zico, Sócrates fallirono ai rigori, e ci furono due spettacolari goleade della Danimarca che rifilò sei gol all'Uruguay e ne prese cinque dalla Spagna.
Ma questo fu il mondiale di Maradona. Contro l'Inghilterra vendicò con due gol di mancina l'orgoglio patrio ferito a morte alle Malvine: fece un gol con la mano sinistra, che lui chiamò "la mano di Dio", e l'altro col piede sinistro, dopo aver mandato a terra tutta la difesa inglese.
L'Argentina disputò la finale contro la Germania. Fu di Maradona il passaggio decisivo che pescò solo Burruchaga e fece in modo che l'Argentina si imponesse per 3-2 e vincesse il campionato quando ormai il cronometro indicava la fine della partita: ma prima c'era stato un gol memorabile: Valdano cavalcò con la palla al piede dalla porta argentina, attraversò tutto il campo, e quando Schumacher gli uscì incontro, la piazzò sul palo destro. Valdano avanzava parlando col pallone, pregandolo: "Per favore, entra".
La Francia si classificò al terzo posto, seguita dal Belgio. L'inglese Lineker capeggiò la classifica dei marcatori con sei centri. Maradona fece cinque gol, come il brasiliano Careca e lo spagnolo Butragueño.

Romario

Venuta da chissà quale regione dell'aria, la tigre appare, piazza la zampata e svanisce. Il portiere, acchiappato nella sua gabbia, non ha neanche il tempo di battere ciglio. Una fiammata, e Romário infila i suoi gol in mezza girata, in rovesciata, al volo, di sguincio, di tacco, di punta o di profilo.
Romário nacque nella miseria, nella favela di Jacarezinho, ma già da bambino si allenava con la firma, per i molti autografi che avrebbe poi firmato nella vita. Conquistò la fama senza pagare il dazio alla menzogna obbligatoria: quest'uomo poverissimo si è sempre concesso il lusso di fare quel che voleva, gaudente della notte, casinaro, ha sempre detto quello che pensava senza pensare a quello che diceva.
Ora ha una collezione di Mercedes-Benz e duecentocinquanta paia di scarpe, ma i suoi migliori amici sono ancora quegli impresentabili campioni dell'arte di arrangiarsi che da bambino gli insegnarono il segreto della zampata.

