La pluma puede ser una espada

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Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Mi nombre es Marcos, subcomandante insurgente Marcos.
He sido invitado al "Foro en defensa de la humanidad" para decir unas palabras. Agradezco la invitación, pero debo advertirles que soy un soldado, un soldado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Lo advierto porque, según me han dicho, compartiré la palabra con intelectuales y líderes políticos sociales. Por eso tal vez mi voz suene discordante (quiero decir, además de por la grabación) y fuera de lugar. O no, tal vez haya, en lo que voy a decir, puentes y coincidencias. A veces suele suceder que la pluma y la espada coinciden.
Tal vez coincidamos en la inquietud por un necesario debate y por un intercambio de ideas que ayuden a aclarar un poco este confuso y desordenado horizonte que algunos llaman historia contemporánea y que, a ratos, hace de lo trivial y grotesco asunto de interés y escándalo mundial; y otras veces hace de lo terrible y aberrante algo que, a fuerza de repertirse, se convierte en tonada monótona y desapercibida.
Mencionaré algunos apuntes apresurados sobre la globalización y el neoliberalismo, o más bien sobre lo que nosotros alcanzamos a percibir (y a padecer) de ellos, y sobre las resistencias en general y nuestra resistencia particular.
Como es de esperar, en estos apuntes el esquematismo y la reducción reinan, pero creo que alcanzan para dibujar una o muchas líneas de discusión, diálogo, reflexión. O, mejor aún, de memoria y vergüenza.
"Vergüenza habría de darte por haberme excluido" dice Durito, que ha venido a refugiarse de la lluvia.
"No te excluí. Sucede que no te invitaron a ti, sino a mí" le digo mientras escondo el tabaco con discreción.
"Una cosa va con la otra. En este caso, una nariz va con un caparazón. ¿O acaso mi agripado escudero pretendes privar a estas buenas personas del deleite de escuchar mis sabias palabras, de iluminarse con mi sabiduría y de despertar del letargo en el que tus palabras empiezan a sumirlos?", pregunta Durito mientras me pica la nariz con Excalibur, la legendaria espada.
"Esa espada se parece sospechosamente a una pluma que perdí el otro día", le digo cambiando de tema.
Como si tal, Durito responde:
"¡No cambies de tema! Puedes elegir: o me das un espacio para mis sapientes planteamientos o pereces bajo mi pluma, quiero decir bajo mi espada", dice Durito con un tono que envidiaría cualquier funcionario del Fondo Monetario Internacional hablando con algún gobierno latinoamericano.
Y, aplicando lo aprendido de los gobiernos "nacionales", cedí. He aquí la parte que Don Durito de La Lacandona, la flor y nata de la andante caballería, ha enviado para este foro.
Se llama:

GLOBOS O TIENDAS

El mundo es como un globo inflado. O sea que es como una vejiga inflada. O sea que cuando se dice que hay la globalización, es que hay la mundialización de las partes del mundo.
Pero hay, como quien dice, una mundialización de los que tienen mucho dinero. Y hay también, como quien dice, la mundialización de la lucha, o sea de la resistencia.
En la mundialización del dinero, o sea que en la globalización de los poderosos, hay mucha maldad, pero ya no se está quieta la maldad dentro de un país, sino que se mete a todos los países. Y esa maldad se mete en otros países en veces por la guerra, en veces por el dinero, en veces por la idea, en veces por la política.
O sea que en la mundialización de la maldad esos que son mucho muy ricos ya no están contentos de ser ricos explotadores en un país, o sea que en su pueblo, sino que ya quieren más dinero y se meten en otros países para ganar más dinero, y ya no respetan nada porque sólo quieren su maña explotadora y puro ganar dinero quieren; aunque ya tienen mucho de por sí, no les basta, quieren más.
Y entonces el dinero se mete en otro país y no respeta ese país por la culpa de la globalización del dinero, que no respeta a los países y a la gente.
O sea que cada país es como un globo que se revienta y se le sale todo lo que lo hacía especial, o sea como su costumbre, su palabra, su cultura, su economía, su política, su gente, su modo pues.
Y entonces el país como que se rompe y todo el mundo se mete en ese país, y ese país ya no es ese país, sino es todo el mundo. Pero no el mundo de la gente, sino que es el mundo del dinero, donde no importa la gente.
Es como si una persona se rompiera así nomás y ya no fuera una persona, sino que todas las maldades se meten en esa persona y se la comen y ya no hay persona, sino sólo hay lo que se comió a la persona.
Y así decimos que la globalización de los poderosos, o sea que del dinero, se come a los países y se come a las personas que viven en ese país. Porque un país es como una casa donde vive la gente del país. Y el dinero mundial destruye pues la casa, o sea que el país, y la gente se queda sin casa y sin alma, porque ya no se conocen entre sí mutuamente y andan nomás como desconocidos, con la desconfianza en los ojos y en las palabras, tristes pues.
Y entonces cuando un país se queda sin su alma, se mete el alma del dinero.
Y ese país que se rompió ya no es una casa donde vive la gente de ese país, sino que es una tiendita donde se venden y se compran cosas y gente.
Porque en la globalización el dinero pone tiendas donde antes había países.
Y entonces, como el país ya no es un país sino que es una tienda, pues la gente ya no es gente, sino que sólo son compradores o vendedores.
Y la gente no es dueña de la tienda, sino que el dueño de la tienda es el dinero mundial.
O sea que la gente ya no manda en su país, manda el dinero mundial.
Y entonces pues, como decimos nosotros, el pensamiento que manda es el pensamiento del dinero.
Y por ejemplo una gente piensa por ejemplo en una nube y es una gente pensando en una nube y pinta su pensamiento por ejemplo de azul y ya, y ahí anda esa gente con su pensamiento de una nube azul y esa gente está contenta con su pensamiento de nube azul y se consigue una vegija y la infla y la pinta de azul y se la da a un niño o que sea a una niña, y la niña o que sea el niño juega con la vejiga azul que era un pensamiento de una nube azul. Porque la gente, cuando piensa como gente, piensa pensamientos para la gente.
Pero el dinero no piensa en la gente, sino que piensa en más dinero. O sea que el dinero no tiene llenadero, y todo se lo come para hacer más dinero.
O sea que el dinero no piensa una nube, sino que piensa en una mercancía y que la va a vender y a sacar más dinero.
O sea que en la globalización del dinero también se mundializa el pensamiento del dinero.
Y ese pensamiento del dinero es como una religión que adora al dios del dinero, y los templos de esa religión son los bancos y las tiendas, y los rezos son las cuentas que hacen del dinero, cuánto venden, cuánto ganan.
Y esa religión del dinero se llama neoliberalismo, que sea que quiere decir que hay una nueva libertad para el dinero. O sea que el dinero es libre de hacer lo que le dé su gana. Y la gente ya no tiene libertad pero el dinero sí tiene libertad.
Y en la globalización del dinero el mundo mundial se destruye, o sea que se rompe el globo del mundo o que sea la vejiga mundial se revienta, y entonces el dinero pone una tienda donde antes había un país: o sea que donde antes había una casa con gente ahora hay una tienda.
Entonces pues la globalización del poder destruye los países para hacer tiendas. Y entonces las tiendas son para vender y comprar.
Y si uno por ejemplo no tiene la paga o no quiere comprar, pues como que no cuenta, o sea que hay que destruirlo. Y si uno, por ejemplo, no tiene nada qué vender o no quiere vender ni venderse, pues como que no sirve, o sea que hay que destruirlo.
La globalización del poder es como una guerra contra la gente y sus casas, o sea que es una guerra contra la humanidad.
La globalización del poder destruye las casas de la gente, o sea los países, y a veces entra a destruir con una guerra. Y otras veces entra porque alguien de adentro le abre la puerta para que entre a destruir.
Y los que abren la puerta son los políticos, que sea los que mandan en los países, o sea en las casas de la gente. Y entonces los políticos ya no sirven para mandar, porque ya no mandan de por sí, porque el que manda es el dinero mundial.
Y entonces los políticos se hacen tenderos, o sean son los que se encargan de la tienda que antes era un país, o sea una casa de una gente.
Y los políticos de antes ya no sirven para atender la tienda y es mejor poner otros que sí estudian y aprenden a ser encargados de las tiendas. Y éstos son los nuevos políticos, o sea que son tenderos.
Y no importa pues si no saben nada de gobierno, sino lo que importa es que sepan atender la tienda y den buenas cuentas a su patrón que es el dinero mundial.
Entonces en los gobiernos de los países destruidos por la globalización del poder pues ya no hay políticos, sino que hay tenderos.
Y ahí, en las tiendas que antes eran países, las elecciones no son para poner un gobierno, sino para poner un tendero.
Y entonces ponen a competir, o sea a pelearse entre sí, a gordos, flacos, altos, chaparros, de diferentes colores que empiezan a hablar y a hablar y pura habladora, pero nada que dicen lo más importante, o sea que todos son diferentes en su cara, pero todos son iguales en que van a ser tenderos.
Entonces a la globalización del poder no le importa si el tendero es verde, azul, rojo o amarillo. Lo que le importa es que el tendero entregue buenas cuentas.
Entonces cambian los tenderos pero sigue habiendo tendero.
Entonces en la globalización del poder el mundo ya no es redondo, como una vejiga inflada, sino que se revienta y en su lugar queda una tienda muy grande.
Y las tiendas, como todos saben, son cuadradas, no redondas.
Es así, más o menos, como funciona la globalización, que es como si dijéramos la vejigaización.
(Fin de la ponencia de Durito).

