II° Escuchar el Amarillo



Ni el Centro ni la Periferia

II. ESCUCHAR EL AMARILLO.

EL CALENDARIO Y LA GEOGRAFÍA DE LA DIFERENCIA.

El peligro de las diferentes está en que luego les da por parecerse mucho entre sí”. Don Durito de La Lacandona.

La lucha de las mujeres, ¿del centro a la periferia?
Si antes hablamos de que en el pensamiento de arriba existía un abismo entre teoría y realidad y de la bulimia teórica concomitante que se vuelve moda entre una parte de la intelectualidad progresista, ahora quisiéramos detenernos en ese punto de la geografía pretendidamente científica que es el centro donde la piedra conceptual, es decir, la moda intelectual, cae y se inician las ondas que afectarán la periferia.
Resulta que esas teorías y prácticas surgidas en el centro, se extienden hacia la periferia no sólo afectando los pensamientos y prácticas en esos rincones, también, y sobre todo, imponiéndose como verdad y modelo a seguir.
Ya se habló del surgimiento de nuevos actores o sujetos sociales, y se mencionó a las mujeres, los jóvenes y jóvenas, y los otros amores.
Pues bien, sobre estos “nuevos” protagonistas de la historia cotidiana, surgen nuevas elaboraciones teóricas que, siempre en el centro emisor, se traducen en prácticas políticas y organizativas.
En el caso de la lucha de género, o más específicamente, en el feminismo, sucede lo mismo. En una de las metrópolis surge una concepción de lo que es, su carácter, su objetivo, sus formas, su destino. De ahí se exporta a los puntos de la periferia, que a su vez son centros de otras periferias.
Este traslado no se da sin los problemas y “atorones” propios de las distintas geografías.
Tampoco se da, paradójicamente, en términos de equidad. Y digo “paradójicamente” porque uno de los rasgos esenciales de esta lucha es su demanda de equidad, de equidad de género.
Espero que las compañeras y compañeros que enarbolan esta lucha, y que me están escuchando o leyendo, disculpen el reduccionismo y simplismo con el que estoy tocando este punto. Y no es porque quiera salvar mi machismo, tan natural y espontáneo, en serio, sino porque no estamos pensando, a la hora de referirnos a esto, en los esfuerzos que llevan adelante. No decimos que sus proyectos no sean cuestionables. Lo son y en más de un aspecto, pero estamos hablando de otra lucha de género, de otro feminismo: el que viene de arriba, del centro a la periferia.
En unos días más, las mujeres zapatistas celebrarán un encuentro donde su experiencia y palabra tendrán un espacio único, así que no abundaré más en este tema. Sin embargo, quisiera contarles la breve historia de un desencuentro.
En los primeros meses posteriores al inicio de nuestro alzamiento, un grupo de feministas (así se autodenominaron) llegaron a algunas de las comunidades zapatistas.
No, no llegaron a preguntar, a escuchar, a conocer, a respetar. Llegaron a decir lo que debían hacer las mujeres zapatistas, llegaron a liberarlas de la opresión de los machos zapatistas (empezando, por supuesto, por liberarlas del Sup), a decirles cuáles eran sus derechos, a mandar pues.
Cortejaron a quienes consideraban las jefas (por cierto, con métodos muy masculinos, dicho sea de paso). A través de ellas intentaron imponer, desde fuera, en forma y contenido, una lucha de género que ni siquiera se detuvieron a averiguar si existía o no y en qué grado en las comunidades indígenas zapatistas.
Ni siquiera se pararon a ver si las habían escuchado y entendido. No, su misión “liberadora” estaba cumplida. Volvieron a sus metrópolis, escribieron artículos para periódicos y revistas, publicaron libros, viajaron con los gastos pagados al extranjero dando conferencias, tuvieron cargos gubernamentales, etc.
No vamos a cuestionar esto, cada quien se consigue las vacaciones como puede. Sólo queremos recordar que no hicieron mella alguna en las comunidades ni trajeron beneficio alguno a las mujeres.
Este desencuentro inicial marcó la relación posterior entre las mujeres zapatistas y las feministas, y llevó a una confrontación soterrada que, por supuesto, las feministas achacaron al machismo vertical y militarista del EZLN. Esto llegó hasta el punto en que un grupo de Comandantas se negó a un proyecto sobre derechos de la mujer. Resulta que se querían dar unos cursos, diseñados por ciudadanas, impartidos por ciudadanas y evaluados por ciudadanas. Las compañeras se oponían, querían ser ellas quienes decidieran los contenidos y ellas quienes impartieran el curso y ellas quienes valoraran los resultados y lo que seguía.
El resultado lo podrán conocer ustedes si asisten al Caracol de La Garrucha y escuchan, de los propios labios de las zapatistas, esa y otras historias. Tal vez les ayudaría a entender mejor, llevar la disposición y el ánimo de comprender. Tal vez, como Sylvia Marcos en el Israel de las beduinas, entenderían que las zapatistas, como muchas mujeres en muchos rincones del mundo, transgreden las reglas sin desechar su cultura, se rebelan como mujeres, pero sin dejar de ser indígenas y también, no hay que olvidarlo, sin dejar de ser zapatistas.
Hace unos años, un periodista me contó que se había encontrado en la carretera a una señora zapatista y le había dado “aventón” hasta el pueblo. “¿Andaba con uniforme o pantalón o botas?”, le pregunté preocupado. El periodista me aclaró: “No, llevaba nagüa, camisa bordada y estaba descalza. Además llevaba su hijo cargando en el rebozo. ¿Cómo supo entonces que era zapatista?”, le insistí. El periodista me respondió con naturalidad: “es fácil, las zapatistas se paran diferente, caminan diferente, miran diferente”. “¿Cómo?”, reiteré. “Pues como zapatistas”, dijo el periodista y sacó su grabadora para preguntarme sobre la propuesta de diálogo del gobierno, las próximas elecciones, los libros que he leído y otras cosas igualmente absurdas.
Sin embargo, es necesario señalar que esta distancia se ido acortando gracias al trabajo y comprensión de nuestras compañeras feministas de La Otra Campaña, particularmente y de manera destacada, de nuestras compañeras de La Otra Jovel.
Según mi visión machista, en ambos rincones se ha entendido la diferencia entre unas y otras y, por tanto, ha iniciado un reconocimiento mutuo que devendrá en algo muy otro, y que seguro pondrá a temblar no sólo al sistema patriarcal en su conjunto, también a quienes apenas estamos entendiendo la fuerza y el poder de esa diferencia, y que nos lleva a repetir, aunque con otro sentido, el “¡Vive le difference!”, ¡Viva la Diferencia!
De esa tensión que, paulatinamente, se convierte en liga y puente, saldrá un nuevo calendario en una nueva geografía. Uno y una donde la mujer, en su igualdad y diferencia, tenga el lugar que conquiste en esa su lucha, la más pesada, la mas compleja y la más continua de todas las luchas antisistémicas.

