La historia me absolverá

Il seguente testo (integrale) è la difesa pronunciata da Fidel Castro di fronte al Tribunale che lo processava con l'accusa di "attentato ai Poteri Costituzionali dello Stato e insurrezione" per l'eroico assalto al Quartiere Moncada dell'Esercito, compiuto il 26 luglio 1953 e a seguito del quale venne arrestato insieme a molti altri compagni, la maggior parte dei quali fu poi giustiziata in carcere, dopo barbare e inenarrabili torture.
Castro, che era avvocato, si difese da solo durante il processo. La sua arringa difensiva fu messa per iscritto da uno dei pochi giornalisti ammessi. Divenne il programma del "Movimento 26 luglio", con piani dettagliati per le riforme a Cuba.
Il testo è inoltre un documento di eccezionale valore umano e storico. Umano perchè testimonia della personalità, del carattere e della forza di volontà di Fidel Castro, quello stesso carattere combattivo e quella stessa ferrea forza di volontà che lo condurranno, una volta uscito di prigione, a proseguire fermo nel suo intento, ricorrerendo all'esilio in Messico per organizzare ancor meglio, in base all'esperienza passata e con forze fresche (tra le quali da ricordare il comandante e amico Ernesto "Che" Guevara), la lotta rivoluzionaria che abbatterà alcuni anni più tardi, nel 1959, la feroce dittatura di Fulgencio Batista.
Fidel Castro è un ribelle e un rivoluzionario che non dimentica, che quel che promette mantiene, che dice sempre quel che pensa, anche di fronte ai giudici che lo condanneranno a morte (pena poi commutata), e fa poi sempre quel che dice, cosa che Batista apprenderà a sue spese.
Questo testo di autodifesa testimonia anche del suo grande amore per la patria (sì, "la patria" non è un valore di destra!) e per il popolo cubano, oltre che del grande rispetto che egli ha per la vita umana (anche se la rivoluzione non è un pranzo di gala). Testimonia anche della grandezza di un uomo che è disposto a mettere a rischio la propria vita al servizio di un ideale.
Ma oltre a ciò, il testo si presenta oggi di grande attualità per i temi che tratta: poteri dispotici, violenza di Stato e diritto alla ribellione quando il contratto sociale è violato da chi detiene i poteri dello Stato con arbitrio, inganno o violenza. E non possono non stupire e non meritare tutto il nostro rispetto le ferme parole ed il coraggio con cui questo giovane avvocato accusato, davanti alla corte si assume tutta la responsabilità morale e politica dell'attacco al Quartiere Moncada, rivendicandone l'assoluta legittimità a nome del popolo cubano come atto di rivolta contro la tirannide.
Castro fu poi condannato a morte dietro pressante richiesta del clero cattolico (forse perchè avendolo istruito loro, in un collegio di gesuiti, ne presagivano la pericolosità), senonchè Batista abolì la pena di morte poco prima dell'esecuzione e la pena venne commutata in 15 anni di prigione a Isla de Pinos
Fidel è un uomo degno, perchè è rimasto tutta la vita fermo a quei principi e a quelle idee che giovane e prigioniero espresse con coraggio e determinazione dinanzi al tribunale del dittatore. Ed è per questo un esempio e una leggenda vivente.
Lunga vita a Fidel!

Ps Dopo la vittoria della rivoluzione, la caserma Moncada fu trasformata in un complesso studentesco rinominato "Città scolastica 26 luglio", con un museo dedicato ai fatti della rivoluzione.


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Señores magistrados,
nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tan difíciles condiciones: nunca contra un acusado se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades. Uno y otro, son en este caso la misma persona. Como abogado, no ha podido ni tan siquiera ver el sumario y, como acusado, hace hoy setenta y seis días que está encerrado en una celda solitaria, total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales.
Quien está hablando aborrece con toda su alma la vanidad pueril y no están ni su ánimo ni su temperamento para poses de tribuno ni sensacionalismo de ninguna índole. Si he tenido que asumir mi propia defensa ante este tribunal se debe a dos motivos. Uno: porque prácticamente se me privó de ella por completo; otro: porque sólo quien haya sido herido tan hondo, y haya visto tan desamparada la patria y envilecida la justicia, puede hablar en una ocasión como ésta con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad.
No faltaron compañeros generosos que quisieran defenderme, y el Colegio de Abogados de La Habana designó para que me representara en esta causa a un competente y valeroso letrado: el doctor Jorge Pagliery, decano del Colegio de esta ciudad. No lo dejaron, sin embargo, desempeñar su misión: las puertas de la prisión estaban cerradas para él cuantas veces intentaba verme; sólo al cabo de mes y medio, debido a que intervino la Audiencia, se le concedieron diez minutos para entrevistarse conmigo en presencia de un sargento del Servicio de Inteligencia Militar. Se supone que un abogado deba conversar privadamente con su defendido, salvo que se trata de un prisionero de guerra cubano en manos de un implacable despotismo que no reconozca reglas legales ni humanas. Ni el doctor Pagliery ni yo estuvimos dispuestos a tolerar esta sucia fiscalización de nuestras armas para el juicio oral. ¿Querían acaso saber de antemano con qué medios iban a ser reducidas a polvo las fabulosas mentiras que habían elaborado en torno a los hechos del cuartel Moncada y sacarse a relucir las terribles verdades que deseaban ocultar a toda costa? Fue entonces cuando se decidió que, haciendo uso de mi condición de abogado, asumiese yo mismo mi propia defensa.
Esta decisión, oída y trasmitida por el sargento del SIM, provocó inusitados temores; parece que algún duendecillo burlón se complacía diciéndoles que por culpa mía los planes iban a salir muy mal; y vosotros sabéis de sobra, señores magistrados, cuántas presiones se han ejercido para que se me despojase también de este derecho consagrado en Cuba por una larga tradición. El tribunal no pudo acceder a tales pretensiones porque era ya dejar a un acusado en el colmo de la indefensión. Ese acusado, que está ejerciendo ahora ese derecho, por ninguna razón del mundo callará lo que debe decir. Y estimo que hay que explicar, primero que nada, y qué se debió la feroz incomunicación a que fui sometido; cuál es el propósito al reducirme al silencio; por qué se fraguaron planes; qué hechos gravísimos se le quieren ocultar al pueblo; cuál es el secreto de todas las cosas extrañas que han ocurrido en este proceso. Es lo que me propongo hacer con entera claridad.
Vosotros habéis calificado este juicio públicamente como el más trascendental de la historia republicana, y así lo habéis creído sinceramente, no debisteis permitir que os lo mancharan con un fardo de burlas a vuestra autoridad. La primer sesión del juicio fue el 21 de septiembre. Entre un centenar de ametralladoras y bayonetas que invadían escandalosamente la sala de justicia, más de cien personas se sentaron en el banquillo de los acusados. Una gran mayoría era ajena a los hechos y guardaba prisión preventiva hacía muchos días, después de sufrir toda clase de vejámenes y maltratos en los calabozos de los cuerpos represivos; pero el resto de los acusados, que era el menor número, estaban gallardamente firmes, dispuestos a confirmar con orgullo su participación en la batalla por la libertad, dar un ejemplo de abnegación sin precedentes y librar de las garras de la cárcel a aquel grupo de personas que con toda mala fe habían sido incluidas en el proceso. Los que habían combatido una vez volvían a enfrentarse. Otra vez la causa justa del lado nuestro; iba a librarse contra la infamia el combate terrible de la verdad. ¡Y ciertamente que no esperaba el régimen la catástrofe moral que se avecinaba!
¿Cómo mantener todas su falsas acusaciones? ¿Cómo impedir que se supiera lo que en realidad había ocurrido, cuando tal número de jóvenes había ocurrido, cuando tal número de jóvenes estaban dispuestos a correr todos los riesgos: cárcel, tortura y muerte, si era preciso, por denunciarlo ante el tribunal?
En aquella primera sesión se me llamó a declarar y fui sometido a interrogatorio durante dos horas, contestando las preguntas del señor fiscal y los veinte abogados de la defensa. Puede probar con cifras exactas y datos irrebatibles las cantidades de dinero invertido, la forma en que se habían obtenido y las armas que logramos reunir. No tenía nada que ocultar, porque en realidad todo había sido logrado con sacrificios sin precedentes en nuestras contiendas republicanas. Hablé de los propósitos que nos inspiraban en la lucha y del comportamiento humano y generoso que en todo momento mantuvimos con nuestros adversarios. Si pude cumplir mi cometido demostrando la no participación, ni directa ni indirecta, de todos los acusados falsamente comprometidos en la causa, se lo debo a la total adhesión y respaldo de mis heroicos compañeros, pues dije que ellos no se avergonzarían ni se arrepentirían de su condición de revolucionarios y de patriotas por el hecho de tener que sufrir las consecuencias. No se me permitió nunca hablar con ellos en la prisión y, sin embargo, pensábamos hacer exactamente lo mismo. Es que, cuando los hombres llevan en la mente un mismo ideal, nada puede incomunicarlos, ni las paredes de una cárcel, ni la tierra de los cementerios, porque un mismo recuerdo, una misma alma, una misma idea, una misma conciencia y dignidad los alienta a todos.
Desde aquel momento comenzó a desmoronarse como castillo de naipes el edificio de mentiras infames que había levantado el gobierno en torno a los hechos, resultando de ello que el señor fiscal comprendió cuán absurdo era mantener en prisión intelectuales, solicitando de inmediato para ellas la libertas provisional.
Terminadas mis declaraciones en aquella primera sesión, yo había solicitado permiso del tribunal para abandonar el banco de los acusados y ocupar un puesto entre los abogados defensores, lo que, en efecto, me fue concedido. Comenzaba para mí entonces la misión que consideraba más importante en este juicio: destruir totalmente las cobardes calumnias que se lanzaron contra nuestros combatientes, y poner en evidencia irrebatible los crímenes espantosos y repugnantes que se habían cometido con los prisioneros, mostrando ante la faz de la nación y del mundo la infinita desgracia de este pueblo, que está sufriendo la opresión más cruel e inhumana de toda su historia.
La segunda sesión fue el martes 22 de septiembre. Acababan de prestar declaración apenas diez personas y ya había logrado poner en claro los asesinatos cometidos en la zona de Manzanillo, estableciendo específicamente y haciéndola constar en acta, la responsabilidad directa del capitán jefe de aquel puesto militar. Faltaban por declarar todavía trescientas personas. ¿Qué sería cuando, con una cantidad abrumadora de datos y pruebas reunidos, procediera a interrogar, delante del tribunal, a los propios militares responsables de aquellos hechos? ¿Podía permitir el gobierno que yo realizara tal cosa en presencia del público numeroso que asistía a las sesiones, los reporteros de prensa, letrados de toda la Isla y los líderes de los partidos de oposición a quienes estúpidamente habían sentado en el banco de los acusados para que ahora pudieran escuchar bien de cerca todo cuanto allí se ventilara? ¡Primero dinamitaban la Audiencia, con todos sus magistrados, que permitirlo!
Idearon sustraerme del juicio y procedieron a ellos manu militari. El viernes 25 de septiembre por la noche, víspera de la tercera sesión, se presentaron en mi celda dos médicos sesión, se presentaron en mi celda dos médicos del penal; estaban visiblemente apenados: "Venimos a hacerte un reconocimiento" —me dijeron. "¿Y quién se preocupa tanto por mi salud?" —les pregunté. Realmente, desde que los ví había comprendido el propósito. Ellos no pudieron ser más caballeros y me explicaron la verdad: esa misma tarde había estado en la prisión el coronel Chaviano y les dijo que yo "le estaba haciendo en el juicio un daño terrible al gobierno", que tenían que firmar un certificado donde se hiciera constar que estaba enfermo y no podía, por tanto, seguir asistiendo a las sesiones. Me expresaron además los médicos que ellos, por su parte, estaban dispuestos a renunciar a sus cargos y exponerse a las persecuciones, que ponían el asunto en mis manos para que yo decidiera. Para mí era duro pedirles a aquellos hombres que se inmolaran sin consideraciones, pero tampoco podía consentir, por ningún concepto, que se llevaran a cabo tales propósitos. Para dejarlo a sus propias conciencias, me limité a contestarles: "Ustedes sabrán cuál es su deber; yo sé bien cuál es el mío."
Ellos, después que se retiraron, firmaron el certificado; sé que lo hicieron porque creían de buena fe que era el único modo de salvarme al vida, que veían en sumo peligro. No me comprometí a guardar silencio sobre este diálogo; sólo estoy comprometido con la verdad, y si decirla en este caso pudieran lesionar el interés material de esos buenos profesionales, dejo limpio de toda duda su honor, que vale mucho más. Aquella misma noche, redacté una carta para este tribunal, denunciando el plan que se tramaba, solicitando la visita de dos médicos forenses para que certificaran mi perfecto estado de salud y expresándoles que si, para salvar mi vida, tenían que permitir semejante artimaña, prefería perderla mil veces. Para dar a entender que estaba resuelto a luchar solo contra tanta bajeza, añadí a mi escrito aquel pensamiento del Maestro: "Un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército". Ésa fue la carta que, como sabe el tribunal, presentó la doctora Melba Hernández, en la sesión tercera del juicio oral del 26 de septiembre. Pude hacerla llegar a ella, a pesar de la implacable vigilancia que sobre mí pesaba. Con motivo de dicha carta, por supuesto, se tomaron inmediatas represalias: incomunicaron a la doctora Hernández, y a mí, como ya lo estaba, me confinaron al más apartado lugar de la cárcel. A partir de entonces, todos los acusados eran registrados minuciosamente, de pies a cabeza, antes de salir para el juicio.
Vinieron los médicos forenses el día 27 y certificaron que, en efecto, estaba perfectamente bien de salud. Sin embargo, pese a las reiteradas órdenes del tribunal, no se me volvió a traer a ninguna sesión del juicio. Agréguese a esto que todos los días eran distribuidos, por personas desconocidas, cientos de panfletos apócrifos donde se hablaba de rescatarme de la prisión, coartada estúpida para eliminarme físicamente con pretexto de evasión. Fracasados estos propósitos por la denuncia oportuna de amigos y alertas y descubierta la falsedad del certificado médico, no les quedó otro recurso, para impedir mi asistencia al juicio, que el desacato abierto y descarado...
Caso insólito el que se estaba produciendo, señores magistrados: un régimen que tenía miedo de presentar a un acusado ante los tribunales; un régimen de terror y de sangre, que se espantaba ante la convicción moral de un hombre indefenso, desarmado, incomunicado y calumniado. Así, después de haberme privado de todo, me privaban por último del juicio donde era el principal acusado. Téngase en cuenta que esto se hacía estando en plena vigencia la suspensión de garantías y funcionando con todo rigor la Ley de Orden Público y la censura de radio y prensa. ¡Qué crímenes tan horrendos habrá cometido este régimen que tanto temía la voz de un acusado!
Debo hacer hincapié en actitud insolente e irrespetuosa que con respecto a vosotros han mantenido en todo momento los jefes militares. Cuantas veces este tribunal ordenó que cesara la inhumana incomunicación que pesaban sobre mí, cuantas veces ordenó que se respetasen mis derechos más elementales, cuantas veces demandó que se me presentara a juicio, jamás fue obedecido; una por una, se desacataron todas sus órdenes. Peor todavía: en la misma presencia del tribunal, en la primera y segunda sesión, se me puso al lado una guardia perentoria para que me impidiera en absoluto hablar con nadie, ni aun en los momentos de receso, dando a entender que, no ya en la prisión, sino hasta en la misma Audiencia y en vuestra presencia, no hacían el menor caso de vuestras disposiciones. Pensaba plantear este problema en la sesión siguiente como cuestión de elemental honor para el tribunal, pero... ya no volví más. Y si a cambio de tanta irrespetuosidad nos traen aquí para que vosotros nos enviéis a la cárcel, en nombre de una legalidad que únicamente ellos y exclusivamente ellos están violando desde el 10 de marzo, harto triste es el papel que os quieren imponer. No se ha cumplido ciertamente en este caso ni una sola vez la máxima latina: cedant arma togae. Ruego tengáis muy en cuenta esta circunstancia.
Más, todas las medidas resultaron completamente inútiles, porque mis bravos compañeros, con civismo sin precedentes, cumplieron cabalmente su deber.
"Sí, vinimos a combatir por la libertad de Cuba y no nos arrepentimos de haberlo hecho", decían uno por uno cuando eran llamados a declarar, e inmediatamente, con impresionante hombría, dirigiéndose al tribunal, denunciaban los crímenes horribles que se habían cometido en los cuerpos de nuestros hermanos. Aunque ausente, pude seguir el proceso desde mi celda en todos sus detalles, gracias a la población penal de la prisión de Boniato que, pese a todas las amenazas de severos castigos, se valieron de ingeniosos medios para poner en mis manos recortes de periódicos e informaciones de toda clase. Vengaron así los abusos e inmoralidades del director Taboada y del teniente supervisor Rosabal, que los hacen trabajar de sol a sol, construyendo palacetes privados, y encima los matan de hambre malversando los fondos de subsistencia.
A medida que se desarrolló el juicio, los papeles se invirtieron: los que iban a acusar salieron acusados, y los acusados se convirtieron en acusadores. No se juzgó allí a los revolucionarios, se juzgó para siempre a un señor que se llama Batista... ¡Monstrum horrendum!... No importa que los valientes y dignos jóvenes hayan sido condenados, si mañana el pueblo condenará al dictador y a sus crueles esbirros. A Isla de Pinos se les envió, en cuyas circulares mora todavía el espectro de Castells y no se ha apagado aún el grito de tantos y tantos asesinados; allí han ido a purgar, en amargo cautiverio, su amor a la libertad, secuestrados de la sociedad, arrancados de sus hogares y desterrados de la patria. ¿No creéis, como dije, que en tales circunstancias es ingrato y difícil a este abogado cumplir su misión?
Como resultado de tantas maquinaciones turbias e ilegales, por voluntad de los que mandan y debilidad de los que juzgan, heme aquí en este cuartico del Hospital Civil, adonde se me ha traído para ser juzgado en sigilo, de modo que no se me oiga, que mi voz se apague y nadie se entere de las cosas que voy a decir. ¿Para qué se quiere ese imponente Palacio de Justicia, donde los señores magistrados se encontrarán, sin duda, mucho más cómodos? No es conveniente, os lo advierto, que se imparta justicia desde el cuarto de un hospital rodeado de centinelas con bayonetas calada, porque pudiera pensar la ciudadanía que nuestra justicia está enferma... y está presa.
Os recuerdo que vuestras leyes de procedimiento establecen que el juicio será "oral y público"; sin embargo, se ha impedido por completo al pueblo la entrada en esta sesión. Sólo han dejado pasar dos letrados y seis periodistas, en cuyos periódicos la censura no permitirá publicar una palabra. Veo que tengo por único público, en la sala y en los pasillos, cerca de cien soldados y oficiales. ¡Gracias por la seria y amable atención que me están prestando! ¡Ojalá tuviera delante de mí todo el Ejército! Yo sé que algún día arderá en deseos de lavar la mancha terrible de vergüenza y de sangre que han lanzado sobre el uniforme militar las ambiciones de un grupito desalmado. Entonces ¡ay de los que cabalgan hoy cómodamente sobre sus nobles guerreras... si es que el pueblo no los ha desmontado mucho antes!
Por último, debo decir que no se dejó pasar a mi celda en la prisión ningún tratado de derecho penal. Sólo puedo disponer de este minúsculo código que me acaba de prestar un letrado, el valiente defensor de mis compañeros: doctor Baudilio Castellanos. De igual modo se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de Julio? Se impidió, además, que trajese a este juicio ninguna obra de consulta sobre cualquier otra materia. ¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos.
Sólo una cosa voy a pedirle al tribunal; espero que me la conceda en compensación de tanto exceso y desafuero como ha tenido que sufrir este acusado sin amparo alguno de las leyes: que se respete mi derecho a expresarme con entera libertad. Sin ello no podrán llenarse ni las meras apariencias de justicia y el último eslabón sería, más que ningún otro, de ignominia y cobardía.
Confieso que algo me ha decepcionado. Pensé que el señor fiscal vendría con una acusación terrible, dispuesto a justificar hasta la saciedad la pretensión y los motivos por los cuales en nombre del derecho y de la justicia —y ¿de qué derecho y de qué justicia? —se me debe condenar a veintiséis años de prisión. Pero no. Se ha limitado exclusivamente a leer el artículo 148 del Código de Defensa Social, por el cual, más circunstancias agravantes, solicita para mí la respetable cantidad de veintiséis años de prisión. Dos minutos me parece muy poco tiempo para pedir y justificar que un hombre se pase a la sombra más de un cuarto de siglo. ¿Está por ventura el señor fiscal disgustado con el tribunal? Porque, según observo, su laconismo en este caso se da de narices con aquella solemnidad con que los señores magistrados declararon, un tanto orgullosos, que éste era un proceso de suma importancia, y yo he visto a los señores fiscales hablar diez veces más en un simple caso de drogas heroicas para solicitar que un ciudadano sea condenado a seis meses de prisión. El señor fiscal no ha pronunciado una sola palabra para respaldar su petición. Soy justo..., comprendo que es difícil, para un fiscal que juró ser fiel a la Constitución de la República, venir aquí en nombre de un gobierno inconstitucional, factual, estatuario, de ninguna legalidad y menos moralidad, a pedir que un joven cubano, abogado como él, quizás... tan decente como él, sea enviado por veintiséis años a la cárcel. Pero el señor fiscal es un hombre de talento y yo he visto personas con menos talento que él escribir largos mamotretos en defensa de esta situación. ¿Cómo, pues, creer que carezca de razones para defenderlo, aunque sea durante quince minutos, por mucha repugnancia que esto le inspire a cualquier persona decente? Es indudable que en el fondo de esto hay una gran conjura.
Señores magistrados: ¿Por qué tanto interés en que me calle? ¿Por qué, inclusive, se suspende todo género de razonamientos para no presentar ningún blanco contra el cual pueda yo dirigir el ataque de mis argumentos? ¿Es que se carece por completo de base jurídica, moral y política para hacer un planteamiento serio de la cuestión? ¿Es que se teme tanto a la verdad? ¿Es que se quiere que yo hable también dos minutos y no toque aquí los puntos que tienen a ciertas gentes sin dormir desde el 26 de julio? Al circunscribirse la petición fiscal a la simple lectura de cinco líneas de un artículo del Código de Defensa Social, pudiera pensarse que yo me circunscriba a lo mismo y dé vueltas y más vueltas alrededor de ellas, como un esclavo en torno a una piedra de molino. Pero no aceptaré de ningún modo esa mordaza, porque en este juicio se está debatiendo algo más que la simple libertad de un individuo: se discute sobre cuestiones fundamentales de principios, se juzga sobre el derecho de los hombres a ser libres, se debate sobre las bases mismas de nuestra existencia como nación civilizada y democrática. Cuando concluya, no quiero tener que reprocharme a mí mismo haber dejado principio por defender, verdad es decir, ni crimen sin denunciar.
El famoso articulejo del señor fiscal no merece ni un minuto de réplica. Me limitaré, por el momento, a librar contra él una breve escaramuza jurídica, porque quiero tener limpio de minucias el campo para cuando llegue la hora de tocar el degüello contra toda la mentira, falsedad, hipocresía, convencionalismos y cobardía moral sin límites en que se basa esa burda comedia que, desde el 10 de marzo y aun antes del 10 de marzo, se llama en Cuba Justicia.
Es un principio elemental de derecho penal que el hecho imputado tiene que ajustarse exactamente al tipo de delito prescrito por la ley. Si no hay ley exactamente aplicable al punto controvertido, no hay delito.
El artículo en cuestión dice textualmente: "Se impondrá una sanción de privación de libertad de tres a diez años al autor de un hecho dirigido a promover un alzamiento de gentes armadas contra los Poderes Constitucionales del Estado. La sanción será de privación de libertad de cinco a veinte años si se llevase a efecto la insurrección."
¿En qué país está viviendo el señor fiscal? ¿Quién le ha dicho que nosotros hemos promovido alzamiento contra los Poderes Constitucionales del Estado? Dos cosas resaltan a la vista. En primer lugar, la dictadura que oprime a la nación no es un poder constitucional, sino inconstitucional; se engendró contra la Constitución, por encima de la Constitución, violando la Constitución legítima de la República. Constitución legítima es aquella que emana directamente del pueblo soberano. Este punto lo demostraré plenamente más adelante, frente a todas las gazmoñerías que han inventado los cobardes y traidores para justificar lo injustificable. En segundo lugar, el artículo habla de Poderes, es decir, plural, no singular, porque está considerado el caso de una república regida por un Poder Legislativo, un Poder Ejecutivo y un Poder Judicial que se equilibran y contrapesan unos a otros. Nosotros hemos promovido rebelión contra un poder único, ilegítimo, que ha usurpado y reunido en uno solo los Poderes Legislativos y Ejecutivo de la nación, destruyendo todo el sistema que precisamente trataba de proteger el artículo del Código que estamos analizando. En cuanto a la independencia del Poder Judicial después del 10 de marzo, ni hablo siquiera, porque no estoy para bromas... Por mucho que se estire, se encoja o se remiende, ni una sola coma del artículo 148 es aplicable a los hechos del 26 de Julio. Dejémoslo tranquilo, esperando la oportunidad en que pueda aplicarse a los que sí promovieron alzamiento contra los Poderes Constitucionales del Estado. Más tarde volveré sobre el Código para refrescarle la memoria al señor fiscal sobre ciertas circunstancias que lamentablemente se le han olvidado.
Os advierto que acabo de empezar. Si en vuestras almas queda un latido de amor a la patria, de amor a la humanidad, de amor a la justicia, escucharme con atención. Sé que me obligarán al silencio durante muchos años; sé que tratarán de ocultar la verdad por todos los medios posibles; sé que contra mí se alzará la conjura del olvido. Pero mi voz no se ahogará por eso: cobra fuerzas en mi pecho mientras más solo me siento y quiero darle en mi corazón todo el calor que le niegan las almas cobardes.
Escuché al dictador el lunes 27 de julio, desde un bohío de las montañas, cuando todavía quedábamos dieciocho hombres sobre las armas. No sabrán de amarguras e indignaciones en la vida los que no hayan pasado por momentos semejantes. Al par que rodaban por tierra las esperanzas tanto tiempo acariciadas de liberar a nuestro pueblo, veíamos al déspota erguirse sobre él, más ruin y soberbio que nuca. El chorro de mentiras y calumnias que vertió en su lenguaje torpe, odioso y repugnante, sólo puede compararse con el chorro enorme de sangre joven y limpia que desde la noche antes estaba derramando, con su conocimiento, consentimiento, complicidad y aplauso, la más desalmada turba de asesinos que pueda concebirse jamás. Haber creído durante un solo minuto lo que dijo es suficiente falta para que un hombre de conciencia viva arrepentido y avergonzado toda la vida. No tenía ni siquiera, en aquellos momentos, la esperanza de marcarle sobre la frente miserable la verdad que lo estigmatice por el resto de sus días y el resto de los tiempos, porque sobre nosotros se cerraba ya el cerco de más de mil hombres, con armas de mayor alcance y potencia, cuya consigna terminante era regresar con nuestros cadáveres. Hoy, que ya la verdad empieza a conocerse y que termino con estas palabras que estoy pronunciando la misión que me impuse, cumplida a cabalidad, puedo morir tranquilo y feliz, por lo cual no escatimaré fustazos de ninguna clase sobre los enfurecidos asesinos.
Es necesario que me detengan a considerar un poco los hechos. Se dijo por el mismo gobierno que el ataque fue realizado con tanta precisión y perfección que evidenciaba la presencia de expertos militares en la elaboración del plan. ¡Nada más absurdo! El plan fue trazado por un grupo de jóvenes ninguno de los cuales tenía experiencia militar; y voy a revelar sus nombres, menos dos de ellos que no están ni muertos mi presos: Abel Santamaría, José Luis Tasende, Renato Guitart Rosell, Pedro Miret, Jesús Montané y el que les habla. La mitad han muerto, y en justo tributo a su memoria puedo decir que no eran expertos militares, pero tenían patriotismo suficiente para darles, en igualdad de condiciones, una soberana paliza a todos los generales del 10 de marzo juntos, que no son ni militares ni patriotas. Más difícil fue organizar, entrenar y movilizar hombres y armas bajo un régimen represivo que gasta millones de pesos en espionaje, soborno y delación, tareas que aquellos jóvenes y otros muchos realizaron con seriedad, discreción y constancia verdaderamente increíbles; y más meritorio todavía será siempre darle a un ideal todo lo que se tiene y, además, la vida.
La movilización final de hombres que vinieron a esta provincia desde los más remotos pueblos de toda la Isla, se llevó a cabo con admirable precisión y absoluto secreto. Es cierto igualmente que el ataque se realizó con magnífica coordinación. Comenzó simultáneamente a las 5:15 a.m., tanto en Bayamo como en Santiago de Cuba, y, uno a uno, con exactitud de minutos y segundos prevista de antemano, fueron cayendo los edificios que rodean el campamento. Sin embargo, en aras de la estricta verdad, aun cuando disminuya nuestro mérito, voy a revelar por primera vez también otro hecho que fue fatal: la mitad del grueso de nuestras fuerzas y la mejor armada, por un error lamentable se extravió a la entrada de la ciudad y nos faltó en el momento decisivo. Abel Santamaría, con veintiún hombres, había ocupado el Hospital Civil; iban también con él para atender a los heridos un médico y dos compañeras nuestras. Raúl Castro, con diez hombres, ocupó el Palacio de Justicia; y a mí me correspondió atacar el campamento con el resto, noventa y cinco hombres. Llegué con un primer grupo de cuarenta y cinco, precedido por una vanguardia de ocho que forzó la posta tres. Fue aquí precisamente donde se inició el combate, al encontrarse mi automóvil con una patrulla de recorrido exterior armada de ametralladoras. El grupo de reserva, que tenía casi todas las armas largas, pues las cortas iban a la vanguardia, tomó por una calle equivocada y se desvió por completo dentro de una ciudad que no conocían. Debo aclarar que no albergo la menor duda sobre el valor de esos hombres, que al verse extraviados sufrieron gran angustia y desesperación. Debido al tipo de acción que se estaba desarrollando y al idéntico color de los uniformes en ambas partes combatientes, no era fácil restablecer el contacto. Muchos de ellos, detenidos más tarde, recibieron la muerte con verdadero heroísmo.
Todo el mundo tenía instrucciones muy precisas de ser, ante todo, humanos en la lucha. Nunca un grupo de hombres armados fue más generoso con el adversario. Se hicieron desde los primeros momentos numerosos prisioneros, cerca de veinte en firme; y hubo un instante, al principio, en que tres hombres nuestros, de los que habían tomado la posta: Ramiro Valdés, José Suárez y Jesús Montané, lograron penetrar en una barraca y detuvieron durante un tipo a cerca de cincuenta soldados. Estos prisioneros declararon ante el tribunal, y todos sin excepción han reconocido que se les trató con absoluto respeto, sin tener que sufrir ni siquiera una palabra vejaminosa. Sobre este aspecto sí tengo que agradecerle algo, de corazón, al señor fiscal: que en el juicio donde se juzgó a mis compañeros, al hacer su informe, tuvo la justicia de reconocer como un hecho indudable el altísimo espíritu de caballerosidad que mantuvimos en la lucha.
La disciplina por parte del Ejército fue bastante mala. Vencieron en último término por el número, que les daba una superioridad de quince a uno, y por la protección que les brindaban las defensas de la fortaleza. Nuestros hombres tiraban mucho mejor y ellos mismos lo reconocieron. El valor humano fue igualmente alto de parte y parte.
Considerando las causas del fracaso táctico, aparte del lamentable error mencionado, estimo que fue una falta nuestra dividir la unidad de comandos que habíamos entrenado cuidadosamente. De nuestros mejores hombres y más audaces jefes, había veintisiete en Bayamo, veintiuno en el Hospital Civil y diez en el Palacio de Justicia; de haber hecho otra distribución, el resultado pudo haber sido distinto. El choque con la patrulla (totalmente casual, pues veinte segundos antes o veinte segundos después no habría estado en ese punto) dio tiempo a que se movilizara el campamento, que de otro modo habría caído en nuestras manos sin disparar un tiro, pues ya la posta estaba en nuestro poder. Por otra parte, salvo los fusiles calibre 22 que estaban bien provistos, el parque de nuestro lado era escasísimo. De haber tenido nosotros granadas de mano, no hubieran podido resistir quince minutos.