Maradona

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Giocò, vinse, pisciò, fu sconfitto. L'analisi rivelò la presenza di efedrina e Maradona concluse in malo modo il suo Mondiale del 1994. L'efedrina, che non è considerata una droga stimolante nello sport professionistico degli Stati Uniti e di molti altri Paesi, è proibita nelle manifestazioni internazionali.
Ci fu stupore, scandalo. I tuoni della condanna morale assordarono il mondo intero, ma bene o male si fecero sentire alcune voci di appoggio all'idolo caduto. E non solo nella sua addolorata e attonita Argentina, ma anche in posti lontani come il Bangladesh, dove una manifestazione numerosa gridò nelle strade contestando la FIFA ed esigendo il ritorno dell'espulso. In fin dei conti giudicarlo era facile, ed era facile condannarlo, ma non risultava altrettanto facile dimenticare che Maradona continuava a commettere, da molti anni, il peccato di essere il migliore, il delitto di denunciare a viva voce le cose che il potere ordina di tacere e il crimine di giocare alla mancina, che secondo il Piccolo Larousse illustrato significa "con la sinistra" e significa pure "al contrario di come si deve fare".
Diego Armando Maradona non aveva mai usato stimolanti alla vigilia delle partite per moltiplicare le risorse del suo corpo. E' vero che era stato prigioniero della cocaina, ma si drogava nelle feste tristi, per dimenticare o essere dimenticato, quando già era assediato dalla gloria e non poteva vivere senza quella fama che non lo lasciava vivere. Giocava meglio di chiunque altro malgrado la cocaina, non grazie a essa.
Era schiacciato dal peso del suo stesso personaggio. Aveva problemi alla colonna vertebrale dal lontano giorno in cui la folla aveva gridato il suo nome per la prima volta. Maradona portava un carico chiamato Maradona, che gli faceva scricchiolare la schiena. Il corpo come metafora: gli dolevano le gambe, non poteva dormire senza pastiglie. Non aveva impiegato molto a rendersi conto che era insopportabile la responsabilità di dover lavorare da Dio negli stadi, ma sin dal principio capì che era impossibile smettere di farlo. "Ho bisogno che abbiano bisogno di me", confessò quando già da molti anni portava sulla testa l'aureola, sottomesso alla tirannia del rendimento sovrumano, imbottito di cortisone, analgesici e ovazioni, incalzato dalle esigenze dei suoi devoti e dall'odio di coloro che offendeva.
Il piacere di abbattere gli idoli è direttamente proporzionale alla necessità di averli. In Spagna, quando Goicoechea lo picchiò alle spalle e senza pallone e lo lasciò fuori dei campi di gioco per diversi mesi, non mancarono fanatici che decretarono il trionfo per il colpevole di questo omicidio premeditato, e in tutto il mondo c'era gente in abbondanza disposta a festeggiare la caduta dell'arrogante sudaca, un intruso nell'Olimpo, il nuovo ricco, quello che era scappato dalla fame e si concedeva il lusso dell'insolenza e delle smargiassate.
Poi, a Napoli, Maradona fu Santa Maradonna e San Gennaro divenne San Gennarmando. Nelle strade si vendevano immagini della divinità in pantaloncini corti, illuminata dalla corona della Vergine o avvolta nel sacro manto del santo che sanguina ogni sei mesi. E allo stesso modo si vendevano casse da morto per i club del nord dell'Italia e bottigliette con le lacrime di Silvio Berlusconi. I bambini e i cani sfoggiavano parrucche di Maradona. C'era un pallone sotto i piedi della statua di Dante e il Tritone della fontana vestiva la maglietta azzurra del Napoli. Da oltre mezzo secolo, la squadra della città non vinceva un campionato, città condannata alle furie del Vesuvio e alla sconfitta eterna sui campi di calcio. E grazie a Maradona il sud oscuro era riuscito, infine, a umiliare il luminoso nord che lo disprezzava. Coppa dopo coppa, negli stadi ed europei, il Napoli vinceva, e ogni gol era una profanazione dell'ordine costituito e una rivincita sulla storia. A Milano odiavano il colpevole di questo affronto commesso dai poveri che non stavano più al loro posto, lo chiamavano il prosciutto con i riccioli. E non solo a Milano: nel Mondiale del 1990 la maggior parte del pubblico castigava Maradona con furiose selve di fischi ogni volta che toccava il pallone, e la sconfitta argentina davanti alla Germania Ovest fu celebrata come una vittoria italiana.