***
Nuestros sabedores más mayores cuentan que los dioses más primeros, los que nacieron el mundo, hicieron el color amarillo a partir de la risa de las niñas y niños. Recordando esto, hemos decidido contarles un cuento que es para menores de edad, pero que los mayores se lo van a tener que chutar porque… porque… bueno, pues porque se vería muy mal que se salgan antes de que termine esta sesión del coloquio.
Ahora que, si se van a salir, les pido que no sean gachos y lo hagan con discreción para que aquí los organizadores no sientan tan feo.
Bueno, para las que se queden, aquí está el cuento…
Ya antes conté esto, así que sólo repetiré brevemente la historia de Diciembre. Ella era una niña, así, pequeñita. Había nacido en el mes de noviembre y, como sus padres sólo hablaban lengua indígena, se hizo un desmadre cuando la fueron a registrar. El notario preguntaba atropelladamente dónde nació, cuándo nació, en qué mes estamos (es que andaba medio crudo) y cosas así. Su madre apenas estaba por responder el mes en que estábamos, cuando el del registro civil volvió a la pregunta de cómo se iba a llamar. “Diciembre”, escuchó el notario y, pues se chingó Roma, porque cuando se dieron cuenta ya era un relajo cambiar los papeles. Así que “Diciembre” se pasó a llamar esta niña que nació en noviembre. Según los usos y costumbres de los adultos, cuando regañan a una niña o niño, no se acuerdan de su nombre, y empiezan a decir varios nombres hasta que le atinan. En el caso de Diciembre, los regaños eran menos estrictos, porque la mamá empezaba por Enero, y cuando llegaba a Diciembre ya se le había olvidado por qué iba a regañar a la niña.
En otra historia, ahora ya lejana, Diciembre conoció a un búho y se hizo amiga de él. En aquel entonces, resolvió el desafío de la flauta chueca y no me acuerdo qué otras travesuras más hizo.
Pues bien, aquí les va…

DICIEMBRE Y LA HISTORIA DEL LIBRO SIN MANOS.