¿Vejigaización? En fin, vuelvo a la seriedad y la formalidad.
Además de lo que Durito ha expresado en forma tan peculiar, nosotros también pensamos lo siguiente:

PRIMERO. Si en la política "antigua" (es decir, desde la Atenas griega hasta las repúblicas modernas) el Estado era la "madre" del individuo y el seno en el que se gestaba, crecía y se reproducía la sociedad, en el mundo globalizado el Estado no puede ya cumplir esta función. El individuo ya no tiene por qué referirse a una patria, una cultura, una raza o una lengua. El vientre materno es ahora esa megaesfera que algunos llaman todavía "planeta tierra". El "ciudadano" ya no es el miembro de la polis, sino el navegante de la megapolis, por tanto necesita "otros" conocimientos y habilidades que el Estado nacional no le puede ofrecer.

SEGUNDO. De la misma forma, los "hombres de Estado", esos superhombres autores de citas clásicas, guerras, imperios, leyes y represiones, ya no existen como tales. Aquel viejo "entrenamiento" interno que existía en las clases políticas para preparar a sus miembros a relevarse unos a otros es obsoleto, las habilidades de la política clásica (oratoria, liderazgo, sensibilidad, templanza, conocimientos históricos, filosofía, jurisprudencia, relación adecuada) parecen ahora más propias de la nostalgia circense. El protocolo del poder, esa compleja mezcla de señales y actitudes, ya no se aprende ni se ejerce en el Estado.

TERCERO. El Estado nacional tiende a ya no ser más el encargado de la reproducción de los hombres (entendiendo "reproducción" en su sentido más amplio, es decir, las condiciones económicas, políticas, culturales y sociales para su reproducción social), sino el administrador-contenedor de los desórdenes de esa reproducción. El megapoder, ese ente del que poco se sabe, ahora impone una reproducción más importante: la del dinero.

CUARTO. La lucha contra la globalización del poder (y contra su sostén ideológico: el neoliberalismo) no es exclusiva de un pensamiento o de una bandera política o de un territorio geográfico, es una cuestión de supervivencia humana. Así como en la Segunda Guerra Mundial multitud de fuerzas resistieron y lucharon contra el fascismo, ahora son muchas las fuerzas que resisten y luchan contra el neoliberalismo.

QUINTO. En los Estados nacionales el proceso de la pareja globalización-neoliberalismo produce un fenómeno de resistencia que, cada vez de forma más acentuada, incorpora a amplios sectores de la población SIN QUE SEA PRIMORDIAL SU CLASE SOCIAL O EL LUGAR QUE OCUPA EN EL PROCESO DE REPRODUCCION DEL CAPITAL.

SEXTO. Aparecen, por ejemplo, grupos desconcertantes (de hecho, la teoría había decretado su desaparición o su "absorción" por los de arriba): por un lado, indígenas que hablan lenguas incomprensibles (es decir, inservibles para intercambiar mercancías) y que desafían con armas de palo a helicópteros, tanques, aviones, ametralladoras, bombas; por el otro lado, jóvenes desempleados (el lumpen, que, teoría manda, debería estar engrosando las filas de los aparatos represivos del Estado) movilizándose en contra del gobierno y exigiendo respeto a su modo; o más allá, homosexuales, lesbianas y transexuales demandando reconocimiento a su diferencia.

SEPTIMO. Estos fenómenos de resistencia (bolsas de resistencias las llamamos nosotros para oponerlas a las otras bolsas, las de valores) tienden a buscar comunicación con fenómenos parecidos en otras partes del mundo. Las superautopistas de la información, concebidas para facilitar el flujo de mercancías y dineros, empiezan a ver (no sin pavor) que son transitadas por viejas carretas, bestias de carga y peatones que no intercambian mercancías y capitales, sino algo muy peligroso: experiencias, apoyos mutuos.