Cuando me convencí de que todos los esfuerzos eran ya inútiles para tomar la fortaleza, comencé a retirar nuestros hombres en grupos de ocho y de diez. La retirada fue protegida por seis francotiradores que, al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al Ejército. Nuestras pérdidas en la lucha habían sido insignificantes; el noventa y cinco por ciento de nuestros muertos fueron producto de la crueldad y la inhumanidad cuando aquélla hubo cesado. El grupo del Hospital Civil no tuvo más que una baja; el resto fue copado al situarse las tropas frente a la única salida del edificio, y sólo depusieron las armas cuando no les quedaba una bala. Con ellos estaba Abel Santamaría, el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante al historia de Cuba. Ya veremos la suerte que corrieron y cómo quiso escarmentar Batista la rebeldía y heroísmo de nuestra juventud.
Nuestros planes eran proseguir la lucha en las montañas caso de fracasar el ataque al regimiento. Pude reunir otra vez, en Siboney, la tercera parte de nuestras fuerzas; pero ya muchos estaban desalentados. Unos veinte decidieron presentarse; ya veremos también lo que ocurrió con ellos. El resto, dieciocho hombres, con las armas y el parque que quedaban, me siguieron a las montañas. El terreno era totalmente desconocido para nosotros. Durante una semana ocupamos la parte alta de la cordillera de la Gran Piedra y el Ejército ocupó la base. Ni nosotros podíamos bajar ni ellos se decidieron a subir. No fueron, pues, las armas; fueron el hambre y la sed quienes vencieron la última resistencia. Tuve que ir disminuyendo los hombres en pequeños grupos; algunos consiguieron filtrarse entre las líneas del Ejército, otros fueron presentados por monseñor Pérez Serantes. Cuando sólo quedaban conmigo dos compañeros: José Suárez y Oscar Alcalde, totalmente extenuados los tres, al amanecer del sábado 1º de agosto, una fuerza del mando del teniente Sarría nos sorprendió durmiendo. Ya la matanza de prisioneros había cesado por la tremenda reacción que provocó en la ciudadanía, y este oficial, hombre de honor, impidió que algunos matones nos asesinasen en el campo con las manos atadas.
No necesito desmentir aquí las estúpidas sandeces que, para mancillar mi nombre, inventaron los Ugalde Carrillo y su comparsa, creyendo encubrir su cobardía, su incapacidad y sus crímenes. Los hechos están sobradamente claros.
Mi propósito no es entretener al tribunal con narraciones épicas. Todo cuanto he dicho es necesario para la comprensión más exacta de lo que diré después.
Quiero hacer constar dos cosas importantes para que se juzgue serenamente nuestra actitud. Primero: pudimos haber facilitado la toma del regimiento deteniendo simplemente a todos los altos oficiales en sus residencias, posibilidad que fue rechazada, por la consideración muy humana de evitar escenas de tragedia y de lucha en las casas de las familias. Segundo: se acordó no tomar ninguna estación de radio hasta tanto no se tuviese asegurado el campamento. Esta actitud nuestra, pocas veces vista por su gallardía y grandeza, le ahorró a la ciudadanía un río de sangre. Yo pude haber ocupado, con sólo diez hombres, una estación de radio y haber lanzado al pueblo a la lucha. De su ánimo no era posible dudar: tenía el último discurso de Eduardo Chibás en la CMQ, grabado con sus propias palabras, poemas patrióticos e himnos de guerra capaces de estremecer al más indiferente, con mayor razón cuando se está escuchando el fragor del combate, y no quise hacer uso de ellos, a pesar de lo desesperado de nuestra situación.
Se ha repetido con mucho énfasis por el gobierno que l pueblo no secundó el movimiento. Nunca había oído una afirmación tan ingenua y, al propio tiempo, tan llena de mala fe. Pretenden evidenciar con ello la sumisión y cobardía del pueblo; poco falta para que digan que respalda a la dictadura, y no saben cuánto ofenden con ello a los bravos orientales. Santiago de Cuba creyó que era una lucha entre soldados, y no tuvo conocimiento de lo que ocurría hasta muchas horas después. ¿Quién duda del valor, el civismo y el coraje sin límites del rebelde y patriótico pueblo de Santiago de Cuba? Si el Moncada hubiera caído en nuestras manos, ¡hasta las mujeres de Santiago de Cuba habrían empuñado las armas! ¡Muchos fusiles se los cargaron a los combatientes las enfermeras del Hospital Civil! Ellas también pelearon. Eso no lo olvidaremos jamás.
No fue nunca nuestra intención luchar con los soldados del regimiento, sino apoderarnos por sorpresa del control y de las armas, llamar al pueblo, reunir después a los militares e invitarlos a abandonar la odiosa bandera de la tiranía y abrazar la de la libertad, defender los grandes intereses de la nación y no los mezquinos intereses de un grupito; virar las armas y disparar contra los enemigos del pueblo, y no contra el pueblo, donde están sus hijos y sus padres; luchar junto a él, como hermanos que son, y no frente a él, como enemigos que quieren que sean; ir unidos en pos del único ideal hermosos y digno de ofrendarle la vida, que es la grandeza y felicidad de la patria. A los que dudan que muchos soldados se hubieran sumado a nosotros, yo les pregunto: ¿Qué cubano no ama la gloria? ¿Qué alma no se enciende en un amanecer de libertad?
El cuerpo de la Marina no combatió contra nosotros, y se hubiera sumado sin duda después. Se sabe que ese sector de las Fuerzas Armadas es el menos adicto a la tiranía y que existe entre sus miembros un índice muy elevado de conciencia cívica. Pero en cuanto al resto del Ejército nacional, ¿hubiera combatido contra el pueblo sublevado? Yo afirmo que no. El soldado es un hombre de carne y hueso, que piensa, que observa y que siente. Es susceptible a la influencia de las opiniones, creencias, simpatías y antipatías del pueblo. Si se le pregunta su opinión dirá que no puede decirla; pero eso no significa que carezca de opinión. Le afectan exactamente los mismos problemas que a los demás ciudadanos conciernen: subsistencia, alquiler, la educación de los hijos, el porvenir de éstos, etcétera. Cada familiar es un punto de contacto inevitable entre él y el pueblo y la situación presente y futura de la sociedad en que vive. Es necio pensar que porque un soldado reciba un sueldo del Estado, bastante módico, haya resuelto las preocupaciones vitales que le imponen sus necesidades, deberes y sentimientos como miembro de una familia y de una colectividad social.
Ha sido necesaria esta breve explicación porque es el fundamento de un hecho en que muy pocos han pensado hasta el presente: el soldado siente un profundo respeto por el sentimiento de la mayoría del pueblo. Durante el régimen de Machado, en la misma medida en que crecía la antipatía popular, decrecía visiblemente la fidelidad del Ejército, a extremos que un grupo de mujeres estuvo a punto de sublevar el campamento de Columbia. Pero más claramente prueba de esto un hecho reciente: mientras el régimen de Grau San Martín mantenía en el pueblo su máxima popularidad, proliferaron en el Ejército, alentadas por ex militares sin escrúpulos y civiles ambiciosos, infinidad de conspiraciones, y ninguna de ellas encontró eco en la masa de los militares.
El 10 de marzo tiene lugar en el momento en que había descendido hasta el mínimo el prestigio del gobierno civil, circunstancia que aprovecharon Batista y su camarilla. ¿Por qué no lo hicieron después del 1º de junio? Sencillamente porque si esperan que la mayoría de la nación expresase sus sentimientos en las urnas, ninguna conspiración hubiera encontrado eco en la tropa.
Puede hacerse, por tanto, una segunda afirmación: el Ejército jamás se ha sublevado contra un régimen de mayoría popular. Estas verdades son históricas, y si Batista se empeña en permanecer a toda costa en el poder contra la voluntad absolutamente mayoritaria de Cuba, su fin será más trágico que el de Gerardo Machado.
Puedo expresar mi concepto en lo que a las Fuerzas Armadas se refiere, porque hablé de ellas y las defendía cuando todos callaban, y no lo hice para conspirar ni por interés de ningún género, porque estábamos en plena normalidad constitucional, sino por meros sentimientos de humanidad y deber cívico. Era en aquel tiempo el periódico Alerta uno de los más leídos por la posición que mantenía entonces en la política nacional, y desde sus páginas realicé una memorable campaña contra el sistema de trabajos forzados a que estaban sometidos los soldados en las fincas privadas de los altos personajes civiles y militares, aportando datos, fotografías, películas y pruebas de todas clases con las que me presenté también ante los tribunales denunciando el hecho el día 3 de marzo de 1952. Muchas veces dije en esos escritos que era de elemental justicia aumentarles el sueldo a los hombres que prestaban sus servicios en las Fuerzas Armadas. Quiero saber de uno más que haya levantado su voz en aquella ocasión para protestar contra tal injusticia. No fue por cierto Batista y compañía, que vivía muy bien protegido en su finca de recreo con toda clase de garantías, mientras yo corría mil riesgos sin guardaespaldas ni armas.
Conforme lo defendí entonces, ahora, cuando todos callan otra vez, le digo que se dejó engañar miserablemente, y a la mancha, el engaño y la vergüenza del 10 de marzo, ha añadido la mancha y la vergüenza, mil veces más grande, de los crímenes espantosos e injustificables de Santiago de Cuba. Desde ese momento el uniforme del Ejército está horriblemente salpicado de sangre, y si en aquella ocasión dije ante el pueblo y denuncié ante los tribunales que había militares trabajando como esclavos en las fincas privadas, hoy amargamente digo que hay militares manchados hasta el pelo con la sangre de muchos jóvenes cubanos torturados y asesinados. Y digo también que si es para servir a la República, defender a la nación, respetar al pueblo y proteger al ciudadano, es justo que un soldado gane por lo menos cien pesos; pesos es para matar y asesinar, para oprimir al pueblo, traicionar la nación y defender los intereses de un grupito, no merece que la República se gaste ni un centavo en ejército, y el campamento de Columbia debe convertirse en una escuela e instalar allí, en vez de soldados, diez mil niños huérfanos.
Como quiero ser justo antes de todo, no puedo considerar a todos los militares solidarios de esos crímenes, esas manchas y esas vergüenzas que son obras de unos cuantos traidores y malvados, pero todo militar de honor y dignidad que ame su carrera y quiera su constitución, está en el deber de exigir y luchar para que esas manchas sean lavadas, esos engaños sean vengados y esas culpas sean castigadas si no quieren que ser militar sea para siempre una infamia en vez de un orgullo.
Claro que el 10 de marzo no tuvo más remedio que sacar a los soldados de las fincas privadas, pero fue para ponerlos a trabajar de reporteros, choferes, criados y guardaespaldas de toda la fauna de politiqueros que integran el partido de la dictadura. Cualquier jerarca de cuarta o quinta categoría se cree con derecho a que un militar le maneje el automóvil y le cuida las espaldas, cual si estuviesen temiendo constantemente un merecido puntapié.
Si existía en realidad un propósito reivindicador, ¿por qué no se les confiscaron todas las fincas y los millones a los que como Genovevo Pérez Dámera hicieron su fortuna esquilmando a los soldados, haciéndolos trabajar como esclavos y desfalcando los fondos de las Fuerzas Armadas? Pero no: Genovevo y los demás tendrán soldados cuidándolos en sus fincas porque en el fondo todos los generales del 10 de marzo están aspirando a hacer lo mismo y no pueden sentar semejante precedente.
El 10 de marzo fue un engaño miserable, sí... Batista, después de fracasar por la vía electoral él y su cohorte de politiqueros malos y desprestigiados, aprovechándose de su descontento, tomaron de instrumento al Ejército para trepar al poder sobre las espaldas de los soldados. Y yo sé que hay muchos hombres disgustados por el desengaño: se les aumentó el sueldo y después con descuentos y rebajas de toda clase se les volvió a reducir; infinidad de viejos elementos desligados de los institutos armados volvieron a filas cerrándoles el paso a hombres jóvenes, capacitados y valiosos; militares de mérito han sido postergados mientras prevalece el más escandaloso favoritismo con los parientes y allegados de los altos jefes. Muchos militares decentes se están preguntando a estas horas qué necesidad tenían las Fuerzas Armadas de cargar con la tremenda responsabilidad histórica de haber destrozado nuestra Constitución para llevar al poder a un grupo de hombres sin moral, desprestigiados, corrompidos, aniquilados para siempre políticamente y que no podían volver a ocupar un cargo público si no era a punta de bayoneta, bayoneta que no empuñan ellos...
Por otro lado, los militares están padeciendo una tiranía peor que los civiles. Se les vigila constantemente y ninguno de ellos tiene la menor seguridad en sus puestos: cualquier sospecha injustificada, cualquier chisme, cualquier intriga, cualquier confidencia es suficiente para que los trasladen, los expulsen o los encarcelen deshonrosamente. ¿No les prohibió Tabernilla en una circular conversar con cualquier ciudadano de la oposición, es decir, el noventa y nueve por ciento del pueblo?... ¡Qué desonfianza!... ¡Ni a las vírgenes vestales de Roma se les impuso semejante regla! Las tan cacareadas casitas para los soldados no pasan de trescientas en toda la Isla y, sin embargo, con lo gastado en tanques, cañones y armas había para fabricarle una casa a cada alistado; luego, lo que le importa a Batista no es proteger al Ejército, sino que el Ejército lo proteja a él; se aumenta su poder de opresión y de muerte, pero esto no es mejorar el bienestar de los hombres. Guardias triples, acuartelamiento constante, zozobra perenne, enemistad de la ciudadanía, incertidumbre del porvenir, eso es lo que se le ha dado al soldado, o lo que es lo mismo: "Muere por el régimen, soldado, dale tu sudor y tu sangre, te dedicaremos un discurso y un ascenso póstumo (cuando ya no te importe), y después... seguiremos viviendo bien y haciéndonos ricos; mata, atropella, oprime al pueblo, que cuando el pueblo se canse y esto se acabe, tú pagarás nuestros crímenes y nosotros nos iremos a vivir como príncipes en el extranjero; y si volvemos algún día, no toques, no toques tú ni tus hijos en la puerta de nuestros palacetes, porque seremos millonarios y los millonarios no conocen a los pobres. Mata, soldado, oprime al pueblo, contra ese pueblo que iba a librarlos a ellos inclusive de la tiranía, la victoria hubiera sido del pueblo. El señor fiscal estaba muy interesado en conocer nuestras posibilidades de éxito. Esas posibilidades se basaban en razones de orden técnico y militar y de orden social. Se ha querido establecer el mito de las armas modernas como supuesto de toda imposibilidad de lucha abierta y frontal del pueblo contra la tiranía. Los desfiles militares y las exhibiciones aparatosas de equipos bélicos, tienen por objeto fomentar este mito y crear en la ciudadanía un complejo de absoluta impotencia. Ningún arma, ninguna fuerza es capaz de vencer a un pueblo que se decide a luchar por sus derechos. Los ejemplos históricos a luchar por sus derechos. Los ejemplos históricos pasados y presentes son incontables. Está bien reciente el caso de Bolivia, donde los mineros, con cartuchos de dinamita, derrotaron y aplastaron a los regimientos del ejército regular. Pero los cubanos, por suerte, no tenemos que buscar ejemplos en otro país, porque ninguno tan elocuente y hermoso como el de nuestra propia patria. Durante la guerra del 95 había en Cuba cerca de medio millón de soldados españoles sobre las armas, cantidad infinitamente superior a la que podía oponer la dictadura frente a una población cinco veces mayor. Las armas del ejército español eran sin comparación más modernas y poderosas que las de los mambises; estaba equipado muchas veces con artillería de campaña, y su infantería usaba el fusil de retrocarga similar al que usa todavía la infantería moderna. Los cubanos no disponían por lo general de otra arma que los machetes, porque sus cartucheras estaban casi siempre vacías. Hay un pasaje inolvidable de nuestra guerra de independencia narrado por el general Miró Argenter, jefe del Estado Mayor de Antonio Maceo, que pude traer copiado en esta notica para no abusar de la memoria.
"La gente bisoña que mandaba Pedro Delgado, en su mayor parte provista solamente de machete, fue diezmada al echarse encima de los sólidos españoles, de tal manera, que no es exagerado afirmar que de cincuenta hombres, cayeron la mitad. Atacaron a los españoles con los puños ¡sin pistola, sin machete y si cuchillo! Escudriñando las malezas de Río Hondo, se encontraron quince muertos más del partido cubano, sin que de momento pudiera señalarse a qué cuerpo pertenecían. No presentaban ningún vestigio de haber empuñado el arma: el vestuario estaba completo, y pendiente de la cintura no tenían más que el vaso de lata; a dos pasos de allí, el caballo exánime, con el equipo intacto. Se reconstruyó el pasaje culminante de la tragedia: esos hombres, siguiendo a su esforzado jefe, el teniente coronel Pedro Delgado, habían obtenido la palma del heroísmo; se arrojaron sobre las bayonetas con las manos solas: el ruido del metal, que sonaba en torno a ellos, era el golpe del vaso de beber al dar contra el muñón de la montura. Maceo se sintió conmovido, él, tan acostumbrado a ver la muerte en todas las posiciones y aspectos, y murmuró este panegírico: "Yo nunca había visto eso; gente novicia que ataca inerme a los españoles ¡con el vaso de beber agua por todo utensilio! ¡Y yo le daba el nombre de impedimenta!"..."
¡Así luchan los pueblos cuando quieren conquistar su libertad: les tiran piedras a los aviones y viran los tanques boca arriba!
Una vez en poder nuestro la ciudad de Santiago de Cuba, hubiéramos puesto a los orientales inmediatamente en pie de guerra. A Bayamo se atacó precisamente para situar nuestras avanzadas junto al río Cauto. No se olvide nunca que esta provincia que hoy tiene millón y medio de habitantes, es sin duda la más guerrera y patriótica de Cuba; fue ella la que mantuvo encendida la lucha por la independencia durante treinta años y le dio el mayor tributo de sangre, sacrificio y heroísmo. En Oriente se respira todavía el aire de la epopeya gloriosa y, al amanecer, cuando los gallos cantan como clarines que tocan diana llamando a los soldados y el sol se eleva radiante sobre las empinadas montañas, cada día parece que va a ser otra vez el de Yara o el de Baire.
Dije que las segundas razones en que se basaba nuestra posibilidad de éxito eran de orden social. ¿Por qué teníamos la seguridad de contar con el pueblo? Cuando hablamos de pueblo no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que viene bien cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, postrándose ante el amo de turno hasta romperse la frente contra el suelo. Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre. La primera condición de la sinceridad y de la buena fe en un propósito, es hacer precisamente lo que nadie hace, es decir, hablar con entera claridad y sin miedo. Los demagogos y los políticos de profesión quieren obrar el milagro de estar bien en todo y con todos, engañando necesariamente a todos en todo. Los revolucionarios han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nadie se engañe, ni amigos ni enemigos.
Nosotros llamamos pueblo si de lucha se trata, a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento; a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto compartiendo con sus hijos la miseria, que no tienen una pulgada de tierra para sembrar y cuya existencia debiera mover más a compasión si no hubiera tantos corazones de piedra; a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero, cuyo futuro es la rebaja y el despido, cuya vida es el trabajo perenne y cuyo descanso es la tumba; a los cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la tierra prometida, para morirse sin llegar a poseerla, que tienen que pagar por sus parcelas como siervos feudales una parte de sus productos, que no pueden amarla, ni mejorarla, ni embellecerla, planta un cedro o un naranjo porque ignoran el día que vendrá un alguacil con la guardia rural a decirles que tienen que irse; a los treinta mil maestros y profesores tan abnegados, sacrificados y necesarios al destino mejor de las futuras generaciones y que tan mal se les trata y se les paga; a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por la crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales; a los diez mil profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etcétera, que salen de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica. ¡Ése es el pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: "Te vamos a dar", sino: "¡Aquí tienes, lucha ahora con toda tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!"
En el sumario de esta causa han de constar las cinco leyes revolucionarias que serían proclamadas inmediatamente después de tomar el cuartel Moncada y divulgadas por radio a la nación. Es posible que el coronel Chaviano haya destruido con toda intención esos documentos, pero si él los destruyó, yo los conservo en la memoria.
La primera ley revolucionaria devolvía al pueblo la soberanía y proclamaba la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado, en tanto el pueblo decidiese modificarla o cambiarla, y a los efectos de su implantación y castigo ejemplar a todos los que la habían traicionado, no existiendo órganos de elección popular para llevarlo a cabo, el movimiento revolucionario, como encarnación momentánea de esa soberanía, única fuente de poder legislativo, asumía todas las facultades que le son inherentes a ella, excepto de legislar, facultad de ejecutar y facultad de juzgar.
Esta actitud no podía ser más diáfana y despojada de chocherías y charlatanismos estériles: un gobierno aclamado por la masa de combatientes, recibiría todas las atribuciones necesarias para proceder a la implantación efectiva de la voluntad popular y de la verdadera justicia. A partir de ese instante, el Poder Judicial, que se ha colocado desde el 10 de marzo frente a al Constitución y fuera de la Constitución, recesaría como tal Poder y se procedería a su inmediata y total depuración, antes de asumir nuevamente las facultades que le concede la Ley Suprema de la República. Sin estas medidas previas, la vuelta a la legalidad, poniendo su custodia en manos que claudicaron deshonrosamente, sería una estafa, un engaño y una traición más.
La segunda ley revolucionaria concedía la propiedad inembargable e instransferible de la tierra a todos los colonos, subcolonos, arrendatarios, aparceros y precaristas que ocupasen parcelas de cinco o menos caballerías de tierra, indemnizando el Estado a sus anteriores propietarios a base de la renta que devengarían por dichas parcelas en un promedio de diez años.
La tercera ley revolucionaria otorgaba a los obreros y empleados el derecho a participar del treinta por ciento de las utilidades en todas las grandes empresas industriales, mercantiles y mineras, incluyendo centrales azucareros. Se exceptuaban las empresas meramente agrícolas en consideración a otras leyes de orden agrario que debían implantarse.
La cuarta ley revolucionaria concedía a todos los colonos el derecho a participar del cincuenta y cinco por ciento del rendimiento de la caña y cuota mínima de cuarenta mil arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres o más años de establecidos.
La quinta ley revolucionaria ordenaba la confiscación de todos los bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos y a sus causahabientes y herededor en cuanto a bienes percibidos por testamento o abintestato de procedencia mal habida, mediante tribunales especiales con facultades plenas de acceso a todas las fuentes de investigación, de intervenir a tales efectos las compañías anónimas inscriptas en el país o que operen en él donde puedan ocultarse bienes malversados y de solicitar de los gobiernos extranjeros extradición de personas y embargo de bienes. La mitad de los bienes recobrados pasarían a engrosar las cajas de los retiros obreros y la otra mitad a los hospitales, asilos y casas de beneficencia.
Se declaraba, además, que la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente y que los perseguidos políticos de las sangrientas tiranías que oprimen a las naciones hermanas, encontrarían en la patria de Martí, no como hoy, persecución, hambre y traición, sino asilo generoso, hermandad y pan. Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo.
Estas leyes serían proclamadas en el acto y a ellas seguirían, una vez terminada la contienda y previo estudio minucioso de su contenido y alcance, otra serie de leyes y medidas también fundamentales como la reforma agraria, la reforma integral de la enseñanza y la nacionalización del trust eléctrico y el trust telefónico, devolución al pueblo del exceso ilegal que han estado cobrando en sus tarifas y pago al fisco de todas las cantidades que han burlado a la hacienda pública.
Todas estas pragmáticas y otras estarían inspiradas en el cumplimiento estricto de dos artículos esenciales de nuestra Constitución, uno de los cuales manda que se proscriba el latifundio y, a los efectos de su desaparición, la ley señale el máximo de extensión de tierra que cada persona o entidad pueda poseer para cada tipo de explotación agrícola, adoptando medidas que tiendan a revertir la tierra al cubano; y el otro ordena categóricamente al Estado emplear todos los medios que estén a su alcance para proporcionar ocupación a todo el que carezca de ella y asegurar a cada trabajador manual o intelectual una existencia decorosa. Ninguna de ellas podrá ser tachada por tanto de inconstitucional. El primer gobierno de elección popular que surgiere inmediatamente después, tendría que respetarlas, no sólo porque tuviese un compromiso moral con la nación, sino porque los pueblos cuando alcanzan las conquistas que han estado anhelando durante varias generaciones, no hay fuerza en el mundo capaz de arrebatárselas.
El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política.
Quizás luzca fría y teórica esta exposición, si no se conoce la espantosa tragedia que está viviendo el país en estos seis órdenes, sumada a la más humillante opresión política.
El ochenta y cinco por ciento de los pequeños agricultores cubanos está pagando renta y vive bajo la perenne amenaza del desalojo de sus parcelas. Más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas está en manos extranjeras. En Oriente, que es la provincia más ancha, las tierras de la United Fruit Company y la West Indies unen la costa norte con la costa sur. Hay doscientas mil familias campesinas que no tienen una vara de tierra donde sembrar unas viandas para sus hambrientos hijos y, en cambio, permanecen sin cultivar, en manos de poderosos intereses, cerca de trescientas mil caballerías de tierras productivas. Si Cuba es un país eminentemente agrícola, si su población es en gran parte campesina, si la ciudad depende del campo, si el campo hizo la independencia, si la grandeza y prosperidad de nuestra nación depende de un campesinado saludable y vigoroso que ame y sepa cultivar la tierra, de un Estado que lo proteja y lo oriente, ¿cómo es posible que continúe este estado de cosas?
Salvo unas cuantas industrias alimenticias, madereras y textiles, Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos, se exportan cueros para importar zapatos, se exporta hierro para importar arados... Todo el mundo está de acuerdo en que la necesidad de industrializar el país es urgente, que hacen falta industrias químicas, que hay que mejorar las crías, los cultivos, la técnica y elaboración de nuestras industrias alimenticias para que puedan resistir la competencia ruinosa que hacen las industrias europeas de queso, leche condensada, licores y aceites y las de conservas norteamericanas, que necesitamos barcos mercantes, que el turismo podría ser una enorme fuente de riquezas; pero los poseedores del capital exigen que los obreros pasen bajo las horcas caudinas, el Estado se cruza de brazos y la industrialización espera por las calendas griegas.
Tan grave o peor es la tragedia de la vivienda. Hay en Cuba doscientos mil bohíos y chozas; cuatrocientas mil familias del campo y de la ciudad viven hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud; dos millones doscientas mil personas de nuestra población urbana pagan alquileres que absorben entre un quinto y un tercio de sus ingresos; y dos millones ochocientas mil de nuestra población rural y suburbana carecen de luz eléctrica. Aquí ocurre lo mismo: si el Estado se propone rebajar los alquileres, los propietarios amenazan con paralizar todas las construcciones; si el Estado se abstiene, construyen mientras pueden percibir un tipo elevado de renta, después no colocan una piedra más aunque el resto de la población viva a la intemperie. Otro tanto hace el monopolio eléctrico: extiende las líneas hasta el punto donde pueda percibir una utilidad satisfactoria, a partir de allí no le importa que las personas vivan en las tinieblas por el resto de sus días. El Estado se cruza de brazos y el pueblo sigue sin casas y sin luz.
Nuestro sistema de enseñanza se complementa perfectamente con todo lo anterior: ¿Es un campo donde el guajiro no es dueño de la tierra para qué se quieren escuelas agrícolas? ¿En una ciudad donde no hay industrias para qué se quieren escuelas técnicas o industriales? Todo está dentro de la misma lógica absurda: no hay ni una cosa ni otra. En cualquier pequeño país de Europa existen más de doscientas escuelas técnicas y de artes industriales; en Cuba, no pasan de seis y los muchachos salen con sus títulos sin tener dónde emplearse. A las escuelitas públicas del campo asisten descalzos, semidesnudos y desnutridos, menos de la mitad de los niños en edad escolar y muchas veces el maestro quien tiene que adquirir con su propio sueldo el material necesario. ¿Es así como puede hacerse una patria grande?
De tanta miseria sólo es posible liberarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos. La sociedad se conmueve ante la noticia del secuestro o el asesinato de una criatura, pero permanece criminalmente indiferente ante el asesinato en masa que se comete con tantos miles y miles de niños que mueren todos los años por falta de recursos, agonizando entre los estertores del dolor, y cuyos ojos inocentes, ya en ellos el brillo de la muerte, parecen mirar hacia lo infinito como pidiendo perdón para el egoísmo humano y que no caiga sobre los hombres la maldición de Dios. Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses la año, ¿con qué puede comprar ropas y medicinas a sus hijos? Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción. El acceso a los hospitales del Estado, siempre repletos, sólo es posible mediante la recomendación de un magnate político que le exigirá al desdichado su voto y el de toda su familia para que Cuba siga siempre igual o peor.
Con tales antecedentes, ¿cómo no explicarse que desde el mes de mayo al de diciembre un millón de personas se encuentren sin trabajo y que Cuba, con una población de cinco millones y medio de habitantes, tenga actualmente más desocupados que Francia e Italia con una población de más de cuarenta millones cada una?
Cuando vosotros juzgáis a un acusado por robo, señores magistrados, no le preguntáis cuánto tiempo lleva sin trabajo, cuántos hijos tiene, qué días de la semana comió y qué días no comió, no os preocupáis en absoluto por las condiciones sociales del medio donde vive: lo enviáis a la cárcel sin más contemplaciones. Allí no van los ricos que queman almacenes y tiendas para cobrar las pólizas de seguro, aunque se quemen también algunos seres humanos, porque tienen dinero de sobra para pagar abogados y sobornar magistrados. Enviáis a la cárcel al infeliz que roba por hambre, pero ninguno de los cientos de ladrones que han robado millones al Estado durmió nunca una noche tras las rejas: cenáis con ellos a fin de año en algún lugar aristocrático y tienen vuestro respeto. En Cuba, cuando un funcionario se hace millonario de la noche a la mañana y entra en la cofradía de los ricos, puede ser recibido con las mismas palabras de aquel opulento personaje de Balzac, Taillefer, cuando brindó por el joven que acababa de heredar una inmensa fortuna: "¡Señores, bebamos al poder del oro! El señor Valentín, seis veces millonario, actualmente acaba de ascender al trono. Es rey, lo puede todo, está por encima de todo, como sucede a todos los ricos. En lo sucesivo la igualdad ante la ley, consignada al frente de la Constitución, será un mito para él, no estará sometido a las leyes, sino que las leyes se le someterá. Para los millonarios no existen tribunales ni sanciones."
El porvenir de la nación y la solución de sus problemas no pueden seguir dependiendo del interés egoísta de una docena de financieros, de los fríos cálculos sobre ganancias que tracen en sus despachos de aire acondicionado diez o doce magnates. El país no puede seguir de rodillas implorando los milagros de unos cuantos becerros de oro que, como aquél del Antiguo Testamento que derribó la ira del profeta, no hacen milagros de ninguna clase. Los problemas de la República sólo tienen solución si nos dedicamos a luchar por ella con la misma energía, honradez y patriotismo que invirtieron nuestros libertadores en crearla. Y no es con estadistas al estilo de Carlos Saladrigas, cuyo estadismo consiste en dejarlo todo tal cual está y pasarse la vida farfullando sandeces sobre la "libertad absoluta de empresa", "garantías al capital de inversión" y la "ley de la oferta y la demanda", como habrán de resolverse tales problemas. En un palacete de la Quinta Avenida, estos ministros pueden charlar alegremente hasta que no quede ya ni el polvo de los huesos de los que hoy reclaman soluciones urgentes. Y en el mundo actual ningún problema social se resuelve por generación espontánea.
Un gobierno revolucionario con el respaldo del pueblo y el respeto de la nación después de limpiar las instituciones de funcionarios venales y corrompidos, procedería inmediatamente a industrializar el país, movilizando todo el capital inactivo que pasa actualmente de mil quinientos millones a través del Banco Nacional y el Banco de Fomento Agrícola e Industrial y sometiendo la magna tarea al estudio, dirección, planificación y realización por técnicos y hombres de absoluta competencia, ajenos por completo a los manejos de la política.