Una tarde, casi noche, como ésta que anuncia lluvia de luces, andaba Diciembre caminando así nomás. Acaso estaba pensando nada, sólo caminaba recogiendo piedritas y ramitas, y colgaba las piedritas de un árbol, y amontonaba las ramitas a un lado del camino, y les ponía nombres: ése era un “árbol de piedras” y aquello una “montaña de ramas”. O sea que, como quien dice, a la Diciembre ésta no sólo le daba por revolver su pensamiento, también revolvía el mundo.
Tenía, además, unos lapiceros de colores que a saber quién le había regalado. Así que, cuando no estaba colgando piedras y amontonando ramas, Diciembre sacaba los lapiceros de su morraleta y se ponía a pintar de colores lo que estuviera a la mano.
Bueno, pues resulta que así andaba la Diciembre, tarareando una canción a ritmo de corrido-cumbia-ranchera-norteña, cuando ¡zas!, ahí nomás estaba parado, en medio del camino, un libro.
Contenta se puso la Diciembre. Sacó sus colorines y fue muy decidida a agarrar el libro para llenarlo de rayones y bolitas y palitos y hasta un garabato que se supone, sería el retrato hablado de la Panfililla, que así se llamaba una su perrita que más bien era bien mulita (sin agraviar a las presentes).
Ya se acercaba la Diciembre al libro que estaba en medio del camino, ya se imaginaba que la Junta de Buen Gobierno le daba permiso de pintar un su mural en la pared de la escuela autónoma, ya se veía pidiéndole a una señora sociedad civil que le tomara una foto a ella con la Panfililla, paradas junto al mural, y ya pensaba que si acaso no se parecía la Panfililla a la pintura del mural pues ahí mismo pintaba las correcciones. No en la pared de la escuela, sino en el cuerpo de la Panfililla, por supuesto.
Todo esto iba pensando la Diciembre cuando, al acercarse a tomar el libro con sus manos, ¡zas!, el libro abrió sus pastas y se echó a volar.
“¡Órales!”, dijo la Diciembre con un tono que no dejaba duda de su origen plebeyo, “tras que ese libro vola”. El libro aleteó unos metros y se fue a posar más adelante, en medio del camino. Diciembre corrió a agarrar el libro, pero antes de que llegara, volvió a volar. Diciembre pensó entonces que el libro quería jugar y pues ella también. Así que ahí andaba la niña correteando de un lado a otro al libro volador y, mientras tanto, la Panfililla ya se había empacado media docena de piedras y dos docenas de ramitas, y se había quedado tirada, haciendo la digestión y nomás moviendo las orejas de un lado a otro, según corría la Diciembre detrás del libro.
Ahí tardaron, pero llegó el momento en que la Diciembre se cansó y quedó muy agotada, tirada a un lado de la Panfililla.
“¿Y ora qué hacemos Panfililla?”, preguntó Diciembre.
Y la Panfililla nomás movió la oreja, porque todavía estaba tratando de digerir una piedra de ámbar y no podía ladrar.
Ya sé, tengo una idea”, dijo la Diciembre, “voy a ir a buscar al señor Búho y le voy a preguntar”.
La Panfililla movió las orejas como diciendo “sale, yo aquí te espero”, mientras miraba que todavía le faltaba la mitad del montecito de ramitas por zamparse.
Así que Diciembre fue a visitar a su amigo el Búho. Lo encontró sentado encima de su árbol, viendo una revista con muchachas encueradas.
Aquí el Búho interrumpe el cuento y le aclara al respetable público:
No le crean al Sup, no era una revista de muchachas encueradas, era un folleto de lencería, de Victoria Secrets para más señas. No es lo mismo”.
Bueno, pues el Búho estaba viendo una revista de muchachas semiencueradas cuando llegó Diciembre y ahí nomás, sin anestesia ni decir agua va, le soltó:
Oí, señor Búho, ¿por qué hay libros que volan?
Se dice “vuelan” y no “volan”, corrigió el señor Búho, y agregó: “Y no, los libros no vuelan. Los libros están en las librerías, en las bibliotecas, en los escritorios de los científicos y, cuando no los compra nadie, en las mesas afuera de los coloquios
Hay uno que sí”, le contestó Diciembre, y en seguida le contó lo que había pasado antes con el libro volador.
El señor Búho cerró su folleto de muchachas en paños menores, claro, no sin antes marcar la página en la que se había quedado, y dijo muy decidido:
Muy bien, vamos a investigar, nomás aguántame un ratón porque tengo que ponerme ropa adecuada”.
Bueno”, dijo Diciembre y mientras esperaba al señor Búho, se puso a colgar en las ramas de los árboles algunas piedritas que logró rescatar de la gula de la Panfililla.
El señor Búho, mientras tanto, abrió un gigantesco baúl y empezó a buscar, murmurando: “mmh… látigo, no… liguero, tampoco… neglillé, menos… mmh… ¡aquí está!”, exclamó de pronto el señor Búho y sacó un pasamontañas negro.