HISTORIAS

Claro que hablo de lo que está a la mano: nuestra guerra, nuestras armas, nuestra historia. Pero hay otros ejemplos que nos hablan de una nueva emergencia, de algo nuevo que irrumpe aquí y allá y que no acabamos ni de dirigir ni de entender, en parte porque somos un fragmento de esos fenómenos, en parte por lo precipitado de los acontecimientos, en parte porque el presente es el peor lugar para pensar el hoy, en parte porque aún hay muchas cosas por definirse.
Pero algo empieza a quedar cada vez más claro: no es cierto que perdimos nosotros y, sobre todo, no es cierto que ganaron ellos. La historia que cuenta, la que hacemos hombres y mujeres, tiene aún mucho hilo que tejer y no acaba por adivinarse siquiera el dibujo ni el color que este gigantesco tapiz que es la humanidad habrá de tener. Nosotros, y con nosotros muchos como nosotros, sabemos ya que, en todo caso, el color no es el gris que ahora imponen, ni el dibujo es sólo dolor y muerte. Hay también otros muchos colores. Y hay también mucha esperanza.
No sólo si el planeta tiene heridas abiertas y sangrantes en su redonda geografía, nombrándolas no las sanamos, es cierto, pero hacemos un gesto de humanidad que a ratos parece perdido.
Nombremos entonces Palestina y que la vergüenza nos envuelva.
Nombremos Los Balcanes y que la memoria se actualice.
Nombremos Euskal Herria y admiremos la silenciosa e incomprendida resistencia de un pueblo que, desde hace centurias, se niega a ser conquistado. Allá, al otro lado del Atlántico, un pueblo es cercado en una clásica maniobra de pinza: en un lado, la soberbia del poder que, parapetado tras jueces embelesados por los clic de las cámaras fotográficas, comanda una auténtica guerra de exterminio; en otro lado, la cobardía de un sector que se dice progresista y que, más atento a la corrección política, guarda un silencio cómplice mientras la cultura vascuence es tipificada como "terrorista".
Nombremos Cuba y que la sangre latinoamericana busque los puentes en que nos encontramos antes y nos encontraremos mañana. En el Caribe, un pueblo enfrenta un cerco que no tiene nada de figura literaria. Ese pueblo ha conseguido que su sólo nombre convoque una historia de lucha y resistencia, de generosidad y valentía, de nobleza y hermandad. Se dice "Cuba" como se dice "dignidad".
Nombremos Bolivia y saludemos el heroico andar de aymaras y quechuas defendiendo la tierra. Saludemos a aquellos que hacen del ser indígena un orgullo y que con su rebeldía hacen temblar a los tienderos de toda América.
Nombremos Chiapas y descubramos en los pies de los más pequeños el mañana del "para todos, todo".
Nombremos cualquier rincón del planeta y seamos perseguidos junto a homosexuales, lesbianas y transexuales; resistamos con las mujeres al impuesto destino de decoración idiota; resistamos con los jóvenes a la máquina trituradora de inconformismos y rebeldías; resistamos con obreros y campesinos a la sangría que, en la alquimia neoliberal, convierte muerte en dólares; caminemos el paso de los indígenas de América Latina y con sus pies hagamos el mundo redondo para que ruede.
Nombremos a los que no tienen nombre. Miremos a los que no tienen rostro.
Nombremos y miremos el mundo que no existe ahora, pero que empezará a existir en nuestras palabras y en nuestras miradas.
Nombremos pues los dolores de la humanidad. No sólo porque son también dolores nuestros. También porque nombrándolos nos hacemos un poco más humanos. Porque frente a esas heridas, el silencio es renuncia, rendición, claudicación, muerte.
Si hay quien ha hecho de la pluma una espada, que centellee el aire con su brillo, que señalando nuestras heridas se ennoblezca, que nombrándonos nos haga parte de un rompecabezas que mañana será un mundo no falto de memoria ni de vergüenza.
Porque ambas, la memoria y la vergüenza, son las que nos hacen seres humanos.
No seamos los chivatos de nuestra historia, de nuestra conciencia, los traidores a la palabra que levantamos ayer y que hoy nos convoca para ser afilada y unida en la memoria y la vergüenza.
Vale. Salud y que la pluma sea también una espada, y que su filo corte el oscuro muro por el que habrá de colarse el mañana.