Un gobierno revolucionario, después de asentar sobre sus parcelas con carácter de dueños a los cien mil agricultores pequeños que hoy pagan rentas, procedería a concluir definitivamente el problema de la tierra, primero: estableciendo como ordena la Constitución un máximo de extensión para cada tipo de empresa agrícola y adquiriendo el exceso por vía de expropiación, reivindicando las tierras usurpadas al Estado, desecando marismas y terrenos pantanosos, plantando enormes viveros y reservando zonas para la repoblación forestal; segundo: repartiendo el resto disponible entre familias campesinas con preferencia a las más numerosas, fomentando cooperativas de agricultores para la utilización común de equipos de mucho costo, frigoríficos y una misma dirección profesional técnica en el cultivo y la crianza y facilitando, por último, recursos, equipos, protección y conocimientos útiles al campesinado.
Un gobierno revolucionario resolvería el problema de la vivienda rebajando resueltamente el cincuenta por ciento de los alquileres, eximiendo de toda contribución a las casas habitadas por sus propios dueños, triplicando los impuestos sobre las casas alquiladas, demoliendo las infernales cuarterías para levantar en su lugar edificios modernos de muchas plantas y financiando la construcción de viviendas en toda la Isla en escala nunca vista, bajo el criterio de que si lo ideal en el campo es que cada familia posea su propia parcela, lo ideal en la ciudad es que cada familia viva en su propia casa o apartamento. Hay piedra suficiente y brazos de sobra para hacerle a cada familia cubana una vivienda decorosa. Pero si seguimos esperando por los milagros del becerro de oro, pasarán mil años y el problema estará igual. Por otra parte, las posibilidades de llevar corriente eléctrica hasta el último rincón de la Isla son hoy mayores que nunca, por cuanto es ya una realidad la aplicación de la energía nuclear a esa rama de la industria, lo cual abaratará enormemente su costo de producción.
Con estas tres iniciativas y reformas el problema del desempleo desaparecería automáticamente y la profilaxis y al lucha contra las enfermedades sería tarea mucho más fácil.
Finalmente, un gobierno revolucionario procedería a la reforma integral de nuestra enseñanza, poniéndola a tono con las iniciativas anteriores, para preparar debidamente a las generaciones que están llamadas a vivir en una patria más feliz. No se olviden las palabras del Apóstol: "Se está cometiendo en [...] América Latina un error gravísimo: en pueblos que viven casi por completo de los productos del campo, se educa exclusivamente para la vida urbana y no se les prepara para la vida campesina." "El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos." "Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre."
Pero el alma de la enseñanza es el maestro, y a los educadores en Cuba se les paga miserablemente; no hay, sin embargo, ser más enamorado de su vocación que el maestro cubano. ¿Quién no aprendió sus primeras letras en una escuelita pública? Basta ya de estar pagando con limosnas a los hombres y mujeres que tienen en sus manos la misión más sagrada del mundo de hoy y del mañana, que es enseñar. Ningún maestro debe ganar menos de doscientos pesos, como ningún profesor de segunda enseñanza debe ganar menos de trescientos cincuenta, si queremos que se dediquen enteramente a su elevada misión, sin tener que vivir asediados por toda clase de mezquinas privaciones. Debe concedérseles además a los maestros que desempeñan su función en el campo, el uso gratuito de los medios de transporte; y a todos, cada cinco años por lo menos, un receso en sus tareas de seis meses con sueldo, para que puedan asistir a cursos especiales en el país o en el extranjero, poniéndose al día en los últimos conocimientos pedagógicos y mejorando constantemente sus programas y sistemas. ¿De dónde sacar el dinero necesario? Cuando no se lo roben, cuando no haya funcionarios venales que se dejen sobornar por las grandes empresas con detrimento del fisco, cuando los inmensos recursos de la nación estén movilizados y se dejen de comprar tanques, bombarderos y cañones en este país sin fronteras, sólo para guerrear contra el pueblo, y se le quiera educar en vez de matar, entonces habrá dinero de sobra.
Cuba podría albergar espléndidamente una población tres veces mayor; no hay razón, pues, para que exista miseria entre sus actuales habitantes. Los mercados debieran estar abarrotados de productos; las despensas de las casas debieran estar llenas; todos los brazos podrían estar produciendo laboriosamente. No, eso no es inconcebible. Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar; lo inconcebible es que haya niños que mueran sin asistencia médica, lo inconcebible es que el treinta por ciento de nuestros campesinos no sepan firmar, y el noventa y nueve por ciento no sepa de historia de Cuba; lo inconcebible es que la mayoría de las familias de nuestros campos estén viviendo en peores condiciones que los indios que encontró Colón al descubrir la tierra más hermosa que ojos humanos vieron.
A los que me llaman por esto soñador, les digo como Martí: "El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber; y ése es [...] el único hombre práctico cuyo sueño de hoy será la ley de mañana, porque el que haya puesto los ojos en las entrañas universales y visto hervir los pueblos, llameantes y ensangrentados, en la artesa de los siglos, sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber."
Únicamente inspirados en tan elevados propósitos, es posible concebir el heroísmo de los que cayeron en Santiago de Cuba. Los escasos medios materiales con que hubimos de contar, impidieron el éxito seguro. A los soldados les dijeron que Prío nos había dado un millón de pesos; querían desvirtuar el hecho más grave para ellos: que nuestro movimiento no tenía relación alguna con el pasado, que era una nueva generación cubana con sus propias ideas, la que se erguía contra la tiranía, de jóvenes que no tenían apenas siete años cuando Batista comenzó a cometer sus primeros crímenes en el año 34. La mentira del millón no podía ser más absurda: si con menos de veinte mil pesos armamos cientos sesenta y cinco hombres y atacamos un regimiento y un escuadrón, con un millón de pesos hubiéramos podido armar ocho mil hombres, atacar cincuenta regimientos, cincuenta escuadrones, y Ugalde Carrillo no se habría enterado hasta el domingo 26 de julio a las 5,15 de la mañana. Sépase que por cada uno que vino a combatir, se quedaron veinte perfectamente entrenados que no vinieron porque no había armas. Esos hombres desfilaron por las calles de La Habana con la manifestación estudiantil en el Centenario de Martí y llenaban seis cuadras en masa compacta. Doscientos más que hubieran podido venir o veinte granadas de mano en nuestro poder, y tal vez le habríamos ahorrado a este honorable tribunal tantas molestias.
Los políticos se gastan en sus campañas millones de pesos sobornando conciencias, y un puñado de cubanos que quisieron salvar el honor de la patria tuvo que venir a afrontar la muerte con las manos vacías por falta de recursos. Eso explica que al país lo hayan gobernado hasta ahora, no hombres generosos y abnegados, sino el bajo mundo de la politiquería, el hampa de nuestra vida pública.
Con mayor orgullo que nunca digo que consecuentes con nuestros principios, ningún político de ayer nos vi tocar a sus puertas pidiendo un centavo, que nuestros medios se reunieron con ejemplos de sacrificios que no tienen paralelo, como el de aquel joven, Elpidio Sosa, que vendió su empleo y se me presentó un día con trescientos pesos "para la causa"; Fernando Chenard, que vendió sus aparatos de su estudio fotográfico, con el que se ganaba la vida; Pedro Marrero, que empeñó su sueldo de muchos meses y fue preciso prohibirle que vendería también los muebles de su casa; Oscar Alcalde, que vendió su laboratorio de productos farmacéuticos; Jesús Montané, que entregó el dinero que había ahorrado durante más de cinco años; y así por el estilo muchos más, despojándose cada cual de lo poco que tenía.
Hace falta tener una fe muy grande en su patria para proceder así, y estos recuerdos de idealismo me llevaron directamente al más amargo capítulo de esta defensa: el precio que les hizo pagar la tiranía por querer librar a Cuba de la opresión y la injusticia.

¡Cadáveres amados los que un día
Ensueños fuisteis de la patria mía,
Arrojad, arrojad sobre mi frente
Polvo de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad mi corazón con vuestras manos!
¡Gemid a mis oídos!
¡Cada uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas de uno más de los tiranos!
¡Andad a mi rencor; vagad en tanto
Que mi ser vuestro espíritu recibe
Y dadme de las tumbas el espanto,
Que es poco ya para llorar el llanto
Cuando en infame esclavitud se vive!

Multiplicad por diez el crimen del 27 de noviembre de 1871 y tendréis los crímenes monstruosos y repugnantes del 26, 27, 28 y 29 de julio de 1953 en Oriente. Los hechos están recientes todavía, pero cuando los años pasen y el cielo de la patria se despeje, cuando los ánimos exaltados se aquieten y el miedo no turbe los espíritus, se empezará a ver en toda su espantosa realidad la magnitud de la masacre, y las generaciones venideras volverán aterrorizadas los ojos hacia este acto de barbarie sin precedentes en nuestra historia. Pero no quiero que la ira me ciegue, porque necesito toda la claridad de mi mente y la serenidad del corazón destrozado para exponer los hechos tal como ocurrieron, con toda sencillez, antes que exagerar el dramatismo, porque siento vergüenza, como cubano, que unos hombres sin entrañas, con sus crímenes incalificables, hayan deshonrado nuestra patria ante el mundo.
No fue nunca el tirano Batista un hombre de escrúpulos que vacilara antes de decir al pueblo la más fantástica mentira. Cuando quiso justificar el traidor cuartelazo del 10 de marzo, inventó un supuesto golpe militar que habría de ocurrir en el mes de abril y que "él quiso evitar para que no fuera sumida en sangre la república", historieta ridícula que no creyó nadie; y cuando quiso sumir en sangre la república y ahogar en el terror, la tortura y el crimen la justa rebeldía de una juventud que no quiso ser esclava suya, inventó entonces mentiras más fantásticas todavía. ¡Qué poco respeto se le tiene a un pueblo, cuando se le trata de engañar tan miserablemente! El mismo día que fui detenido, yo asumí públicamente la responsabilidad del movimiento armado del 26 de julio, y si una sola de las cosas que dijo el dictador contra nuestros combatientes en su discurso del 27 de julio hubiese sido cierta, bastaría para haberme quitado la fuerza moral en el proceso. Sin embargo, ¿por qué no se me llevó al juicio? ¿Por qué falsificaron certificados médicos? ¿Por qué se violaron todas las leyes del procedimiento y se descartaron escandalosamente todas las órdenes del tribunal? ¿Por qué se hicieron cosas nunca vistas en ningún proceso público a fin de evitar a toda costa mi comparecencia? Yo en cambio hice lo indecible por estar presente, reclamando del tribunal que se me llevase al juicio en cumplimiento estricto de las leyes, denunciando las maniobras estricto de las leyes, denunciando para impedirlo; quería discutir con ellos frente a frente y cara a cara. Ellos no quisieron: ¿Quién temía la verdad y quién no la temía?
Las cosas que afirmó el dictador desde el polígono del campamento de Columbia, serían dignas de risa si no estuviesen tan empapadas de sangre. Dijo que los atacantes eran un grupo de mercenarios entre los cuales había numerosos extranjeros; dijo que la parte principal del plan era un atentado contra él —él, siempre él—, como si los hombres que atacaron el baluarte del Moncada no hubieran podido matarlo a él y a veinte como él, de haber estado conformes con semejantes métodos; dijo que el ataque había sido fraguado por el ex presidente Prío y con dinero suyo, y se ha comprobado ya hasta la saciedad la ausencia absoluta de toda relación entre este movimiento y el régimen pasado; dijo que estábamos armados de ametralladoras y granadas de mano, y aquí los técnicos del Ejército han declarado que sólo teníamos una ametralladora degollado a la posta, y ahí han aparecido en el sumario los certificados de defunción y los certificados médicos correspondientes a todos los soldados muertos o heridos, de donde resulta que ninguno presentaba lesiones de arma blanca. Pero sobre todo, lo más importante, dijo que habíamos acuchillado a los enfermos del Hospital Militar, y los médicos de ese mismo hospital, ¡nada menos que los médicos del Ejército!, han declarado en el juicio que ese edificio nunca estuvo ocupado por nosotros, que ningún enfermo fue muerto o herido y que sólo hubo allí una baja, correspondiente a un empleado sanitario que se asomó imprudentemente por una ventana.
Cuando un jefe de Estado o quien pretende serlo hace declaraciones al país, no habla por hablar: alberga siempre algún propósito, persigue siempre un efecto, lo anima siempre una intención. Si ya nosotros habíamos sido militarmente vencidos, si ya no significábamos un peligro real para la dictadura, ¿por qué se nos calumniaba de ese modo? Si no está claro que era un discurso sangriento, si no es evidente que se pretendía justificar los crímenes que se estaban cometiendo desde la noche anterior y que se irían a cometer después, que hablen por mí los números: el 27 de julio, en su discurso desde el polígono militar, Batista dijo que los atacantes habíamos tenido treinta y dos muertos; al finalizar la semana los muertos ascendían a más de ochenta. ¿En qué batallas, en qué lugares, en qué combates murieron esos jóvenes? Antes de hablar Batista se habían asesinado más de veinticinco prisioneros; después que habló Batista se asesinaron cincuenta.
¡Qué sentido del honor tan grande el de esos militares modestos, técnicos y profesionales del Ejército, que al comparecer ante el tribunal no desfiguraron los hechos y emitieron sus informes ajustándose a la estricta verdad! ¡Ésos sí son militares que honran el uniforme, ésos sí son hombres! Ni el militar verdadero ni el verdadero hombre es capaz fe manchar su vida con la mentira o el crimen. Yo sé que están terriblemente indignados con los bárbaros asesinatos que se cometieron, yo sé que sienten con repugnancia y vergüenza el olor a sangre homicida que impregna hasta la última piedra del cuartel Moncada.
Emplazo al dictador a que repita ahora, si puede, sus ruines calumnias por encima del testimonio de esos honorables militares, lo emplazo a que justifique ante el pueblo de Cuba su discurso del 27 de julio, ¡que no se calle, que hable!, que digan quiénes son los asesinos, los despiadados, los inhumanos, que diga si la Cruz de Honor que fue a ponerles en el pecho a los héroes de la masacre era para premiar los crímenes repugnantes que se cometieron; que asuma desde ahora la responsabilidad ante la historia y no pretenda decir después que fueron los soldados sin órdenes suyas, que explique a la nación los setenta asesinatos; ¡fue mucha la sangre! La nación necesita una explicación, la nación lo demanda, la nación lo exige.
Se sabía que en 1933, al finalizar el combate del hotel Nacional, algunos oficiales fueron asesinados después de rendirse, lo cual motivó una enérgica protesta de la revista Bohemia; se sabía también que después de capitulado el fuerte de Atarés las ametralladoras de los sitiadores barrieron una fila de prisioneros y que un soldado, preguntando quién era Blas Hernández, lo asesinó disparándole un tiro en pleno rostro, soldado que en premio de su cobarde acción fue ascendido a oficial. Era conocido que el asesinato de prisioneros está fatalmente unido en la historia de Cuba al nombre de Batista. ¡Torpe ingenuidad nuestra que no lo comprendimos claramente! Sin embargo, en aquellas ocasiones los hechos ocurrieron en cuestión de minutos, no más que lo de una ráfaga de ametralladoras cuando los ánimos estaban todavía exaltados, aunque nunca tendrá justificación semejante proceder.
No fue así en Santiago de Cuba. Aquí todas las formas de crueldad, ensañamiento y barbarie fueron sobrepasadas. No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumentos de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen. El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes las balas quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubrió de oscura y pegajosa sangre. Las manos criminales que rigen los destinos de Cuba habían escrito para los prisioneros a la entrada de aquel antro de muerte, la inscripción del infierno: "Dejad toda esperanza."
No cubrieron ni siquiera las apariencias, no se preocuparon lo más mínimo por disimular lo que estaban haciendo: creían haber engañado al pueblo con sus mentiras y ellos mismos terminaron engañándose. Se sintieron amos y señores del universo, dueños absolutos de la vida y la muerte humana. Así, el susto de la madrugada lo disiparon en un festín de cadáveres, en una verdadera borrachera de sangre.
Las crónicas de nuestra historia, que arrancan cuatro siglos y medio atrás, nos cuentan muchos hechos de crueldad, desde las matanzas de indios indefensos, las atrocidades de los piratas que asolaban las costas, las barbaridades de los guerrilleros en la lucha de la independencia, los fusilamientos de prisioneros cubanos por el ejército de Weyler, los horrores del machadato, hasta los crímenes de marzo del 35; pero con ninguno se escribió una página sangrienta tan triste y sombría, por el número de víctimas y por la crueldad de sus victimarios, como en Santiago de Cuba. Sólo un hombre en todos esos siglos ha manchado de sangre dos épocas distintas de nuestra existencia histórica y ha clavado sus garras en la carne de dos generaciones de cubanos. Y para derramar este río de sangre sin precedentes esperó que estuviésemos en el Centenario del Apóstol y acabada de cumplir cincuenta años la república que tantas vidas costó para la libertad, porque pesa sobre un hombre que había gobernado ya como amo durante once largos años este pueblo que por tradición y sentimiento ama la libertad y repudie el crimen con toda su alma, un hombre que no ha sido, además, ni leal, ni sincero, ni honrado, ni caballero un solo minuto de su vida pública.
No fue suficiente la traición de enero de 1934, los crímenes de marzo de 1935, y los cuarenta millones de fortuna que coronaron la primera etapa; era necesaria la traición de marzo de 1952, los crímenes de julio de 1953 y los millones que sólo el tiempo dirá. Dante dividió su infierno en nueve círculos: puso en el séptimo a los criminales, puso en el octavo a los ladrones y puso en el noveno a los traidores. ¡Duro dilema el que tendrían los demonios para buscar un sitio adecuado al alma de este hombre... si este hombre tuviera alma! Quien alentó los hechos atroces de Santiago de Cuba, no tiene entrañas siquiera.
Conozco muchos detalles de la forma en que se realizaron esos crímenes por boca de algunos militares que,. llenos de vergüenza, me refirieron las escenas de que habían sido testigos.
Terminado el combate se lanzaron como fieras enfurecidas sobre la ciudad de Santiago de Cuba y contra la población indefensa saciaron las primeras iras. En plena calle y muy lejos del lugar donde fue la lucha le atravesaron el pecho de un balazo a un niño inocente que jugaba junto a la puerta de su casa, y cuando el padre se acercó para recogerlo, le atravesaron la frente con otro balazo. Al "Niño" Cala, que iba para su casa con un cartucho de pan en las manos, lo balacearon sin mediar palabra. Sería interminable referir los crímenes y atropellos que se cometieron contra la población civil. Y si de esta forma actuaron con los que no habían participado en la acción, ya puede suponerse la horrible suerte que corrieron los prisioneros participantes o que ellos creían que habían participado: porque así como en esta causa involucraron a muchas personas ajenas por completo a los hechos, así también mataron a muchos de los prisioneros detenidos que no tenían nada que ver con el ataque; éstos no están incluidos en las cifras de víctimas que han dado, las cuales se refieren exclusivamente a los hombres nuestros. Algún día se sabrá el número total de inmolados.
El primer prisionero asesinado fue nuestro médico, el doctor Mario Muñoz, que no llevaba armas ni uniforme y vestía su bata de galeno, un hombre generoso y competente que hubiera atendido con la misma devoción tanto al adversario como al amigo herido. En el camino del Hospital Civil al cuartel le dieron un tiro por la espalda y allí lo dejaron tendido boca abajo en un charco de sangre. Pero la matanza en masa de prisioneros no comenzó hasta pasadas las 3:00 de la tarde. Hasta esa hora esperaron órdenes. Llegó entonces de La Habana el general Martín Díaz Tamayo, quien trajo instrucciones concretas salidas de una reunión donde se encontraban Batista, el jefe del Ejército, el jefe del SIM, el propio Díaz Tamayo y oros. Dijo que "era una vergüenza y un deshonor para el Ejército haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes y que había que matar diez prisioneros por cada soldado muerto". ¡Ésta fue la orden!.
En todo grupo humano hay hombres que bajos instintos, criminales natos, bestias portadoras de todos los atavismos ancestrales revestidas de forma humana, monstruos refrenados por la disciplina y el hábito social, pero que si se les da a beber sangre en un río no cesarán hasta que los haya secado. Lo que estos hombres necesitan precisamente era esa orden. En sus manos perio lo mejor de Cuba: lo más valiente, lo más honrado, lo más idealista. El tirano los llamó mercenarios, y allí estaban ellos muriendo como héroes en manos de hombres que cobran un sueldo de la República y que con las armas que ella les entregó para que la defendieran sirven los intereses de una pandilla y asesinan a los mejores ciudadanos.
En medio de las torturas les ofrecían la vida si traicionando su posición ideológica se prestaban a declarar falsamente que Prío les había dado el dinero, y como ellos rechazaban indignados la proposición, continuaban torturándolos horriblemente. Les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudicó, ni se oyó un lamento ni una súplica: aun cuando los habían privado de sus órganos viriles, seguían siendo mil veces más hombres que todos sus verdugos juntos. Las fotografías no mientan y esos cadáveres aparecen destrozados. Ensayaron otros medios; no podían con el valor de los hombres y probaron el valor de las mujeres. Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban las compañeras Melba Hernández y Haydée Santamaría, y dirigiéndose a la última mostrándole el ojo, le dijeron: "Este es de tu hermano, si tú no dices lo que no quiso decir, le arrancaremos el otro." Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contestó llena de dignidad: "Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo." Más tarde volvieron y las quemaron en los brazos con colillas encendidas, hasta que por último, llenos de despecho, le dijeron nuevamente a la joven Haydée Santamaría: "Ya no tienes novio porque te lo hemos matado también." Y ella les contestó imperturbable otra vez: "Él no está muerto, porque morir por la patria es vivir." Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana.
No respetaron ni siquiera a los heridos en el combate que estaban recluidos en distintos hospitales de la ciudad, adonde los fueron a buscar como buitres que siguen la presa. En el Centro Gallego penetraron hasta el salón de operaciones en el instante mismo que recibían transfusión de sangre dos heridos graves; los arrancaron de las mesas y como no podían estar en pie, los llevaron arrastrando hasta la planta baja donde llegaron cadáveres.
No pudieron hacer lo mismo en la Colonia Española, donde estaban recluidos los compañeros Gustavo Arcos y José Ponce, porque se los impidió valientemente el doctor Posada diciéndoles que tendrían que pasar sobre su cadáver.
A Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador les inyectaron aire y alcanfor en las venas para matarlos en el Hospital Militar. Deben sus vidas al capitán Tamayo, médico del Ejército y verdadero militar de honor, que a punta de pistola se los arrebató a los verdugos y los trasladó al Hospital Civil. Estos cinco jóvenes fueron los únicos heridos que pudieron sobrevivir.
Por las madrugadas eran sacados del campamento grupos de hombres y trasladados en automóviles a Siboney, La Maya, Songo y otros lugares, donde se les bajaba atados y amordazados, ya deformados por las torturas, para matarlos en parajes solitarios. Después los hacían constar como muertos en combate con el Ejército. Esto lo hicieron durante varios días y muy pocos prisioneros de los que iban siendo detenidos sobrevivieron. A muchos los obligaron antes a cavar su propia sepultura. Uno de los jóvenes, cuando realizaba aquella operación, se volvió y marcó en el rostro con la pica a uno de los asesinos. A otros, inclusive, los enterraron vivos con las manos atadas a la espalda. Muchos lugares solitarios sirven de cementerio a los valientes. Solamente en el campo de tiro del Ejército hay cinco enterrados. Algún día serán desenterrados y llevados en hombros del pueblo hasta el monumento que, junto a la tumba de Martí, la patria libre habrá de levantarles a los "Mártires del Centenario".
El último joven que asesinaron en la zona de Santiago de Cuba fue Marcos Martí. Lo habían detenido en una cueva en Siboney el jueves 30 por la mañana junto con el compañero Ciro Redondo. Cuando los llevaban caminando por la carretera con los brazos en alto, le dispararon al primero un tiro por la espalda y ya en el suelo lo remataron con varias descargas más. Al segundo lo condujeron hasta el campamento; cuando lo vio el comandante Pérez Chaumont exclamó: "¡Y a éste para qué me lo han traído!" El tribunal pudo escuchar la narración del hecho por boca de este joven que sobrevivió gracias a lo que Pérez Chaumont llamó "una estupidez de los soldados".
La consigna era general en toda la provincia. Diez días después del 26, un periódico de esta ciudad publicó la noticia de que, en la carretera de Manzanillo a Bayamo, habían aparecido dos jóvenes ahorcados. Más tarde se supo que eran los cadáveres de Hugo Camejo y Pedro Véliz. Allí también ocurrió algo extraordinario; las víctimas eran tres; los habían sacado del cuartel de Manzanillo a las 2:00 de la madrugada; en un punto de la carretera los bajaron y después de golpearlos hasta hacerles perder el sentido, los estrangularon con una soga. Pero cuando ya los habían dejado por muertos, uno de ellos, Andrés García, recobró el sentido, buscó refugio en casa de un campesino y gracias a ello también el tribunal pudo conocer con todo lujo de detalles el crimen. Este joven fue el único sobreviviente de todos los prisioneros que se hicieron en la zona de Bayamo.
Cerca del río Cauto, en un lugar conocido por Barrancas, yacen en el fondo de un pozo ciego los cadáveres de Raúl de Aguiar, Armando Valle y Andrés Valdés, asesinados a medianoche en el camino de Alto Cedro a Palma Soriano por el sargento Montes de Oca, jefe de puesto del cuartel de Miranda, el cabo Maceo y el teniente jefe de Alto Cedro, donde aquéllos fueron detenidos.
En los anales del crimen merece mención de honor el sargento Eulalio González, del cuartel Moncada, apodado "El Tigre". Este hombre no tenía después el menor empacho para jactarse de sus tristes hazañas. Fue él quien con sus propias manos asesinó a nuestro compañero Abel Santamaría. Pero no estaba satisfecho. Un día en que volvía de la prisión de Boniato, en cuyos patios sostiene una cría de gallos finos, montó el mismo ómnibus donde viajaba la madre de Abel. Cuando aquel monstruo comprendió de quien se trataba, comenzó a referir en alta voz sus proezas y dijo bien alto para que lo oyera la señora vestida de luto: "Pues yo sí saqué muchos ojos y pienso seguirlos sacando." Los sollozos de aquella madre ante la afrenta cobarde que le infería el propio asesino de su hijo, expresan mejor que ninguna palabra el oprobio moral sin precedentes que está sufriendo nuestra patria. A esas mismas madres, cuando iban al cuartel Moncada preguntando por sus hijos, con cinismo inaudito les contestaban: "¡Cómo no, señora!; vaya a verlo al hotel Santa Ifigenia donde se lo hemos hospedado." ¡O Cuba no es Cuba, o los responsables de estos hechos tendrán que sufrir un escarmiento terrible! Hombres desalmados que insultaban groseramente al pueblo cuando se quitaban los sombreros al paso de los cadáveres de los revolucionarios.
Tantas fueron las víctimas que todavía el gobierno no se ha atrevido a dar las listas completas, saben que las cifras no guardan proporción alguna. Ellos tienen los nombres de todos los muertos porque antes de asesinar a los prisioneros les tomaban las generales. Todo ese largo trámite de identificación a través del Gabinete Nacional fue pura pantomima; y hay familias que no saben todavía la suerte de sus hijos. Si ya han pasado casi tres meses, ¿por qué no se dice la última palabra?
Quiero hacer constar que a los cadáveres se les registraron los bolsillos buscando hasta el último centavo y se les despojó de las prendas personales, anillos y relojes, que hoy están usando descaradamente los asesinos.
Gran parte de lo que acabo de referir ya lo sabíais vosotros, señores magistrados, por las declaraciones de mis compañeros. Pero véase cómo no han permitido venir a este juicio a muchos testigos comprometedores y que en cambio asistieron a las sesiones del otro juicio. Faltaron, por ejemplo, todas las enfermeras del Hospital Civil, pese a que están aquí al lado nuestro, trabajando en el mismo edificio donde se celebra esta sesión; no las dejaron comparecer para que no pudieran afirmar ante el tribunal, contestando a mis preguntas, que aquí fueron detenidos veinte hombres vivos, además del doctor Mario Muñoz. Ellos temían que el interrogatorio a los testigos yo pudiese hacer deducir por escrito testimonios muy peligrosos.
Pero vino el comandante Pérez Chaumont y no pudo escapar. Lo que ocurrió con este héroe de batallas contra hombres sin armas y maniatados, da idea de lo que hubiera pasado en el Palacio de Justicia si no me hubiesen secuestrado del proceso. Le pregunté cuántos hombres nuestros habían muerto en sus célebres combates de Siboney. Titubeó. Le insistí, y me dijo por fin que veintiuno. Como yo sé que esos combates no ocurrieron nunca, le pregunté cuántos heridos habíamos tenido. Me contestó que ninguno: todos eran muertos. Por eso, asombrado, le repuse que si el Ejército estaba usando armas atómicas. Claro que donde hay asesinados a boca de jarro no hay heridos. Le pregunté después cuántas bajas había tenido el Ejército. Me contestó que dos heridos. Le pregunté por último que si alguno de esos heridos había muerto, y me dijo que no. Esperé. Desfilaron más tarde todos los heridos del Ejército y resultó que ninguno lo había sido en Siboney. Ese mismo comandante Pérez Chaumont, que apenas se ruborizaba de haber asesinado veintiún jóvenes indefensos, ha construido en la playa de Ciudamar un palacio que vale más de cien mil pesos. Sus ahorritos en sólo unos meses de marzato. ¡Y si eso ha ahorrado el comandante, cuánto habrán ahorrado los generales!.
Señores magistrados: ¿Dónde están nuestros compañeros detenidos los días 26, 27, 28 y 29 de julio, que se sabe pasaban de sesenta en la zona de Santiago de Cuba? solamente tres y las dos muchachas han comparecido, los demás sancionados fueron todos detenidos más tarde. ¿Dónde están nuestros compañeros heridos? Solamente cinco han aparecido: al resto lo asesinaron también. Las cifras son irrebatibles. Por aquí, en cambio, han desfilado veinte militares que fueron prisioneros nuestros y que según sus propias palabras no recibieron ni una ofensa. Por aquí han desfilado treinta heridos del Ejército, muchos de ellos en combates callejeros, y ninguno fue rematado. Si el Ejército tuvo diecinueve muertos y treinta heridos, ¿cómo es posible que nosotros hayamos tenido ochenta muertos y cinco heridos? ¿Quién vio nunca combates de veintiún muertos y ningún herido como los famosos de Pérez Chaumont?
Ahí están las cifras de bajas en los recios combates de la Columna Invasora en la guerra del 95, tanto aquellos en que salieron victoriosas como en los que fueron vencidas las armas cubanas: combate de Los Indios, en Las Villas: doce heridos, ningún muerto; combate de Mal Tiempo: cuatro muertos, veintitrés heridos; combate de Calimete: dieciséis muertos, sesenta y cuatro heridos; combate de La Palma: treinta y nueve muertos, ochenta y ocho heridos; combate de Cacarajícara: cinco muertos, trece heridos; combate del Descanso: cuatro muertos, cuarenta y cinco heridos; combate de San Gabriel del Lombillo: dos muertos, dieciocho heridos... en todos absolutamente el número de heridos es dos veces, tres veces y hasta diez veces mayor que el de muertos. No existían entonces los modernos adelantos de la ciencia médica que disminuyen la proporción de muertos. ¿Cómo puede explicarse la fabulosa proporción de dieciséis muertos por un herido, si no es rematando a éstos en los mismos hospitales y asesinando después a los indefensos prisioneros? Estos números hablan sin réplica posible.
"Es una vergüenza y un deshonor para el Ejército haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes; hay que matar diez prisioneros por cada soldado muerto..." Ése es el concepto que tienen del honor los cabos furrieles ascendidos a generales del 10 de marzo, y ése es el honor que le quieren imponer al Ejército nacional. Honor falso, honor fingido, honor de apariencia que se basa en la mentira, la hipocresía y el crimen; asesinos que amasan con sangre una careta de honor. ¿Quién les dijo que morir peleando es un deshonor? ¿Quién les dijo que el honor de un Ejército consiste en asesinar heridos y prisioneros de guerra?