Se lo puso y, tomando una pipa, se dirigió a Diciembre y le preguntó:
Y bien, ¿qué te parece mi disfraz?
Diciembre lo miró extrañada y, después de un rato, dijo: “¿y de qué está disfrazado?
¿Cómo de qué? ¡Pues de subcomandante! Si el libro ése me ve como búho, no me va a dejar acercarme siquiera, porque los búhos de por sí queremos muchos libros, en cambio los subcomandantes no los usan ni para nivelar mesas”.
Aquí el Sup interrumpe para aclararle al respetable:
No le crean al señor Búho, los subcomandantes sí usamos los libros, a veces, cuando la leña no prende…”
Ejem, ejem.
Bueno, pues les decía que la Diciembre y el señor Búho disfrazado de subcomandante, bajaron del árbol y se dirigieron a donde la niña había dejado a la Panfililla esperándola.
Cuando llegaron a donde estaba la perrita, la encontraron tratando, simultáneamente, de roer la mitad de una pantufla y de digerir la otra mitad.
¡Mis pantuflas totalmente Palacio!”, exclamó escandalizado el señor Búho y empezó a luchar con la Panfililla, tratando de arrebatarle la mitad de la pantufla que, además, era la mitad de adelante, o sea que todavía podía pasar como una pantufla versión minimalista.
Diciembre le ayudó, y algo le dijo al oído, bueno a la oreja, a la Panfililla que ésta, inmediatamente, soltó la mitad delantera de la pantufla del señor Búho.
¡Uff!, suspiró aliviado el señor Búho y, mientras hacía el recuento de los daños, le preguntó a Diciembre:
¿Y qué le dijiste para que la soltara?
Diciembre contestó sin inmutarse: “Que le iba a dar la mitad de la otra pantufla”.
¿¡Qué!?, gritó el señor Búho. “¡Mis pantuflas, mi buen nombre, mi prestigio, mi status intelectual…!
En eso, ¡zas!, Diciembre descubrió, cerca de donde estaban, al libro volador.
¡Ahí está!, le gritó Diciembre al señor Búho.
El señor Búho se acomodó como pudo el pasamontañas, encendió la pipa y le dijo a Diciembre:
Tú espérame aquí, voy a investigar”.
Llegó el señor Búho hasta donde estaba el libro volador, quien no lo reconoció por su disfraz de subcomandante.
Como es sabido, los libros les cuentan a los subcomandantes hasta lo que no viene escrito en ellos, así que tardaron hablando.
Diciembre ya se estaba quedando dormida cuando el señor Búho regresó y le dijo:
Ya está. El misterio ha sido resuelto”.
¿Qué pasó?, preguntó Diciembre bostezando.
Elemental, mi querida Diciembre. Se trata, simple y sencillamente, de un caso extremo de “libro sin manos”, dijo el señor Búho.
¿Libro sin manos?, ¿Y qué es eso?, preguntó Diciembre.
Pues es un libro que no quiere estar en un estante de librería o biblioteca, o en un escritorio, o arrumbado en un rincón, o nivelando una mesa. Es un libro que quiere estar en las manos de alguien. Que lo lea, que lo escriba, que lo pinte, que lo quiera pues, explicó el señor Búho.
¡Yo!, dijo Diciembre alegremente.
¿Estás segura? Un libro no es cualquier cosa, no es como un dinosaurio come-pantuflas, dijo el señor Búho mientras miraba con rencor a la Panfililla, que ya estaba mordisqueando la pipa del disfraz de Sup del señor Búho.
No es dinosaurio, es dinosauria, y sí, estoy segura, respondió decidida la Diciembre.
Bueno, prueba a ver si lo convences a él, dijo el señor Búho mientras trataba de arrebatarle la pipa a la Panfililla.
¿Y cómo hago?, preguntó Diciembre.
Muy sencillo, acércate, pero no mucho y extiende tus manitas. Si te acepta, entonces él irá hacia a ti, le indicó el señor Búho.
Sale, dijo la Panfililla, perdón, la Diciembre.
Se limpió las manos en la nagua porque se acordó que no se las había lavado, se acercó poco a poco al libro volador y, cuando creyó estar lo suficientemente cerca para que el libro la viera pero no se espantara, extendió sus dos manitas.
El libro abrió entonces sus tapas, como para echarse a volar, pero dudó.
Diciembre alargó más sus manitas y dijo:
Ven, ven, ven
El libro empezó entonces a volar, pero en lugar de alejarse, fue a posarse en las manitas de Diciembre.
La niña se puso muy contenta y abrazó el libro contra su pecho, tanto que el libro se echó un pedito: prttt.
El señor Búho aplaudió satisfecho y la Panfililla no ladró, pero eructó con aroma a pantufla mal digerida.
Se fue entonces el señor Búho a seguir viendo muchachas… perdón, a leer y estudiar mucho.
Diciembre se puso a colorear el libro con sus plumines y no vivieron muy felices porque, en un descuido, la Panfililla se empacó la contraportada, el índice, los anexos y 7 pies de página.
Tan- tan.
Moraleja: no dejen nada al alcance de las perritas, pueden ser dinosaurias disfrazadas.
Y ya, espero que Daniel Viglietti les haga olvidar pronto esta ponencia tan poco seria, y que las niñas la recuerden… por siempre jamás.
Gracias.