Quando Maradona disse che voleva andarsene da Napoli, ci furono alcuni che gli gettarono contro la finestra pupazzetti di cera trafitti da spilloni. Prigioniero della città che lo adorava e della camorra, lui stava già giocando contro il suo cuore, in contropiede; e allora esplose in tutta la sua irruenza lo scandalo della cocaina. Maradona divenne immediatamente Maracoca, un delinquente che si era fatto passare per eroe.
Più tardi, a Buenos Aires, la televisione trasmise il secondo regolamento di conti: arresto dal vivo e in diretta, come se fosse una partita per il divertimento di coloro che si gustarono lo spettacolo del re nudo portato via dalla polizia.
"E' un malato", dissero. Dissero: "E' finito". Il Messia invocato per redimere la maledizione storica degli italiani del sud era stato perfino il vendicatore della sconfitta argentina nella guerra delle Malvinadians, grazie a un gol rubato e a un altro gol favoloso che lasciò gli inglesi a girare come trottole per anni. Ma all'ora della caduta, el Pibe de oro non fu altro che un commediante cocainomane e puttaniere. Maradona aveva tradito i bambini e disonorato lo sport. Lo diedero per morto.
Ma il cadavere si sollevò con un balzo. Espiata la condanna della cocaina, Maradona fu il pompiere della nazionale argentina che stava bruciando le sue ultime possibilità di arrivare al Mondiale del 1994. Grazie a Maradona ci arrivò. E nel Mondiale Maradona tornava a essere, come ai vecchi tempi, il migliore, quando esplose lo scandalo dell'efedrina.
La macchina del potere gliel'aveva giurata. Lui gliene cantava di tutti i colori e questo aveva il suo prezzo; il prezzo si incassa in contanti e senza sconti. E lo stesso Maradona regalò loro la giustificazione, per la sua tendenza suicida a servirsi su un piatto d'argento in faccia ai suoi nemici e per quella irresponsabilità infantile che lo spinge a precipitarsi in tutte le trappole che si aprono sul suo cammino.
Gli stessi giornalisti che lo assediano con i microfoni gli rimproverano la sua arroganza e i suoi scoppi d'ira, e lo accusano di parlare troppo. Non che non abbiano qualche ragione, ma in realtà non è questo che non riescono a perdonargli: in realtà a loro non piace quello che lui a volte dice. Questo piccoletto con la lingua lunga e il sangue caldo ha l'abitudine di lanciare frecciate verso l'alto. Nel 1986 e nel 1994, in Messico e negli Stati Uniti, denunciò l'onnipotente dittatura della televisione che obbligava i giocatori a spaccarsi la schiena a mezzogiorno, abbrustolendosi al sole. E in mille altre occasioni, in tutto l'arco della sua accidentata carriera, Maradona ha detto cose che hanno sollevato un vespaio. Non è stato l'unico giocatore disobbediente, ma è stata la sua voce quella che ha dato risonanza universale alle domande più insopportabili. Perché non valgono nel calcio le orme universali di diritto del lavoro? Se è normale che qualsiasi artista conosca gli utili che il suo show produce,perché i giocatori non possono conoscere i conti segreti della opulenta multinazionale del football? Havelange tace, in altre faccende affaccendato, e Joseph Blatter, burocrate della FIFA che non ha mai tirato calci a un pallone ma gira in una limousine di otto metri con autista nero, si limita a commentare: "L'ultima stella argentina è stato Di Stéfano".
Quando Maradona fu, infine, espulso dal Mondiale del 1994, i campi di calcio persero il loro ribelle più clamoroso. E persero pure un giocatore fantastico. Maradona è incontrollabile quando parla, ma molto di più quando gioca: non c'è chi possa prevedere le diavolerie di questo inventore di sorprese, che non si ripete mai e gode nello sconcertare i computer. Non è un giocatore veloce, torello corto di gambe, ma porta il pallone cucito sul piede e ha occhi su tutto il corpo. Le sue arti di equilibrista infiammano gli stadi. Può rislvere una partita sparando un tiro fulminante con le spalle alla porta o servendo un passaggio impossibile, da lontano, quando è circondato da mille gambe nemiche; e non c'è chi possa fermarlo quando si lancia dribblando gli avversari.
Nel calcio frigido di fine secolo, che esige di vincere e proibisce di godere, quest'uomo è uno dei pochi a dimostrare che la fantasia può anche essere efficace.