Desde las montañas del sureste mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos




Buongiorno, buona sera, buonanotte. Il mio nome è Marcos, subcomandante insurgente Marcos.
Sono stato invitato al "Forum per la difesa dell'umanità" per dire qualche parola. Ringrazio per l'invito, devo però avvertire che sono un soldato dell'Esercito Zapatista di Liberazione Nazionale. Lo sottolineo perché, come mi hanno riferito, dovrò condividere la parola con intellettuali e leader politici e sociali. Per questo la mia voce, forse, suonerà discordante (voglio dire, al di là della qualità della registrazione) e fuori luogo. Oppure no, talora ci saranno, in quanto dirò, ponti e coincidenze. A volte accade che la penna e la spada coincidano.
Forse concordiamo nell'inquietudine per un necessario dibattito e uno scambio di idee che aiutino a chiarire un poco questo confuso e disordinato orizzonte che alcuni chiamano storia contemporanea e che, a tratti, fa del triviale e del grottesco questione di interesse e scandalo mondiale; ed altre volte fa del terribile ed aberrante qualche cosa che, a forza di ripetersi, diventa un ritornello monotono e non percepito.
Citerò alcuni appunti frettolosi sulla globalizzazione e sul neoliberismo, o meglio, su quello che noi riusciamo a percepire (e a patire) di questi, e sulle resistenze in generale e la nostra resistenza in particolare.
Come ci si può aspettare, in questi appunti regnano lo schematismo e la riduzione, ma credo che riescano a tracciare una o più linee di discussione, dialogo e riflessione. O, meglio ancora, di memoria e vergogna.
"Dovresti vergognarti per avermi escluso", dice Durito che è venuto a rifugiarsi dalla pioggia.
"Non ti ho escluso. Il fatto è che non hanno invitato te, ma hanno invitato me", gli dico mentre con discrezione nascondo il tabacco.
"Una cosa va con l'altra, In questo caso, un naso va con una tettoia. O forse, mio raffreddato scudiero, vorresti privare queste brave persone del piacere di ascoltare le mie sagge parole, di illuminarsi con la mia saggezza e di svegliarsi dal letargo in cui le tue parole cominciano a gettarli?", domanda Durito mentre mi punge il naso con Excalibur, la leggendaria spada.
"Quella spada somiglia in maniera sospetta ad una penna che ho perso l'altro giorno", gli dico cambiando argomento.
Ma Durito risponde:
"Non cambiare argomento! Puoi scegliere: o mi dai uno spazio per i miei sapienti progetti o perirai sotto la mia penna, voglio dire, sotto la mia spada", dice Durito con un tono che farebbe l'invidia di qualsiasi funzionario del Fondo Monetario Internazionale che sta parlando con qualche governo latino americano.
E, mettendo in pratica quel che ho appreso dai governi "nazionali", ho ceduto. Questa è la parte che Don Durito de La Lacandona, il fiore e il meglio della cavalleria errante, ha inviato a questo forum.
Si chiama:

PALLONI O NEGOZI

Il mondo è come un globo gonfiato. Cioè, è come un palloncino gonfiato. Ovvero, quando si dice che c'è la globalizzazione, è che c'è la mondializzazione delle parti del mondo.
Ma c'è, come si dice, una mondializzazione di quelli che hanno molto denaro. E c'è pure, come si dice, la mondializzazione della lotta, ovvero della resistenza. Nella mondializzazione del denaro, cioè nella globalizzazione dei potenti, c'è molta malvagità, ma la malvagità non se ne sta quieta all'interno di un paese, ma si intromette in tutti i paesi. E questa malvagità si introduce in altri paesi attraverso la guerra, con il denaro, attraverso le idee, con la politica.
Ovvero, nella mondializzazione della malvagità quelli che sono molto, molto ricchi non sono soddisfatti di essere ricchi e sfruttatori in un paese, cioè tra la loro gente, ma vogliono più denaro e si introducono in altri paesi per guadagnare altro denaro, e non rispettano niente perché amano solo la loro astuzia sfruttatrice e vogliono solamente guadagnare denaro; sebbene già ne posseggano tanto, non gli basta, vogliono di più.
Ed allora si introduce il denaro in un altro paese e non rispetta quel paese per colpa della globalizzazione del denaro che non rispetta i paesi e la gente.
Cioè, ogni paese è come un pallone che scoppia e dal quale esce tutto quello che lo rendeva speciale, come le sue usanze, la sua parola, la sua cultura, la sua economia, la sua politica, la sua gente, insomma il suo modo di essere.
E nel momento in cui il paese si rompe e tutto il mondo si introduce in quel paese, quel paese non è più quel paese, ma è tutto il mondo. Però non è il mondo della gente, ma è il mondo del denaro, in cui la gente non ha importanza.
È come se una persona si rompesse e non fosse più una persona, come se tutte le malvagità si introducessero in quella persona e se la mangiassero e quindi si finisse per non avere più una persona, ma solo quello che si è mangiato quella persona.
Quindi diciamo che la globalizzazione dei potenti, cioè del denaro, si mangia i paesi e divora le persone che vivono in quel paese. Perché un paese è come una casa in cui vive la gente del paese. E il denaro mondiale distrugge la casa, cioè il paese, e la gente resta senza casa e senza anima, perché le persone non si conoscono tra loro e si comportano come sconosciuti, con la sfiducia negli occhi e nelle parole, proprio tristi.
E nel momento in cui un paese resta senza la sua anima, assume l'anima del denaro.
E quel paese che si è rotto non è più una casa in cui vive la gente di quel paese, ma è un negozietto in cui si vendono e si comperano cose e persone.
Perché nella globalizzazione il denaro costruisce negozi dove prima esistevano paesi.
E allora, siccome il paese non è più un paese ma è un negozio, la gente non è più gente, ma solo compratori o venditori.
E la gente non è proprietaria del negozio, perché il proprietario del negozio è il denaro mondiale.
Cioè, la gente non comanda più nel proprio paese, comanda il denaro mondiale.
Quindi, come diciamo noi, il pensiero dominante è il pensiero del denaro.
Per esempio certa gente pensa ad una nube ed è gente che sta pensando ad una nube e dipinge il suo pensiero, per esempio, di azzurro, e questa gente che se ne sta con il suo pensiero di una nube azzurra è contenta del suo pensiero di una nube azzurra e si procura un palloncino e lo gonfia e lo dipinge di azzurro e lo dà ad un bimbo o ad una bimba, e la bimba o il bimbo gioca con il palloncino che era un pensiero di nube azzurra. Perché la gente, quando pensa come gente, pensa pensieri per la gente.
Ma il denaro non pensa alla gente, pensa ad altro denaro. Cioè, il denaro non ha limite e divora tutto per fare più denaro.
Vale a dire, il denaro non pensa ad una nuvola, ma pensa ad una merce che venderà e da cui ricaverà altro denaro.
In altri termini, con la globalizzazione del denaro si mondializza anche il pensiero del denaro.
E questo pensiero del denaro è come una religione che adora il dio del denaro, e i templi di questa religione sono le banche ed i negozi, e le preghiere sono le contabilità del denaro, quanto vendono, quanto guadagnano.
E questa religione del denaro si chiama "neoliberismo", ciò che vuol dire che esiste una nuova libertà per il denaro. Cioè, che il denaro è libero di fare quello che vuole. E la gente non ha più la libertà, ma il denaro sì.
E con la globalizzazione del denaro si distrugge il mondo mondiale, cioè si rompe il globo del mondo ed il palloncino mondiale scoppia, e allora il denaro costruisce un negozio dove prima c'era un paese: cioè, dove prima c'era una casa con gente ora c'è un negozio.
Quindi la globalizzazione del potere distrugge i paesi per costruire negozi. E i negozi sono fatti per vendere e comperare.
E se per esempio uno non ha un reddito o non vuole comprare, allora costui non conta niente e bisogna distruggerlo. E se, per esempio, non ha nulla da vendere o non vuole vendere né vendersi, allora non serve e bisogna distruggerlo.
La globalizzazione del potere è come una guerra contro la gente e le loro case, cioè è una guerra contro l'umanità.
La globalizzazione del potere distrugge le case della gente, cioè i paesi, e a volte arriva a distruggere con una guerra. Altre volte entra perché qualcuno dall'interno gli ha aperto la porta per venire a distruggere.
E quelli che aprono la porta sono i politici, quelli che comandano nei paesi, cioè nelle case della gente. Quindi i politici non servono più per comandare, perché non comandano più loro ma chi comanda è il denaro mondiale.
Allora i politici diventano negozianti, quelli che si occupano del negozio che prima era un paese, una casa di certa gente.
Ma i politici di prima non servono più per occuparsi del negozio ed è meglio mettere altri che studiano ed imparano ad occuparsi dei negozi. E questi sono i nuovi politici, cioè sono negozianti.
E non importa se non sanno nulla di governo, ma importa che sappiano occuparsi del negozio e procurino buoni incassi per il loro padrone che è il denaro mondiale.
Quindi, nei governi dei paesi distrutti dalla globalizzazione del potere, non ci sono più politici ma negozianti.
E lì, nei negozi che prima erano paesi, le elezioni non avvengono per installare un governo, ma per mettere un negoziante.
Quindi si mettono in competizione, cioè a litigare tra loro, grassi, magri, alti, piccoletti, di diversi colori che cominciano a parlare e a parlare ed è puro chiacchiericcio, ma non dicono la cosa più importante, cioè che tutti sono diversi in viso, ma tutti sono uguali perché diventeranno negozianti.
Alla globalizzazione del potere non importa se il negoziante è verde, azzurro, rosso o giallo. Quello che importa è che il negoziante procuri buoni incassi.
I negozianti cambiano, ma negozianti restano.
Nella globalizzazione del potere il mondo non è più rotondo, come un palloncino gonfiato, ma scoppia ed al suo posto resta un grandissimo negozio.
E i negozi, come tutti sanno, sono quadrati, non tondi.
Più o meno è così che funziona la globalizzazione, come se dicessimo "la palloncizzazione".
(Fine della relazione di Durito)