(Subcomandante Insurgente Marcos)




Nè il Centro nè la Periferia.

II. ASCOLTARE IL GIALLO.

IL CALENDARIO E LA GEOGRAFIA DELLA DIFFERENZA.

Il pericolo delle differenze è che poi finiscono per assomigliarsi molto tra di loro”. Don Durito della Lacandona.

La lotta delle donne, dal centro alla periferia?
Poco fa, abbiamo parlato del pensiero de arriba, in cui esiste un abisso tra la teoria e la realtà; ed anche della bulimia teorica annessa, che si trasforma in moda per una parte dell’intellettualità progressista. Ora vorremmo soffermarci su quel punto della geografia pretesamente scientifica, che è il centro, dove cade la pietra concettuale - cioè la moda intellettuale - e si producono le onde che modificheranno la periferia.
Il fatto è che queste teorie e pratiche, che sono sorte nel centro e che si estendono verso la periferia, non si limitano a condizionare i pensieri e le pratiche di quelle parti, ma soprattutto si impongono come verità e modelli da seguire.
Abbiamo già parlato della comparsa di nuovi attori o soggetti sociali, e abbiamo menzionato le donne, i giovani e gli amori diversi. Bene, su questi “nuovi” protagonisti della storia quotidiana sorgono nuove elaborazioni teoriche che, sempre nel centro emissore, si traducono in pratiche politiche ed organizzative.
Nel caso della lotta di genere o, più specificamente, nel femminismo, succede la stessa cosa. In una metropoli si elabora una concezione di ciò che è, del suo carattere, del suo obbiettivo, delle sue forme e del suo destino. Da lì si esporta ai punti della periferia, che a loro volta sono centri di altre periferie. Questo trasferimento non si dà senza problemi, né senza inceppamenti, proprio per le differenze geografiche. E non si dà nemmeno, paradossalmente, in termini di equità. E dico “paradossalmente” perché una delle peculiarità essenziali della lotta di genere è la sua domanda di equità, equità di genere.
Spero che i compagni e le compagne che portano avanti questa lotta, e che mi stanno ascoltando o leggendo, scuseranno il riduzionismo e il semplicismo con cui sto toccando questo punto. E non è perché voglio salvare il mio machismo, tanto naturale e spontaneo, sul serio, ma perché in questo momento non ci stiamo riferendo agli sforzi che tutti loro stanno portando avanti. Non stiamo dicendo neanche che i loro progetti non possano esser messi in questione. Anzi, possono esser messi in questione in più di un aspetto, però ci stiamo riferendo qui ad un’altra lotta di genere, ad un altro femminismo: quello che viene dall’alto, dal centro alla periferia.
Tra qualche giorno, le donne zapatiste celebreranno un incontro, in cui ci sarà uno spazio unico per le loro esperienze e le loro parole, perciò non mi dilungherò troppo su questo tema. Tuttavia, vorrei raccontarvi la breve storia di un mancato incontro. Nei primi mesi che seguirono la nostra sollevazione, un gruppo di femministe (così si sono auto-denominate) arrivò in alcune comunità zapatiste. No, non sono venute a fare domande, ad ascoltare, a conoscere, a rispettare. Sono venute a dire quello che dovevano fare le donne zapatiste, a liberarle dall’oppressione dei maschi zapatisti (incominciando, naturalmente, col liberarle dal Sub), a dire quali erano i loro diritti…insomma sono venute a comandare.
Si sono messe a fare la corte a quelle che consideravano essere le cape (certamente, sia detto di passaggio, con metodi molto maschili). Attraverso di loro hanno poi cercato di imporre, da fuori, nella forma e nel contenuto, una lotta di genere che non si erano neanche soffermate a verificare se esistesse o no, e in che grado, nelle comunità indigene zapatiste.
E non si sono nemmeno fermate a vedere se erano state ascoltate e comprese. No, la loro missione “liberatrice” era stata compiuta. Sono tornate alle loro metropoli, a scrivere articoli per qualche giornale o rivista, a pubblicare libri, a viaggiare all’estero con le spese pagate, a fare conferenze, a coprire incarichi di governo… Ma non vogliamo discutere di questo, ognuno si fa le vacanze come può. Vogliamo solo ricordare che non hanno lasciato un segno nelle comunità, né hanno apportato alcun beneficio alle donne.
Questo mancato incontro iniziale segnò le successive relazioni tra le donne zapatiste e le femministe, e portò a uno scontro sotterraneo che, naturalmente, le femministe attribuirono al machismo verticale e militarista dell’EZLN. Si arrivò addirittura al punto che un gruppo di “comandante” si oppose ad un progetto sui diritti della donna. Il fatto è che si volevano dare alcuni corsi, pensati da donne di città e tenuti da donne di città, il cui impatto sarebbe stato valutato da donne di città. Le compagne si opponevano, volevano essere loro a decidere i contenuti, loro a impartire i corsi e loro a valutare i risultati e ciò che ne sarebbe seguito.
Gli effetti di questo scontro li potrete conoscere se assisterete all’incontro al “Caracol de La Garrucha”, e dalle labbra stesse delle donne zapatiste ascolterete questa e altre storie. Arrivare con la disposizione e il desiderio di comprendere, vi aiuterà forse a capire meglio. Forse, come Sylvia Marcos in Israele con le donne beduine, capirete che le donne zapatiste (come molte donne in molti angoli del mondo) trasgrediscono le regole senza rinnegare la propria cultura; si ribellano come donne, senza smettere di essere indigene ed anche, non bisogna dimenticarlo, senza smettere di essere zapatiste.
Alcuni anni fa un giornalista mi raccontò che aveva incontrato per la strada una signora zapatista e che le aveva dato un passaggio fino al paese. “Camminava in uniforme, o con i pantaloni, o con gli stivali?”, gli domandai preoccupato. E il giornalista rispose: “No, aveva una tunica , una camicetta ricamata ed era scalza. E poi portava suo figlio sulla schiena, nello scialle”. “Come ha capito, allora, che era zapatista?” insistetti io. Il giornalista mi rispose con naturalezza: “E’ facile, le donne zapatiste camminano in modo differente, stanno ferme in modo differente, guardano in modo differente”. “E come?” ripetei. “Beh…come zapatiste” disse il giornalista e tirò fuori il suo registratore per domandarmi della proposta di dialogo del governo, delle prossime elezioni, dei libri che ho letto e di altre cose altrettanto assurde.
Comunque, bisogna segnalare che questa distanza si è andata poco a poco accorciando grazie al lavoro e alla comprensione delle nostre compagne femministe della Otra Campaña, in particolare delle nostre compagne della Otra Jovel.
Secondo la mia visione machista, da tutte e due le parti si è capita la differenza tra le une e le altre, e così è iniziato un mutuo riconoscimento che si trasformerà in qualcosa di estremamente altro, e che sicuramente farà tremare non solo il sistema patriarcale nel suo insieme, ma anche quelli come noi che stiamo appena intendendo la forza e il potere della differenza, e che ci porta a ripetere (anche se in un altro senso) “Vive la difference!”, Viva la differenza!
Da questa tensione, che a poco a poco si converte in legame e ponte, verranno fuori un nuovo calendario e una nuova geografia. Dove la donna, nella sua uguaglianza e differenza, abbia il posto che si sarà conquistata con questa sua lotta, la più pesante, la più complessa e la più continua di tutte le lotte antisistemiche.