I padroni del pallone

La FIFA, che ha il suo trono e la sua sede a Zurigo, il Comitato Olimpico Internazionale, che regna da Losanna, e la società ISL Marketing che tesse i suoi affari a Lucerna, maneggiano i Campionati del Mondo di calcio e le Olimpiadi. Come si vede, le tre poderose organizzazioni hanno sede in Svizzera, un paese diventato famoso per la mira di Guglielmo Tell, la precisione dei suoi orologi e la sua religiosa devozione per il segreto bancario. Casualmente, tutte e tre queste organizzazioni hanno uno straordinario senso del pudore per quel che riguarda il denaro che passa nelle loro mani e quello che nelle loro mani resta.
La ISL Marketing possiede, almeno sino a fine secolo, i diritti esclusivi della vendita della pubblicità negli stadi, i filmati, le videocassette, i cartelloni, i gagliardetti, le mascotte delle competizioni internazionali. Questa impresa appartiene agli eredi di Adolph Dassler, il fondatore dell'Adidas, fratello e nemico del fondatore dell'impresa concorrente Puma. Assegnando il monopolio di questi diritti alla famiglia Dassler, Havelange e Samaranch non fecero altro che esercitare il nobile dovere della gratitudine. L'Adidas, maggior produttrice di articoli sportivi nel mondo, aveva molto generosamente contribuito a edificare il loro potere. Nel 1990, i Dassler vendettero l'Adidas all'imprenditore francese Bernard Tapie, ma rimasero con la ISL, che la famiglia continua a controllare in società con l'agenzia pubblicitaria giapponese Dentsu.
Il potere sullo sport mondiale non è roba da buttar via. Alla fine del 1994, parlando a New York davanti a un'assemblea di uomini d'affari, Havelange confessò alcuni numeri, cosa che in lui è assai poco frequente: "Posso affermare che il movimento finanziario del calcio nel mondo raggiunge, annualmente, i 225 mila milioni di dollari".
E si vantò paragonando questa fortuna con i 136 mila milioni di dollari fatturati nel 1993 dalla General Motors che capeggia la lista delle maggiori industrie multinazionali.
In quello stesso discorso, Havelange avvertì che "il calcio è un prodotto commerciale che deve essere venduto nel modo più saggio possibile", e ricordò quella che è la prima legge della saggezza nel mondo contemporaneo: "Bisogna stare molto attenti alle apparenze".
La vendita dei diritti televisivi è il filone che più rende all'interno della prodiga miniera delle competizioni internazionali, e la FIFA e il Comitato Olimpico Internazionale ricevono la parte del leone di quello che il piccolo schermo paga. Il denaro è spettacolarmente moltiplicato da quando la televisione ha cominciato a trasmettere in diretta, in tutti i paesi, i tornei mondiali. Le Olimpiadi di Barcellona hanno ricevuto dalle televisioni, nel 1992, seicentotrenta volte più denaro che le Olimpiadi di Roma del 1960, quando la trasmissione arrivava solo in ambito nazionale.
E al momento di decidere quali saranno le società pubblicitarie di ogni torneo, sia Havelange sia Samaranch sia la famiglia Dassler hanno tutto ben chiaro: bisogna scegliere quelle che pagano di più. La macchina che trasforma ogni passione in denaro non può permettersi il lusso di promuovere i prodotti più sani e consigliabili per la vita sportiva: in modo puro e semplice si pone sempre al servizio del miglior offerente e le interessa solo sapere se la Mastercard paga meglio o peggio della Visa o se la Fujifilm mette o non mette sul tavolo più soldi della Kodak. La Coca-Cola, elisir rinvigorente che non può mancare nel corpo di alcun atleta, capeggia sempre la lista. Le sue virtù milionarie la pongono fuori dalla mischia.
In questo calcio di fine secolo, così dipendente dal marketing e dagli sponsor, non deve sorprendere che alcuni dei club più importanti d'Europa non siano altro che aziende che appartengono ad altre aziende. La Juventus di Torino fa parte, come la FIAT, del gruppo Agnelli. Il Milan appartiene alla costellazione di trecento imprese del gruppo Berlusconi. Il Parma è della Parmalat. La Sampdoria del gruppo petrolifero Mantovani. La Fiorentina del produttore cinematografico Cecchi Gori. L'Olimpique di Marsiglia fu lanciato sul proscenio del calcio europeo quando divenne una delle aziende di Bernard Tapie, fino a quando una storia di corruzione mandò in rovina l'imprenditore di successo. Il Paris Saint-Germain appartiene alla televisione Canal Plus. La Peugeot, sponsor del club Sochaux, è anche padrona del suo stadio. La Philips è padrona del club olandese PSV Eindhoven. Si chiamano Bayer i due club di prima divisione tedesca che l'industria finanzia: il Bayer Leverkusen e il Bayer Uerdingen. L'inventore e padrone dei computer Amstrad è anche proprietario del club britannico Tottenham Hotspur, le cui azioni sono quotate in borsa, e il Blackburn Rover appartiene al gruppo Walker. In Giappone, dove il calcio professionistico esiste da poco, le principali aziende hanno formato dei club e messo sotto contratto stelle internazionali, partendo dalla certezza che il calcio è un linguaggio internazionale che può contribuire a proiettare i loro affari in tutto il mondo. L'azienda elettrica Furukawa ha fondato il club Jef United Ichihara e ha messo sotto contratto l'asso tedesco Pierre Littbarski e i cechi Frantisek e Pavel. La Toyota ha generato il club Nagoya Grampus che ha avuto nelle proprie file il goleador inglese Gary Lineker. Il vecchio, ma sempre brillante Zico, ha giocato per il Kashima, che appartiene al gruppo industriale e finanziario Sumitomo. Le aziende Mazda, Mitsubishi, Nissan, Panasonic e Japan Airlines hanno anch'esse la loro squadra di calcio.
Il club può perdere denaro, ma questo dettaglio può anche essere senza importanza se offre una buona immagine alla costellazione di affari di cui fa parte. Per questo la proprietà non è segreta: il football serve alla pubblicità delle aziende, e nel mondo non esiste uno strumento popolare altrettanto efficace per le relazioni pubbliche. Quando Silvio Berlusconi comprò il Milan che era sull'orlo della bancarotta, iniziò la sua nuova era dispiegando tutta la coreografia tipica di un grande lancio pubblicitario. Un pomeriggio del 1987, gli undici giocatori del Milan discesero lentamente in elicottero al centro del campo, mentre negli altoparlant cavalcavano le valchirie di Wagner. Bernard Tapie, altro specialista nella promozione di se stesso, era solito celebrare le vittorie dell'Olimpique con grandi feste, folgoranti fuochi artificiali e raggi laser, nelle quali si esibivano i migliori gruppi rock.
Il calcio, fonte di emozioni popolari, genera fama e potere. I club che hanno una certa autonomia, e che non dipendono direttamente da altre aziende, sono abitualmente dirette da grigi uomini d'affari e politici di secondo piano, che utilizzano il calcio come una catapulta di prestigio per lanciarsi al primo piano della popolarità. Ci sono anche rari casi nei quali accade il contrario: uomini che pongono la loro ben consolidata fama al servizio del calcio, come il cantante inglese Elton John, che fu presidente del Watford, o il regista cinematografico Francisco Lombardi che presiede lo Sporting Cristal in Perù.