En las guerras los ejércitos que asesinan a los prisioneros se han ganado siempre el desprecio y la execración del mundo. Tamaña cobardía no tiene justificación ni aun tratándose de enemigos de la patria invadiendo el territorio nacional. Como escribió un libertador de la América del Sur, "ni la más estricta obediencia militar puede cambiar la espada del soldado en cuchilla de verdugo." El militar de honor no asesina al prisionero indefenso después del combate, sino que lo respeta; no remata al herido, sino que lo ayuda; impide el crimen y si no puede impedirlo hace como aquel capitán español que al sentir los disparos con que fusilaban a los estudiantes quebró indignado su espada y renunció a seguir sirviendo a aquel ejército.
Los que asesinaron a los prisioneros no se comportaron como dignos compañeros de los que murieron. Yo vi muchos soldados combatir con magnífico valor, como aquéllos de la patrulla que dispararon contra nosotros sus ametralladoras en un combate casi cuerpo a cuerpo o aquel sargento que desafiando la muerte se apoderó de la alarma para movilizar el campamento. Unos están vivos, me alegro; otros están muertos; sólo siento que hombres valerosos caigan defendiendo una mala causa. Cuando Cuba sea libre, debe respetar, amparar y ayudar también a las mujeres y los hijos de los valientes que cayeron frente a nosotros. Ellos son inocentes de las desgracias de Cuba, ellos son otras tantas víctimas de esta nefasta situación.
Pero el honor que ganaron los soldados para las armas murieron en combate lo mancillaron los generales mandando asesinar prisioneros después del combate. Hombres que se hicieron generales de la madrugada al amanecer sin haber disparado un tiro, que compraron sus estrellas con alta traición a la República, que mandan asesinar los prisioneros de un combate en que no participaron: ésos son los generales del 10 de marzo, generales que no habrían servido ni para arrear las mulas que cargaban la impedimenta del Ejército de Antonio Maceo.
Si el Ejército tuvo tres veces más bajas que nosotros fue porque nuestros hombres estaban magníficamente entrenados, como ellos mismos dijeron, y porque se habían tomado medidas tácticas adecuadas como ellos mismos reconocieron. Si el Ejército no hizo un papel más brillante, si fue totalmente sorprendido pese a los millones que se gasta el SIM en espionaje, si sus granadas de mano no explotaron porque estaban viejas, se debe a que tiene generales como Martín Díaz Tamayo y coroneles como Ugalde Carrillo y Alberto del Río Chaviano. No fueron diecisiete traidores metidos en las filas del Ejército como el 10 de marzo, sino ciento sesenta y cinco hombres que atravesaron la Isla de un extrema a otro para afrontar la muerte a cara descubierta. Si esos jefes hubieran tenido honor militar habrían renunciado a sus cargos en vez de lavar su vergüenza y su incapacidad personal en la sangre de los prisioneros.
Matar prisioneros indefensos y después decir que fueron muertos en combate, ésa es toda la capacidad militar de los generales del 10 de marzo. Así actuaban en los años más crueles de nuestra guerra de independencia los peores matones de Valeriano Weyler. Las Crónicas de la guerra nos narran el siguiente pasaje: "El día 23 de febrero entró en Punta Brava el oficial Baldomero Acosta con alguna caballería, al tiempo que, por el camino opuesto, acudía un pelotón del regimiento Pizarro al mando de un sargento, allí conocido por Barriguilla. Los insurrectos cambiaron algunos tiros con la gente de Pizarro, y se retiraron por el camino que une a Punta Brava con el caserío de Guatao. A los cincuenta hombres de Pizarro seguía una compañía de voluntarios de Marianao y otra del cuerpo de Orden Público, al mando del capitán Calvo [...] Siguieron marcha hacia Guatao, y al penetrar la vanguardia en el caserío se inició la matanza contra el vecindario pacífico; asesinaron a doce habitantes del lugar. [...] Con la mayor celeridad la columna que mandaba el capitán Calvo, echó mano a todos os vecinos que corrían por el pueblo, y amarrándolos fuertemente en calidad de prisioneros de guerra, los hizo marchar para La Habana. [...] No saciados aún con los atropellos cometidos en las afueras de Guatao, llevaron a remate otra bárbara ejecución que ocasionó la muerte a uno de los presos y terribles heridas a los demás. El marqués de Cervera, militar palatino y follón, comunicó a Weyler la costosísima victoria obtenida por las armas españolas; pero el comandante Zugasti, hombre de pundonor, denunció al gobierno lo sucedido, y calificó de asesinatos de vecinos pacíficos las muertes perpetradas por el facineroso capitán Calvo y el sargento Barriguilla.
"La intervención de Weyler en este horrible suceso y su alborozo al conocer los pormenores de la matanza, se descubre de un modo palpable en el despacho oficial que dirigió al ministro de la Guerra a raíz de la cruenta inmolación. "Pequeña columna organizada por comandante militar Marianao con fuerzas de la guarnición, voluntarios y bomberos a las órdenes del capitán Calvo de Orden público, batió, destrozándolas, partidas de Villanueva y Baldomero Acosta cerca de Punta Brava (Guatao), causándoles veinte muertos, que entregó, para su enterramiento al alcalde Guatao, haciéndoles quince prisioneros, entre ellos un herido [...] y suponiendo llevan muchos heridos; nosotros tuvimos un herido grave, varios leves y contusos. Weyler"."
¿En qué se diferencia este parte de guerra de Weyler de los partes del coronel Chaviano dando cuenta de las victorias del comandante Pérez Chaumont? Sólo en que Weyler comunicó veinte muertos y Chaviano comunicó veintiuno; Weyler menciona un soldado herido en sus filas, Chaviano menciona dos; Weyler habla de un herido y quince prisioneros en el campo enemigo, Chaviano no habla de heridos ni prisioneros.
Igual que admiré el valor de los soldados que supieron morir, admiro y reconozco que muchos militares se portaron dignamente y no se mancharon las manos en aquella orgía de sangre. No pocos prisioneros que sobrevivieron les deben la vida a la actitud honorable de militares como el teniente Sarría, el teniente Camps, el capitán Tamayo y otros que custodiaron caballerosamente a los detenidos. Si hombres como ésos no hubiesen salvado en parte el honor de las Fuerzas Armadas, hoy sería más honroso llevar arriba un trapo de cocina que un uniforme.
Para mis compañeros muertos no clamo venganza. Como sus vidas no tenían precio, no podrían pagarlas con las suyas todos los criminales juntos. No es con sangre como pueden pagarse las vidas de los jóvenes que mueren por el bien de un pueblo; la felicidad de ese pueblo es el único precio digno que puede pagarse por ellas.
Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados cómo surge de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de su ideas. Que hable por mí el Apóstol: "Hay un límite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se jura sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abata ni se debilita jamás; porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra."

[...] Cuando se muere
En brazos de la patria agradecida,
La muerte acaba, la prisión se rompe;
¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!

Hasta aquí me he concretado casi exclusivamente a los hechos. Como no olvido que estoy delante de un tribunal de justicia que me juzga, demostraré ahora que únicamente de nuestra parte está el derecho y que la sanción impuesta a mis compañeros y la que se pretende imponerme no tiene justificación ante la razón, ante la sociedad y ante la verdadera justicia.
Quiero ser personalmente respetuoso con los señores magistrados y os agradezco que no veáis en la rudeza de mis verdades ninguna animadversión contra vosotros. Mis razonamientos van encaminados sólo a demostrar lo falso y erróneo de la posición adoptada en la presente situación por todo el Poder Judicial, del cual cada tribunal no es más que una simple pieza obligada a marchar, hasta cierto punto, por el mismo sendero que traza la máquina, sin que ellos justifique, desde luego, a ningún hombre a actuar contra sus principios. Sé perfectamente que la máxima responsabilidad le cabe a la alta oligarquía que sin un gesto digno se plegó servilmente a los dictados del usurpador traicionando a la nación y renunciando a la independencia del Poder Judicial. Excepciones honrosas han tratado de remendar el maltrecho honor con votos particulares, pero el gesto de la exigua minoría apenas ha trascendido, ahogado por actitudes de mayorías sumisas y ovejunas. Este fatalismo, sin embargo, no me impedirá exponer la razón que me asiste. Si el traerme ante este tribunal no es más que pura comedia para darle apariencia de legalidad y justicia a lo arbitrario, estoy dispuesto a rasgar con mano firme el velo infame que cubre tanta desvergüenza. Resulta curioso que los mismos que me traen ante vosotros para que se me juzgue y condene no han acatado una sola orden de este tribunal.
Si este juicio, como habéis dicho, es el más importante que se ha ventilado ante un tribunal desde que se instauró la República, lo que yo diga aquí quizás se pierda en la conjura de silencio que me ha querido imponer la dictadura, pero sobre lo que vosotros hagáis, la posteridad volverá muchas veces los ojos. Pensad que ahora estáis juzgando a un acusado, pero vosotros, a su vez, seréis juzgados no una vez, sino muchas, cuantas veces el presente sea sometido a la crítica demoledora del futuro. Entonces lo que yo diga aquí se repetirá muchas veces, no porque se haya escuchado de mi boca, sino porque el problema de la justicia es eterno, y por encima de las opiniones de los jurisconsultos y teóricos, el pueblo tiene de ella un profundo sentido. Los pueblos poseen una lógica sencilla pero implacable, reñida con todo lo absurdo y contradictorio, y si alguno, además, aborrece con toda su alma el privilegio y la desigualdad, ése es el pueblo cubano. Sabe que la justicia se representa con una doncella, una balanza y una espada. Si la ve postrarse cobarde ante unos y blandir furiosamente el arma sobre otros, se la imaginará entonces como una mujer prostituida esgrimiendo un puñal. Mi lógica, es la lógica sencilla del pueblo.
Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.
¡Pobre pueblo! Una mañana la ciudadanía se despertó estremecida; a las sombras de la noche los espectros del pasado se habían conjurado mientras ella dormía, y ahora la tenían agarrada por las manos, por los pies y por el cuello. Aquellas garras eran conocidas, aquellas fauces, aquellas guadañas de muerte, aquellas botas... No; no era una pesadilla; se trataba de la triste y terrible realidad: un hombre llamado Fulgencio Batista acababa de cometer el horrible crimen que nadie esperaba.
Ocurrió entonces que un humilde ciudadano de aquel pueblo, que quería creer en las leyes de la República y en la integridad de sus magistrados a quienes había visto ensañarse muchas veces contra los infelices, buscó un Código de Defensa Social para ver qué castigos prescribía la sociedad para el autor de semejante hecho, y encontró lo siguiente:
"Incurrirá en una sanción de privación de libertad de seis a diez años el que ejecutare cualquier hecho encaminado directamente a cambiar en todo o en parte, por medio de la violencia, la Constitución del Estado o la forma de gobierno establecida."
"Se impondrá una sanción de privación de libertad de tres a diez años al autor de un hecho dirigido a promover un alzamiento de gentes armadas contra los Poderes Constitucionales del Estado. La sanción será de privación de libertad de cinco a veinte años si se llevare a efecto la insurrección".
"El que ejecutare un hecho con el fin determinado de impedir, en todo o en parte, aunque fuere temporalmente al Senado, a la cámara de Representantes, al Representantes, al Presidente de la República o al Tribunal Supremo de Justicia, el ejercicio de sus funciones constitucionales, incurrirá en un sanción de privación de libertad de seis a diez años.
"El que tratare de impedir o estorbar la celebración de elecciones generales; [...] incurrirá en una sanción de privación de libertad de cuatro a ocho años.
"El que introdujere, publicare, propagare o tratare de hacer cumplir en Cuba, despacho, orden o decreto que tienda [...] a provocar la inobservancia de las leyes vigentes, incurrirá en una sanción de privación de libertad de dos años a seis años."
"El que sin facultad legar para ello ni orden del Gobierno, tomare el mando de tropas, plazas, fortalezas, puestos militares, poblaciones o barcos o aeronaves de guerra incurrirá en una sanción de privación de libertad de cinco a diez años.
"Igual sanción se impondrá al que usurpare el ejercicio de una función atribuida por la Constitución como propia de alguno de los Poderes del Estado."
Sin decir una palabra a nadie, con el Código en una mano y los papeles en otra, el mencionado ciudadano se presentó en el viejo caserón de la capital donde funcionaba el tribunal competente, que estaba en la obligación de promover causa y castigar a los responsables de aquel hecho, y presentó un escrito denunciando los delitos y pidiendo para Fulgencio Batista y sus diecisiete cómplices la sanción de ciento ocho años de cárcel como ordenaba imponerle el Código de Defensa Social con todas las agravantes de reincidencia, alevosía y nocturnidad.
Pasaron los días y pasaron los meses. ¡Qué decepción! El acusado no era molestado, se paseaba por la República como un amo, lo llamaban honorable señor y general, quitó y puso magistrados, y nada menos que el día de la apertura de los tribunales se vio al reo sentado en el lugar de honor, entre los augustos y venerables patriarcas de nuestra justicia.
Pasaron otra vez los días y los meses. El pueblo se cansó de abusos y de burlas. ¡Los pueblos se cansan! Vino la lucha, y entonces aquel hombre que estaba fuera de la ley, que había ocupado el poder por la violencia, contra la voluntad del pueblo y agrediendo el orden legal, torturó, asesinó, encarceló y acusó ante los tribunales a los que habían ido a luchar por la ley y devolverle al pueblo su libertad.
Señores magistrados: Yo soy aquel ciudadano humilde que un día presentó inútilmente ante los tribunales para pedirles que castigaran a los ambiciosos que violaron las leyes e hicieron trizas nuestras instituciones,, y ahora, cuando es a mí a quien se acusa de querer derrocar este régimen ilegal y restablecer la Constitución legítima de la República, se me tiene setenta y seis días incomunicado en una celda, sin hablar con nadie ni ver siquiera a mi hijo; se me conduce por la ciudad entre dos ametralladoras de trípode, se me traslada a este hospital para juzgarme secretamente con toda severidad y un fiscal con el Código en la mano, muy solemnemente, pide para mí veintiséis años de cárcel.
Me diréis que aquella vez los magistrados de la República no actuaron porque se lo impedía la fuerza; entonces, confesadlo: esta vez también la fuerza os obligará a condenarme. La primera no pudisteis castigar al culpable; la segunda, tendréis que castigar al inocente. La doncella de la justicia, dos veces violada por la fuerza.
¡Y cuánta charlatanería para justificar lo injustificable, explicar lo inexplicable y conciliar lo inconciliable! Hasta que han dado por fin en afirmar, como suprema razón, que el hecho crea el derecho. Es decir que el hecho de haber lanzado los tanques y los soldados a la calle, apoderándose del Palacio Presidencial, la Tesorería de la República y los demás edificios oficiales, y apuntar con las armas al corazón del pueblo, crea el derecho a gobernarlo. El mismo argumento pudieron utilizar los nazis que ocuparon las naciones de Europa e instalaron en ellas gobiernos de títeres.
Admito y creo que la revolución sea fuerte de derecho; pero no podrá llamarse jamás revolución al asalto nocturno a mano armada del 10 de marzo. En el lenguaje vulgar, como dijo José Ingenieros, suele darse el nombre de revolución a los pequeños desórdenes que un grupo de insatisfechos promueve para quitar a los hartos sus prebendas políticas o sus ventajas económicas, resolviéndose generalmente en cambios de unos hombres por otros, en un reparto nuevo de empleos y beneficios. Ése no es el criterio del filósofo de la historia, no puede ser el del hombre de estudio.
No ya en el sentido de cambios profundos en el organismos social, ni siquiera en la superficie del pantano público se vio mover una ola que agitase la podredumbre reinante. Si en el régimen anterior había politiquería, ha multiplicado por diez el pillaje y ha duplicado por cien la falta de respeto a la vida humana.
Se sabía que Barriguilla había robado y había asesinado, que era millonario, que tenía en la capital muchos edificios de apartamentos, acciones numerosas en compañías extranjeras, cuentas fabulosas en bancos norteamericanos, que repartió bienes gananciales por dieciocho millones de pesos, que se hospedaba en el más lujoso hotel de los millonarios yanquis, pero lo que nunca podrá creer nadie es que Barriguilla fuera revolucionario. Barriguilla es el sargento de Weyler que asesinó doce cubanos en el Guatao... En Santiago de Cuba fueron setenta. De te fabula narratur.
Cuatro partidos políticos gobernaban el país antes del 10 de marzo: Auténtico, Liberal, Demócrata y Republicano. A los dos días del golpe se adhirió el Republicano; no había pasado un año todavía y ya el Liberal y el Demócrata estaban otra vez en el poder, Batista no restablecía la Constitución, no restablecía las libertades públicas, no restablecía el Congreso, no restablecía el voto directo, no restablecía en fin ninguna de las instituciones democráticas arrancadas al país, pero restablecía a Verdeja, Guas Inclán, Salvito García Ramos, Anaya Murillo, y con los altos jerarcas de los partidos tradicionales en el gobierno, a lo más corrompido, rapaz, conservador y antediluviano de la política cubana. ¡Ésta es la revolución de Barriguilla!
Ausente del más elemental contenido revolucionario, el régimen de Batista ha significado en todos los órdenes un retroceso de veinte años para Cuba. Todo el mundo ha tenido que pagar bien caro su regreso, pero principalmente las clases humildes que están pasando hambre y miseria mientras la dictadura que ha arruinado al país con la corrupción, la ineptitud y la zozobra, se dedica a la más repugnante politiquería, inventando fórmulas y más fórmulas de perpetuarse en el poder aunque tenga que ser sobre un montón de cadáveres y un mar de sangre.
Ni una sola iniciativa valiente ha sido dictada. Batista vive entregado de pies y manos a los grandes intereses, y no podía ser de otro modo, por su mentalidad, por la carencia total de ideología y de principios, por la ausencia absoluta de la fe, la confianza y el respaldo de las masas. Fue un simple cambio de manos y un reparto de botín entre los amigos, parientes, cómplices y la rémora de parásitos voraces que integran el andamiaje político del dictador. ¡Cuántos oprobios se le han hecho sufrir al pueblo para que un grupito de egoístas que no sienten por la patria la menor consideración puedan encontrar en la cosa pública un modus vivendi fácil y cómodo!.
¡Con cuánta razón dijo Eduardo Chibás en su postrer discurso que Batista alentaba el regreso de los coroneles, del palmacristi y de la ley de fuga! De inmediato después del 10 de marzo comenzaron a producirse otra vez actos verdaderamente vandálicos que se creían desterrados para siempre en Cuba: el asalto a la Universidad del Aire, atentado sin precedentes a una institución cultural, donde los gangsters del SIM se mezclaron con los mocosos de la juventud del PAU; el secuestro del periodista Mario Kuchilán, arrancado en plena noche de su hogar y torturado salvajemente hasta dejarlo casi desconocido; el asesinato del estudiante Rubén Batista y las descargas criminales contra una pacífica manifestación estudiantil junto al mismo paredón donde los voluntarios fusilaron a los estudiantes del 71; hombres que arrojaron la sangre de los pulmones ante los mismos tribunales de justicia por las bárbaras torturas que les habían aplicado en los cuerpos represivos, como en el proceso del doctor García Bárcena. Y no voy a referir aquí los centenares de casos en que grupos de ciudadanos han sido apaleados brutalmente sin distinción de hombres o mujeres, jóvenes o viejos. Todo esto antes del 26 de julio. Después, ya se sabe, ni siquiera el cardenal Arteaga se libró de actos de esta naturaleza. Todo el mundo sabe que fue víctima de los agentes represivos. Oficialmente afirmaron que era obra de una banda de ladrones. Por una vez dijeron la verdad, ¿qué otra cosa es este régimen?...
La ciudadanía acaba de contemplar horrorizada el caso del periodista que estuvo secuestrado y sometido a torturas de fuego durante veinte días. En cada hecho un cinismo inaudito, una hipocresía infinita: la cobardía de rehuir la responsabilidad y culpar invariablemente a los enemigos del régimen. Procedimientos de gobierno que no tienen nada que envidiarle a la peor pandilla de gangster. Hitler asumió la responsabilidad por las matanzas del 30 de junio de 1934 diciendo que había sido durante 24 horas el Tribunal Supremo de Alemania; los esbirros de esta dictadura, que no cabe compararla con ninguna otra por la baja, ruin y cobarde, secuestran, torturan, asesinan, y después culpan canallescamente a los adversarios del régimen. Son los métodos típicos del sargento Barriguilla.
En todos estos hechos que he mencionado, señores magistrados, ni una sola vez han aparecido los responsables para ser juzgados por los tribunales. ¡Cómo! ¿No era éste el régimen del orden, de la paz pública y el respeto a la vida humana?
Si todo esto he referido es para que se me diga si tal situación puede llamarse revolución engendradora de derecho; si es o no lícito luchar contra ella; si no han de estar muy prostituidos los tribunales de la República para enviar a la cárcel a los ciudadanos que quieren librar a su patria de tanta infamia.
Cuba está sufriendo un cruel e ignominioso despotismo, y vosotros no ignoráis que la resistencia frente al despotismo es legítima; éste es un principio universalmente reconocido y nuestra Constitución de 1940 lo consagró expresamente en el párrafo segundo del artículo 40: "Es legítima la resistencia adecuada para la protección de los derechos individuales garantizados anteriormente." Más, aun cuando no lo hubiese consagrado nuestra ley fundamental, es supuesto sin el cual no puede concebirse la existencia de una colectividad democrática. El profesor Infiesta en su libro de derecho constitucional establece una diferencia entre Constitución Política y Constitución Jurídica, y dice que "a veces se incluyen en la Constitución Jurídica principios constitucionales que, sin ello, obligarían igualmente por el consentimiento del pueblo, como los principios de la mayoría o de la representación en nuestras democracias". El derecho de insurrección frente a la tiranía es uno de esos principios que, esté o no esté incluido dentro de la Constitución Jurídica, tiene siempre plena vigencia en una sociedad democrática. El planteamiento de esta cuestión ante un tribunal de justicia es uno de los problemas más interesantes del derecho público. Duguit ha dicho en su Tratado de Derecho Constitucional que "si la insurrección fracasa, no existirá tribunal que ose declarar que no hubo conspiración o atentado contra la seguridad del Estado porque el gobierno era tiránico y la intención de derribarlo era legítima". Pero fijaos bien que no dice "el tribunal no deberá", sino que "no existirá tribunal que ose declarar"; más claramente, que no habrá tribunal que se atreva, que no habrá tribunal lo suficientemente valiente para hacerlo bajo una tiranía. La cuestión no admite alternativa; si el tribunal es valiente y cumple con su deber, se atreverá.
Se acaba de discutir ruidosamente la vigencia de la Constitución de 1940; el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales falló en contra de ella y a favor de los Estatutos; sin embargo, señores magistrados, yo sostengo que la constitución de 1940 sigue vigente. Mi afirmación podrá parecer absurda y extemporánea; pero no os asombréis, soy yo quien se asombra de que un tribunal de derecho haya intentado darle un vil cuartelazo a la Constitución legítima de la República. Como hasta aquí, ajustándome rigurosamente a los hechos, a la verdad y a la razón, demostraré lo que acabo de afirmar. El Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales fue instituido por el artículo 172 de la Constitución de 1940, complementado por la Ley Orgánica número 7 de 31 de mayo de 1949. Estas leyes, en virtud de las cuales fue creado, le concedieron, en materia de inconstitucionalidad, una competencia específica y determinada: resolver los recursos de inconstitucionalidad contra las leyes, decretos-leyes, resoluciones o actos que nieguen, disminuyan, restrinjan o adulteren los derechos y garantías constitucionales o que impidan el libre funcionamiento de los órganos del Estado. En el artículo 194 se establecía bien claramente: "Los jueces y tribunales están obligados a resolver los conflictos entre las leyes vigentes y la Constitución ajustándose al principio de que ésta prevalezca siempre sobre aquéllas." De acuerdo, pues, con las leyes que le dieron origen, el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales debía resolver siempre a favor de la Constitución. Si ese tribunal hizo prevalecer los Estatutos por encima de la Constitución de la República se salió por completo de su competencia y facultades, realizando, por tanto, un acto jurídicamente nulo. La decisión en sí misma, además, es absurda y lo absurdo no tiene vigencia ni de hecho ni de derecho, no existe ni siquiera metafísicamente. Por muy venerable que sea un tribunal no podrá decir que el círculo es cuadrado, o, lo que es igual, que el engendro grotesco del 4 de abril puede llamarse Constitución de un Estado.
Entendemos por Constitución la ley fundamental y suprema de una nación, que define su estructura política, regula el funcionamiento de los órganos del Estado y pone límites a sus actividades, ha de ser estable, duradera y más bien rígida. Los Estatutos no llenan ninguno de estos requisitos. Primeramente encierran una contradicción monstruosa, descarada y cínica en lo más esencial, que es lo referente a la integración de la República y el principio de la soberanía. El artículo 1 dice: "Cuba es un Estado independiente y soberano organizado como República democrática..." El Presidente de la República será designado por el Consejo de Ministros. ¿Y quién elige el Consejo de Ministros? El artículo 120, inciso 13: "Corresponde al Presidente nombrar y renovar libremente a los ministros, sustituyéndolos en las oportunidades que proceda." ¿Quién elige a quién por fin? ¿No es éste el clásico problema del huevo y la gallina que nadie ha resuelto todavía?
Un día se reunieron dieciocho aventureros. El plan era asaltar la República con su presupuesto de trescientos cincuenta millones. Al amparo de la traición y de las sombras consiguieron su propósito: "¿Y ahora qué hacemos?" Uno de ellos les dijo a los otros: "Ustedes me nombran primer ministro y yo los nombro generales." Hecho esto buscó veinte alabarderos y les dijo: "Yo los nombro ministros y ustedes me nombran presidente." Así se nombraron unos a otros generales, ministros, presidente y se quedaron con el Tesoro y la República.
Y no es que se tratara de la usurpación de la soberanía por una sola vez para nombrar ministros, generales y presidente, sino que un hombre se declaró en unos estatutos dueño absoluto, no ya de la soberanía, sino de la vida y la muerte de cada ciudadano y de la existencia misma de la nación. Por eso sostengo que no solamente es traidora, vil, cobarde y repugnante la actitud del Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales, sino también absurda.
Hay en los Estatutos un artículo que ha pasado bastante inadvertido pero es el que da la clave de esta situación y del cual vamos a sacar conclusiones decisivas. Me refiero a la cláusula de reforma contenida en el artículo 257 y que dice textualmente: "Esta Ley Constitucional podrá ser reformada por el Consejo de Ministros con un quórum de las dos terceras partes de sus miembros." Aquí la burla llegó al colmo. No es sólo que hayan ejercido la soberanía para imponer al pueblo una Constitución sin contar con su consentimiento y elegir un gobierno que concentra en sus manos todos los poderes, sino que por el artículo 257 hacen suyo definitivamente el atributo más esencial de la soberanía que es la facultad de reformar la ley suprema y fundamental de la nación, cosa que han hecho ya varias veces desde el 10 de marzo, aunque afirman con el mayor cinismo del mundo en el artículo 2 que la soberanía reside en el pueblo y de él dimanan todos los poderes. Si para realizar estas reformas basta la conformidad del Consejo de Ministros, queda entonces en manos de un solo hombre el derecho de hacer y deshacer la República, un hombre que es además el más indigno de los que han nacido en esta tierra. ¿Y esto fue lo aceptado por el Tribunal de Garantías Constitucionales, y es válido y es legal todo lo que ello se derive? Pues bien, veréis lo que aceptó: "Esta Ley Constitucional podrá ser reformada por el Consejo de Ministros con un quórum de las dos terceras partes de sus miembros." Tal facultad no reconoce límites; al amparo de ella cualquier artículo, cualquier capítulo, cualquier título, la ley entera puede ser modificada. El artículo 1, por ejemplo, que ya mencioné, dice que Cuba es un Estado independiente y soberano organizado como República democrática —"aunque de hecho sea hoy una satrapía sangrienta"—; el artículo 3 dice que "el territorio de la República está integrado por la Isla de Cuba, la Isla de Pinos y las demás islas y cayos adyacentes..."; así sucesivamente. Batista y su Consejo de Ministros, al amparo del artículo 257, pueden modificar todos esos atributos, decir que Cuba no es ya una República, sino una Monarquía Hereditaria y ungirse él, Fulgencio Batista, Rey; pueden desmembrar el territorio nacional y vender una provincia a un país extraño como hizo Napoleón con la Louisiana; pueden suspender el derecho a la vida y, como Herodes, mandar a degollar los niños recién nacidos: todas estas medidas serían legales y vosotros tendríais que enviar a la cárcel a todo el que se opusiera, como pretendéis hacer conmigo en estos momentos. He puesto ejemplos extremos para que se comprenda mejor lo triste y humillante que se nuestra situación. ¡Y esas facultades omnímodas en manos de hombres que de verdad son capaces de vender la República con todos sus habitantes!
Si el Tribunal de Garantías Constitucionales aceptó semejante situación, ¿qué espera para colgar las togas? Es un principio elemental de derecho público que no existe la constitucionalidad allí donde el Poder Constituye y el Poder Legislativo residen en el mismo organismo. Si el Consejo de Ministros hace las leyes, los decretos, los reglamentos y al mismo tiempo tiene facultad de modificar la Constitución en diez minutos, maldita la falta que nos hace un Tribunal de Garantías Constitucionales! Su fallo es, pues, irracional, inconcebible, contrario a la lógica y a las leyes de la República, que vosotros, señores magistrados, jurasteis defender. Al fallar a favor de los Estatutos no quedó abolida nuestra ley suprema; sino que el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales se puso fuera de la Constitución, renunció a sus fueros, se suicidó jurídicamente. ¡Qué en paz descanse!
El derecho de resistencia que establece el artículo 40 de esa Constitución está plenamente vigente. ¿Se aprobó para que funcionara mientras la República marchaba normalmente? No, porque era para la Constitución lo que un bote salvavidas es para una nave en alta mar, que no se lanza al agua sino cuando la nave ha sido torpedeada por enemigos emboscados en su ruta. Traicionada la Constitución de la República y arrebatadas al pueblo todas sus prerrogativas, sólo le quedaba ese derecho, que ninguna fuerza le puede quitar, el derecho a resistir a la opresión y a la injusticia. Si alguna duda queda, aquí está un artículo del Código de Defensa Social, que no debió olvidar el señor fiscal, el cual dice textualmente: "Las autoridades de nombramiento del Gobierno o por elección popular que no hubieren resistido a la insurrección por todos los medios que estuvieren a su alcance, incurrirán en una sanción de interdicción especial de seis a diez años." Era obligación de los magistrados de la República resistir el cuartelazo traidor del 10 de marzo. Se comprende perfectamente que cuando nadie ha cumplido con la ley, cuando nadie ha cumplido el deber, se envía a la cárcel a los únicos que han cumplido con la ley y el deber.
No podréis negarme que el régimen de gobierno que se le ha impuesto a la nación es indigno de su tradición y de su historia. En su libro, El espíritu de las leyes, que sirvió de fundamento a la moderna división de poderes, Montesquieu distingue por su naturaleza tres tipos de gobierno: "el Republicano, en que el pueblo entero o una parte del pueblo tiene el poder soberano; el Monárquico, en que uno solo gobierna pero con arreglo a Leyes fijas y determinadas; y el Despótico, en que uno solo, sin Ley y sin regla, lo hace todo sin más que su voluntad y su capricho." Luego añade: "Un hombre al que sus cinco sentidos le dicen sin cesar que lo es todo, y que los demás no son nada, es naturalmente ignorante, perezoso, voluptuoso." "Así como es necesaria la virtud en una democracia, el honor en una monarquía, hace falta el temor en un gobierno despótico; en cuanto a la virtud, no es necesaria, y en cuanto al honor, sería peligroso."
El derecho de rebelión contra el despotismo, señores magistrados, ha sido reconocido, desde la más lejana antigüedad hasta el presente, por hombres de todas las doctrinas, de todas las ideas y todas las creencias.
En las monarquías teocráticas de las más remota antigüedad china, era prácticamente un principio constitucional que cuando el rey gobernase torpe y despóticamente, fuese depuesto y reemplazado por un príncipe virtuoso.
Los pensadores de la antigua India ampararon la resistencia activa frente a las arbitrariedades de la autoridad. Justificaron la revolución y llevaron muchas veces sus teorías a la práctica. Uno de sus guías espirituales decía que "una opinión sostenida por muchos es más fuerte que el mismo rey. La soga tejida por muchas fibras es suficiente para arrastrar a un león."
