El humanismo revolucionario

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Vivimos en una época de marcha triunfal de la mundialización neo-liberal, de hegemonía abrumadora del "pensamiento único". Para enfrentar el sistema capitalista, en su globalidad intrínsecamente perversa, necesitamos más que nunca de formas de pensamiento y de acción que sean universales, globales, planetarias. De ideas y de ejemplos que sean antagónicos, de la manera más radical, a la idolatría del mercado y del dinero, que se transformó en la religión dominante. Ernesto Che Guevara, como pocos otros dirigentes de la izquierda en el siglo XX, fue un espíritu universal, un internacionalista y un revolucionario consecuente.
Por estas razones, no es de sorprender el interés que suscita, en los últimos tiempos, la figura del Che Guevara. La cantidad de libros, conferencias, artículos, películas y discusiones sobre él no se explica solamente por el efecto conmemorativo del 30º aniversario. ¿Quién se interesaba, en 1983, por los 30 años de la muerte de Stalin?
Los años pasan, las modas cambian, a los modernismos suceden los post-modernismos, las dictaduras son reemplazadas por las democraduras, el keynesianismo por el neo-liberalismo, el muro de Berlín por el muro del dinero. Pero el mensaje del Che Guevara, treinta años después, es una antorcha que sigue quemando, en este oscuro y frío final de siglo.
En sus "Tesis sobre el concepto de historia", Walter Benjamín - el pensador marxista judío-alemán que se suicidó en 1940 para no caer en las manos de la Gestapo - escribía que la memoria de los antepasados vencidos y asesinados es una de las más profundas fuentes de inspiración de la acción revolucionaria de los oprimidos. Ernesto Guevara -junto con José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, Farabundo Martí y Camilo Torres- es una de estas víctimas que cayeron de pie, peleando con las armas en la mano, y que se han vuelto para siempre semillas del futuro sembradas en la tierra latinoamericana, estrellas en el cielo de la esperanza popular, carbones ardientes bajo las cenizas del desencanto.
En todas las manifestaciones revolucionarias en América Latina de los últimos años, de Nicaragua a El Salvador, de Guatemala a México, se percibe la presencia, a veces invisible, del "guevarismo". Su herencia se manifiesta tanto en la imaginación colectiva de los combatientes, como en sus debates sobre los métodos, la estrategia y la naturaleza de la lucha. Se puede considerar el mensaje del Che como una semilla que germinó, durante estos treinta años, en la cultura política de la izquierda latinoamericana, produciendo ramas, hojas y frutos. O como uno de los hilos rojos con los cuales se tejen, de la Patagonia hasta el Río Grande, los sueños, las utopías y las acciones revolucionarias.
¿Estarían hoy en día superadas las ideas del Che? ¿Sería ahora posible cambiar las sociedades latinoamericanas, en las cuales una oligarquía atrincherada en el poder desde siglos monopoliza los recursos, las riquezas y las armas, explotando y oprimiendo al pueblo, sin revolución? Es la tesis que defienden en los últimos años algunos teóricos de la izquierda realista en América Latina, empezando por el talentoso escritor y periodista mexicano Jorge Castañeda, en su reciente libro La utopía desarmada (1993). Pero, a pocos meses de publicado el libro, se dio el levantamiento insurreccional de los indígenas de Chiapas, bajo el liderazgo de una organización de utopistas armados, el EZLN, cuyos principales dirigentes tienen sus orígenes en el guevarismo. Es verdad que los zapatistas, contrariamente a los grupos de guerrilla tradicionales, no tienen por objetivo "tomar el poder", sino suscitar la auto-organización de la sociedad civil mexicana en vista de una profunda transformación del sistema social y político del país. Pero sin el levantamiento de enero de 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional no se hubiera transformado en una referencia para las víctimas del neo-liberalismo, no sólo en México, sino en toda la América Latina y en el mundo.
Curiosamente, el mismo Jorge Castañeda, en un artículo reciente, publicado en la revista Newsweek, empieza a preguntarse si será realmente posible redistribuir, por métodos democráticos, la riqueza y el poder, concentrados en manos de la élites ricas y poderosas, transformando las estructuras sociales ancestrales de América Latina: si esto se revela, en finales del siglo, demasiado difícil, habrá que reconocer que "después de todo, Guevara no estaba tan equivocado".