Il Mondiale del '90

Si vendono gambe
(Per Ángel Ruocco)
Perfino il Papa di Roma ha sospeso i suoi viaggi per un mese. Per un mese, finché dura il Mondiale dell'Italia, anche io sarò chiuso per calcio, come molti altri milioni di semplici mortali.
Nulla di strano. Come tutti gli uruguaiani, da bambino volevo essere giocatore di calcio. Per la mia assoluta mancanza di talento, non trovai altro rimedio che diventare scrittore. E magari io potessi, in qualche impossibile giorno di gloria, scrivere col coraggio di Obdulio, la grazia di Garrincha, la bellezza di Pelé e la penetrazione di Maradona.
Nel mio paese, il calcio è l'unica religione senza atei; e mi consta che la professano anche, in gran segreto, di nascosto, quando nessuno li vede, i rari uruguaiani che pubblicamente disprezzano il calcio o l'accusano di tutto. La furia dei pubblici ministeri maschera un amore inconfessabile. Il calcio ha la colpa, tutta la colpa, e se il calcio non esistesse, sicuramente i poveri farebbero la rivoluzione sociale e tutti gli analfabeti sarebbero dottori; ma nel fondo della sua anima, ogni uruguaiano che si rispetti finisce per soccombere, presto o tardi, all'irresistibile tentazione dell'oppio dei popoli.
E sia detta la verità questo bel spettacolo, questa festa degli occhi, è anche un porco commercio. Non c'è droga che muova fortune tanto immense nei quattro punti cardinali del mondo. Un buon giocatore è una merce molto preziosa che si quota e si compra e si vende e si presta, secondo la legge del mercato e la volontà dei mercanti.
Legge del mercato, legge del successo. C'è sempre meno spazio per l'improvvisazione e la spontaneità creativa. Importa il risultato, sempre di più, e sempre meno l'arte, ed il risultato è nemico del rischio e dell'avventura. Si gioca per guadagnare, o per non perdere, e non per godere l'allegria di dare allegria. Anno dopo anno, il calcio si va raffreddando; e l'acqua nelle vene garantisce l'efficacia. La passione di giocare per giocare, la libertà di divertirsi e divertire, la diavoleria inutile e geniale, si vanno trasformando in temi di evocazione nostalgica.
Il calcio sud-americano, quello che più commette ancora questi peccati di lesa efficienza, sembra condannato dalle regole universali del calcolo economico. Legge del mercato, legge del più forte. Nell'organizzazione disuguale del mondo, il calcio sud-americano è un'industria da esportazione, produce per altri. La nostra regione svolge funzioni di domestica del mercato internazionale. Nel calcio, come in tutto il resto, i nostri paesi hanno perso il diritto di svilupparsi verso dentro. Non si può far altro che vedere i selezionati di Argentina, Brasile ed Uruguay in questo mondiale del 90. I giocatori si conoscono sull'aereo. Solamente un terzo gioca nel proprio paese; i due terzi restanti sono emigrati ed appartengono, quasi tutti, alle squadre europee. Il Sud non vende solo braccia, ma anche gambe, gambe d'oro, ai grandi centri stranieri della società del consumo; ed in fin dei conti, i buoni giocatori sono gli unici emigranti che l'Europa accoglie senza tormenti burocratici né fobie razziste.
Sembra che molto presto cambieranno il regolamento internazionale. I club europei potrebbero, di qui a poco, mettere sotto contratto quattro, o chissà cinque, giocatori stranieri. In quel caso, mi domando che cosa sarà del calcio sud-americano. Non ci rimarranno neppure i massaggiatori.
In questi tempi di forti dubbi, uno continua a credere che la terra è tonda per il fatto che somiglia molto magicamente al pallone che gira, sul prato degli stadi. Ma anche il calcio dimostra che questa terra non è tanto rotonda come si dice.

Il Mondiale del '98

Insegnamenti del Mondiale
Grazie alla recente Coppa del Mondo, abbiamo potuto imparare, o confermare:
- Che le carte di credito MasterCard tonificano i muscoli, e che la Coca Cola e gli hamburger McDonald's non possono mancare nel menù di un buon atleta.
- Che nella finale la Francia mortificò il Brasile, e questo significa anche che Adidas si è imposta sulla Nike. L'amore della Nike per il calcio brasiliano fece sì che l'impresa pagasse quattrocento milioni di dollari alla sua selezione, ed un'altra milionata alla sua stella, Ronaldo. Denunce ben documentate rivelano che la Nike ha imposto la presenza di Ronaldo nell'ultima partita; sono numerosi gli indizi che per questa ragione Ronaldo fu strappato dall'ospedale. Gravemente affetto da convulsione, giocò ma non giocò.
- Che la selezione trionfatrice è stata una squadra di immigrati. Secondo i sondaggi, la metà dei francesi crede che bisogni sbattere fuori gli immigranti, ma tutti i francesi celebrarono il trionfo come se i neri e gli arabi fossero figli di Giovanna d'Arco.
- Che il calcio continua ad avere, miracolosamente, la capacità di sorprendere. Per la Croazia nessuno dava due soldi, ed a furia di coraggio conquistò il terzo posto.
- Che il calcio continua ad avere, miracolosamente, la capacità di bellezza. Ho visto tutte le partite, e non mi pento. Il calcio di fine di secolo, calcolatore, difensivo, è negato alla bellezza; ma questa c'è stata, c'è stata.