Las ciudades estados de Grecia y la República Romana, no sólo admitían sino que apologetizaban la muerte violenta de los tiranos.
En la Edad Media, Juan de Salisbury en su Libro de hombre de Estado, dice que cuando un príncipe no gobierna con arreglo a derecho y degenera en tirano, es lícita y está justificada su deposición violenta. Recomienda que contra el tirano se use el puñal aunque no el veneno.
Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologíca, rechazó la doctrina del tiranicidio, pero sostuvo, sin embargo, la tesis de que los tiranos debían ser depuestos por el pueblo.
Martín Lutero proclamó que cuando un gobierno degenera en tirano vulnerando las leyes, los súbditos quedaban librados del deber de obediencia. Su discípulo Felipe Melanchton sostiene el derecho de resistencia cuando los gobiernos se convierten en tirano. Calvino, el pensador más notable de la Reforma desde el punto de vista de las ideas políticas, postula que el pueblo tiene derecho a tomar las armas para oponerse a cualquier usurpación.
Nada menos que un jesuita español de la época de Felipe II, Juan Mariana, en su libro De Rege et Regis Institutione, afirma que cuando el gobernante usurpa el poder, o cuando, elegido, rige la vida pública de manera tiránica, es lícito el asesinato por un simple particular, directamente, o valiéndose del engaño, con el menor disturbio posible.
El escritor francés Francisco Hotman sostuvo que entre gobernantes y súbditos existe el vínculo de un contrato, y que el pueblo puede alzarse en rebelión frente a la tiranía de los gobiernos cuando éstos violan aquel pacto.
Por esa misma época aparece también un folleto que fue muy leído, titulado Vindiciae Contra Tyrannos, firmado bajo el seudónimo de Stephanus Junius Brutus, donde se proclama abiertamente que es legítima la resistencia a los gobiernos cuando oprimen al pueblo y que era deber de los magistrados honorables encabezar la lucha.
Los reformadores escoceses Juan Knox y Juan Poynet sostuvieron este mismo punto de vista, y en el libro más importante de ese movimiento, escrito por Jorge Buchnam, se dice que si el gobierno logra el poder sin contar con el consentimiento del pueblo o rige los destinos de éste de una manera injusta y arbitraria, se convierte en tirano y puede ser destituido o privado de la vida en el último caso.
Juan Altusio, jurista alemán de principios del siglo XVII, en su Tratado de política, dice que la soberanía en cuanto autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario de todos sus miembros; que la autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario del gobierno arranca del pueblo y que su ejercicio injusto, extralegal o tiránico exime al pueblo del deber de obediencia y justifica la resistencia y la rebelión.
Hasta aquí, señores magistrados, he mencionado ejemplos de la Antigüedad, la Edad Media y de los primeros tiempos de la Edad Moderna: escritores de todas las ideas y todas las creencias. Más, como veréis, este derecho está en la raíz misma de nuestra existencia política, gracias a él vosotros podéis vestir hoy esas togas de magistrados cubanos que ojalá fueran para la justicia.
Sabido es que en Inglaterra, en el siglo XVII, fueron destronados dos reyes, Carlos I y Jacobo II, por actos de despotismo. Estos hechos coincidieron con el nacimiento de la filosofía política liberal, esencia ideológica de una nueva clase social que pugnaba entonces por romper las cadenas del feudalismo. Frente a las tiranías de derecho divino esa filosofía opuso el principio del contrato social y el consentimiento de los gobernados, y sirvió de fundamento a la revolución inglesa de 1688, y a las revoluciones americana y francesa de 1775 y 1789. Estos grandes acontecimientos revolucionarios abrieron el proceso de liberación de las colonias españolas en América, cuyo último eslabón fue Cuba. En esta filosofía se alimentó nuestro pensamiento político y constitucional que fue desarrollándose desde la primera Constitución de Guáimaro hasta la del 1940, influida esta última ya por las corrientes socialistas del mundo actual que consagraron en ella el principio de la función social de la propiedad y el derecho inalienable del hombre a una existencia decorosa, cuya plena vigencia han impedido los grandes intereses creados.
El derecho de insurrección contra la tiranía recibió entonces su consagración definitiva y se convirtió en postulado esencial de la libertad política.
Ya en 1649 Juan Milton escribe que el poder político reside en el pueblo, quien puede nombrar y destituir reyes, y tiene el deber de separar a los tiranos.
Juan Locke en su Tratado de gobierno sostiene que cuando se violan los derechos naturales del hombre, el pueblo tiene el derecho y el deber de suprimir o cambiar de gobierno. "El único remedio contra la fuerza sin autoridad está en oponerle la fuerza."
Juan Jacobo Rousseau dice con mucha elocuencia en su Contrato Social: "Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo y lo sacude, hace mejor, recuperando su libertad por el mismo derecho que se la han quitado." "El más fuerte no es nunca suficientemente fuerte para ser siempre el amo, si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber. [...] La fuerza es un poder físico; no veo qué moralidad pueda derivarse de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; todo lo más es un de prudencia. ¿En qué sentido podrá ser esto un deber?" "Renunciar a la libertad es renunciar a la calidad del hombre, a los derechos de la Humanidad, incluso a sus deberes. No hay recompensa posible para aquel que renuncia a todo. Tal renuncia es incomparable con la naturaleza del hombre, y quitar toda la libertad a la voluntad es quitar toda la moralidad a las acciones. En fin, es una convicción vana y contradictoria estipular por una parte con una autoridad absoluta y por otra con una obediencia sin límites..."
Thomas Paine dijo que "un hombre justo es más digno de respeto que un rufián coronado".
Sólo escritores reaccionarios se opusieron a este derecho de los pueblos, como aquel clérigo de Virginia, Jonathan Boucher, quien dijo que "El derecho a la revolución era una doctrina condenable derivada de Lucifer, el padre de las rebeliones".
La Declaración de Independencia del Congreso de Filadelfia el 4 de julio de 1776, consagró este derecho en un hermoso párrafo que dice: "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuentan la vida, la libertad y la consecución de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos justos poderes derivan del consentimiento de los gobernados; que siempre que una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, al pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio garantice mejor su seguridad y felicidad."
La famosa Declaración Francesa de los Derechos del Hombre legó a las generaciones venideras este principio: "Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para éste el más sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes." "Cuando una persona se apodera de la soberanía debe ser condenada a muerte por los hombres libres."
Creo haber justificado suficientemente mi punto de vista: son más razones que las que esgrimió el señor fiscal para pedir que se me condene a veintiséis años de cárcel; todas asisten a los hombres que luchan por la libertad y la felicidad de un pueblo; ninguna a los que lo oprimen, envilecen y saquean despiadadamente; por eso yo he tenido que exponer muchas y él no pudo exponer una sola. ¿Cómo justificar la presencia de Batista en el poder, al que llegó contra la voluntad del pueblo y violando por la traición y por la fuerza las leyes de la Revolución? ¿Cómo llamar revolucionario un gobierno donde se han conjugado los hombres, las ideas y los métodos más retrógrados de la vida pública? ¿Cómo considerar jurídicamente válida la alta traición de un tribunal cuya misión era defender nuestra Constitución? ¿Con qué derecho enviar a la cárcel a ciudadanos que vinieron a dar por el decoro de su patria su sangre y su vida? ¡Eso es monstruoso ante los ojos de la nación y los principios de la verdadera justicia!
Pero hay una razón que nos asiste más poderosa que todas las demás: somos cubanos, y ser cubano implica un deber, no cumplirlo es un crimen y es traición. Vivimos orgullosos de la historia de nuestra patria; la aprendimos en la escuela y hemos crecido oyendo hablar de libertad, de justicia y de derechos. Se nos enseñó a venerar desde temprano el ejemplo glorioso de nuestros héroes y de nuestros mártires. Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez y Martí fueron los primeros nombres que se grabaron en nuestro cerebro; se nos enseñó que el Titán había dicho que la libertad no se mendiga, sino que se conquista con el filo del machete; se nos enseñó que para la educación de los ciudadanos en la patria libre, escribió el Apóstol en su libro La Edad de Oro: "Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. [...] En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Ésos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana..." Se nos enseñó que el 10 de octubre y el 24 de febrero son efemérides gloriosas y de regocijo patrio porque marcan los días en que los cubanos se rebelaron contra el yugo de la infame tiranía; se nos enseñó a querer y defender la hermosa bandera de la estrella solitaria y a cantar todas las tardes un himno cuyos versos dicen que vivir en cadenas vivir en afrenta y oprobio sumidos, y que morir por la patria es vivir. Todo eso aprendimos y no lo olvidaremos aunque hoy en nuestra patria se esté asesinando y encarcelando a los hombres por practicar las ideas que les enseñaron desde la cuna. Nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres, y primero se hundirá la Isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie.
Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo su fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!
Termino mi defensa, no lo haré como hacen siempre todos los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es inconcebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón.
A los señores magistrados, mi sincera gratitud por haberme permitido expresarme libremente, sin mezquinas coacciones; no os guardo rencor, reconozco que en ciertos aspectos habéis sido humanos y sé que el presidente de este tribunal, hombre de limpia vida, no puede disimular su repugnancia por el estado de cosas reinantes que lo obliga a dictar un fallo injusto. Queda todavía a la Audiencia un problema más grave; ahí están las causas iniciadas por los setenta asesinatos, es decir, la mayor masacre que hemos conocido; los culpables siguen libres con un arma en la mano que es amenaza perenne para la vida de los ciudadanos; si no cae sobre ellos todo el peso de la ley, por cobardía o porque se lo impidan, y no renuncien en pleno todos los magistrados, me apiado de vuestras honras y compadezco la mancha sin precedentes que caerá sobre el Poder Judicial.
En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, La historia me absolverá.

Pronunciado por l'abogado Fidel Alejandro Castro Ruz en el juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953


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Signori Giudici,
mai un avvocato ha dovuto esercitare il suo ufficio in tal difficili condizioni; mai contro un accusato sono state commesse un tal cumulo di irregolarità schiaccianti. L'uno e l'altro sono in questo caso la stessa persona. Come avvocato, non ho potuto vedere il verbale nè lo vedrò e, come accusato, da settantasei giorni sono chiuso in una cella solitaria, totalmente e assolutamente isolato, oltre tutte le prescrizioni umane e legali.
Chi sta parlando aborrisce con tutta la sua anima la vanità puerile e non sono parte del suo animo, né del suo temperamento, qualsiasi posa da tribuno né sensazionalismi di nessun tipo. Se ho dovuto assumere la mia propria difesa davanti a questo tribunale è per due motivi. Il primo, perché praticamente mi si privò di essa completamente; il secondo, perché solo chi era stato ferito tanto profondamente e aveva visto tanto indifesa la patria e avvilita la giustizia, può parlare in un'occasione come questa con parole che siano sangue del cuore e organi vitali della verità.
Non mancarono compagni generosi che volessero difendermi, e il Collegio degli Avvocati di L'Avana designò, affinché mi rappresentasse in questa causa, un competente e valoroso avvocato: il dottore Jorge Pagliery, decano del Collegio di questa città. Non gli lasciarono, tuttavia, svolgere la sua missione: le porte della prigione erano chiuse per lui tutte le volte che tentava di vedermi; solo dopo un mese e mezzo, poiché intervenne l'udienza, gli furono concessi dieci minuti per conferire con me in presenza di un sergente del Servizio di Intelligence Militare. Si suppone che un avvocato debba conversare privatamente con il suo difeso, salvo che si tratti di un prigioniero di guerra cubano nelle mani di un implacabile dispotismo che non riconosca regole legali né umane. Né il dottore Pagliery né io fummo disposti a tollerare questa sporca fiscalizzazione delle nostre difese per il dibattimento orale.
Volevano per caso sapere in anticipo con che mezzi finivano per essere ridotte a polvere le fantasiose bugie che avevano elaborato intorno ai fatti del Quartiere Moncada e venir fuori a rilucere le terribili verità che desideravano occultare ad ogni costo? Fu allora che si decise che, facendo uso della mia condizione di avvocato, assumessi io stesso la mia propria difesa.
Questa decisione, sentita e trasmessa per il sergente del SIM, provocò inusitate paure; come se qualche elfo burlone si compiacesse dicendo loro che per colpa mia i loro piani sarebbero andati a finire molto male; e voi sapete in eccesso, Signori Giudici, quante pressioni si sono esercitate affinché mi si spogliasse anche di questo diritto consacrato a Cuba da lunga tradizione. Il tribunale non potè acconsentire a tali pretese, perché era il colmo lasciare un accusato senza alcuna difesa. Questo accusato, che sta esercitando ora questo diritto, per nessuna ragione al mondo ometterà di dire quel che deve dire. E ritengo che si debba spiegare, innanzitutto, a che cosa si dovette il feroce isolamento a cui fui sottoposto; qual è il proposito nel volermi ridurre al silenzio; perché si tramarono piani; perché fatti gravi si sono voluti occultare al paese; qual è il segreto di tutte le cose strane che sono successe in questo processo. Ed è quello che mi sono ripromesso fare con intera chiarezza.
Voi che avete qualificato pubblicamente questo giudizio come il più trascendentale della storia repubblicana, e così l'avete inteso sinceramente, non doveste permettere che ve lo macchino con un fardello di beffe alla vostra autorità. La prima udienza del processo ci fu il 21 di settembre. Tra un centinaio di mitragliatrici e baionette che invadevano scandalosamente l'aula di giustizia, più di cento persone si sedettero sul banco degli accusati. In gran maggioranza erano estranei ai fatti e mantenuta in carcerazione preventiva ormai da molti giorni, dopo avere sofferto ogni tipo di vessazioni e maltrattamenti nelle celle dei corpi repressivi; ma il resto degli accusati, che era il minor numero, erano gagliardamente fermi, disposti a confermare con orgoglio la propria partecipazione nella battaglia per la libertà, dare un esempio di abnegazione senza precedenti e liberare dagli artigli della prigione quel gruppo di persone che con tanta mala fede erano state ricomprese nel processo. Quelli che avevano combattuto una volta tornavano a fronteggiarsi. E un'altra volta la causa giusta era dalla nostra parte; andava a levarsi contro l'infamia il combattimento terribile della verità. E certamente il regime non si aspettava la catastrofe morale che si avvicinava!
Come mantenere tutte le loro false accuse? Come ostacolare che si sapesse quello che era accaduto in realtà, quello che a un tale numero di giovani era successo, quando un gran numero di giovani erano disposti a correre tutti i rischi: prigione, tortura e morte, per essere precisi, pur di denunciarlo davanti al tribunale?
In quella prima udienza fui chiamato a deporre e fui sottoposto ad interrogatorio per due ore, rispondendo alle domande del signore Pubblico Ministero e dei venti avvocati della difesa. Si potè provare con cifre esatte e dati irrefutabili le quantità di denaro scambiato, le modalità in cui lo si era ottenuto e le armi che s'era riusciti a mettere assieme. Non c'era nulla da occultare, perché in realtà tutto era stato conseguito con sacrifici senza precedenti nelle nostre contese repubblicane. Parlai dei propositi che c'ispiravano alla lotta e del comportamento umano e generoso che mantenemmo coi nostri avversari in ogni momento. Se potei completare il mio compito dimostrando la non partecipazione, né diretta né indiretta, di tutti gli accusati falsamente coinvolti nel processo, lo devo alla totale adesione e all'appoggio dei miei eroici compagni, perché dissi che essi non si sarebbero vergognati né pentiti della propria condizione di rivoluzionari e di patrioti per il fatto di doverne soffrire le conseguenze. Non mi fu permesso mai di parlare con essi in prigione e, tuttavia, pensavamo di fare esattamente la stessa cosa. È che, quando gli uomini portano nella mente uno stesso ideale, niente può isolarli, né le pareti di una prigione, né la terra dei cimiteri, perché uno stesso ricordo, una stessa anima, una stessa idea, una stessa coscienza e dignità li incoraggia tutti.
Da quel momento cominciò a sgretolarsi come un castello di carte l'edificio di bugie infami che aveva alzato il governo intorno ai fatti, derivando da ciò che il signore Pubblico Ministero comprese quanto assurdo fosse mantenere in prigione degli intellettuali, sollecitando immediatamente per essi la libertà provvisoria.
Finite le mie dichiarazioni in quella prima sessione, io avevo sollecitato il permesso della corte per abbandonare il banco degli accusati ed occupare un posto tra gli avvocati difensori, cosa che, in effetti, mi fu concessa. Cominciava allora per me la missione che consideravo più importante in questo giudizio: distruggere totalmente le vigliacche calunnie che si lanciarono contro i nostri combattenti, e mettere in evidenza irrefutabile i crimini spaventosi e ripugnanti che si erano commessi sui prigionieri, mostrando davanti alla faccia della nazione e del mondo l'infinita disgrazia di questo paese che sta soffrendo l'oppressione più crudele ed inumana di tutta la sua storia.
La seconda udienza fu martedì 22 settembre. Avevano deposto appena dieci persone ed ero già riuscito a mettere in chiaro gli assassinii commessi nella zona di Olivo, stabilendo specificamente e facendola porre a verbale, la responsabilità diretta del comandante in capo di quella postazione militare. Mancavano tuttavia le dichiarazioni di ancora trecento persone. Che cosa sarebbe successo quando, con quella quantità opprimente di dati e prove raccolti, si fosse proceduto ad interrogare, davanti al tribunale, i propri militari responsabili di quei fatti? Poteva permettere il governo che io realizzassi una tal cosa in presenza del pubblico numeroso che assisteva alle udienze, i reporters della stampa, esponenti della cultura di tutta l'Isola ed i leaders dei partiti di opposizione, alcuni dei quali stupidamente avevano posto a sedere nel banco degli accusati affinché ora potessero ascoltare più da vicino tutto quanto lì si ventilasse? Avrebbero fatto prima a far saltare in aria l'Udienza, con tutti i suoi magistrati, piuttosto che permetterlo!
Pensarono di sottrarmi al giudizio e procedettero manu militari. Venerdì 25 settembre a sera, vigilia della terza udienza, si presentarono nella mia cella due medici in sessione, si presentarono nella mia cella due medici della prigione; erano visibilmente addolorati: Veniamo a farti un "accertamento" "E chi si preoccupa tanto per la mia salute?" chiesi loro. Per la verità, da quando li avevo visti, avevo compreso il proposito. Essi non poterono più fare i galantuomini e mi spiegarono la verità: quella sera stessa era stato nella prigione il colonnello Chaviano e aveva detto loro che io "stavo facendo nel giudizio un danno terribile al governo", che dovevano firmare un certificato da dove risultasse che ero malato e non potevo, pertanto, continuare ad assistere alle udienze. I medici mi dichiararono inoltre che essi, per parte loro, erano disposti a rinunciare ai propri incarichi ed esporsi alle persecuzioni, e che rimettevano la questione nelle mie mani affinché io decidessi.
Per me era duro chiedere a quegli uomini che si immolassero senza considerazioni, ma neanche potevo consentire, per nessuna ragione, che si portassero a compimento tali propositi. Per lasciare la cosa alle loro proprie coscienze, mi limitai a rispondere: "Lor signori sapranno qual è il vostro dovere; io so bene qual è il mio." Essi, dopo che si ritirarono, firmarono il certificato; so che lo fecero perché credevano in buona fede che fosse l'unico modo di salvarmi alla vita che vedevano in sommo pericolo. Non mi impegnai a stare in silenzio su questo dialogo; sono solo compromesso con la verità, e se dirla in questo caso potesse ledere l'interesse materiale di quei buoni professionisti, lascio scevro d'ogni dubbio il loro onore, che vale molto più. Quella stessa notte, redassi una lettera per questo tribunale, denunciando il piano che si tramava, sollecitando la visita di due medici forensi affinché certificassero il mio perfetto stato di salute e informandoli che se, per salvare la mia vita, dovevano ricorrere a simile stratagemma, preferivo perderla mille volte. Per fare capire che ero risoluto a lottare, solo, contro tanta bassezza, aggiunsi a mio scritto quel pensiero del Maestro: "Un principio giusto dal fondo di una grotta può più che un esercito." Quella fu la lettera che, come sa il tribunale, presentò la dottoressa Melba Hernández, nella terza udienza del giudizio dibattimentale il 26 di settembre. Potei fargliela arrivare, nonostante l'implacabile vigilanza che mi gravava addosso. A motivo di detta lettera, ovviamente, si adottarono immediate rappresaglie: isolarono la dottoressa Hernández, ed a me, siccome già ci stavo, mi confinarono nel più appartato posto della prigione. Da allora, tutti gli accusati venivano controllati minuziosamente, dalla testa ai piedi, prima di uscire per il giudizio.
I medici forensi vennero il giorno 27 e certificarono che, in effetti, stavo perfettamente bene di salute. Tuttavia, a dispetto dei reiterati ordini del tribunale, non mi fu consentito tornare a nessuna udienza del processo. Aggiungasi a questo che tutti i giorni erano distribuiti, da persone sconosciute, cento libelli apocrifi dove si parlava di liberarmi della prigione, alibi stupido per eliminarmi fisicamente col pretesto di un'evasione. Falliti questi propositi, per la denuncia opportuna di amici e persone avvedute, e scoperta la falsità del certificato medico, non rimase loro altra risorsa, per ostacolare la mia presenza al processo, che l'insolenza aperta e sfacciata...
Caso insolito quello che si stava verificando, Signori Giudici: un regime che aveva paura di presentare un accusato davanti ai tribunali; un regime di terrore e di sangue che si spaventava davanti alla convinzione morale di un uomo indifeso, disarmato, isolato e calunniato. Così, dopo avermi privato di tutto, mi privavano infine del processo nel quale ero il principale accusato. Si tenga conto che questo lo si faceva mantenendo in piena vigenza la sospensione delle garanzie e applicando con ogni rigore la Legge per l'Ordine Pubblico e la censura di radio e stampa. Che crimini tanto orrendi avrà commesso questo regime che tanto temeva la voce di un accusato!
Devo mettere inoltre l'accento sull'atteggiamento insolente ed irrispettoso che hanno mantenuto in ogni momento i capi militari nei vostri confronti. Quante volte questo tribunale ordinò che cessasse l'inumano isolamento che pesava su me, quante volte ordinò che si rispettassero i miei diritti più elementari, quante volte chiese che fossi presente al giudizio, non fu mai ubbidito; uno per uno, si disobbedirono tutti i vostri ordini. Peggio ancora: alla stessa presenza della corte, nella prima e seconda sessione, mi fu messo al lato una guardia perentoria affinché mi impedisse in assoluto di parlare con nessuno, neppure nei momenti di sospensione, facendo capire che, non solo nella prigione, bensì perfino nella stessa Udienza ed alla vostra presenza, non facevano il minimo caso delle vostre disposizioni. Pensavo di esporre questo problema nell'udienza successiva come questione di elementare onore per il tribunale, ma... non non ritornai mai più. E se in cambio di tanto disprezzo ci portano qui affinché voi ci mandiate in prigione, in nome di una legalità che unicamente essi ed esclusivamente essi stanno violando dal 10 di marzo, è piuttosto triste la condanna che vi vogliono imporre. Non si è realizzata certamente in questo caso, né una sola volta, la massima latina: cedant arma togae. Prego abbiate molto in conto questa circostanza.
Di più, tutte le misure risultarono completamente inutili, perché i miei valorosi compagni, con civismo senza precedenti, compirono perfettamente il proprio dovere.
"Sì, venimmo a combattere per la libertà di Cuba e non ci pentiamo d'averlo fatto", dicevano uno alla volta quando erano chiamati a deporre, ed immediatamente, con impressionante virilità, rivolgendosi alla corte, denunciavano i crimini orribili che si erano commessi sui corpi dei nostri fratelli. Benché assente, potei seguire il processo dalla mia cella in tutti i suoi dettagli, grazie alla popolazione penale della prigione di Boniato che, a dispetto di tutte le minacce di severe punizioni, si avvalse di ingegnosi mezzi per mettere nelle mie mani ritagli di giornali ed informazioni di ogni tipo. Vendicarono così gli abusi e l'immoralità del direttore Taboada e del tenente supervisore Rosabal che li fanno lavorare dall'alba al tramonto, costruendo palazzine private, e in aggiunta li ammazzano di fame malversando i fondi di sussistenza.
Man mano che il giudizio andò avanti, i ruoli si invertirono: quelli che andavano ad accusare uscirono accusati, e gli accusati si convertirono in accusatori. Non si giudicò lì il rivoluzionario, si giudicò per sempre un signore che si chiama Batista... Monstrum horrendum!... Non importa che coraggiosi e degni giovani siano stati condannati, se domani il popolo condannerà il dittatore ed i suoi crudeli sbirri. Furono mandati a Isla de Pinos nei cui dintorni dimora ancora lo spettro di Castells e non si è spento ancora il grido dei tanti e tanti assassinati; lì hanno purgato, in amara cattività, il loro amore per la libertà, rapiti dalla società, strappati dalle loro case ed esiliati dalla patria. Non credete, come dissi, che è ingrato e difficile a questo avvocato in tali circostanze compiere la sua missione?
Come risultato di tante macchinazioni torbide ed illegali, per volontà di quelli che comandano e debolezza di quelli che giudicano, eccomi qui in una stanzetta dell'Ospedale Civile dove sono stato portato per essere giudicato in segreto, in modo che non mi sia dato ascolto, che la mia voce si spenga e nessuno venga a sapere le cose che dico. Per che motivo non si vuole quell'imponente Palazzo di Giustizia, dove i signori magistrati si troveranno, senza dubbio, molto più comodi? Non è conveniente, vi faccio notare, che si impartisca giustizia dalla stanza di un ospedale circondato di sentinelle con baionette innestate, perché la cittadinanza potrebbe pensare che la nostra giustizia è malata... e sta agli arresti.
Vi ricordo che le vostre leggi di procedimento stabiliscono che il giudizio sia "orale e pubblico"; senza dubbio, si è impedito al popolo l'ingresso a questa udienza. Hanno lasciato passare solo due avvocati e sei giornalisti, nei cui periodici la censura certo non permetterà di pubblicare una sola parola. Vedo che ho per unico pubblico, in sala e nei corridoi, circa cento tra soldati e ufficiali. Grazie per la seria e amabile attenzione che mi state prestando! Che appaia di fronte a me tutto l'Esercito! Io so che un giorno arderà dal desiderio di lavare la terribile macchia di vergogna e di sangue che le ambizioni di un gruppo di persone senza anima ha lanciato sopra le uniformi militari... se il popolo non li avrà abbattuti molto prima!
Per ultimo devo dire che non si lasciò passare nella mia cella in prigione nessun trattato di Diritto Penale. Posso solo disporre di questo minuscolo codice che mi ha appena prestato un avvocato, il valente difensore dei miei compagni: il Dott. Baudilio Castellanos. Allo stesso modo si proibì che giungessero nelle mie mani i libri di Martì: sembra che la censura del carcere li considerò troppo sovversivi. O sarà forse perché io dissi che Martì era l'autore intellettuale del 26 luglio? Si è impedito, inoltre, portassi a questo giudizio qualsiasi opera di consultazione su qualunque altra materia. Ad ogni modo non importa! Porto nel cuore le dottrine del Maestro [Martì, ndr] e nel pensiero le nobili idee di tutti gli uomini che hanno difeso la libertà di tutti i popoli.
Solo una cosa chiedo alla corte; spero che me la conceda, in compensazione di tanto eccesso e arbitrarietà che ha dovuto soffrire questo accusato senza protezione alcuna delle leggi: che si rispetti il mio diritto ad esprimermi in piena libertà. Senza di ciò non potrete soddisfare neanche la mera apparenza di giustizia e l'ultimo anello della catena sarebbe, più che nessun altro, di ignominia e codardia.
Confesso che qualcosa mi ha sorpreso. Pensavo che il Pubblico Ministero sarebbe venuto con una accusa terribile, disposto a giustificare sino alla sazietà le pretese e i motivi per i quali, in nome del diritto e della giustizia - e di quale diritto e di quale giustizia? -, mi si deve condannare a ventisei anni di prigione. Però no. Si è limitato esclusivamente a leggere l'articolo 148 del Codice di Difesa Sociale, in nome del quale, e con in più le circostanze aggravanti, si sollecita per me la rispettabile quantità di ventisei anni di carcere. Due minuti mi sembrano molto poco tempo per chiedere e giustificare che un uomo passi al chiuso più di un quarto di secolo. E' forse per caso il Pubblico Ministero disgustato del Tribunale? Perché, mi viene da osservare, la sua laconicità in questo caso si trova a dar di naso a quella solennità con la quale i signori magistrati dichiararono, non poco orgogliosi, che questo era un processo di somma importanza, ed io ho visto invece i signori pubblici accusatori parlare dieci volte di più in un semplice caso di droghe pesanti per sollecitare che un cittadino sia condannato a sei mesi di prigione. Il signor Pubblico Ministero non ha pronunciato una sola parola per sostenere la sua richiesta. Comprendo che è difficile, per un Pubblico Ministero che ha giurato fedeltà alla Costituzione della Repubblica, venire qui in nome di un governo incostituzionale, statuario, di nessuna legalità e di minor moralità, a chiedere che un giovane cubano, avvocato come lui, chissà ... altrettanto decente come lui, sia condannato a ventisei anni di carcere. Però il Pubblico Ministero è un uomo di talento e io ho visto persone, con meno talento di lui, scrivere lunghe arringhe in difesa di questa situazione. Come credere, dunque, che non abbia ragioni per difenderlo, benché solo per quindici minuti, per tanta ripugnanza che questo ispiri a qualunque persona decente? È indubbio che al fondo di tutto questo c'è una grande congiura.
Signori Giudici: perché tanto interesse a che io taccia? Perché, inoltre, si sospende ogni genere di ragionamenti per non presentare nessun bersaglio contro cui io possa dirigere l'attacco dei miei argomenti? E' perchè manca completamente la base giuridica, morale e politica per focalizzare seriamente la questione? E' perchè si teme tanto la verità? E' perchè si desidera che anche io parli per due minuti e che non tocchi qui i punti che non consentono a certe persone di dormire dal 26 luglio? Limitandosi la richiesta del Pubblico Ministero alla semplice lettura di cinque righe di un articolo del Codice di Difesa Sociale, si potrebbe pensare che io circoscriva il mio intervento difensivo alla stessa questione e giri e rigiri attorno ad essa, come un schiavo intorno ad una pietra da mulino. Non accetterò mai questo bavaglio, perchè in questo giudizio si sta dibattendo qualcosa di più della semplice libertà di un individuo: si discute di questioni fondamentali di principio, si dibatte delle basi stesse della nostra esistenza come nazione civilizzata e democratica. Quando avrò concluso, non voglio dover rimproverare a me stesso di aver trascurato il principio, vale a dire la verità, pur di difendere, né lasciato un crimine senza denuncia.
Il famoso codicillo del signor Pubblico Ministero non merita neppure un minuto di replica. Mi limiterò, per il momento, a sollevare contro di lui una breve scaramuccia giuridica, perché voglio tenere sgombro da minuzie il campo per quando arrivi l'ora di sfidare a duello tutta la menzogna, falsità, ipocrisia, conformismo e vigliaccheria morale senza limiti su cui si basa quella grossolana commedia che, dal 10 di marzo e anche prima del 10 di marzo, a Cuba viene chiamata Giustizia.
E' un principio elementare del Diritto Penale che il fatto imputato debba accordarsi esattamente al tipo di delitto prescritto dalla legge. Se non c'è legge esattamente applicabile al punto controverso, non c'è delitto.