"Palloncizzazione?". Finalmente torno alla serietà ed alla formalità.
In aggiunta a quanto espresso da Durito in maniera tanto peculiare, anche noi pensiamo quanto segue:

PRIMO. Se nella politica "antica" (cioè, dalla greca Atene fino alle moderne repubbliche) lo Stato era la "madre" dell'individuo ed il seno in cui era in gestazione, cresceva e si riproduceva la società, nel mondo globalizzato lo Stato non può più assolvere questa funzione. L'individuo non deve più fare riferimento ad una patria, una cultura, una razza o una lingua. Il ventre materno è ora una megasfera che alcuni chiamano ancora "pianeta terra". Il "cittadino" non è più il membro della polis, ma il navigante della mega-polis, per tanto ha bisogno di "altre" conoscenze e abilità che lo Stato nazionale non può offrire.

SECONDO. Allo stesso modo, gli "uomini di Stato", quei superuomini autori di testi classici, guerre, imperi, leggi e repressioni, non esistono più in quanto tali. Quel vecchio "addestramento" interno che esisteva nelle classi politiche per preparare i propri membri a sostituirsi gli uni con gli altri è obsoleto, le capacità della politica classica (oratoria, capacità di leader, sensibilità, sobrietà, conoscenze storiche, filosofiche, di giurisprudenza) sembrano ora più caratteristiche della nostalgia circense. Il protocollo del potere, quel complesso miscuglio di segnali e tendenze, non si apprende più né si esercita nello Stato.

TERZO. Lo Stato nazionale tende a non essere più l'incaricato della riproduzione degli uomini (intendendo "riproduzione" nel suo significato più ampio, cioè, le condizioni economiche, politiche, culturali e sociali per la sua riproduzione sociale), ma l'amministratore-contenitore dei disordini di questa riproduzione. Il megapotere, questo ente di cui poco si conosce, ora impone una riproduzione più importante: quella del denaro.

QUARTO. La lotta contro la globalizzazione del potere (e contro il suo supporto ideologico: il neoliberismo) non è esclusiva di un pensiero o di una bandiera politica o di un territorio geografico, è una questione di sopravvivenza umana. Così come nella seconda guerra mondiale moltitudini resisterono e lottarono contro il fascismo, ora sono molte le forze che resistono e lottano contro il neoliberismo.

QUINTO. Negli Stati nazionali il processo dell'accoppiata globalizzazione-neoliberismo produce un fenomeno di resistenza che, in forma sempre più accentuata, incorpora ampi settori della popolazione SENZA CHE SIANO DECISIVI LA CLASSE SOCIALE O IL LUOGO CHE OCCUPANO NEL PROCESSO DI RIPRODUZIONE DEL CAPITALE.

SESTO. Appaiono, per esempio, gruppi sconcertanti (di fatto, la teoria aveva decretato la loro scomparsa o il loro "assorbimento" da quelli che stanno in alto): da un lato, indigeni che parlano lingue incomprensibili (cioè, inservibili per l'interscambio di merci) e che sfidano con armi di legno elicotteri, carri armati, aerei, mitragliatrici, bombe; dall'altro lato, giovani disoccupati (il "lumpen" che, come vuole la teoria, dovrebbe ingrossare le fila degli apparati repressivi dello Stato) che si mobilitano contro il governo ed esigono il rispetto; più in là, omosessuali, lesbiche e transessuali che chiedono il riconoscimento della loro differenza.