Dopo i Mondiali '98

Calcio in pillole

Campioni

Il Brasile non poté essere pentacampeón. Adidas, sì. Dalla Coppa del 54, che Adidas vinse quando vinse la Germania, questa è la quinta consacrazione delle selezioni che rappresentano la marca delle tre barre. Adidas ha alzato, con la Francia, il trofeo mondiale d'oro massiccio e conquistato, con Zinedine Zidane, il premio al migliore giocatore del campionato. L'impresa rivale, la Nike, ha dovuto accontentarsi del secondo e quarto posto, che hanno ottenuto le sue selezioni del Brasile e Olanda. La stella della Nike, Ronaldo, non si è distinta troppo. Un'impresa minore, la Lotto, ha fatto il colpo con la sorprendente Croazia che è arrivata terza.
Secondo un recente studio scientifico pubblicato dal Daily Telegraph di Londra, i tifosi secernono, durante le partite, quasi tanto testosterone che i giocatori. Ma bisogna riconoscere che anche le imprese multinazionali sudano nella camicia come se fosse una maglietta.

Stelle
I giocatori di calcio più famosi sono prodotti che vendono prodotti. Ai tempi di Pelé, il giocatore giocava, e quell'era tutto, o quasi tutto. Ai tempi di Maradona, già in piena auge della televisione e della pubblicità di massa, le cose erano cambiate. Maradona guadagnò molto, e molto pagò, riscosse con le gambe, pagò con l'anima. Quando frequentava già da alcuni anni i campi di calcio, la crisi lo ruppe, e si ammalò gravemente per overdose di successo.
Il successo spettacolare di Ronaldo gli permette di fatturare mille dollari l'ora, incluse le ore che dorme. Nel Mondiale del 98, all'età di poco più di vent'anni, Ronaldo soffrì una crisi precoce di convulsioni, un attacco di nervi. Dicono che la pressione della Nike lo mise a forza nella finale contro la Francia. Il fatto è che giocò malato, e non poté esibire come doveva le virtù del nuovo modello di scarpette, le R-9, che la Nike stava lanciando sul mercato per mezzo dei suoi piedi.

Prezzi
Alla fine del secolo, i giornalisti specializzati parlano sempre meno delle abilità dei giocatori e sempre più delle loro quotazioni. I dirigenti, gli impresari, gli appaltatori e gli altri tagliatori del baccalà occupano un spazio crescente nelle cronache calcistiche. Prima, i "passaggi" si riferivano al viaggio della palla da un giocatore all'altro; ora, i "passaggi" alludono piuttosto al viaggio del giocatore da un club ad un altro o da un paese all'altro. Quanto stanno rendendo i divi in relazione all'investimento? Gli specialisti ci bombardano col vocabolario di questi tempi: offerta, compra, opzione di acquisto, vendita, cessione in prestito, valorizzazione, svalutazione.
L'anno scorso, uno spot televisivo di Fox Sports esortava a guardare il calcio promettendo: "Sii testimone di come il pesce grande mangia il pesce piccolo". Era un invito alla noia. Fortunatamente, nel Mondiale 98, in più di un'occasione il pesce piccolo s'è mangiato il pesce grande, con spine e tutto. Questo è il buono che riservano, a volte, il football e la vita.

Sudamericani
Delle squadre sudamericane, quello che più mi è piaciuta è stata l'Olanda.
La selezione arancio ha offerto un calcio rutilante, di buon tocco e passaggi brevi, gioioso della palla. Questo stile sudamericano si dovette, in larga misura, all'apporto dei suoi giocatori venuti dal Sudamerica discendenti di schiavi, nati in Suriname. Non c'erano neri tra i diecimila tifosi che arrivarono in Francia dall'Olanda, ma sul campo sì che c'erano. Fu una festa vederli Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Kluivert, Davids. Kluivert è sottile come Francescoli, e tentenna come lui. Davids, motore della squadra, gioca e crea gioco, mette gamba e mette liti, perché non accetta che i neri riscuotano meno che i bianchi nei club d'Olanda.