L'articolo in questione dice testualmente: "Si imporrà una sanzione consiste nella privazione della libertà da tre a dieci anni all'autore di un atto diretto a promuovere una sollevazione di gente armata contro i Poteri Costituzionali dello Stato. La sanzione sarà la reclusione da cinque a dieci anni se si porta ad effetto l'insurrezione" In che paese sta vivendo il Pubblico Ministero? Chi le ha detto che noi abbiamo promosso un sollevazione contro i Poteri Costituzionali dello Stato? Due cose saltano agli occhi. In primo luogo, la dittatura che opprime la nazione non è un potere costituzionale, ma semmai incostituzionale; nacque contro la Costituzione, oltre la Costituzione, violando la Costituzione legittima della Repubblica. La Costituzione legittima è quella che emana direttamente dal popolo sovrano. Questo punto lo dimostrerò pienamente più avanti, a fronte di tutte le corbellerie che hanno inventato i codardi e traditori per giustificare l'ingiustificabile. In secondo luogo, l'articolo parla di Poteri Costituzionali, vale a dire al plurale, non al singolare, perché considera il caso di una Repubblica che sia retta da un Potere Legislativo, un Potere esecutivo ed un Potere Giudiziario che si equilibrano e si contrappesano l'uno con l'altro. Noi abbiamo promosso una ribellione contro un potere unico, illegittimo, che ha usurpato e riunito in uno solo i Poteri Legislativo, Esecutivo e Giudiziario della Nazione, distruggendo tutto il sistema che precisamente cercava di proteggere l'articolo del codice che stiamo analizzando. In quanto all'indipendenza del Potere Giudiziario dopo il 10 di marzo, non ne parlo nemmeno, perché non sono in vena di scherzi... Per quanto si stenda, si accorci o si ricucia, neppure una sola virgola dell'articolo 148 è applicabile ai fatti del 26 di Julio. Lasciamo quindi la cosa lì, tranquilla, aspettando l'opportunità in cui possa applicarsi a quelli che, essi sì, promossero la sollevazione contro i Poteri Costituzionali dello Stato. Più tardi tornerò sul Codice per rinfrescare la memoria al signor
Pubblico Ministero su certe circostanze che deplorevolmente sono state dimenticate.
Vi avverto che vo a iniziare. Se nelle vostre anime resta ancora un pezzetto di amore per la patria, di amore per l'umanità, di amore per la giustizia, ascoltatemi con attenzione. So che mi si obbligherà al silenzio per molti anni; so che cercheranno di occultare la verità con tutti i mezzi possibili; so che contro di me si alzerà la congiura dell'oblio. Però non per questo la mia voce si risparmierà: trova energie nel mio petto quanto più sento e voglio dargli nel mio cuore tutto il calore che gli negano le anime vigliacche.
Ascoltai il dittatore lunedì 27 luglio, da una capanna delle montagne, quando ancora rimanevamo diciotto uomini in armi. Non sapranno di amarezze ed indignazioni nella vita quelli che non abbiano passato simili momenti. Al pari che rovinavano a terra le speranze, per tanto tempo accarezzate, di liberare il nostro popolo, vedevamo il despota ergersi su lui, più vile e superbo che mai. L'accumulo di menzogne e calunnie che pronunciò nel suo linguaggio turpe, odioso e ripugnante, si può comparare solo con l'enorme quantità di sangue giovane e limpido che dalla notte prima stava spargendo, con sua conoscenza, consenso, complicità e plauso, la turba più crudele di assassini che possa mai concepirsi. Aver creduto per un assolo minuto quello che disse è sufficiente mancanza affinché un uomo di coscienza viva pentito ed imbarazzato tutta la vita. Non si aveva neanche, in quei momenti, la speranza di marchiare sulla fronte miserabile la verità che lo stigmatizzi per il resto dei suoi giorni ed il resto dei tempi, perché su noi si chiudeva già un cerchio di più di mille uomini, con armi di maggiore portata e potenza, la cui consegna ultima era ritornare coi nostri cadaveri. Oggi che già la verità incomincia a conoscersi e che termino con queste parole che sto pronunciando la missione che mi imposi, compiuta alla perfezione, posso morire tranquillo e felice, per cui non limiterò sferzate di nessun tipo sugli infuriati assassini.
E' necessario che mi occupi un po' di considerare i fatti. Si disse, da parte del governo stesso, che l'attacco fu realizzato con tanta precisione e perfezione che evidenziava la presenza di esperti militari nell'elaborazione del piano. Niente di più assurdo. Il piano fu tracciato da un gruppo di giovani, nessuno dei quali aveva esperienza militare; e rivelo i loro nomi, meno due di loro che non sono nè morti nè catturati: Abel Santamaria, José Luis Tasende, Renato Guitart Rosell, Pedro Miret, Jesus Montané e colui che parla. La metà sono morti, e come giusto tributo alla loro memoria posso dire che non erano esperti militari, però avevano patriottismo sufficiente per dare, a parità di condizioni, una sonora lezione a tutti quanti i generali del 10 marzo [allusione ai generali che appoggiarono il colpo di Stato di Fulgencio Batista il 10 marzo del 1952, Ndr] che non sono militari nè patrioti. Più difficile fu organizzare, addestrare e mobilitare uomini ed armi sotto un regime repressivo che spende milioni di pesos in spionaggio, subornazione e delazione, compiti che quei giovani e molti altri realizzarono con serietà, discrezione e costanza davvero incredibili; e più meritorio ancora sarà sempre dare per un ideale tutto quello che si tiene e, inoltre, la vita.
La mobilitazione finale degli uomini che vennero a questa provincia dai più remoti paesi di tutta l'Isola, venne portata a termine con mirabile precisione ed assoluto segreto. È ugualmente certo che l'attacco si realizzò con magnifica coordinazione. Cominciò simultaneamente alle 5:15 a.m., tanto in Bayamo come in Santiago de Cuba, e, uno ad uno, con esattezza di minuti e secondi previsti in anticipo, furono presi gli edifici che circondano l'accampamento. Tuttavia, in onore della stretta verità, ancorché ne risulti diminuito il nostro merito, rivelo per la prima volta anche un altro fatto che fu fatale: la metà del grosso delle nostre forze e quella meglio armata, per un errore deplorevole si perse all'entrata della città e ci mancò nel momento decisivo.
Abel Santamaria con ventuno uomini aveva occupato l'Ospedale Civile; con lui c'erano un medico e due nostre compagne per accudire i feriti. Raul Castro, con dieci uomini, occupò il Palazzo di Giustizia; e a me toccò attaccare l'accampamento con il resto, novantacinque uomini. Arrivai con un primo gruppo di quarantacinque, preceduto da un'avanguardia di otto che forzò la postazione tre. Fu qui precisamente dove incominciò il combattimento, incontrandosi la mia automobile con una pattuglia di perlustrazione esterna armata di mitragliatrici. Il gruppo di riserva, che era in possesso di quasi tutte le armi lunghe, dato che le corte andavano all'avanguardia, prese per una via sbagliata e si perse completamente in una città che non conoscevano. Devo chiarire che non albergo il minimo dubbio sul valore di quei uomini che a vedersi deviati soffrirono grande angoscia e disperazione. A causa del tipo di azione che si stava sviluppando e dell'identico colore delle uniformi di entrambe le parti combattenti, non era facile ristabilire il contatto. Molti di essi, fermati più tardi, ricevettero la morte con vero eroismo.
Tutti avevano istruzioni molto precise di essere, innanzitutto, umani nella lotta. Un gruppo di uomini armati non fu mai più generoso con l'avversario. Si fecero sin dai primi momenti numerosi prigionieri, circa venti, e ci fu un momento, all'inizio, in cui tre nostri uomini, di quelli che avevano preso la postazione, Ramiro Valdez, Jose Suarez e Jesus Montané, riuscirono ad entrare in una baracca e a detenere lì per un certo tempo circa cinquanta soldati. Questi prigionieri testimoniarono davanti al Tribunale, e tutti senza eccezione hanno riconosciuto che furono trattati con assoluto rispetto, senza dover soffrire neanche una parola di insulto. Su questo aspetto ho sì qualcosa di cui ringraziare, di cuore, il signor Pubblico Ministero: che nel giudizio dove si giudicarono i miei compagni, facendo la sua requisitoria, fu giusto nel riconoscere come un fatto indubbio l'alto spirito di cavalleria che mantenemmo nella lotta.
La disciplina da parte dell'Esercito fu abbastanza scarsa. Vinsero alla fine per il numero, che dava loro una superiorità di 15 ad uno, e per la protezione che loro forniva la difesa della fortezza. I nostri uomini tiravano molto meglio e loro stessi lo riconobbero. Il valore umano fu altrettanto alto da una parte e dall'altra.
Considerando le cause del fallimento tattico, a parte il deplorevole errore menzionato, stimo che fu un nostra mancanza dividere l'unità dei comandi che avevamo pianificato accuratamente. Dei nostri migliori uomini e più audaci capi, ce n'erano ventisette in Bayamo, ventuno nell'Ospedale Civile e dieci nel Palazzo di Giustizia; se si fosse fatta una dislocazione diversa, il risultato avrebbe potuto essere ben altro. Lo scontro a fuoco con la pattuglia, completamente casuale, perché venti secondi prima o venti secondi dopo non sarebbe stato in quel punto, diede tempo a che si mobilitasse l'accampamento che sarebbe caduto altrimenti nelle nostre mani senza sparare un colpo, perché già la postazione avanzata era in nostro potere. D'altra parte, salvo i fucili calibro 22 che erano ben provvisti, la dotazione del nostro lato era scarsa. Se avessimo avuto noialtri delle bombe a mano, non avrebbero potuto resistere quindici minuti.
Quando mi convinsi che tutti i nostri sforzi per prendere la fortezza erano ormai vani, cominciai a ritirare i nostri uomini a gruppi di otto e dieci. La ritirata fu protetta da sei cecchini che al comando di Pedro Miret e di Fidel Labrador, bloccarono eroicamente il passo all'Esercito. Le nostre perdite nella lotta erano state insignificanti. Il gruppo dell'Ospedale Civile non ebbe più di una vittima; il resto fu vinto dall'appostarsi delle truppe dell'esercito di fronte all'unica uscita dell'edificio, e deposero le armi soltanto quando non rimaneva loro più neanche un proiettile. Con loro stava Abel Santamaria, il più generoso, amato ed intrepido dei nostri giovani, la cui gloriosa resistenza lo rende immortale davanti alla storia di Cuba. Vedremo la sorte che toccò loro e come Batista desiderò sradicare la ribellione e l'eroismo della nostra gioventù.
I nostri piani erano di proseguire la lotta sulle montagne in caso di insuccesso dell'attacco al reggimento. Potei riunire un'altra volta, a Siboney, un terzo delle nostre forze; però molti si erano già persi d'animo. Una ventina decisero di consegnarsi; vedremo poi che cosa fu di loro. Il resto, diciotto uomini, con le armi e l'attrezzatura che rimanevano, mi seguirono sulle montagne. Il terreno era a noi del tutto sconosciuto. Per una settimana occupammo la parte alta della Cordillera de la Gran Piedra e l'Esercito occupò la base. Nè noialtri potevamo scendere, nè loro si decisero a salire. Non furono, dunque, le armi; furono la fame e la sete che vinsero l'ultima resistenza. Dovetti distribuire gli uomini in piccoli gruppi: alcuni riuscirono a filtrare attraverso le linee dell'esercito, altri furono consegnati da monsignor Perez Serantes. Quando restavano con me solo due compagni, Jose Suarez e Oscar Alcalde, tutti e tre totalmente stremati, all'alba di sabato 1° agosto, una forza al comando del tenente Sarria ci sorprese dormendo. Già la mattanza dei prigionieri era cessata in seguito alla tremenda reazione che provocò nella cittadinanza, e questo ufficiale, uomo d'onore, impedì che alcuni sgherri ci uccidessero sul campo con le mani legate.
Non ho bisogno di smentire qui le stupide idiozie che, per macchiare il mio nome, inventarono Ugalde Carrillo e il suo seguito, credendo di occultare la propria vigliaccheria, la propria incapacità ed i propri crimini. I fatti sono fin troppo chiari.
Il mio proposito non è intrattenere il tribunale con narrazioni epiche. Tutto quanto ho detto è necessario per la comprensione più esatta di quello che dirò dopo.
Voglio fare constare due cose importanti affinché si giudichi serenamente il nostro atteggiamento. In primo luogo: avremmo potuto facilitare la presa del reggimento fermando semplicemente tutti gli alti ufficiali nelle loro residenze, possibilità che fu respinta, per la considerazione molto umana di evitare scene di tragedia e di lotta nelle case delle famiglie. Secondo: si convenne di non prendere nessuna stazione radio fino a quando non ci si fosse assicurata la presa dell'accampamento. Questo nostro atteggiamento, poche volte visto per la sua audacia e grandezza, risparmiò alla cittadinanza un fiume di sangue. Avrei potuto occupare, con solo dieci uomini, una stazione radio e incitare il popolo alla rivolta. Della sua disposizione d'animo non era possibile dubitare: avevo l'ultimo discorso di Eduardo Chibás nella CMQ, registrato con le sue proprie parole, poemi patriottici ed inni di guerra capaci di scuotere il più indifferente, e a maggiore ragione quando si sta ascoltando il fragore del combattimento, ma non volli farne uso, nonostante la nostra situazione disperata.
Si è ripetuto con molta enfasi da parte del governo che il popolo non assecondò il movimento. Mai avevo udito un'affermazione tanto ingenua e, al tempo stesso, tanto piena di malafede. Pretendono evidenziare con ciò la sottomissione e codardia del popolo; poco manca che dicano che appoggia la dittatura, e non sanno quanto offendono con ciò i valorosi orientali. Santiago de Cuba credette che fosse uno scontro tra soldati, e non ebbe conoscenza di quello che succedeva se non dopo molte ore. Chi dubita del valore, del civismo e del coraggio senza limiti del ribelle e patriottico popolo di Santiago de Cuba? Se il Moncada fosse caduto nelle nostre mani, perfino le donne di Santiago di Cuba avrebbero impugnato le armi! Molti fucili furono caricati ai combattenti dalle infermiere dell'Ospedale Civile! Anch'esse combatterono. Questo non lo dimenticheremo mai.
Non fu mai nostra intenzione combattere coi soldati del reggimento, bensì impadronirci per sorpresa del controllo e delle armi, appellarci al popolo, unirci quindi ai militari ed invitarli ad abbandonare l'odiosa bandiera della tirannia per abbracciare quella della libertà, difendere i grandi interessi della nazione e non i meschini interessi di un gruppo; volgere le armi e sparare contro i nemici del paese, e non contro il popolo, dove stanno i loro figli ed i loro genitori; lottare vicino ad lui, come fratelli che sono, e non di fronte a lui, come nemici che vogliono che siano; andare uniti dietro l'unico ideale bello e degno da ofrirgli la vita, e che è la grandezza e felicità della patria. A quanti dubitano che molti soldati si sarebbero uniti a noi, io domando: Quale cubano non ama la gloria? Quale anima non si accende in un'alba di libertà?
Il corpo della Marina non combattè contro noi, e si sarebbe unito senza dubbio dopo. Si sa che quel settore delle Forze armate è il meno fedele alla tirannia e che esiste tra i suoi membri un indice molto elevato di coscienza civica. Ma in quanto al resto dell'Esercito nazionale, avrebbe combattuto contro il paese ribellato? Io affermo che no. Il soldato è un uomo in carne ed ossa che pensa, che osserva e che sente. È sensibile all'influenza delle opinioni, credenze, simpatie ed antipatie del paese. Se gli viene domandata la sua opinione dirà che non può dirla; ma questo non significa che non abbia opinione. Lo colpiscono esattamente gli stessi problemi che riguardano gli altri cittadini: sussistenza, affitto, l'educazione dei figli, il futuro di questi, eccetera. Ogni familiare è un punto di contatto inevitabile tra lui ed il popolo, e la situazione presente e futura della società in cui vive. È stupido pensare che, perché un soldato riceva un stipendio dello Stato, abbastanza modico, abbia risolto le preoccupazioni vitali che gli impongono le sue necessità, i suoi doveri e sentimenti come membro di una famiglia e di una collettività sociale.
Si è resa necessaria questa breve spiegazione perché è il fondamento di un fatto a cui molto pochi hanno pensato fino ad oggi: il soldato sente un profondo rispetto per il sentimento della maggioranza della popolazione. Durante il regime di Machado, nella stessa misura in cui cresceva l'antipatia popolare, decresceva visibilmente la fedeltà dell'Esercito, fino all'estremo che un gruppo di donne fu sul punto di sollevare la piazzaforte di Columbia. Ma più chiara prova di questo è un fatto recente: mentre il regime di Grau San Martin manteneva nel paese la sua massima popolarità, proliferarono nell'Esercito, incoraggiate da ex militari senza scrupoli e civili ambiziosi, un'infinità di cospirazioni, e nessuna di esse trovò eco nella massa dei militari.
Il 10 marzo ha segnato il momento in cui era sceso fino al minimo il prestigio del governo civile, circostanza della quale approfittarono Batista e la sua combriccola. Perché non lo fecero dopo il 1º di giugno? Semplicemente perché se avessero aspettato che la maggioranza della nazione esprimesse i suoi sentimenti nelle urne, nessuna cospirazione avrebbe trovata eco nella truppa.
Si può fare, pertanto, una seconda affermazione: l'Esercito non si è ribellato mai contro un regime di maggioranza popolare. Queste verità sono storiche, e se Batista si impegna a rimanere ad ogni costo al potere contro la volontà assolutamente maggioritaria di Cuba, la sua fine sarà più tragica di quello di Gerardo Machado.
Posso esprimere il mio concetto su quel che riguarda le Forze armate, perché parlavo di esse e le difendevo quando tutti tacevano, e non lo feci per cospirare né per interesse di nessun genere, perché stavamo in piena normalità costituzionale, bensì per meri sentimenti di umanità e dovere civico. Era in quel tempo il giornale Alerta uno dei più colti per la posizione che ricopriva allora nella politica nazionale, e dalle sue pagine realizzai una memorabile campagna contro il sistema di lavori forzati cui erano soggetti i soldati nelle proprietà private delle alte personalità civili e militari, raccogliendo dati, fotografie, filmati e prove di tutti i tipi con le quali mi presentai anche davanti ai tribunali denunciando il fatto il giorno 3 di marzo 1952. Molte volte dissi in quei scritti che era di elementare giustizia aumentare lo stipendio agli uomini che prestavano il proprio servizio nelle Forze armate. Voglio sapere di uno solo che abbia alzato la sua voce in quell'occasione per protestare contro tale ingiustizia. Non fu certo Batista e compagnia, che viveva molto bene protetto nella sua proprietà di villeggiatura con ogni tipo di garanzie, mentre io correvo mille rischi senza guardia del corpo né armi.
Come lo difesi allora, ora, quando tutti tacciono un'altra volta gli dico che si lasciò ingannare miseramente, ed alla macchia, l'inganno e la vergogna del 10 di marzo, ha aggiunto la macchia e la vergogna, mille volte più grande, dei crimini spaventosi ed ingiustificabili di Santiago de Cuba. Da quel momento l'uniforme dell'Esercito è orribilmente macchiata di sangue, e se in quell'occasione dissi davanti al paese e denunciai davanti ai tribunali che aveva militari che lavoravano come schiavi nelle proprietà private, oggi amaramente dico che ci sono militari macchiati fino ai capelli col sangue di molti giovani cubani torturati ed assassinati. E dico anche che se è per servire la Repubblica, difendere la nazione, rispettare il popolo e proteggere il cittadino, è giusto che un soldato guadagni per lo meno cento pesos; ma se i pesos sono per ammazzare ed assassinare, per opprimere il popolo, tradire la nazione e difendere gli interessi di un gruppo, non merita che la Repubblica spenda neppure un centesimo nell'esercito, e l'accampamento di Columbia deve trasformarsi in una scuola e sistemare lì, invece di soldati, diecimila bambini orfani.
Siccome voglio essere prima di tutto giusto, non posso considerare tutti i militari solidali con quei crimini, quelle macchie e quelle vergogne che sono opera di alcuni traditori e malvagi, ma ogni militare d'onore e dignità che ami la sua carriera e voglia la sua costituzione, ha il dovere di esigere e lottare affinché quelle macchie siano lavate, quegli inganni siano vendicati e quelle colpe siano punite se non vogliono che essere militare sia per sempre un'infamia invece di un orgoglio. Indubbiamente il 10 marzo non trovò maggior rimedio che tirare fuori i soldati dalle proprietà private, ma solo per metterli a lavorare come reporter, autisti, domestici e guardie del corpo di tutta la fauna di politici che integrano il partito della dittatura. Qualunque gerarca di quarta o quinta categoria si crede in diritto a che un militare gli manutenti l'automobile e gli guardi le spalle, come se stesse temendo costantemente un meritato calcio nel sedere.
Se esisteva in realtà un proposito revanscista, perché non furono confiscate tutte le proprietà e i milioni a quelli che come Genovevo Pérez Dámera fecero la propria fortuna sfruttando i soldati, facendoli lavorare come schiavi e defraudando i fondi delle Forze armate? Ma no: Genovevo e gli altri avranno i soldati mantenendoli nelle loro proprietà, perché in fondo tutti i generali del 10 di marzo stanno aspirando a fare la stessa cosa e non possono lasciar perdere un simile precedente.
Il 10 marzo fu un inganno miserabile, sì... Batista, dopo essere fallito per la via elettorale, lui e la sua coorte di politici bruti e screditati, approfittandosi del loro scontento, utilizzarono strumentalmente l'Esercito per arrampicarsi al potere sulle spalle dei soldati. Ed io so che ci sono molti uomini disgustati per la delusione: fu aumentato loro lo stipendio e dopo con decurtazioni e ribassi di ogni tipo venne loro nuovamente ridotto; un'infinità di vecchi elementi slegati dalle istituzioni militari ritornarono nelle fila sbarrando il passo a uomini giovani, qualificati e preziosi; militari di merito sono stati trascurati mentre prevale il più scandaloso favoritismo coi parenti e famigliari degli alti capi. Molti militari decenti si stanno domandando in queste ore che necessità avevano le Forze armate di caricarsi con la tremenda responsabilità storica di avere spezzato la nostra Costituzione per portare al potere un gruppo di uomini senza morale, screditati, corrotti, annichiliti per sempre politicamente e che non potevano tornare ad occupare un incarico pubblico se non in punta di baionetta, baionetta che essi non impugnano...
D'altra parte, i militari stanno soffrendo una tirannia peggiore che i civili. Sono vigilati costantemente e nessuno di essi ha la minima sicurezza nei propri incarichi: qualunque sospetto ingiustificato, qualunque pettegolezzo, qualunque intrigo, qualunque confidenza è sufficiente affinché li trasferiscano, li espellano o li imprigionino disonorevolmente. Non proibì loro Tabernilla in una circolare di conversare con qualunque cittadino dell'opposizione, cioè il novantanove percento del paese?... Che mancanza di fiducia!... Nemmeno alle vergini vestali di Roma fu imposta una simile regola! Le casette per i soldati tanto reclamizzate non superano trecento in tutta l'Isola e, tuttavia, con quanto si è speso in carri armati, cannoni ed armi ce ne sarebbe stato per fabbricare una casa ad ogni coscritto; dunque, quello che importa a Batista non è proteggere l'Esercito, ma che l'Esercito protegga lui; aumenta il suo potere di oppressione e di morte, ma questo non è migliorare il benessere degli uomini. Guardie triple, acquartieramento costante, inquietudine perenne, inimicizia della cittadinanza, incertezza del futuro, questo è quanto è stato dato al soldato, o, che è lo stesso: "Muori per il regime, soldato, dagli il tuo sudore ed il tuo sangue, ti dedicheremo un discorso e un elogio postumo (quando ormai non ti importa più) e dopo... continueremo a vivere bene e facendoci ricchi; ammazza, colpisci, opprimi il popolo, che quando il popolo si stanca e tutto questo avrà fine, tu pagherai i nostri crimini e noi andremo a vivere come nababbi all'estero; e se ritorneremo un giorno, non bussare, non bussare tu né i tuoi figli alla porta dei nostri palazzi, perché saremo milionari ed i milionari non conoscono i poveri". Ammazza pure, soldato, opprimi il popolo, contro questo popolo che andava a liberarli, essi compresi, dalla tirannia, la vittoria sarà del popolo. Il signor Pubblico Ministero era molto interessato a conoscere le nostre possibilità di successo. Queste possibilità si basano su ragioni di ordine tecnico-militare e di ordine sociale. Si è voluto instaurare il mito delle armi moderne come certezza della totale impossibilità della lotta aperta e frontale del popolo contro la tirannia. Le sfilate militari, le grandi parate di materiale bellico, hanno per obiettivo il fomentare questo mito e creare nella cittadinanza un complesso di assoluta impotenza. Nessun arma, nessuna forza è capace di vincere un popolo che si decide a lottare per i propri diritti. Gli esempi storici passati e presenti sono incontestabili. E' ben recente il caso della Bolivia, dove i minatori, con cartucce di dinamite, sconfissero e distrussero i reggimenti dell'esercito regolare. Però noi cubani non dobbiamo cercare esempi in altri paesi, perché nessuno è tanto eloquente come quello della nostra patria. Durante la guerra del 1895 c'erano a Cuba circa mezzo milione di soldati spagnoli in armi, quantità infinitamente superiore a quella che poteva opporre la dittatura di fronte ad una popolazione cinque volte maggiore. Le armi dell'esercito spagnolo erano senza paragone più moderne e poderose di quelle dei mambises; era equipaggiato in molti casi con artiglieria di campagna, e la sua fanteria usava fucili a retrocarica simili a quello che usa ancora la fanteria moderna. I cubani non disponevano in generale di altra arma che i machete, perché le loro cartucciere erano quasi sempre vuote. C'è un passaggio indimenticabile della nostra guerra di indipendenza narrato dal generale Mirò Argenter, capo dello Stato maggiore di Antonio Maceo, che ho portato copiato in questo appunto per non abusare della memoria.
"La gente inesperta che comandava Pedro Magro, in maggiore parte provvista solamente di machete, fu decimata gettandosi sopra ai solidi spagnoli, di tale maniera, che non è esagerato affermare che di cinquanta uomini, caddero la metà. Attaccarono gli spagnoli coi pugni, senza pistola, senza machete e senza coltello! Perlustrando le sterpaglie del Río Hondo, si trovarono quindici morti in più dello schieramento cubano, senza che per il momento potesse segnalarsi a che corpo appartenevano. Non presentavano nessun vestigio di avere impugnato arma: il vestiario era completo, e pendente alla vita non avevano altro che un bicchiere di latta; a due passi da lì, il cavallo esanime, con l'equipaggiamento intatto. Si ricostruì il passaggio culminante della tragedia: quegli uomini, seguendo il loro improvvisato capo, il tenente colonnello Pedro Magro, avevano ottenuto la palma dell'eroismo; si gettarono sulle baionette con le sole mani nude: il rumore di metallo che risuonava addosso ad essi, era il colpo che il bicchiere per bere dava contro il pomello della sella. Maceo si sentì commosso, egli tanto abituato a vedere la morte in tutte le forme e aspetti, e mormorò questo encomio: "Io non avevo visto mai una cosa del genere; gente inesperta che attacca inerme gli spagnoli col solo ausilio del bicchiere per bere l'acqua! Ed io gli davo il nome di impedimenti!"..."
Così lottano i popoli quando desiderano conquistare la propria libertà: tirano pietre agli aerei e deviano i carri armati a morsi!
Una volta in nostro potere la città di Santiago de Cuba, avremmo messo immediatamente gli orientali sul piede di guerra. A Bayamo si attaccò precisamente per situare i nostri avamposti vicino al fiume Cauto. Non si dimentichi mai che questa provincia che ha oggi un milione e mezzo di abitanti, è senza dubbio la più combattiva e patriottica di Cuba; ella fu quella che mantenne accesa la lotta per l'indipendenza per trent'anni e gli diede il maggiore tributo di sangue, sacrificio ed eroismo. In Oriente si respira ancora l'aria dell'epopea gloriosa e, all'alba, quando i galli cantano come trombe da caccia radunando i soldati ed il sole si alza radiante sulle ripide montagne, ogni giorno sembra che sia un'altra volta quello di Yara o quello di Baire.
Dissi che la seconda ragione sulla quale si basava la nostra possibilità di riuscita era di ordine sociale. Perché avevamo la sicurezza di contare sul popolo? Quando parliamo di popolo non intendiamo i settori concilianti e conservatori della nazione, quelli per cui va bene qualsiasi regime di oppressione, qualsiasi dittatura, qualsiasi dispotismo, prostrandosi dinanzi al reggente di turno sino a rompersi la fronte contro il pavimento.
Per popolo intendiamo, quando parliamo di lotta, la grande massa irredenta, quella a cui tutti offrono e quella che poi tutti ingannano e tradiscono, quella che anela una patria migliore, più degna, più giusta; quella che è animata da ansie ancestrali di giustizia per aver sofferto l'ingiustizia e lo scherno, generazione dopo generazione; quella che desidera grandi e sagge trasformazioni in tutti gli aspetti ed è disposta a dare, pur di conseguirlo, quando creda in qualcosa o in qualcuno, soprattutto quando creda sufficientemente in sé stessa, fino all'ultima goccia di sangue. La prima condizione della sincerità e della buona fede in un proposito, è fare precisamente quello che nessuno fa, cioè parlare con completa chiarezza e senza paura. I demagoghi ed i politici di professione vogliono operare il miracolo di stare bene in tutto con tutti, ingannando necessariamente tutti in tutto. I rivoluzionari devono proclamare coraggiosamente le loro idee, definire i loro principi ed esprimere le loro intenzioni affinché nessuno si sbagli, né amici né nemici.
Noi chiamiamo popolo, se di lotta si tratta, i seicentomila cubani che stanno senza lavoro desiderosi di guadagnarsi il pane con onore senza dover emigrare dalla propria patria in cerca di sostentamento; i cinquecentomila operai stagionali della campagna che abitano in baracche miserabili, che lavorano quattro mesi e soffrono la fame per il resto dell'anno dividendo con i propri figli la miseria, che non hanno un fazzoletto di terra per seminare e la cui esistenza dovrebbe muovere a più compassione se non ci fossero tanti cuori di pietra; i quattrocentomila operai industriali e braccianti le cui pensioni, tutte, sono decurtate, delle cui conquiste stanno privandoli, le cui abitazioni sono le infernali stanze dei quartieri popolari, i cui salari passano dalle mani del padrone a quelle del garrotero, il cui futuro è la bassezza ed il licenziamento, la cui vita è il lavoro perenne e il cui riposo è la tomba; i centomila piccoli agricoltori che vivono e muoiono lavorando una terra che non è loro, contemplandola sempre tristemente, come Mosè la terra promessa, per poi morire senza mai giungere a possederla, che devono pagare per i fazzoletti di terra come servi feudali una parte dei propri prodotti, che non possono amarla, nè migliorarla, nè abbellirla, o piantare un cedro o un arancio perché non sanno se un giorno verrà un funzionario a dirgli che devono andarsene; i trentamila maestri e professori tanto pieni di abnegazione, di sacrificio e necessari al destino migliore delle future generazioni e che tanto male li si tratta e paga; i ventimila piccoli commercianti appesantiti dai debiti, rovinati dalla crisi e ammazzati dalla piaga di funzionari filibustieri e venali; i diecimila giovani professionisti: medici, ingegneri, avvocati, veterinari, pedagoghi, dentisti, farmacisti, giornalisti, pittori, scultori, ecc., che escono dalle aule con i loro titoli desiderosi di lotta e pieni di speranza per trovarsi poi in un vicolo senza uscita, con tutte le porte chiuse, sorde alle suppliche ed al clamore. Questo è il popolo! Quello che soffre tutte le sue disgrazie ed è pertanto capace di combattere con tutto il coraggio! A questo popolo il cui cammino di angustia è lastricato di inganni e false promesse, non andavamo a dire: "Ti daremo" ma semmai: "Ecco prendi, lotta ora con tutte le tue forze perché siano tue la libertà e la felicità!".
Nel riassumere questa causa si devono render note le cinque leggi rivoluzionarie che sarebbero state proclamate immediatamente dopo avere preso la caserma Moncada e divulgate per radio alla nazione. È possibile che il colonnello Chaviano abbia distrutto con ogni intenzione quei documenti, ma se anche egli li distrusse, io li conservo nella memoria.
La prima legge rivoluzionaria restituiva al popolo la sovranità e proclamava la Costituzione del 1940 come la vera legge suprema dello Stato, intanto che il popolo avesse deciso se modificarla o cambiarla, questo sia agli effetti della sua reintroduzione che per la punizione esemplare di tutti quelli che l'avevano tradita, e non esistendo organi di elezione popolare per portarlo a termine, il movimento rivoluzionario, come incarnazione momentanea di quella sovranità unica fonte di potere legislativo, assumeva tutte le facoltà che gli sono inerenti, eccetto quella di legiferare, facoltà di eseguire e facoltà di giudicare.