El Che no fue solamente un combatiente heroico, sino también un pensador revolucionario, el portador de un proyecto político y moral, de un conjunto de ideas y valores por las cuales luchó y murió. La filosofía que le da a sus opciones políticas e ideológicas su coherencia, su color, su temperatura, es un profundo y auténtico humanismo revolucionario. Para el Che, el verdadero comunista, el verdadero revolucionario es aquel que considera siempre los grandes problemas de la humanidad como sus problemas personales, aquel que es capaz de "sentirse angustiado cuando se asesina a un hombre en cualquier rincón del mundo y sentirse entusiasmado cuando en algún rincón del mundo se alza una nueva bandera de libertad". El internacionalismo del Che - a la vez modo de vida, fe secular, imperativo categórico y patria espiritual - fue la expresión más auténtica, más pura, más combativa y más concreta de este humanismo revolucionario.
Hay una frase de Martí que el Che citaba con frecuencia en sus discursos y en la cual veía "la bandera de la dignidad humana": "Todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre". La lucha por esta dignidad es el principio ético que va a inspirar a Ernesto Guevara en todas sus acciones, desde la batalla de Santa Clara hasta la última tentativa desesperada en las montañas de Bolivia. Tiene tal vez su origen en el Don Quijote, obra que el Che leía en la Sierra Maestra, en los "cursos de literatura" que daba a los reclutas campesinos de la guerrilla, y héroe con el cual se identificaba, irónicamente, en la última carta a sus padres. Pero no por eso es ajena al marxismo. ¿No ha escrito el propio Marx: "El proletariado necesita de su dignidad más todavía que de su pan?" ("El comunismo del Observador Renano", septiembre del 1847).
El humanismo del Che era, sin duda ninguna, marxista -pero se trata de un marxismo "heterodoxo", muy distinto de los dogmas de los manuales soviéticos, o de las interpretaciones "estructuralistas" y "anti-humanistas" que se desarrollaron en Europa y América Latina a partir de mediados de los años ‘60. Si el joven Marx de los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844 le interesa tanto, es porque plantea "concretamente al hombre como individuo humano y los problemas de su liberación como ser social", y porque insiste en la importancia de la conciencia en la lucha contra la enajenación: "Sin esta conciencia, que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo". Pero el Che también descubre, con su profunda sensibilidad, el humanismo de El Capital: "El peso de este monumento de la inteligencia humana es tal que nos ha hecho olvidar frecuentemente el carácter humanista (en el mejor sentido de la palabra) de sus inquietudes. La mecánica de las relaciones de producción y su consecuencia, la lucha de clases, oculta en cierta medida el hecho objetivo de que son hombres los que se mueven en el ambiente histórico".
Enemigo mortal del capitalismo y del imperialismo, Ernesto Guevara soñaba con un mundo de justicia y libertad en el cual el hombre deje de ser un lobo para los otros hombres. El ser humano de esta nueva sociedad, que el Che llamaba "el hombre nuevo" o "el hombre del siglo XXI" sería el individuo que ha roto las cadenas de la enajenación, y que se relaciona con los demás con lazos de solidaridad real, de fraternidad universal concreta. Este mundo nuevo, más allá de la esclavitud capitalista, no podía ser sino el socialismo. Es conocido su planteamiento en la célebre "Carta a la Tricontinental" (1967): "No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución".
Aunque el Che nunca llegó a elaborar una teoría acabada sobre el papel de la democracia en la transición socialista -tal vez la principal laguna de su obra- rechazaba las concepciones autoritarias y dictatoriales que tanto daño hicieron al socialismo en el siglo XX. A los que pretendieron, desde arriba, "educar al pueblo" - falsa doctrina ya criticada por Marx en las Tesis sobre Feuerbach (¿quién va a educar al educador?) - el Che contestaba, en un discurso del 1960: "La primera receta para educar al pueblo... es hacerlo entrar en revolución. Nunca pretendan educar a un pueblo, para que, por medio de la educación solamente, y con un gobierno despótico encima, aprenda a conquistar sus derechos. Enséñenle, primero que nada, a conquistar sus derechos, y ese pueblo, cuando esté representado en el gobierno, aprenderá todo lo que se le enseñe, y mucho más: será el maestro de todos sin ningún esfuerzo". En otras palabras: la única pedagogía emancipadora es la auto-educación de los pueblos por su propia práctica revolucionaria o, como lo planteaba Marx en la Ideología Alemana, "en la actividad revolucionaria, el cambio de sí mismo coincide con la modificación de las condiciones".