Africani
Njanka, giocatore del Camerun, arrivò da dietro, si lasciò per strada tutta la popolazione dell'Austria ed inchiodò il golazo più bello del Mondiale. Ma il Camerun non arrivò lontano.
Quando la Nigeria sconfisse, col suo calcio divertente, la selezione spagnola, ed il Paraguay pareggiò, il presidente Aznar commentò che "perfino un nigeriano o un paraguaiano possono metterti al posto tuo". Dopo, quando la Nigeria lasciò la Francia, un commentatore argentino sentenziò "Sono tutti muratori, nessuno usa la testa per pensare". La FIFA che concede i premi fair play, non giocò pulito con la Nigeria, gli impedì di essere testa di serie, benché il calcio nigeriano venisse dalla conquista del trofeo olimpico.
Le selezioni dell'Africa nera andarono via presto dal campionato mondiale, ma alcuni giocatori africani o nipoti di africani splendettero in Olanda, Francia, Brasile e in altre squadre. Ci furono annunciatori e commentatori che li chiamavano "neri", benché non chiamassero mai "bianchi" gli altri.
Mondiale del 98, gli schermi della televisione offrirono spazio all'emozione collettiva, la più collettiva delle emozioni, e furono anche vetrine di esposizione commerciale.

Francesi
Il padre di Zidane fu uno dei muratori che costruirono lo stadio dove suo figlio si consacrò come il migliore di tutti. Zidane è di famiglia algerina. Thuram, elevato alla categoria di eroe nazionale per due golazos, è nato ai Caraibi, nell'isola di Guadalupe, e di lì arrivarono in Francia i genitori di Henry. Desailly viene del Ghana, Vedesse dal Senegal, Karembeu dalla Nuovo Caledonia. Djorkaeff è di origine russa ed armena. Trezeguet si formò in Argentina.
Erano immigrati quasi tutti i giocatori che vestivano la maglietta azzurra e cantavano La Marsigliese prima di ogni partita. Un'inchiesta, pubblicata in quei giorni da Le Figaro Magazine, rivelò che la metà dei francesi voleva l'espulsione degli immigrati, ma il doppio discorso razzista permette di riservare ovazioni agli eroi e maledire gli altri. Il trofeo mondiale fu celebrato da una moltitudine paragonabile solo a quella che invase le strade, più di mezzo secolo fa, quando arrivò alla sua fine l'occupazione tedesca.
Ci furono rialzi e cadute nella borsa delle gambe.


Mondiale del 2002

Modelli
Sono due i campionati mondiali di calcio. In uno giocano gli sportivi in carne ed ossa. Nell'altro, contemporaneamente, giocano i robot. Le selezioni di umanoidi disputano la RoboCup 2002 nel porto giapponese di Fukuoka, di fronte alla costa coreana.
I tornei di robot si svolgono, ogni anno, in un posto differente. Questo è il sesto. I suoi organizzatori hanno la speranza di competere, di qui a qualche tempo, contro le selezioni reali. In fin dei conti, dicono, già un computer ha sconfitto il campione Gary Kasparov su una scacchiera, e a loro non costa tanto immaginare che gli atleti meccanici arrivino a compiere un'impresa simile in un campo di calcio.
I robot, programmati dagli ingegneri, sono forti in difesa e veloci e cannonieri nell'attacco. Non si intrattengono mai con la palla. Compiono senza discutere gli ordini del direttore tecnico e neppure per un istante commettono la pazzia di credere che i giocatori giocano.

***

Qual è il sogno più frequente degli impresari, i tecnocrati, i burocrati e gli ideologi dell'industria del calcio? Nel sogno, sempre di più somigliante alla realtà, i giocatori imitano i robot.
Triste segno dei tempi, il secolo XXI sacralizza la mediocrità a nome dell'efficienza e sacrifica la libertà sugli altari del successo. "Uno non guadagna perché vale ma vale perché guadagna", aveva dimostrato, già alcuni anni fa, Cornelius Castoriadis. Egli non si riferiva al calcio, ma fa lo stesso.
Proibito perder tempo, proibito perdere, convertito in lavoro, sottomesso alle leggi del rendimento, il gioco smette di giocare. Sempre di più, come tutto il resto, il calcio professionale sembra diretto dall'Uenbe (Unione dei Nemici della Bellezza), poderosa organizzazione che non esiste, ma comanda.
Ignacio Salvatierra, un arbitro ingiustamente sconosciuto, merita la canonizzazione. Egli diede attestazione della nuova fede. Sei anni fa esorcizzò il demonio della fantasia nella città boliviana di Trinidad. L'arbitro Salvatierra espulse dal campo il giocatore Abel Vacca Saucedo. Gli tirò fuori il cartellino rosso "affinché impari a prendere sul serio il calcio". Vaca Saucedo aveva commesso un gol imperdonabile. Evitò tutta la squadra avversaria, in una sfrenatezza di dribbling, tunnel, palleggi e colpi di tacco e culminò la sua orgia di spalle alla porta, dove con un abile colpo di culo inchiodò la palla nell'angolo.