Questo atteggiamento non poteva essere più trasparente e spoglio di sciocchezze e ciarlatanerie sterili: un governo acclamato dalla massa di combattenti avrebbe ricevuto tutte le attribuzioni necessarie per procedere all'introduzione effettiva della volontà popolare e della vera giustizia. A partire da quell'istante il Potere Giudiziario, che si è posto dal 10 di marzo di fronte alla Costituzione e fuori della Costituzione, avrebbe cessato come tale di essere un Potere e si sarebbe proceduto alla sua immediata e totale epurazione, prima di assumere nuovamente le facoltà che gli concede la Legge Suprema della Repubblica. Senza queste misure previe, il ritorno alla legalità, affidandone la custodia a mani che claudicarono disonorevolmente, sarebbe una truffa, di più, un inganno ed un tradimento.
La seconda legge rivoluzionaria concedeva la proprietà insequestrabile ed instrasferibile della terra a tutti i coloni, sub-coloni, affittuari, mezzadri e possessori precari che occupassero appezzamenti di cinque o meno caballerías di terra, indennizzando lo Stato i suoi precedenti proprietari sulla base del reddito che avrebbero in media riscosso da detti appezzamenti in un periodo di dieci anni.
La terza legge rivoluzionaria concedeva agli operai ed impiegati il diritto a partecipare al trenta percento degli utili di tutte le grandi imprese industriali, commerciali e minerarie, includendo gli zuccherifici. Si eccettuavano le imprese puramente agricole, in considerazione ad altre leggi di ordine agrario che dovevano introdursi.
La quarta legge rivoluzionaria concedeva a tutti i coloni il diritto a condividere il cinquantacinque percento del rendimento della canna e una quota minima di quarantamila arrobas a tutti i piccoli coloni che si fossero stabiliti da tre o più anni.
La quinta legge rivoluzionaria ordinava la confisca di tutti i beni a tutti i malversatori di tutti i governi ed ai loro aventi causa ed eredi, con riguardo anche a beni percepiti per testamento o abintestato di provenienza illecita, mediante tribunali speciali con piene facoltà di accesso a tutte le fonti di investigazione, facoltà di agire intervenendo a tal fine sulle società costituite nel paese o che comunque operino in esso e dove possano nascondersi i beni malversati, e di sollecitare presso i governi stranieri l'estradizione di persone ed il sequestro di beni. La metà dei beni recuperati sarebbero passati ad incrementare il fondo pensione degli operai e l'altra metà agli ospedali, asili e istituti di beneficenza.
Si dichiarava, inoltre, che la politica cubana in America sarebbe stata di stretta solidarietà coi paesi democratici del continente e che i perseguitati politici delle sanguinanti tirannie che opprimono le nazioni sorelle, avrebbero trovato nella patria di Martí, non come oggi persecuzione, fame e tradimento, bensì asilo generoso, fratellanza e pane. Cuba doveva essere baluardo di libertà e non anello vergognoso di dispotismo.
Queste leggi sarebbero state proclamate sul momento e ad esse sarebbero seguite, una volta finita la contesa e previo uno studio minuzioso del loro contenuto e portata, un'altra serie di leggi e misure anch'esse fondamentali come la riforma agraria, la riforma integrale dell'insegnamento e la nazionalizzazione della compagnia elettrica e della società telefonica, devoluzione al paese del surplus illegale che stanno riscuotendo con le loro tariffe e pagamento al fisco di tutte le somme che hanno sottratto all'azienda pubblica.
Tutte questi leggi prammatiche ed altre si sarebbero ispirate nel compimento stretto di due articoli essenziali della nostra Costituzione, uno dei quali dispone che si proscriva il latifondo e, agli effetti della sua sparizione, la legge segnali il massimo di estensione di terra che ad ogni persona o ente sia consentito possedere per ogni tipo di sfruttamento agricolo, adottando modalità che tendano a far ritornare la terra al cubano; e l'altro ordina categoricamente allo Stato di usare tutti i mezzi che siano alla sua portata per procurare occupazione a chiunque non l'abbia ed assicurare ad ogni lavoratore manuale o intellettuale un'esistenza decorosa. Nessuna di esse potrà essere tacciata pertanto di incostituzionalità.
Il primo governo di elezione popolare che verrebbe a sorgere immediatamente dopo, dovrebbe rispettarle, non solo perché avrebbe un compromesso morale con la nazione, bensì perché i paesi quando raggiungono le conquiste che stanno anelando da varie generazioni, non c'è forza maggiore al mondo capace di infiammarli.
Il problema della terra, il problema dell'industrializzazione, il problema dell'abitazione, il problema della disoccupazione, il problema dell'educazione ed il problema della salute del paese; ho concretato così i sei punti alla cui soluzione si sarebbero incamminati risolutamente i nostri sforzi, insieme alla conquista delle libertà pubbliche e la democrazia politica.
Magari apparirà fredda e teorica questa esposizione, se non si conosce la spaventosa tragedia che sta vivendo il paese in questi sei aspetti, sommata alla più umiliante oppressione politica.
L'ottantacinque percento dei piccoli agricoltori cubani sta pagando la rendita e vive sotto la perenne minaccia dello sgombro dai suoi appezzamenti. Più della metà delle migliori terre di produzione coltivate è in mani straniere. In Oriente, che è la provincia più larga, le terre dell'United Fruit Company e la West Indies uniscono la costa nord con la costa meridionale. Ci sono duecentomila famiglie contadine che non hanno una vara di terra dove seminare una qualche coltura per i suoi affamati figli e, invece rimangono senza coltivare, in mani di poderosi interessi, quasi trecentomila caballerías di terre produttive. Se Cuba è un paese eminentemente agricolo, se la sua popolazione è in gran parte contadina, se la città dipende dalla campagna, se la campagna fece l'indipendenza, se la grandezza e prosperità della nostra nazione dipende da un contadino salutare e vigoroso che ami e sappia coltivare la terra, da un Stato che lo protegga e l'orienti, come è possibile che continui questo stato di cose?
Salvo alcune industrie alimentari, del legno e tessili, Cuba continua ad essere una fabbrica produttrice di materia prima. Si esporta zucchero per importare caramelle, si esportano pelli per importare scarpe, si esporta ferro per importare aratri... Tutti sono d'accordo che la necessità di industrializzare il paese è urgente, che mancano le industrie chimiche, che devono migliorare l'allevamento, le coltivazioni, la tecnica e la lavorazione delle nostre industrie alimentari affinché possano resistere alla concorrenza rovinosa che fanno loro le industrie europee di formaggio, latte condensato, liquori ed olii e quelle di conserve nordamericane, che necessitiamo di barche mercantili, che il turismo potrebbe essere un'enorme fonte di ricchezze; ma i possessori del capitale esigono che gli operai passino sotto le forche caudine, lo Stato incrocia le braccia e l'industrializzazione spera nelle calende greche.
Tanto grave o peggiore è la tragedia dell'abitazione. Ci sono a Cuba duecentomila capanne e baracche; quattrocentomila famiglie delle campagne e della città vivono ammucchiate in baraccopoli, quartieri popolari e caseggiati senza le più elementari condizioni di igiene e salute; due milioni e duecentomila persone della nostra popolazione urbana pagano affitti che assorbono tra una quinto ed un terzo delle loro entrate; e due milioni e ottocentomila della nostra popolazione rurale e suburbana mancano di luce elettrica. Qui succede la stessa cosa: se lo Stato si propone di ribassare gli affitti, i proprietari minacciano di paralizzare tutte le costruzioni; se lo Stato si astiene, costruiscono finchè possono lucrare un tasso elevato di rendita, dopo non collocano una pietra in più benché il resto della popolazione viva alle intemperie. Altrettanto fa il monopolio elettrico: estende le linee fino al punto dove possa percepire un'utilità soddisfacente, a partire da lì non gli importa che le persone vivano nelle tenebre per il resto dei loro giorni. Lo Stato incrocia le braccia ed il popolo seguita a vivere senza case e senza luce.
Il nostro sistema educativo si completa perfettamente con tutto quanto esposto finora: In una campagna dove il contadino cubano non è padrone della terra, per che motivo volere scuole agricole? In una città dove non ci sono industrie, per che motivo volere scuole tecniche o industriali? Tutto sta dentro la stessa logica assurda: non c'è né una cosa né un'altra. In qualunque piccolo paese d'Europa esistono più di duecento scuole tecniche e di arti industriali; a Cuba, non superano le sei di numero ed i ragazzi escono coi loro titoli senza avere dove impiegarsi. Le scuole pubbliche delle campagne le frequentano scalzi, seminudi e denutriti, meno della metà dei bambini in età scolare, e molte volte è il maestro che deve acquistare con il proprio denaro il materiale didattico necessario. È così che si può fare una patria grande?
Da tanta miseria è possibile liberarsi solo con la morte; ed in quello sì che c'è l'aiuto dello Stato: a morire. Il novanta percento dei bambini delle campagne è divorato dai parassiti filtrati loro dalla terra attraverso le unghie dei piedi scalzi. La società si commuove davanti alla notizia del sequestro o l'assassinio di una creatura, ma rimane criminalmente indifferente davanti all'assassinio di massa che si commette con tante migliaia e migliaia di bambini che muoiono tutti gli anni per mancanza di risorse, agonizzando tra i rantoli del dolore, ed i cui occhi innocenti, con già in essi la lucentezza della morte, sembrano guardare verso l'infinito come chiedendo perdono per l'egoismo umano e affinchè non cada sugli uomini la maledizione di Dio. E quando un padre di famiglia lavora quattro mesi l'anno, con che cosa può comprare vestiti e medicine ai suoi figli? Cresceranno rachitici, a trent'anni non avranno un dente sano in bocca, avranno sentito dieci milioni di discorsi, e moriranno infine di miseria e delusione. L'accesso agli ospedali di Stato, sempre strapieni, è possibile solo mediante la raccomandazione di un magnate politico che esigerà allo sfortunato il suo voto e quello di tutta la sua famiglia, affinché Cuba seguiti ad essere sempre uguale o peggio.
Con tali antecedenti, come non spiegarsi che dal mese di maggio a quello di dicembre un milione di persone si trovino senza lavoro e che Cuba, con una popolazione di cinque milioni e mezzo di abitanti, abbia attualmente più disoccupati di Francia e Italia con una popolazione di più di quaranta milioni ognuna?
Quando voi giudicate un accusato per furto, signori giudici, non gli domandate quanto tempo è rimasto senza lavoro, quanti figli ha, quanti giorni della settimana ha mangiato e quanti giorni non ha mangiato, non vi preoccupate in assoluto per le condizioni sociali in mezzo a cui è costretto a vive: lo mandate in prigione senza altre considerazioni. Lì non vanno i ricchi che bruciano magazzini e negozi per riscuotere le polizze dell'assicurazione, benché si brucino anche degli esseri umani, perché hanno denaro a sufficienza per pagare avvocati e subornare giudici. Mandate in prigione l'infelice che ruba per fame, ma nessuno delle centinaia di ladri che hanno rubato milioni allo Stato dormì mai una notte dietro le sbarre: cenate con essi a fine anno, in qualche posto aristocratico, e godono del vostro rispetto. A Cuba, quando un funzionario diventa milionario di punto in bianco ed entra nella confraternita dei ricchi, può essere ricevuto con le stesse parole di quell'opulento personaggio di Balzac, Taillefer, quando brindò per il giovane che aveva appena ereditato un'immensa fortuna: "Signori, beviamo al potere dell'oro! Il signore Valentín, sei volte milionario, è appena asceso attualmente al trono. È re, può tutto, sta al di sopra di tutto, come succede a tutti i ricchi. D'ora in avanti l'uguaglianza davanti alla legge, proclamata di fronte alla Costituzione, sarà un mito per lui, non sarà sottomesso alle leggi, ma le leggi saranno sottomesse a lui. Per i milionari non esistono tribunali né sanzioni."
Il futuro della nazione e la soluzione dei suoi problemi non possono seguitare a dipendere dall'interesse egoista di una dozzina di finanzieri, dai freddi calcoli sui guadagni che tracciano nei loro uffici con l'aria condizionata dieci o dodici magnati. Il popolo non può continuare ad implorare in ginocchio i miracoli di questa manica di vitelli di oro che, come quello dell'Antico Testamento su cui si abbattè l'ira del profeta, non fanno miracoli di nessun genere. I problemi della Repubblica avranno soluzione solo se ci dedichiamo a lottare per lei con la stessa energia, onestà e patriottismo che investirono i nostri liberatori nel crearla. E non è certo con statisti dello stile di Carlos Saladrigas, il cui senso dello stato consiste nel lasciare tutto tale e quale a come sta e passare la vita farfugliando stupidità sulla "libertà assoluta d'impresa", "garanzie al capitale d'investimento" e la "legge dell'offerta e della domanda", che potranno risolversi tali problemi. In una palazzina della Quinta Avenida, questi ministri possono chiacchierare allegramente fino a che non rimanga più nemmeno la polvere delle ossa di quanti oggi reclamano soluzioni urgenti. E nel mondo attuale nessun problema sociale si risolve per generazione spontanea.
Un governo rivoluzionario con il sostegno del popolo ed il rispetto della nazione, dopo avere ripulito le istituzioni dai funzionari venali e corrotti, procederebbe immediatamente ad industrializzare il paese, mobilitando tutto il capitale inattivo che supera attualmente i millecinquecento milioni attraverso la Banca Nazionale e la Banca di Stimolo Agricolo ed Industriale e sottoponendo il grande compito allo studio, direzione, pianificazione e realizzazione di tecnici e uomini di assoluta competenza, completamente estranei ai maneggi della politica.
Un governo rivoluzionario, dopo avere collocato sui suoi appezzamenti in qualità di proprietari i centomila piccoli agricoltori che pagano oggi l'affitto, procederebbe a chiudere definitivamente il problema della terra, in primo luogo: stabilendo come ordina la Costituzione un massimo di estensione per ogni tipo di impresa agricola ed acquisendo l'eccesso mediante espropriazione, rivendicando le terre usurpate allo Stato, disseccando maremme e terreni paludosi, piantando enormi vivai e riservando zone per il rimboschimento forestale; in secondo: ripartendo il resto disponibile tra famiglie contadine con preferenza alle più numerose, promuovendo cooperative di agricoltori per l'utilizzo comune di attrezzature agricole di costo elevato, frigoriferi ed una medesima direzione professionale tecnica nella coltivazione e l'educazione e facilitando, infine, risorse, dotazioni, sostegni e conoscenze utili all'agricoltura.
Un governo rivoluzionario risolverebbe il problema degli alloggi ribassando risolutamente il cinquanta percento degli affitti, esimendo da ogni contribuzione le case abitate dagli stessi proprietari, triplicando le imposte sulle case affittate, demolendo gli infernali quartieri popolari per far sorgere al loro posto edifici moderni di molti piani e finanziando la costruzione di abitazioni in tutta l'Isola su scala mai vista, alla luce del criterio che se la cosa ideale nel campo è che ogni famiglia possieda il suo proprio appezzamento, la cosa ideale nella città è che ogni famiglia viva nella sua propria casa o appartamento. Ci sono pietra sufficiente e dovizia di braccia per dare ad ogni famiglia cubana un'abitazione decorosa. Ma se continuiamo a sperare nei miracoli del vitello di oro, passeranno mille anni ed il problema sarà uguale. D'altra parte, le possibilità di portare corrente elettrica fino all'ultimo angolo dell'Isola sono oggi maggiori che mai, per il fatto che è già una realtà l'applicazione dell'energia nucleare a questo ramo dell'industria, e questo ribasserà enormemente il suo costo di produzione.
Con queste tre iniziative e riforme il problema della disoccupazione sparirebbe automaticamente e la profilassi e la lotta contro le malattie sarebbe compito molto più facile.
Finalmente, un governo rivoluzionario procederebbe alla riforma integrale del nostro insegnamento, mettendolo in sintonia con le iniziative precedenti, in modo da preparare debitamente le generazioni che saranno chiamate a vivere in una patria più felice. Non si dimentichino le parole dell'Apostolo: "Si sta commettendo in [...] America Latina un errore grave: in paesi che vivono quasi completamente dei prodotti dei campi, viene educata esclusivamente per la vita urbana e non la si prepara per la vita campagnola." "Il paese più felice è quello che abbia educato meglio i suoi figli, nell'istruzione del pensiero e nella direzione dei sentimenti." "Un paese istruito sarà sempre forte e libero." Ma l'anima dell'insegnamento è il maestro, e gli educatori a Cuba li si paga miseramente; non c'è, tuttavia, essere più innamorato della sua vocazione del maestro cubano. Chi non imparò le sue prime lettere in una scuola pubblica? Basta continuare a pagare con elemosine gli uomini e donne che hanno nelle loro mani la missione più sacra del mondo di oggi e del domani che è l'insegnamento. Nessun maestro deve guadagnare meno di duecento pesos, come nessun professore di secondo livello deve guadagnare meno di trecentocinquanta, se vogliamo che si dedichino interamente alla loro elevata missione, senza dover vivere assediati da ogni tipo di meschine privazioni.
Deve inoltre concedersi ai maestri che svolgano la loro funzione nelle campagne, l'uso gratuito dei mezzi di trasporto; ed a tutti, ogni cinque anni per lo meno, una pausa dai propri compiti di almeno sei mesi con stipendio, affinché possano prender parte a corsi di specializzazione nel paese o all'estero, aggiornandosi nelle ultime conoscenze pedagogiche e migliorando costantemente i propri programmi e sistemi didattici. Da dove tirare fuori il denaro necessario? Quando non lo rubino, quando non ci siano funzionari venali che si lascino subornare dalle grandi imprese con detrimento del fisco, quando le immense risorse della nazione siano mobilitate e si smettano di comprare carri armati, bombardieri e cannoni in questo paese senza confinante, solo per guerreggiare contro il popolo, e si voglia educarlo invece di ammazzarlo, ci sarà allora denaro in eccesso.
Cuba potrebbe albergare splendidamente una popolazione tre volte maggiore; non ci sono dunque ragioni perché esista la miseria fra i suoi attuali abitanti. I mercati dovrebbero essere pieni di prodotti; le dispense delle case dovrebbero essere piene; tutte le braccia potrebbero essere impegnate a produrre laboriosamente. No, questo non è inconcepibile. La cosa inconcepibile è che ci siano uomini che si corichino con la fame finché rimane un pollice di terra da seminare; la cosa inconcepibile è che ci siano bambini che muoiano senza assistenza medica; la cosa inconcepibile è che il trenta percento dei nostri contadini non sappia firmare, ed il novanta nove percento non sappia la storia di Cuba; la cosa inconcepibile è che la maggioranza delle famiglie delle nostre campagne stiano vivendo in condizioni peggiori degli indios che trovò Colombo scoprendo la terra più bella che occhi umani videro.
A quelli che mi chiamano per questa convinzione sognatore, io rispondo con le parole di Martì: "Il vero uomo non guarda da che lato si vive meglio, ma da che lato sta il dovere; e questo è l'unico uomo pratico il cui sogno di oggi sarà la legge di domani, perchè colui che ha posto gli occhi agli organi vitali universali e visto ribollire i popoli, tra lamenti e sangue, nella conca dei secoli, egli sa che il divenire, senza nessuna eccezione, sta dal lato del dovere".
Unicamente inspirati a tali elevati propositi è possibile concepire l'eroismo di quelli che caddero a Santiago de Cuba. Gli scarsi mezzi materiali, sui quali dovemmo contare, impedirono il sicuro successo. Ai soldati dissero che Prío c'aveva dato un milione di pesos; volevano così sviare dal fatto per essi più grave: che il nostro movimento non aveva relazione alcuna col passato, che era una nuova generazione cubana con le sue proprie idee quella che si ergeva contro la tirannia, di giovani che non avevano che appena sette anni quando Batista cominciò a commettere i suoi primi crimini nell'anno 1934. La bugia del milione non poteva essere più assurda: se con meno di ventimila pesos abbiamo armato centosessantacinque uomini ed attaccato un reggimento ed uno squadrone, con un milione di pesos avremmo potuto armare ottomila uomini, attaccare cinquanta reggimenti, cinquanta squadroni, ed Ugalde Carrillo non l'avrebbe saputo fino a domenica 26 luglio, alle 5,15 della mattina. Si sappia che ne rimasero fuori venti per ognuno che venne a combattere, che perfettamente allenati non poterono venire perché non c'erano armi. Quegli uomini sfilarono per le strade di L'Avana con la manifestazione studentesca nel Centenario di Martí e riempivano, in massa compatta, sei isolati. Duecento in più che fossero potuto venire o venti bombe a mano in nostro possesso, e forse avremmo risparmiato a questo onorevole tribunale tanti disturbi.
I politici spendono nelle loro campagne milioni comprando coscienze, e un pugno di cubani che desiderarono salvare l'onore della patria dovette affrontare la morte con le mani vuote per carenza di risorse. Ciò spiega da chi è stato governato il paese sino ad ora, non da uomini generosi e fedeli, ma dal bassofondo della politicheria, la malavita della nostra vita pubblica. Con maggior orgoglio che mai dico che, conseguente ai nostri principi, nessun politico di ieri ci ha visti bussare alla sua porta chiedendo un centesimo, che i nostri mezzi furono messi insieme con esempio di sacrificio che non ha paragoni, come quello del giovane Elpidio Sosa che vendette la sua attrezzatura e si presentò da me un giorno con trecento pesos "per la causa"; Fernando Chenard, che vendette l'apparecchiatura dello studio fotografico con il quale si guadagnava da vivere; Pedro Marrero, che impegnò il suo stipendio di molti mesi e al quale fu necessario impedire che vendesse persino i mobili della sua casa; Oscar Alcalde, che vendette il suo laboratorio di prodotti farmaceutici; Jesus Montané, che consegnò il denaro che aveva risparmiato per più di cinque anni, e così nello stesso stile molti altri, spogliandosi ognuno di quel poco che aveva.
Bisogna avere una fede molto grande nella propria patria per agire così, e questi ricordi di idealismo mi portano direttamente al capitolo più amaro di questa difesa: il prezzo che fu fatto loro pagare dalla tirannia per il desiderio di liberare Cuba dalla oppressione e dall'ingiustizia.

Cadaveri amati quelli che un giorno
Sogni foste della patria mia,
Lanciate, lanciate sulla mia fronte
Polvere dalle vostre ossa corrose!
Toccate il mio cuore con le vostre mani!
Gemete alle mie orecchie!
Ognuno dev'essere dei miei gemiti
Lacrime di uno più dei tiranni!
Camminate al mio rancore; vagate mentre
Il mio essere il vostro spirito riceve
E datemi delle tombe lo sgomento
Ch'è già poco per piangere il pianto
Quando in infame schiavitù si vive!

Moltiplicate per dieci il crimine del 27 di novembre del 1871 ed avrete i crimini mostruosi e ripugnanti del 26, 27, 28 e 29 di Luglio del 1953 in Oriente. I fatti sono ancora recenti, però quando gli anni passeranno e il cielo della patria si schiarirà, quando gli animi esaltati si quieteranno e la paura non turberà più gli spiriti, si inizierà allora a vedere in tutta la sua spaventosa realtà la magnitudine del massacro, e le generazioni future rivolgeranno terrorizzate gli occhi a questo atto di barbarie senza precedenti nella nostra storia. Però non desidero che l'ira mi accechi, perché ho bisogno di tutta la chiarezza della mia mente e la serenità del cuore distrutto, per esporre i fatti così come occorsero, con tutta semplicità, senza drammatismi, perché provo vergogna come cubano, che alcuni uomini senz'anima, con i loro crimini inqualificabili, abbiano disonorato la nostra patria dinanzi al mondo.
Non fu mai il tiranno Batista un uomo di scrupoli, che tentenna prima di dire al popolo la più fantasiosa menzogna. Quando volle giustificare il colpo di stato traditore del 10 di marzo, inventò un supposto golpe militare che si sarebbe dovuto verificare nel mese di aprile e che "egli volle evitare affinché non fosse sommersa nel sangue la repubblica", storiella ridicola cui nessuno credette; e quando volle sommergere nel sangue la repubblica e soffocare nel terrore, nella tortura e nel crimine la giusta ribellione di una gioventù che non volle essere sua schiava, inventò allora bugie ancora più fantasiose. In che poco rispetto si tiene un popolo, quando si tenta di ingannarlo tanto miserabilmente! Lo stesso giorno che fui catturato, io assunsi pubblicamente la responsabilità del movimento armato del 26 di Luglio, e se una sola delle cose che disse il dittatore contro i nostri combattenti nel suo discorso del 27 di Luglio fosse stata vera, basterebbe a togliermi la forza morale nel processo. Tuttavia, perché non fui portato alle udienze? Perché falsificarono i certificati medici? Perché si violarono tutte le leggi della procedura e si disattesero scandalosamente tutte le ordinanze del tribunale? Perché si fecero cose mai viste in nessun processo pubblico al fine di evitare ad ogni costo la mia comparizione? Invece io feci l'indicibile per essere presente, reclamando dalla corte che venissi portato alle udienze nel pieno rispetto delle leggi, denunciando le manovre sui cavilli di legge, denunciando per ostacolarli; volevo dibattere con loro di fronte e faccia a faccia. Essi non vollero: chi temeva la verità e chi non la temeva?
Le cose che affermò il dittatore dal poligono dell'accampamento di Columbia, sarebbero degne di risa se non fossero così impregnate di sangue. Disse che gli attaccanti erano un gruppo di mercenari tra i quali c'erano molti stranieri; disse che la parte principale del piano era un attentato contro di lui - lui, sempre lui - come se gli uomini che assaltarono il baluardo del Moncada non avessero potuto ammazzarlo, lui e venti come lui, solo fossero stati d'accordo con simili metodi; disse che l'attacco era stato ideato dall'ex-presidente Prio e con il suo denaro, e si è provato sino alla sazietà l'assenza assoluta di ogni relazione tra questo movimento e il regime passato; disse che eravamo armati di mitragliatrici e bombe a mano, e qui i tecnici dell'Esercito hanno dichiarato che avevamo solo una mitragliatrice e nessuna bomba a mano; disse che avevamo sgozzato la postazione di guardia, e qui sono apparsi a verbale i certificati di morte e i certificati medici corrispondenti a tutti i soldati morti o feriti, dai quali risulta che nessuno presentava lesioni da arma bianca. Ma soprattutto, la cosa più importante, disse che avevamo accoltellato i malati dell'Ospedale Militare, ed i medici di quello stesso ospedale, niente meno che i medici dell'Esercito!, hanno dichiarato in giudizio che quell'edificio non fu mai occupato da noi, che nessun malato fu ucciso o ferito e che ci fu lì solo un caduto, corrispondente ad un impiegato sanitario che si affacciò imprudentemente ad una finestra.
Quando un capo di stato o chi pretende di esserlo fa dichiarazioni al paese, non parla per parlare: alberga sempre qualche obiettivo, persegue sempre un effetto, lo anima sempre un'intenzione. Se eravamo già stati militarmente vinti, se già non rappresentavamo più un pericolo per la dittatura, perché ci si calunniava in questo modo? Se non è chiaro che era un discorso sanguinario, se non è evidente che si pretendeva giustificare i crimini che si stavano commettendo dalla notte prima e che si andavano a commettere dopo, che parlino per me i numeri: il 27 luglio, nel suo discorso dal poligono militare, Batista disse che gli attaccanti avevano avuto trentadue morti; alla fine della settimana i morti salivano a più di ottanta. In quale battaglia, in quali luoghi, in quali combattimenti morirono questi giovani? Prima che parlasse Batista si erano assassinati più di venticinque prigionieri; dopo che parlò se ne assassinarono cinquanta.
Che grande senso dell'onore quello di quei militari modesti, tecnici e professionisti dell'Esercito, che al comparire dinanzi al tribunale non deformarono i fatti, e relazionarono attenendosi alla stretta verità. Questi sì che sono militari che onorano l'uniforme, questi sì che sono uomini! Nè il militare nè l'uomo vero è capace di macchiare la sua vita con la menzogna o il crimine. Io so che sono terribilmente indignati con i barbari omicidi che si commisero, io so che sentono con ripugnanza e vergogna l'odore di sangue omicida che impregna sino all'ultima pietra il Quartiere Moncada.
Esorto il dittatore a ripetere ora, se può, le sue vili calunnie contro le testimonianze di questi onorevoli militari, lo esorto a che giustifichi davanti al popolo di Cuba il suo discorso del 27 luglio, che non taccia, che parli! Che dica se la Croce d'Onore che pose al petto degli eroi del massacro era per premiare i crimini ripugnanti che si commisero; che assuma sin da ora la responsabilità davanti alla storia e non pretenda di dire poi che furono i soldati senza suoi ordini, che spieghi alla nazione i settanta omicidi; fu molto il sangue! La nazione ha bisogno di una spiegazione, la nazione lo domanda, la nazione lo esige.
Si sapeva che nel 1933, mentre terminava il combattimento dell'hotel Nazionale, alcuni ufficiali furono assassinati dopo essersi arresi, la qual cosa causò un'energica protesta della rivista Boema; si sapeva anche che, dopo la capitolazione del forte di Atarés, le mitragliatrici degli assedianti sventagliarono una fila di prigionieri e che un soldato, dopo aver domandato chi era Blas Hernández, l'assassinò sparandogli un colpo in pieno viso, soldato che in premio della sua azione vigliacca fu promosso ad ufficiale. Era quindi risaputo che l'assassinio di prigionieri è fatalmente unito nella storia di Cuba al nome di Batista. Rozza la nostra ingenuità che non lo comprendemmo chiaramente! Tuttavia, in quelle occasioni i fatti accaddero nel giro di minuti, non più che quello di una raffica di mitragliatrici quando gli animi erano ancora esaltati, benché non vi sia nessuna giustificazione per un simile procedere.
Non fu così a Santiago de Cuba. Qui tutte le forme di crudeltà, accanimento e barbarie furono sorpassate. Non si ammazzò durante un minuto, un'ora o un giorno intero, ma un'intera settimana; i colpi, le torture, i lanci dalla terrazza e gli spari non cessarono un istante come strumenti di sterminio maneggiati da artigiani perfetti del crimine. Il Quartiere Moncada si trasformò in un'officina di tortura e di morte, ed alcuni uomini indegni trasformarono l'uniforme militare in grembiuli da macellai. I muri si spruzzarono di sangue; nelle pareti le pallottole rimasero incrostate con frammenti di pelle, cervella e capelli umani, mescolati tra loro per gli spari a bruciapelo, ed il prato si coprì di oscuro ed appiccicoso sangue. Le mani criminali che reggono il destino di Cuba avevano scritto per i prigionieri, all'entrata di quell'antro di morte, la scritta dell'inferno: "Lasciate ogni speranza". Non coprirono neanche le apparenze, non si preoccuparono minimamente di dissimulare quello che stavano facendo: credevano di avere ingannato il popolo con le loro bugie e loro stessi finirono per ingannarsi. Si sentirono padroni e signori dell'universo, padroni assoluti della vita e della morte umana. Così, lo spavento dell'alba lo dissiparono in un banchetto di cadaveri, in una vera sbornia di sangue.
Le cronache della nostra storia che risalgono a quattro secoli e mezzo addietro, ci raccontano molti fatti di crudeltà, i massacri di indios indifesi, le atrocità dei pirati che saccheggiavano le coste, le assurdità dei guerriglieri nella lotta dell'indipendenza, le fucilazioni di prigionieri cubani ad opera dell'esercito di Weyler, gli orrori del machadato, fino ai crimini di marzo del 35; ma con nessuno si scrisse una pagina sanguinante tanto triste e buia, per il numero di vittime e per la crudeltà dei loro carnefici, come a Santiago de Cuba. Solo un uomo in tutti quei secoli ha macchiato di sangue due epoche distinte della nostra esistenza storica e ha inchiodato i suoi artigli nella carne di due generazioni di cubani. E per rovesciare questo fiume di sangue senza precedenti aspettò che fossimo nel Centenario dell'Apostolo e arrivasse a compiere cinquant'anni la repubblica che tante vite costò per la libertà, perché la responsabilità pesa su un uomo che aveva governato già come padrone assoluto per undici lunghi anni questo paese che per tradizione e sentimento ama la libertà e ripudia il crimine con tutta la sua anima, un uomo che non è stato, inoltre, né leale, né sincero, né onesto, né cavaliere un solo minuto della sua vita pubblica.