SETTIMO. Questi fenomeni di resistenza ("sacche di resistenza" le chiamiamo noi per opporle alle "altre" borse, quelle dei valori [gioco di parole sul termine spagnolo "bolsa" Ndt.]) tendono a cercare la comunicazione con fenomeni simili in altre parti del mondo. Le superautostrade dell'informazione, concepite per facilitare il flusso delle merci e del denaro, cominciano a vedersi (non senza timore) percorrere da vecchie strade, animali da soma e pedoni che non scambiano merci e capitali, ma qualche cosa di molto pericoloso: esperienze, mutuo appoggio,

STORIE

È chiaro che sto parlando di quello che ho davanti: la nostra guerra, le nostre armi, la nostra storia. Ma esistono altri esempi che ci parlano di una nuova emergenza, di qualcosa di nuovo che irrompe qui e là e che non abbiamo finito né di controllare né di comprendere, in parte perché siamo un frammento di quei fenomeni, in parte per il precipitare degli avvenimenti, in parte perché il presente è il luogo peggiore per pensare l'oggi, in parte perché ci sono ancora molte cosa da definire.
Ma qualcosa comincia ad essere sempre più chiaro: non è sicuro che abbiamo perso noi e, soprattutto, non è sicuro che hanno vinto loro. La storia che conta, quella che facciamo noi uomini e donne, ha ancora molto filo da tessere e non si riesce ad indovinare neppure il disegno né il colore che dovrà avere questo gigantesco arazzo che è l'umanità. Noi, e con noi molti come noi, sappiamo che, in ogni caso, il colore non è il grigio che ora ci impongono, né il disegno, che è solo dolore e morte. Ci sono anche molti altri colori. E c'è anche molta speranza.
Se il pianeta mostra ferite aperte e sanguinanti sulla sua tonda geografia, non è solo nominandole che le saneremo, sicuramente, ma compiamo un gesto di umanità che talora sembra perduto.
Citiamo quindi la Palestina, e che la vergogna ci ricopra.
Citiamo i Balcani, e che la memoria ritorni.
Citiamo Euskal Herria e ammiriamo la silenziosa e incompresa resistenza di un popolo che, da secoli, rifiuta di essere conquistato. Là, sull'altra sponda dell'Atlantico, un popolo è accerchiato in una classica manovra a tenaglia: da un lato la superbia del potere che, protetto dietro giudici incantati dai clic delle macchine fotografiche, comanda un'autentica guerra di sterminio; d'altro lato, la codardia di un settore che si dichiara progressista e che, più attento alla correttezza politica, mantiene un complice silenzio mentre la cultura basca viene classificata come "terrorista".
Citiamo Cuba, e che il sangue latinoamericano cerchi i ponti su cui ci siamo incontrati ieri e su cui ci incontreremo domani. Nei Carabi, un popolo affronta un accerchiamento che non ha rappresentazione letteraria. Questo popolo ha fatto sì che solo citare il suo nome richiami una storia di lotta e resistenza, di generosità e coraggio, di nobiltà e fratellanza. Si dice "Cuba" come si dice "dignità".
Citiamo Bolivia e salutiamo l'eroico cammino di aymara e quechua [etnie indigene boloviane, Ndt.] nella difesa della terra. Salutiamo quelli che fanno dell'essere indigeno un orgoglio e che con la loro ribellione fanno tremare i negozianti di tutta l'America.
Citiamo Chiapas, e scopriamo, nei piedi dei più piccoli, il domani del "per tutti, tutto".
Citiamo qualsiasi angolo del pianeta e siamo perseguitati insieme a omosessuali, lesbiche e transessuali; resistiamo con le donne al destino imposto di decorazione idiota; resistiamo con i giovani alla macchina che tritura i non conformisii e i ribelli; resistiamo con operai e contadini al salasso che, nell'alchimia neoliberista, trasforma la morte in dollari; percorriamo il passo degli indigeni dell'America latina e con i loro piedi facciamo il mondo rotondo affinché ruoti.
Citiamo chi non ha nome. Guardiamo chi non ha volto.
Citiamo e guardiamo il mondo che ora non esiste, ma che comincerà ad esistere nelle nostre parole e nei nostri sguardi.
Citiamo dunque i dolori dell'umanità. Non solo perché sono anche nostri dolori. Ma anche perché citandoli ci rendiamo un poco più umani. Perché davanti a queste ferite il silenzio è rinuncia, resa, claudicazione, morte.
Se c'è chi ha fatto della penna una spada, che faccia scintillare l'aria con il suo fulgore, segnalando le nostre ferite si nobiliti, citandoci ci renda parte di un rompicapo che domani sarà un mondo non provato di memoria né di vergogna.
Perché entrambe, la memoria e la vergogna, ci rendono esseri umani.
Non siamo i delatori della nostra storia, della nostra coscienza, i traditori della parola che abbiamo innalzato ieri e che oggi ci convoca per essere affilata e unita alla memoria e alla vergogna.
Bene. Salute e che la penna sia anche una spada, e che il suo filo tagli l'oscuro muro da cui dovrà passare il domani.

Dalle montagne del sudest messicano.
Subcomandante Insurgente Marcos


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