***

Obbedienza, velocità, forza, e niente fronzoli questo è lo stampo che la globalizzazione impone.
Si fabbrica in serie un calcio più freddo di una gelateria. E più implacabile di un macchina tritacarne. Secondo i dati pubblicati un paio di anni fa da France Football, il tempo di vita utile dei giocatori professionisti è sceso alla metà negli ultimi venti anni. La media che era di dodici anni, si è abbassata a sei. Gli operai del calcio rendono sempre di più e durano sempre meno. Per rispondere alle esigenze del ritmo di lavoro, molti non trovano altro rimedio che ricorrere all'aiuto chimico, iniezioni e pastiglie che accelerano la loro usura, le droghe hanno mille nomi, ma tutte nascono dall'obbligo di guadagnare e meritano chiamarsi successomicina [exitoína].
Le comunità indigene disputano in Brasile il loro proprio campionato di calcio. Nella Coppa dell'anno 2000, la squadra degli indio makuxis arrivò alla fine dopo avere giocato tre partite di seguito nell'arco di otto ore. La prodezza si spiega coi prodigiosi poteri di un'altra droga che il calcio professionistico non può pagare. Quella pozione magica che non ha prezzo, si chiama entusiasmo. La parola non viene dalla lingua dei makuxis, bensì della lingua della Grecia antica e significa avere dentro gli dei.

***

Duemilacinquecento anni prima di Blatter, gli atleti gareggiavano nudi e senza nessun tatuaggio pubblicitario sul corpo. I greci, frammentati in molte città, ognuna con le proprie leggi e i propri eserciti, si univano nei Giochi Olimpici. Facendo sport, quei paesi divisi dicevano "Noi siamo greci", come se recitassero coi loro corpi i versi dell'Iliade che aveva fondato la loro coscienza di nazione.
Molto dopo, durante buona parte del secolo XX, il calcio fu lo sport che meglio espresse ed affermò l'identità nazionale. Le diverse maniere di giocare hanno rivelato, e celebrato, i diversi modi di fare. Ma la diversità del mondo sta soccombendo all'omologazione obbligatoria. Il calcio industriale che la televisione ha convertito nel più lucroso spettacolo di massa, impone un modello unico, che cancella i profili propri, come succede con quei volti che diventano maschere, tutti uguali, dopo continue operazioni di chirurgia plastica. Si suppone che questa noia è il progresso, ma lo storiografo Arnold Toynbee era passato per molti passati quando affermò "La più consistente caratteristica delle civiltà in decadenza è la tendenza alla standardizzazione e all'uniformità".

***

Già da un bel po' di tempo, la selezione brasiliana sembra intenzionata a smettere di essere brasiliana. "Quel calcio di palleggi spettacolari è passato alla storia", sentenzia il direttore tecnico della selezione, Luiz Felipe Scolari. Mentre emette il suo certificato di morte per il calcio più bello del mondo, questo fervente della mediocrità pratica la disciplina militare. Scolari ammira il generale Pinochet, adora l'ordine e diffida del talento. Condanna all'esilio i disubbidienti Romario e Djalminha, come in altri tempi avrebbe fucilato quell'ingovernabile re del circo chiamato Garrincha.

***

Il calcio professionistico pratica la dittatura. I giocatori non possono dire niente nel dispotico dominio dei padroni della palla che dal loro castello della FIFA regnano e rubano. Il potere assoluto si giustifica con l'abitudine: è così perché così deve essere, e così dev'essere perché così è.
Ma, è stato sempre così? Vale la pena ricordare, ora, un episodio che successe nel paese di Scolari, non più di venti anni fa, ancora ai tempi della dittatura militare. I giocatori conquistarono la direzione del club Corinthians, uno dei club più prestigiosi del Brasile, ed esercitarono il potere durante il 1982 e il 1983. Insolito, non si era mai visto i giocatori che decidevano tutto tra tutti, per maggioranza. Democraticamente discutevano e votavano il metodo di lavoro, il sistema di gioco, la distribuzione del denaro e tutto il resto. Sulle loro magliette, si leggeva Democrazia Corinthiana. In capo a due anni, i dirigenti spaesati recuperarono lo scettro e ordinarono di fermare tutto. Ma mentre durò la democrazia, il Corinthians, governato dai suoi giocatori, offrì il calcio più audace e spettacolare di tutto il paese, attrasse le maggiori folle agli stadi e vinse due volte di seguito il campionato locale.

Eduardo Galeano


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La vida según Galeano:
Mujeres
Niños
Los primeros americanos
Fútbolerias (primera parte)
Fútbolerias (segunda parte)
Amares
Memorias y desmemorias
Hijos de África
Los nadies
El arcoiris terrestre
El miedo manda
Mapamundi
Te doy mi palabra
Mundo se rifa


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