Sus ideas sobre el socialismo y la democracia estaban aún en evolución en el momento de su muerte, pero se observa claramente en sus discursos y escritos un posicionamiento cada vez más crítico hacia el así llamado "socialismo real" de los herederos del stalinismo. En su famoso "Discurso de Argel" (febrero del 1965), él llamaba a los países que se reclamaban del socialismo a "liquidar su complicidad tácita con los países explotadores del Occidente", que se traducía en las relaciones de intercambio desigual que llevaban con los pueblos en lucha contra el imperialismo. Para el Che "no puede existir socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraternal frente a la humanidad, tanto de índole individual, en la sociedad que se construye o está construido el socialismo, como de índole mundial en relación a todos los pueblos que sufren la opresión imperialista".
Analizando en su ensayo de marzo de 1965, "El socialismo el hombre en Cuba, los modelos de construcción del socialismo vigentes en Europa oriental", el Che rechazaba, siempre a partir de su perspectiva humanista revolucionaria, la concepción que pretendía "vencer al capitalismo con sus propios fetiches": "Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía tomada como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc), se puede llegar a un callejón sin salida ... Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer el hombre nuevo".
Uno de los principales peligros del modelo importado de la URSS es el incremento de la desigualdad social y la formación de una capa privilegiada de tecnócratas y burócratas: en este sistema de retribución "son los directores quienes ganan cada vez más. Basta ver en el último proyecto de la RDA, la importancia que adquiere la gestión de director, o mejor, la retribución de la gestión del director".
El socialismo en las Américas, decía José Carlos Mariátegui, no debe ser copia y calco, sino creación heroica. Esto fue precisamente lo que trató de hacer el Che, al rechazar las propuestas de copiar los modelos "realmente existentes", y al buscar una vía nueva, más radical, más igualitaria, más fraterna, más humana, más consecuente con la ética comunista, hacia el socialismo.
Ocho de octubre del 1967: fecha que quedará para siempre en el calendario milenario de la marcha de la humanidad oprimida hacia su auto-emancipación. Las balas pueden asesinar a un combatiente de la libertad pero no sus ideales. Estos sobrevivirán, siempre y cuando germinen en la conciencia de las generaciones que retoman la lucha. Es lo que han descubierto, para su rabia y decepción, los miserables que mataron a Rosa Luxemburg, a León Trotsky, a Emiliano Zapata y al Che Guevara.
El mundo de hoy, después del fin del llamado "socialismo real", el mundo de la idolatría del dinero y de la religión neo-liberal, parece que está a muchos años-luz de la época en la que luchó y soñó Ernesto Guevara. Pero, para los que no creen en el pseudo-hegeliano "fin de la historia", ni en la eterna perennidad de la explotación capitalista, para los que rechazan las monstruosas injusticias sociales generadas por este sistema, y la marginalización de los pueblos del Sur por el "Nuevo Orden Mundial" imperialista, el mensaje humanista y revolucionario del Che es, hoy más que nunca, una ventanilla abierta hacia el futuro.

Michael Löwy




Viviamo in un'epoca di marcia trionfale della globalizzazione neo-liberale, di egemonia opprimente del "pensiero unico". Per affrontare il sistema capitalista, nella sua globalità intrinsecamente perversa, necessitiamo più che mai di forme di pensiero e di azione che siano universali, globali, planetarie. Di idee e di esempi che siano antagonistici, nella maniera più radicale, all'idolatria del mercato e del denaro che si è trasformata nella religione dominante. Ernesto Che Guevara, come pochi altri dirigenti della sinistra nel secolo XX, fu uno spirito universale, un internazionalista ed un rivoluzionario coerente.