***
I nostri saggi più anziani raccontano che gli dèi primigeni, quelli che nacquero il mondo, fecero il colore giallo dalle risate delle bambine e dei bambini. Ricordando questa cosa, abbiamo deciso di raccontarvi una favola per bambini, e i grandi se lo dovranno sorbire perché…perché…beh, perché starebbe molto male uscire prima che sia terminata questa sessione di conferenze. Perciò, se volete uscire, vi prego di non essere scortesi e di farlo con discrezione, così che gli organizzatori non se la prendano troppo a male.
Bene, per quelli che vogliono rimanere, questo è il racconto… La storia di Dicembre l’ho già raccontata in passato, per cui la ripeterò solo brevemente. Dicembre era una bambina, così… piccolina. Era nata nel mese di novembre ma, siccome i suoi genitori parlavano solo la lingua indigena, successe un casino quando la portarono a registrare. L'ufficiale dell'anagrafe li tempestava di domande, una dietro l’altra… dove era nata, quando era nata, in che mese erano (il fatto è che era ancora mezzo sbronzo dalla sera prima) e cose così. Sua madre stava giusto rispondendo che erano nel mese di dicembre, quando quello del registro civile tornò alla domanda di prima, cioè come si sarebbe chiamata la bambina. “Dicembre”, sentì dire il pubblico ufficiale e così al diavolo Roma, perché quando se ne accorsero era un casino mettersi a cambiare le carte. E fu così che questa bambina che era nata a novembre si chiamò “Dicembre”. Secondo gli usi e costumi degli adulti, quando si rimprovera una bambina o un bambino, non ci si ricorda mai del suo nome, e si incominciano a dire vari nomi fino a quando non ci si azzecca. Nel caso di Dicembre, i rimproveri erano meno ferrei, perché la mamma incominciava da Gennaio, e quando arrivava a Dicembre già si era dimenticata il perché stava rimproverando la bambina.
In un’altra storia, ora già lontana, Dicembre conobbe un gufo e divenne sua amica. Quella volta risolse la sfida del flauto storto e non ricordo più quali altri guai combinò.
Bene, e ora vi racconto…

LA STORIA DI DICEMBRE E DEL LIBRO SENZA MANI.