Per queste ragioni, non deve sorprendere l'interesse che suscita, negli ultimi tempi, la figura di Che Guevara. La quantità di libri, conferenze, articoli, film e discussioni su di lui non si spiega solamente per l'effetto commemorativo del 30° anniversario. Chi si interessava, nel 1983, dei 30 anni dalla morte di Stalin?
Gli anni passano, le mode cambiano, ai modernismi succedono i post-modernismi, le dittature sono rimpiazzate dalle "democrature", il keynesianismo dal neo-liberalismo, il muro di Berlino dal muro del denaro. Ma il messaggio di Che Guevara, trent'anni dopo, è una fiaccola che continua a bruciare, in questo oscuro e freddo finale di secolo.
Nella sua "Tesi sul concetto di storia", Walter Benjamin - il pensatore marxista ebreo-tedesco che si suicidò nel 1940 per non cadere nelle mani dalla Gestapo - scriveva che la memoria degli antenati vinti ed assassinati è una delle più profonde fonti di ispirazione dell'azione rivoluzionaria degli oppressi. Ernesto Guevara - insieme a José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, Farabundo Martí e Camilo Torres - è una di quelle vittime che caddero in piedi, combattendo con le armi in pugno, e che si sono trasformati per sempre in semi di futuro disseminati nella terra latinoamericana, stelle nel cielo della speranza popolare, carboni ardenti sotto le ceneri del disincanto.
In tutte le manifestazioni rivoluzionarie nell'America Latina degli ultimi anni, dal Nicaragua a El Salvador, dal Guatemala al Messico, si percepisce la presenza, a volte invisibile, del "guevarismo". La sua eredità si manifesta tanto nell'immaginazione collettiva dei combattenti, quanto nei loro dibattiti sui metodi, la strategia e la natura della lotta. Il messaggio del Che può considerarsi come un seme che è germogliato, nel corso di questi trenta anni, nella cultura politica della sinistra latinoamericana, producendo rami, foglie e frutti. O come uno dei fili rossi coi quali si intessono, della Patagonia fino al Rio Grande, i sogni, le utopie e le azioni rivoluzionarie.
Sarebbero oggigiorno superate le idee del Che? Sarebbe oggi possibile cambiare le società latinoamericane, nelle quali un'oligarchia trincerata nel potere da secoli monopolizza le risorse, le ricchezze e le armi, sfruttando ed opprimendo il popolo, senza la rivoluzione? È la tesi che difendono negli ultimi anni alcuni teorici della sinistra realistica in America Latina, a cominciare dal dotato scrittore e giornalista messicano Jorge Castañeda, nel suo recente libro L'utopia disarmata (1993). Ma, a pochi mesi dall'uscita del libro, si verificò il sollevamento insurrezionale degli indigeni del Chiapas, sotto la leadership di un'organizzazione di utopisti armati, l'EZLN, i cui principali dirigenti hanno le loro origini proprio nel guevarismo. È vero che gli zapatisti, contrariamente ai gruppi di guerriglia tradizionali, non hanno per obiettivo quello di "prendere il potere", bensì di suscitare l'auto-organizzazione della società civile messicana in considerazione di una profonda trasformazione del sistema sociale e politico del paese. Ma senza la sollevazione del gennaio 1994, l'Esercito Zapatista di Liberazione Nazionale non si sarebbe trasformato in un riferimento per le vittime del neo-liberalismo, non solo in Messico, bensì in tutta la l'America Latina e nel mondo.
Curiosamente, lo stesso Jorge Castañeda, in un recente articolo, pubblicato sulla rivista Newsweek, comincia a domandarsi se sia realmente possibile ridistribuire, con metodi democratici, la ricchezza ed il potere, concentrati nelle mani delle élite ricche e poderose, trasformando le strutture sociali ancestrali dell'America Latina: se questo si rivela, al finire del secolo, troppo difficile, bisognerà riconoscere che "dopo tutto, Guevara non si sbagliava".
Il Che non fu solamente un combattente eroico, ma anche un pensatore rivoluzionario, portatore di un progetto politico e morale, di un insieme di idee e valori per i quali lottò e morì. La filosofia che dà alle sue opzioni politiche ed ideologiche la loro coerenza, il loro colore, la loro temperatura, è un profondo ed autentico umanesimo rivoluzionario. Per il Che, il vero comunista, il vero rivoluzionario è quello che considera sempre i grandi problemi dell'umanità come suoi problemi personali, quello che è capace di "sentirsi angosciato quando si assassina un uomo in qualunque angolo del mondo e sentirsi entusiasmato quando in qualche angolo del mondo si solleva una nuova bandiera di libertà". L'internazionalismo del Che - contemporaneamente modo di vita, fede secolare, imperativo categorico e patria spirituale - fu l'espressione più autentica, più pura, più combattiva e più concreta di questo umanesimo rivoluzionario.
C'è una frase di Martí che il Che citava frequentemente nei suoi discorsi e nella quale vedeva "la bandiera della dignità umana": "Ogni vero uomo deve sentire sulla propria guancia lo schiaffo dato sulla guancia di un altro uomo". La lotta per questa dignità è il principio etico che ispira Ernesto Guevara in tutte le sue azioni, dalla battaglia di Santa Clara fino all'ultimo tentativo disperato sulle montagne della Bolivia. Trae forse la origine dal Don Chisciotte, opera che il Che leggeva sulla Sierra Maestra, nei "corsi di letteratura" che dava alle reclute contadine della guerriglia, ed eroe col quale si identificava, ironicamente, nell'ultima lettera ai suoi genitori. Ma non per questo è alieno al marxismo. Non ha scritto proprio Marx: "Il proletariato ha bisogno della sua dignità più ancora che del suo pane?" ("Il comunismo dell'Osservatore Renano", settembre del 1847).
L'umanesimo del Che era, senza dubbio alcuno, marxista, ma si tratta di un marxismo "eterodosso", molto diverso dai dogmi dei manuali sovietici, o dalle interpretazioni "strutturaliste" e "anti-umaniste" che si svilupparono in Europa ed America Latina a partire dalla metà degli anni '60. Se il giovane Marx dei Manoscritti Economico-filosofici del 1844 gli interessa tanto, è perché tratta "concretamente dell'uomo come individuo umano e dei problemi della sua liberazione come essere sociale", e perché insiste sull'importanza della coscienza nella lotta contro l'alienazione: "Senza questa coscienza che ingloba quella del suo essere sociale, non può avervi comunismo". Ma il Che scopre anche, con la sua profonda sensibilità, l'umanesimo del Capitale: "Il peso di questo monumento dell'intelligenza umana è tale che ci ha fatto dimenticare frequentemente il carattere umanista (nel senso migliore della parola) delle sue inquietudini. La meccanica delle relazioni di produzione e le sue conseguenze, la lotta di classe, nascondono in una certa misura il fatto obiettivo che sono uomini quelli che si muovono nell'ambiente storico".
Nemico mortale del capitalismo e dell'imperialismo, Ernesto Guevara sognava un mondo di giustizia e libertà nel quale l'uomo smetta di essere lupo per gli altri uomini. L'essere umano di questa nuova società che il Che chiamava l'uomo nuovo o l'uomo del secolo XXI avrebbe dovuto essere un individuo che, spezzate le catene dell'alienazione, si relaziona con gli altri con legami di solidarietà reale, di fraternità universale e concreta. Questo mondo nuovo, oltre la schiavitù capitalista, non avrebbe potuto essere se non il socialismo. È risaputa la sua dichiarazione nella celebre "Lettera alla Tricontinentale" (1967): "non ci sono più cambiamenti da fare: o rivoluzione socialista o caricatura di rivoluzione".
Benché il Che non arrivasse mai ad elaborare su carta una teoria compiuta della democrazia nella transizione socialista - forse la principale lacuna della sua opera - respingeva tuttavia le concezioni autoritarie e dittatoriali che tanto danno hanno fatto al socialismo nel XX secolo. A quanti pretendevano, dall'alto, di "educare il popolo" - erronea dottrina già criticata da Marx nelle Tesi su Feuerbach ("chi educa l'educatore?") - il Che rispondeva, in un discorso del 1960: "La prima ricetta per educare al popolo... è farlo entrare nella rivoluzione. Non pretendano mai di educare un popolo, affinché, per mezzo della sola educazione, e con un governo dispotico addosso, impari a conquistare i propri diritti. Gli si insegni, piuttosto, a conquistare i propri diritti, e quel popolo, quando sarà rappresentato nel governo, imparerà tutto quello che gli verrà insegnato, e molto di più: sarà il maestro di tutti senza nessuno sforzo". In altre parole: l'unica pedagogia emancipatrice è l'auto-educazione dei popoli attraverso la propria esperienza rivoluzionaria o, come sosteneva Marx nell'Ideologia Tedesca, "nell'attività rivoluzionaria, il cambiamento di sé stessi coincide con la modificazione delle condizioni".