Un pomeriggio, quasi notte, come questo di oggi che annuncia pioggia di luci, Dicembre se ne andava gironzolando. Forse non stava pensando a niente, solo camminava raccogliendo sassolini e rametti, e appendeva i sassolini a un albero e ammucchiava i rametti a un lato del cammino, e gli dava dei nomi: questo era un “albero di sassi” e quella era una “montagna di rami”. In pratica, come si dice, a Dicembre non piaceva solo ribaltare i suoi pensieri, ma ribaltava anche il mondo. In più, aveva alcune matite colorate, a sapere chi gliele aveva regalate; così che, quando non stava appendendo sassi e ammucchiando rami, Dicembre tirava fuori le matite dalla sua borsettina e si metteva a colorare quello che gli passava per le mani.
Bene, così pare che se ne andava la Dicembre, canticchiando una canzone a ritmo corrido-cumbia-ranchero-norteno, quando zac!, proprio lì, in mezzo al cammino, si imbattè in un libro. Che contenta era, Dicembre! Tirò fuori i suoi colori ed era proprio convinta di afferrare il libro per riempirlo di segnacci, di pallini e di stanghette, e perfino di uno scarabocchio, che si suppone dovesse essere il ritratto sputato della Panfililla, così si chiamava una sua cagnolina che, a dire il vero, era nettamente “mula” (senza offesa per le presenti).
Già la Dicembre si avvicinava al libro che stava in mezzo al cammino, già si immaginava che la Giunta di Buon Governo le dava il permesso di dipingere un suo murales sulla parete della scuola autonoma, già si vedeva chiedere ad una signora “società civile” che le scattasse una foto insieme alla Panfililla, in piedi di fronte al murales, e già pensava che se per caso la Panfililla non assomigliava al dipinto del murales, beh, in quattro e quattr’otto avrebbe dipinto le correzioni. Non sulla parete della scuola, ma sul corpo della Panfililla, ovviamente.
Tutto questo stava pensando la Dicembre, quando, avvicinandosi al libro per prenderlo in mano, zac!, il libro aprì le pagine e si mise a volare. “Maremma maiala!”, disse Dicembre con un tono che non lasciava dubbi sulla sua origine plebea, “questo libro vola!”. Il libro volteggiò alcuni metri e si posò un po’ più avanti, in mezzo al cammino.
Dicembre corse verso di lui per afferrarlo, però prima di raggiungerlo, lui volò via un’altra volta. Allora Dicembre pensò che il libro voleva giocare e lei pure. E così giocava la bambina, inseguendo da una parte all’altra il libro volante, e intanto la Panfililla già si era mangiata una mezza dozzina di sassi e due dozzine di rametti, e si era buttata per terra, a digerire, e muoveva solo le orecchie da un lato o dall’altro, a seconda di come correva la Dicembre dietro al libro.
Continuarono così per un bel po’, però poi arrivò il momento in cui Dicembre si stancò e si buttò a terra sfinita accanto alla Panfililla. “E ora che facciamo Panfililla?” domandò Dicembre. E la Panfililla non fece altro che muovere un orecchio, perché ancora stava cercando di digerire un sasso di ambra e non poteva abbaiare.
Già lo so, mi è venuta un’idea” disse la Dicembre “vado a trovare il signor Gufo e glielo domando”.
La Panfililla mosse le orecchie come a dire “va bene, io ti aspetto qui”, vedendo che le mancava da mangiare ancora la metà della montagnetta di rametti.
Così, Dicembre andò a trovare il suo amico Gufo. Lo trovò seduto in cima al suo albero, che guardava una rivista con ragazze nude. Qui il Gufo interrompe il racconto e precisa al rispettabile pubblico: “Non credete a quello che dice il Sub, non era una rivista di ragazze nude, era un catalogo di moda di indumenti intimi, di Victoria Secrets per essere precisi. Non è la stessa cosa”. E va bene…allora il Gufo stava guardando una rivista di ragazze semi-nude quando arrivò Dicembre e così, su due piedi e senza preamboli, gli chiese: “Senti Gufo, perché ci sono libri che voleno?”. “Si dice “volano”, non “voleno”, corresse il signor Gufo, e aggiunse: “E poi no, i libri non volano. I libri stanno nelle librerie, nelle biblioteche, sulle scrivanie degli scienziati e, quando non li compra nessuno, sui tavoli fuori dalle conferenze”.
Ce n’è uno che vola”, gli rispose Dicembre, e subito gli raccontò quello che le era successo prima con il libro volante. Il signor Gufo chiuse il suo catalogo di ragazze in panni striminziti, chiaro, non prima di aver segnato la pagina sulla quale era rimasto, e disse con tono deciso: “Molto bene, andiamo a investigare, aspettami solo un pochino perché mi devo mettere dei vestiti adeguati”. “Bene” disse Dicembre, e mentre aspettava il signor Gufo, si mise ad appendere ai rami degli alberi alcuni sassolini che era riuscita a riscattare dalla gola della Panfililla.
Il signor Gufo, intanto, aprì un gigantesco baule e incominciò a cercare, mormorando: “Mh…frustino, no…giarrettiera, neanche…sottoveste, ancora meno…mh…eccolo!” esclamò improvvisamente il signor Gufo e tirò fuori un passamontagna nero. Se lo mise e, prendendo una pipa, si diresse verso Dicembre e le domandò: “Allora, che ti sembra del mio travestimento?”. Dicembre lo guardò perplessa e dopo un po’ disse: “E da cosa sei travestito?”.