Le sue idee sul socialismo e la democrazia erano ancora in evoluzione al momento della sua morte, ma si osserva chiaramente nei suoi discorsi e scritti una collocazione sempre più critica verso il cosiddetto "socialismo reale" degli eredi dello stalinismo. Nel suo famoso "Discorso di Algeri" (febbraio 1965) invitava i paesi che si riconoscevano nel socialismo a liquidare la loro complicità tacita coi paesi sfruttatori dell'Occidente, che si traduceva nelle relazioni di scambio disuguale che intrattenevano coi paesi in lotta contro l'imperialismo. Per il Che "non può esistere socialismo se nelle coscienze non si opera un cambiamento che provochi un nuovo atteggiamento fraterno di fronte all'umanità, tanto di indole individuale, nella società in cui si costruisce o si è costruito il socialismo, quanto di carattere mondiale in relazione a tutti i paesi che soffrono l'oppressione imperialista".
Analizzando nel suo saggio del marzo 1965, "Il socialismo e l'uomo a Cuba, i modelli di costruzione del socialismo vigenti in Europa orientale", il Che respingeva, sempre a partire dalla sua prospettiva umanista rivoluzionaria, la concezione che pretendeva di "vincere il capitalismo coi suoi propri feticci": "Perseguendo la chimera di realizzare il socialismo con l'aiuto delle armi spuntate che ci fornisce il capitalismo (la merce considerata come cellula economica, il profitto, l'interesse materiale individuale come leva, etc) non si arriva che ad un vicolo cieco... Per costruire il comunismo, contemporaneamente alla base materiale, bisogna fare l'uomo nuovo".
Uno dei principali pericoli del modello importato dall'URSS è l'incremento della disuguaglianza sociale e la formazione di una cappa privilegiata di tecnocrati e burocrati: in questo sistema di retribuzione "sono i dirigenti che ci guadagnano sempre di più. Basta vedere, nell'ultimo progetto della DDR, l'importanza che assume la funzione del dirigente, o meglio, la retribuzione della funzione di dirigente".
Il socialismo nelle Americhe, diceva José Carlos Mariátegui, non deve essere copia e calco, bensì creazione eroica. Questo fu precisamente quello che tentò di fare il Che, respingendo le proposte di copiare i modelli "realmente esistenti", e cercando una via nuova, più radicale, più ugualitaria, più fraterna, più umana, più conseguente con l'etica comunista, verso il socialismo.
Otto ottobre 1967: data che rimarrà per sempre nel calendario millenario della marcia dell'umanità oppressa verso la sua auto-emancipazione. Le pallottole possono assassinare un combattente della libertà ma non i suoi ideali. Questi sopravviveranno, a patto che germoglino nella coscienza delle generazioni che riprendono la lotta. È quello che hanno scoperto, con rabbia e delusione, i miserabili che hanno ammazzato Rosa Luxemburg, León Trotsky, Emiliano Zapata e Che Guevara.
Il mondo di oggi, dopo la fine del cosiddetto "socialismo reale", il mondo dell'idolatria del denaro e della religione neo-liberale, sembra che sia lontano anni-luce dall'epoca in cui lottò e sognò Ernesto Guevara. Ma, per quanti non credono nella pseudo-hegeliana "fine della storia", né nell'eterna perpetuazione dello sfruttamento capitalista, per quanti respingono le mostruose ingiustizie sociali generate da questo sistema, e l'emarginazione dei paesi del Sud a causa del "Nuovo Ordine Mondiale" imperialista, il messaggio umanista e rivoluzionario del Che è, oggi più che mai, uno spiraglio aperto verso il futuro.

Michael Löwy

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