Come da cosa? Da Subcomandante! Se questo libro mi vede come Gufo, non lascerà che mi avvicini, perché noi gufi amiamo molto i libri, al contrario i Subcomandanti non li usano neanche per ripianare le gambe dei tavoli”.
Qui il Sub interrompe il racconto per chiarire al rispettabile pubblico: “Non credete al signor Gufo, noi Subcomandanti sì che li usiamo i libri, a volte, quando la legna non prende…” Ehm, ehm… bene, vi dicevo che la Dicembre e il signor Gufo mascherato da subcomandante scesero dall’albero e si diressero dove la bambina aveva lasciato la Panfililla ad aspettare. Quando arrivarono dove stava la cagnolina, la trovarono che cercava, simultaneamente, di masticare la metà di una pantofola e di digerire l’altra metà.
Le mie pantofole!” esclamò scandalizzato il signor Gufo e incominciò a lottare con la Panfililla cercando di strapparle la metà della pantofola che, tra l’altro, era la metà davanti, e che quindi poteva ancora passare come pantofola in versione minimalista. Dicembre lo aiutò e disse qualcosa all’orecchio della Panfililla, cosicché lei immediatamente lasciò la metà della pantofola del signor Gufo. Uff! sospirò sollevato il signor Gufo e, mentre passava in rassegna i danni, domandò a Dicembre: “Cosa le hai detto per farla mollare?”. E Dicembre rispose senza batter ciglio: “Che le darò la metà dell’altra pantofola”. “Cosa??”, gridò il signor Gufo “le mie pantofole, il mio buon nome, il mio prestigio, il mio status intellettuale!”. E mentre diceva questo, zac!, Dicembre trovò il libro volante vicino a loro. “Ecco dov’è!” gridò Dicembre al signor Gufo. Il signor Gufo si accomodò alla meglio il passamontagna, accese la pipa e disse a Dicembre: “Tu aspettami qui, vado a investigare”. Il signor Gufo arrivò fino a dove stava il libro volante, che non lo riconobbe a causa del suo travestimento da Subcomandante. Come è risaputo, i libri raccontano ai Subcomandanti perfino ciò che non è scritto, così che parlarono a lungo. Dicembre già si stava addormentando, quando il signor Gufo ritornò e le disse: “Basta, il mistero è risolto”. “Cosa è successo?” domandò Dicembre sbadigliando. “Elementare, mia cara Dicembre. Si tratta semplicemente di un caso estremo di ‘libro senza mani’” disse il signor Gufo. “Libro senza mani? E che cos’è?” domandò Dicembre. “Beh, è un libro che non vuole stare su uno scaffale di una libreria o di una biblioteca, o su una scrivania, o buttato in un angolo, o sotto la gamba di un tavolo. E’ un libro che vuole stare nelle mani di qualcuno. Che lo legga, che lo scriva, che lo colori, che gli voglia bene, insomma” spiegò il signor Gufo. “Sono io” disse Dicembre allegramente. “Sei sicura? Un libro non è una cosa qualsiasi, non è come un dinosauro mangiapantofole” disse il signor Gufo mentre guardava con rancore la Panfililla che già stava mordicchiando la pipa del travestimento da Sub del signor Gufo. “Non è un dinosauro, è una dinosaura, e sì, sono sicura” rispose decisa la Dicembre. “Bene, prova a vedere se riesci a convincerlo” disse il signor Gufo mentre cercava di strappare la pipa alla Panfililla. “E come faccio?” domandò Dicembre. “E’ molto semplice, avvicinati, però non troppo e allunga le tue manine. Se ti accetta, allora verrà verso di te” le indicò il signor Gufo. “Va bene” disse la Panfililla, pardon, la Dicembre.
Si pulì le mani sulla tunica, perché si ricordò che non se le era lavate, si avvicinò piano piano al libro volante e, quando pensò di essere abbastanza vicina perché il libro la vedesse senza spaventarsi, allungò le sue due manine. Il libro aprì allora le sue pagine, come per mettersi a volare, però esitò. Allora Dicembre allungò ancora le sue manine e disse: “Vieni, vieni, vieni”. Fu così che il libro cominciò a volare, però invece di allontanarsi si posò tra le mani di Dicembre. La bambina fu molto contenta e si strinse il libro al petto, tanto che quello fece una scoreggina: prrrr… Il signor Gufo applaudì soddisfatto e la Panfililla non abbaiò, però fece un rutto all’aroma di pantofola mal digerita. Allora il signor Gufo se ne tornò a guardare le ragazze…pardon, a leggere e studiare molto. Dicembre si mise a colorare il libro con le sue matite e non vissero molto felici perché, in un momento di distrazione, la Panfililla si mangiò la copertina, l’indice, le note e sette piè di pagina. Tan tan.
Moraletta: non lasciare niente a portata delle cagnoline perché possono essere dinosaure travestite.
E ora. Spero che Daniel Viglietti vi faccia dimenticare in un attimo questo discorso così poco serio, e che le bambine lo ricordino…non per poco ma per sempre.
Grazie.

(Subcomandante Insurgente Marcos)


Parte precedente: I° Pensar el Blanco

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