Non fu sufficiente il tradimento del gennaio del 1934, i crimini del marzo del 1935, e i quaranta milioni di fortuna che incoronarono la prima tappa; era necessario il tradimento del marzo del 1952, i crimini del luglio del 1953 ed i milioni che il tempo solo potrà dire. Dante divise il suo inferno in nove cerchi: mise nel settimo i criminali, mise nell'ottavo i ladri e mise nel nono i traditori. Duro dilemma quello che avrebbero i demoni per cercare un posto adeguato all'anima di quest'uomo... se quest'uomo avesse anima! Chi incoraggiò i fatti atroci di Santiago de Cuba, non ha nemmeno viscere.
Conosco molti dettagli di come si realizzarono questi crimini, per bocca di alcuni militari che ,pieni di vergogna, mi riferirono le scene di cui erano stati testimoni.
Finito il combattimento si lanciarono come belve infuriate sulla città di Santiago de Cuba e contro la popolazione indifesa sfogarono le prime ire. In piena strada e molto lontano dal posto dove ci furono i combattimenti, attraversarono il petto con un colpo ad un bambino innocente, che giocava vicino alla porta della sua casa, e quando il padre si avvicinò per raccoglierlo, gli attraversarono la fronte con un altro colpo. Al "Bambino" Cala che andava verso casa sua con una cartoccio di pane nelle mani, lo spararono senza proferire parola. Sarebbe interminabile riferire i crimini e gli oltraggi che si commisero contro la popolazione civile. E se in questo modo agirono con quelli che non avevano partecipato all'azione, può supporsi già l'orribile fortuna che occorse ai prigionieri partecipanti o che essi credevano avessero partecipato: perché come in questo procedimento inclusero molte persone completamente estranee ai fatti, così pure ammazzarono molti dei prigionieri catturati che non avevano niente a che vedere con l'attacco; questi non sono compresi nelle cifre delle vittime che hanno dato, le quali si riferiscono esclusivamente ai nostri uomini. Qualche giorno si saprà il numero totale di immolati.
Il primo prigioniero assassinato fu il nostro medico Mario Muñoz, che non portava armi nè uniforme e vestiva il suo camice di medico, un uomo generoso e competente che aveva prestato cura con la stessa devozione tanto all'avversario quanto all'amico ferito. Nel percorso dall'Ospedale Civile al Quartiere gli spararono un colpo alla schiena e lo lasciarono lì, con la bocca rivolta in basso in una pozza di sangue. Però la mattanza di prigionieri non cominciò sino alle tre del pomeriggio. Fino a quell'ora si aspettarono ordini. Arrivò dunque dall'Avana il generale Martin Diaz Tamayo, il quale portò istruzioni concrete uscite da una riunione dove si trovavano Batista, il capo dell'Esercito, il capo del SIM (Servizio di Intelligence Militare, Ndr) e altri. Disse che "era stata una vergogna e un disonore per l'Esercito aver avuto nel combattimento tre volte più vittime degli attaccanti e che si dovevano uccidere dieci prigionieri per ogni soldato morto" Questo fu l'ordine!
In ogni gruppo umano ci sono uomini dai bassi istinti, criminali nati, bestie portatrici di tutti gli atavismi ancestrali foderate di forma umana, mostri frenati dalla disciplina e dall'abitudine sociale, ma che se è fatto loro bere sangue a fiumi non cesseranno fino a che l'abbiano prosciugato. Quello di cui questi uomini necessitavano era precisamente un ordine come quello. Nelle loro mani perì la parte migliore di Cuba: la più coraggiosa, la più onesta, la più idealista. Il tiranno li chiamò mercenari, e lì essi stavano morendo come eroi nelle mani di uomini che riscuotono uno stipendio dalla Repubblica e che con le armi che ella consegnò loro affinché la difendessero servono gli interessi di una combriccola ed assassinano i migliori cittadini.
Per mezzo della tortura offrivano loro la vita se, tradendo la propria posizione ideologica, fossero stati disposti a dichiarare falsamente che Prio aveva dato loro il denaro, e come essi rifiutavano indignati la proposta, continuavano torturandoli orribilmente. Gli schiacciarono i testicoli e strapparono loro gli occhi, ma nessuno vacillò, né si sentì un lamento né una supplica: anche se li avevano privati dei propri organi virili, continuavano ad essere insieme mille volte più uomini che tutti i loro boia. Le fotografie non mentono e quei cadaveri appaiono distrutti. Provarono con altri mezzi; non erano riusciti col valore degli uomini e provarono il valore delle donne. Con un occhio umano insanguinato nelle mani si presentarono, un sergente e vari uomini, nella cella dove si trovavano le compagne Melba Hernández e Haydée Santamaría, e dirigendosi verso quest'ultima e mostrandogli l'occhio, gli dissero: "Questo è di tuo fratello, se tu non dici quello che lui non volle dire, gli strapperemo anche l'altro." Ella, che amava il suo coraggioso fratello al di sopra di ogni cosa, rispose loro piena di dignità: "Se a voi che gli avete strappato un occhio egli non disse nulla, tanto meno ve lo dirò io." Più tardi ritornarono e le bruciarono nelle braccia con mozziconi di sigaretta accesi, fino a che infine, pieni di dispetto, dissero nuovamente alla giovane Haydée Santamaría: "Oramai non hai più il fidanzato perché te l'abbiamo ammazzato." Ed ella rispose loro imperturbabile un'altra volta: "Egli non è morto, perché morire per la patria è vivere." Non fu mai messo in un posto tanto alto di eroismo e dignità il nome della donna cubana.
Non rispettarono neanche i feriti in combattimento, che erano reclusi in diversi ospedali della città, dove li andarono a cercare come avvoltoi che seguono la preda. Nel Centro Gallego penetrarono perfino in sala operatoria, nell'istante stesso che ricevevano una trasfusione di sangue due feriti gravi; li strapparono dai tavoli e siccome non potevano stare in piedi, li portarono trascinandoli fino al pianterreno dove arrivarono cadaveri.
Non poterono fare la stessa cosa nella Colonia Española, dove erano reclusi i compagni Gustavo Arcos e José Ponce, perché li ostacolò coraggiosamente il dottore Posata dicendogli che avrebbero dovuto passare sul suo cadavere.
A Pedro Miret, Abelardo Crespo e Fidel Labrador iniettarono loro aria e canfora nelle vene per ammazzarli nell'Ospedale Militare. Devono le loro vite al capitano Tamayo, medico dell'Esercito e vero militare d'onore che puntando la pistola li strappò ai boia e li trasportò nell'Ospedale Civile. Questi cinque giovani furono gli unici feriti che poterono sopravvivere.
Ogni mattina venivano estratti dall'accampamento gruppi di uomini e trasportati in automobili a Siboney, La Maya, Songo ed altri posti, dove venivano scaricati legati e imbavagliati, già deturpati dalle torture, per ammazzarli nei dintorni isolati. Poi li facevano risultare morti in combattimento con l'Esercito. Questo lo fecero per molti giorni e assai pochi prigionieri di quelli che erano detenuti sopravvissero.
Molti furono obbligati prima a scavare la propria sepoltura. Uno dei giovani, quando stava compiendo quell'operazione, si voltò e colpì con la picca il viso di uno degli assassini. Altri, inoltre, furono seppelliti vivi con le mani legate dietro la schiena. Molti posti solitari fanno da cimitero ai coraggiosi. Solamente nel campo di tiro dell'Esercito sono sepolti in cinque. Qualche giorno saranno dissotterrati e portati a spalle dal popolo fino al monumento che, vicino alla tomba di Martí, la patria libera alzerà ai "Martiri del Centenario".
L'ultimo giovane che assassinarono nella zona di Santiago de Cuba fu Marcos Martí. L'avevano fermato di mattina in una grotta in Siboney il giovedì 30 insieme al compagno Ciro Redondo. Mentre li portavano camminando per la strada con le braccia in alto, spararono al primo un colpo alla schiena e ormai al suolo lo finirono altre scariche. Al secondo lo condussero fino all'accampamento; quando lo vide il comandante Pérez Chaumont esclamò: "Ed a questo per che motivo me l'hanno portato!" Il tribunale potè ascoltare la narrazione del fatto per bocca di questo giovane che sopravvisse grazie a quello che Pérez Chaumont chiamò "una stupidità dei soldati."
La consegna era generale in tutta la provincia. Dieci giorni dopo il 26, un giornale di questa città pubblicò la notizia che, nella strada di Manzanillo a Bayamo, erano comparsi due giovani impiccati. Più tardi si seppe che erano i cadaveri di Hugo Camejo e Pedro Véliz. Lì ancora successe qualcosa di straordinario; le vittime erano tre; li avevano tirati fuori dal quartiere di Manzanillo alle 2:00 dell'alba; in un punto della strada li fecero cadere a terra e dopo li avere colpiti fino a far loro perdere i sensi, li strangolarono con una fune. Ma quando li avevano lasciati credendoli già morti, uno di essi, Andrés García, recuperò i sensi, cercò rifugio in casa di un contadino e grazie a ciò il tribunale potè conoscere anche con ogni lusso di dettagli il crimine. Questo giovane fu l'unico sopravvissuto di tutti i prigionieri che si fecero nella zona di Bayamo.
Vicino al fiume Cauto, in un posto conosciuto come Barrancas, giacciono in fondo a un pozzo cieco i cadaveri di Raúl de Aguiar, Armando Valle ed Andrés Valdés, assassinati a mezzanotte durante il tragitto da Alto Cedro a Palma Soriano dal sergente Montes de Oca, capoposto dell'acquartieramento di Miranda, dal capitano Maceo e dal tenente comandante di Alto Cedro, dove quelli furono fermati.
Negli annali del crimine merita una menzione d'onore il sergente Eulalio González, della caserma Moncada, soprannominato "El Tigre." Quest'uomo non ebbe poi la minima nausea nel vantarsi delle sue tristi imprese. Fu lui che assassinò il nostro compagno Abel Santamaría con le sue proprie mani. Ma non era soddisfatto. Un giorno in cui tornava dalla prigione di Boniato, nei cui cortili tiene un allevamento di galli da combattimento, salì sullo stesso autobus dove viaggiava la madre di Abel. Quando quel mostro comprese di chi si trattava, cominciò a riferire ad alta voce le sue gesta e disse ben alto affinché lo sentisse la signora vestita di lutto: "Perché io sì ho cavato molti occhi, e penso di seguitare a cavarne." I singhiozzi di quella madre davanti all'affronto vigliacco che gli veniva inferto dall'assassino di suo figlio, esprimono meglio di nessun altra parola l'obbrobrio morale senza precedenti che sta soffrendo la nostra patria. A quelle stesse madri, quando andavano alla caserma Moncada chiedendo dei loro figli, con cinismo inaudito rispondevano: "Come no, Signora!; vada a cercarlo all'hotel Santa Ifigenia dove glielo abbiamo ospitato." O Cuba non è Cuba, o i responsabili di questi fatti dovranno soffrire una punizione terribile! Uomini crudeli che insultavano maleducatamente il popolo quando si toglievano i cappelli al passaggio dei cadaveri dei rivoluzionari.
Le vittime furono tante che ancora il governo non ha osato darne la lista completa, sanno che le cifre non hanno proporzione alcuna. Essi hanno i nomi di tutti i morti, perché prima di assassinare i prigionieri gli prendevano le generalità. Tutta quella lunga trafila di identificazione attraverso il Gabinete Nacional fu una pura pantomima; e ci sono famiglie che non sanno ancora la sorte dei loro figli. Se sono passati già quasi tre mesi, perché non si dice l'ultima parola?
Voglio far notare che ai cadaveri furono perquisite le tasche, cercando fino all'ultimo centesimo, e furono spogliati dei capi d'abbigliamento personali, anelli ed orologi, che oggi stanno usando sfacciatamente gli assassini.
Gran parte di quello che ho appena riferito lo sapevate già anche voi, signori magistrati, attraverso le dichiarazioni dei miei compagni. Ma avrete visto come, in questo processo, non hanno permesso di intervenire a molti testimoni compromettenti, che invece assistettero alle udienze dell'altro giudizio. Sono mancate, ad esempio, tutte le infermiere dell'Ospedale Civile, nonostante stiano qui di fianco, lavorando nello stesso edificio dove si celebra questa udienza; non le lasciarono comparire affinché non potessero affermare davanti alla corte, rispondendo alle mie domande, che qui furono fermati venti uomini vivi, oltre al dottore Mario Muñoz. Essi temevano che nell'interrogatorio dei testimoni io potessi far dedurre per iscritto a verbale attestazioni molto pericolose.
Ma venne il comandante Pérez Chaumont, e non potè sottrarsi. Quello che successe con questo eroe di battaglie contro uomini senza armi ed ammanettati, dà l'idea di quello che sarebbe successo nel Palazzo di Giustizia se dal processo non mi avessero sequestrato. Gli domandai quanti i nostri uomini erano morti nei suoi celebri combattimenti di Siboney. Titubò. Io ebbi a insistere, e mi disse finalmente che erano ventuno. Siccome io so che quei combattimenti non sono mai avvenuti, gli domandai quanti feriti avevamo avuto. Mi rispose nessuno: erano tutti morti. Per quel motivo, attonito, gli riposi chiedendo se l'Esercito stesse usando armi atomiche. Indubbiamente dove ci sono assassinati con colpi a bruciapelo non ci sono feriti. Gli domandai quindi quante perdite aveva avuto l'Esercito. Mi rispose due feriti. Gli domandai infine se qualcuno di quelli feriti era morto, e mi disse di no. Rimasi in attesa. Sfilarono più tardi tutti i feriti dell'Esercito e risultò che nessuno era stato in Siboney. Quello stesso maggiore Pérez Chaumont, che a malapena arrossiva per avere assassinato ventuno giovani indifesi, s'è costruito sulla spiaggia di Ciudamar un palazzo che vale più di centomila pesos. I suoi risparmi in solo pochi mesi di servizio. E se tanto ha risparmiato il comandante, quanto avranno risparmiato i generali!
Signori Giudici, dove stanno i nostri compagni detenuti nei giorni 26, 27, 28 e 29 luglio che si sa erano più di settanta nella zona di Santiago de Cuba? Solamente tre e le due ragazze sono ricomparsi, gli altri colpiti furono più tardi tutti detenuti. Dove stanno i nostri compagni feriti? Solamente cinque sono ricomparsi: i rimanenti vennero ugualmente assassinati. Le cifre sono irrefutabili. Qui, al contrario, hanno sfilato venti militari che furono nostri prigionieri e che secondo le loro stesse parole non ricevettero neppure un'offesa. Qui hanno sfilato trenta feriti dell'Esercito, molti di loro in combattimenti sulla strada, e nessuno fu giustiziato. Se l'Esercito ebbe diciannove morti e trenta feriti, com'è possibile che noi abbiamo avuto ottanta morti e cinque feriti? Chi ha mai visto combattimenti con ventun morti e nessun ferito come quelli favolosi di Pérez Chaumont?
Lì ci sono le cifre dei caduti nei forti combattimenti della Columna Invasora nella guerra del '95, tanto quegli in cui riuscirono vittoriosi come in quelli in cui furono vinte le armi cubane: combattimento di Los Indios, di Las Villas: dodici feriti, nessun morto; combattimento di Mal Tiempo: quattro morti, ventitrè feriti; combattimento di Calimete: sedici morti, sessantaquattro feriti; combattimento di La Palma: trentanove morti, ottantotto feriti; combattimento di Cacarajícara: cinque morti, tredici feriti; combattimento del Descanso: quattro morti, quarantacinque feriti; combattimento di San Gabriel del Lombillo: due morti, diciotto feriti... in tutti assolutamente il numero di feriti è due volte, tre volte e fino a dieci volte maggiore che quello dei morti. E non esistevano allora i moderni progressi della scienza medica che diminuiscono il tasso di mortalità.
Come può spiegarsi la favolosa proporzione di sedici morti per un ferito, se non giustiziando i feriti nell'ospedale stesso e assassinando poi gli indifesi prigionieri? Questi numeri parlano senza possibilità di replica. "E' una vergogna e un disonore per l'Esercito aver avuto nel combattimento un numero di vittime tre volte superiore agli attaccanti; bisogna ammazzare dieci prigionieri per ogni soldato morto..." Questo è il concetto che hanno dell'onore i caporali divenuti generali il 10 di marzo, e questo è l'onore che desiderano imporre all'Esercito nazionale. Onore falso, onore di apparenza che si basa sulla menzogna, l'ipocrisia ed il crimine; assassini che plasmano con il sangue una maschera d'onore. Chi disse loro che morire combattendo è un disonore? Chi disse loro che l'onore di un Esercito consiste nell'assassinare feriti e prigionieri di guerra?
In guerra gli eserciti che assassinano i prigionieri si sono sempre guadagnati il disprezzo e l'esecrazione del mondo. Tale vigliaccheria non ha giustificazione neppure trattandosi di nemici della patria che stiano invadendo il territorio nazionale. Come scrisse un liberatore dell'America del Sud, "neppure la più stretta obbedienza militare può cambiare la spada del soldato nella lama del boia."
Il militare d'onore non assassina il prigioniero indifeso dopo il combattimento, ma lo rispetta; non giustizia il ferito, ma lo aiuta; impedisce il crimine e se non può impedirlo fa come quel capitano spagnolo che sentendo gli spari con cui si fucilavano gli studenti ruppe indignato la sua spada e rinunciò di continuare a servire quell'esercito.
Quelli che assassinarono i prigionieri non si comportarono come degni compagni di quelli che morirono. Io vidi molti soldati combattere con magnifico valore, come quelli della pattuglia che spararono contro di noi con le loro mitragliatrici in un combattimento quasi corpo a corpo, o quel sergente che sfidando la morte diede l'allarme per mobilitare l'accampamento. Alcuni sono vivi, me ne rallegro; altri sono morti; mi dispiace solo che uomini valorosi siano caduti difendendo una brutta causa. Quando Cuba sarà libera, dovrà rispettare, proteggere ed aiutare anche le mogli e i figli dei coraggiosi che caddero di fronte a noi. Essi sono innocenti delle disgrazie di Cuba, essi sono altrettante vittime di questa nefasta situazione.
Ma l'onore che guadagnarono i soldati che colpiti dalle armi morirono nel combattimento lo macchiarono i generali facendo assassinare i prigionieri dopo il combattimento. Uomini che diventarono generali dalla mattina alla sera senza aver sparato un colpo, che comprarono le loro stelle con l'alto tradimento della Repubblica, che fanno assassinare i prigionieri di un combattimento al quale non parteciparono: questi sono i generali del 10 di marzo, generali che non sarebbero serviti neppure per incitare le mule che caricavano le vettovaglie dell'Esercito di Antonio Maceo.
Se l'Esercito ebbe tre volte più perdite di noi fu perché i nostri uomini erano magnificamente allenati, come loro stessi dissero, e perché si erano prese misure tattiche adeguate, come loro stessi riconobbero. Se l'Esercito non fece una figura più brillante, se fu completamente sorpreso a dispetto dei milioni che consuma il SIM in spionaggio, se le loro bombe a mano non esplosero perché erano vecchie, si deve a chi mantiene generali come Martín Díaz Tamayo e colonnelli come Ugalde Carrillo ed Alberto del Rio Chaviano. Non furono diciassette traditori messi nelle file dell'Esercito come quello 10 marzo, bensì centosessantacinque uomini che attraversarono l'Isola da un estremo ad un altro per affrontare la morte a viso scoperto. Se quei capi avessero avuto onore militare avrebbero rinunciato ai loro incarichi invece di lavare la loro vergogna e la loro incapacità personale nel sangue dei prigionieri.
Ammazzare prigionieri indifesi e dopo dire che furono uccisi in combattimento, quella è tutta la capacità militare dei generali del 10 di marzo. Così agivano negli anni più crudeli dalla nostra guerra di indipendenza i peggiori sgherri di Valeriano Weyler. Le Cronache della guerra ci narrano il seguente passaggio: "Il giorno 23 di febbraio entrò in Punta Brava l'ufficiale Baldomero Acosta con un seguito di cavalleria, nel momento che, per la strada opposta, accorreva un plotone del reggimento Pizarro al comando di un sergente, lì conosciuto come Barriguilla. I ribelli scambiarono alcuni colpi con la gente di Pizarro, e si ritirarono per la strada che unisce Punta Brava col casale di Guatao. Ai cinquanta uomini di Pizarro seguiva una compagnia di volontari di Marianao ed un'altra del corpo di Orden Público, al comando del capitano Calvo [...] Seguirono la marcia verso Guatao, e penetrando l'avanguardia nel casale incominciò il massacro contro il vicinato pacifico; assassinarono dodici abitanti del posto.[...] Con maggiore celerità la colonna comandata dal capitano Calvo, diede di mano a tutti i civili che correvano per il paese, e legandoli fortemente in qualità di prigionieri di guerra, li fece marciare verso L'Avana. [...] Non sazi ancora degli oltraggi commessi alla periferia di Guatao, portarono a compimento un'altra barbara esecuzione che causò la morte di uno dei prigionieri e terribili ferite agli altri. Il marchese di Cervera, militare palatino e tronfio, comunicò a Weyler la preziosissima vittoria ottenuta per le armi spagnole; ma il comandante Zugasti, uomo di dignità, denunciò al governo quanto successo, e qualificò assassinii di civili pacifici le morti perpetrate dal facinoroso capitano Calvo ed il sergente Barriguilla.
L'intervento di Weyler in questo orribile evento ed il suo giubilo conoscendo i particolari del massacro, si scoprono in modo palpabile nel dispaccio ufficiale che indirizzò al ministro della Guerra a giustificazione del cruento massacro. "Piccola colonna organizzata dal maggiore militare Marianao con forze della guarnigione, volontari e artiglieri agli ordini del capitano Calvo di Orden público, battè, annientandoli, partigiani di Villanueva e Baldomero Acosta vicino a Punta Brava (Guatao), causando loro venti morti che consegnò, per la loro sepoltura al sindaco Guatao, facendone quindici prigionieri, tra essi un ferito [...] e si suppone riportarono molti feriti; noi avemmo un ferito grave, e vari contusi lievi. Weyler."
In che cosa si differenzia questo bollettino di guerra di Weyler dai rapporti del colonello Chaviano che rendono conto delle vittorie del comandante Pérez Chaumont? Solo nel fatto che Weyler comunicò venti morti e Chaviano ne comunicò ventuno; Weyler menziona un soldato ferito nelle sue fila, Chaviano ne menziona due; Weyler parla di un ferito e cinque prigionieri nel campo nemico, Chaviano non parla nè di feriti nè di prigionieri
Come ho ammirato il valore dei soldati che seppero morire, ammiro e riconosco che molti militari si comportarono con dignità e non si macchiarono le mani in tale orgia di sangue. Non pochi prigionieri sopravvissuti dovettero vita all'onorevole atteggiamento di militari come il tenente Sarría, il tenente Camps, il capitano Tamayo e altri che custodirono cavallerescamente i loro prigionieri. Se uomini come quelli non avessero salvato l'onore delle forze armate, oggi sarebbe più rispettabile portare addosso un straccio da cucina che un'uniforme.
Per i miei compagni morti non chiedo vendetta. Dato che le loro vite non avevano prezzo, non potrebbero pagarla con la loro tutti i criminali messi insieme. Non è con il sangue che si può pagare la vita dei giovani che morirono per il bene di un popolo; la felicità di questo popolo è l'unico prezzo degno che si può pagare per quelle vite.
In più i miei compagni non sono dimenticati, nè morti; vivono oggi più che mai e i loro assassini devono vedere terrorizzati come sorge dai loro cadaveri eroici lo spettro vittorioso delle loro idee. Che parli per me l'Apostolo: "C'è un limite al pianto durante la sepoltura dei morti, ed è l'amore infinito per la patria e la gloria che si vede sopra i loro corpi, che non teme, non si abbatte nè mai si indebolisce; perchè i corpi dei martiri sono l'altare più bello della dignità".

... Quando si muore
Nelle braccia della patria gradita,
La morte finisce, la prigione si rompe;
Comincia alla fine, con il morir, la vita!

Fin qui mi sono attenuto quasi esclusivamente ai fatti. Siccome non dimentico che sto davanti ad un Tribunale di Giustizia che mi giudica, dimostrerò ora che unicamente dalla nostra parte sta il diritto e che la sanzione imposta ai miei compagni e quella che si pretende di impormi, non hanno giustificazione dinanzi alla ragione, dinanzi alla società e dinanzi alla vera giustizia.
Voglio essere personalmente rispettoso coi signori magistrati e vi sarò grato non vediate nella rudezza delle mie verità nessuna avversione contro di voi. I miei ragionamenti sono diretti solo a dimostrare la falsità e fallacia della posizione adottata nella presente situazione da tutto il Potere Giudiziario, del quale ciascun tribunale non è più che un semplice pezzo obbligato a procedere, fino ad un certo punto, per lo stesso sentiero che traccia la macchina, senza che questo giustifichi, naturalmente, nessun uomo ad agire contro i propri principi. So perfettamente che la massima responsabilità è dell'alta oligarchia che si piegò servilmente ai dettami dell'usurpatore, tradendo la nazione senza un gesto degno e rinunciando all'indipendenza del Potere Giudiziario. Eccezioni rispettabili hanno tentato di rammendare il malconcio onore con scelte particolari, ma il gesto dell'esigua minoranza ha a malapena trasceso, soffocato dagli atteggiamenti di maggioranze sottomesse ed ovine. Questo fatalismo, tuttavia, non mi impedirà di esporre la ragione che mi assiste. Se il portarmi davanti a questo tribunale non è più che pura commedia per dare apparenza di legalità e giustizia all'arbitrio, sono disposto a strappare fortemente con mano il velo infame che copre tanta sfrontatezza. Risulta curioso che gli stessi che mi portano davanti a voi affinché mi si giudichi e condanni non hanno rispettato un solo ordine di questo tribunale.
Se questo giudizio, come avete detto, è il più importante che si è portato davanti ad un tribunale da quando si instaurò la Repubblica, può essere che quello che io dica qui si perda nella congiura di silenzio che mi ha voluto imporre la dittatura, ma su quello che voi farete, la posterità girerà molte volte gli sguardi. Pensate che ora state giudicando un accusato, ma voi, a vostra volta, sarete giudicati non una sola volta, bensì molte, tante volte quante il presente sia sottoposto alla critica demolitrice del futuro. Qui quello che io dico si ripeterà allora molte volte, non perché lo si sia ascoltato dalla mia bocca, bensì perché il problema della giustizia è eterno, ed al di sopra delle opinioni dei giureconsulti e teorici, il popolo ha di essa un senso profondo. I popoli possiedono una logica semplice, ma implacabile, maldisposta verso tutto ciò che è assurdo e contraddittorio, e se c'è qualcuno, inoltre, che odia con tutta la sua anima il privilegio e la disuguaglianza, quello è il popolo cubano.
Sa che la giustizia viene rappresenta come una donzella, una bilancia ed una spada. Se la vede prostrarsi codarda davanti ad alcuni e brandire furiosamente l'arma su altri, se l'immaginerà allora come una prostituita che brandisce un pugnale. La mia logica, è la logica semplice del popolo.
Voglio narrarvi una storia. C'era una volta una Repubblica. Aveva la sua Costituzione, le sue leggi, le sue libertà; Presidente, Parlamento, Tribunali; tutti potevano riunirsi, associarsi, parlare e scrivere in piena libertà. Il governo non soddisfaceva il popolo, però il popolo poteva cambiarlo e già mancavano alcuni giorni per farlo. Esisteva un'opinione pubblica rispettata e riverita e tutti i problemi di interesse collettivo erano discussi liberamente. C'erano partiti politici, ore dottrinali di radio, programmi polemici della televisione, atti pubblici e nel popolo palpitava l'entusiasmo. Questo popolo aveva sofferto molto e se non era felice, desiderava esserlo e aveva diritto a ciò. Lo avevano ingannato molte volte e guardava al passato con vero terrore. Credeva ciecamente che questo non potesse tornare; era orgoglioso del suo amore per la libertà e viveva convinto che essa sarebbe stata rispettata come cosa sacra; sentiva una fiducia nobile nella certezza che nessuno potesse provare a commettere il crimine di attentare contro le proprie istituzioni democratiche. Desiderava un cambiamento, un miglioramento, un progresso, e lo vedeva vicino. Tutta la sua speranza stava nel futuro.
Povero popolo! Una mattina la cittadinanza si svegliò di soprassalto; nelle ombre della notte gli spettri del passato avevano congiurato mentre essa dormiva, e ora la tenevano afferrata per le mani, per i piedi e per il collo. Quegli artigli erano conosciuti, quelle fauci, quelle falci di morte, quegli stivali... No, non era un incubo; si trattava della triste e terribile realtà: un uomo chiamato Fulgencio Batista aveva appena commesso l'orribile crimine che nessuno s'aspettava.
Successe dunque che un umile cittadino di quel popolo, che desiderava credere nelle leggi della Repubblica e nell'integrità dei suoi giudici, contro quanti aveva visto accanirsi molte volte contro gli infelici cercò un Codice di Difesa Sociale per vedere che castigo prescriveva la società per l'autore di un simile fatto e trovò quanto segue:
"Incorrerà nella sanzione della privazione della libertà da sei a dieci anni colui che effettuerà qualsiasi atto diretto a cambiare in tutto o in parte, per mezzo della violenza, la Costituzione dello Stato o la forma di governo stabilita".
"Si imporrà una sanzione di privazione della libertà da tre a dieci anni all'autore di un atto diretto a promuovere una sollevazione di gente armata contro i Poteri Costituzionali dello Stato. La sanzione sarà la reclusione da cinque a dieci anni se si porta ad effetto l'insurrezione".
"Colui che commetterà il fatto col fine determinato di ostacolare, in tutto o in parte, ancorché solo temporaneamente, al Senato, alla Camera di Rappresentanti, ai Rappresentanti, al Presidente della Repubblica o alla Corte suprema di Giustizia, l'esercizio delle proprie funzioni costituzionali, incorrerà in una sanzione di privazione della libertà da sei a dieci anni."
"Colui che abbia tentato di ostacolare o disturbare la celebrazione di elezioni generali; [...] incorrerà in una sanzione di privazione della libertà da quattro ad otto anni."
"Colui che introduca, pubblichi, propaghi o tenti di fare eseguire a Cuba, disposizione, ordine o decreto che tenda [...] a provocare l'inosservanza delle leggi vigenti, incorrerà in una sanzione di privazione della libertà da due anni a sei anni."
"Colui che senza facoltà di farlo né ordine del Governo, prenderà il comando di truppe, caserme, fortezze, postazioni militari, milizie o barche o aeronavi da guerra incorrerà in una sanzione di privazione della libertà da cinque a dieci anni."
"Uguale sanzione si comminerà a quello che abbia usurpato l'esercizio di una funzione attribuita dalla Costituzione come propria di alcuno dei Poteri dello Stato."
Senza dire parola a nessuno, con il Codice in una mano e le carte nell'altra, il menzionato cittadino si presentò nel vecchio edificio della capitale dove funzionava il tribunale competente, che era obbligato a promuovere l'azione penale e castigare i responsabili di quel fatto, e presentò uno scritto denunciando i delitti e chiedendo per Fulgencio Batista e per i suoi diciassette complici la sanzione di centoeotto anni di carcere come stabiliva di comminare il Codice di Difesa Sociale, con tutte le aggravanti di recidività, dolo e clandestinità.
Passarono giorni e mesi. Che tradimento. L'accusato non era molestato, passeggiava per la Repubblica come un barone, lo chiamavano onorevole signore e generale, destituì e nominò magistrati, e niente meno il giorno dell'apertura dell'anno giudiziario si vide l'imputato seduto al posto d'onore, tra gli augusti e venerabili patriarchi della nostra giustizia.
Passarono ancora giorni e mesi. Il popolo si stancò di abusi e di beffe. I popoli si stancano! Venne la lotta, e quindi quell'uomo, che stava fuori dalla legge, che aveva occupato il potere con la violenza e che contro la volontà del popolo e aggredendo l'ordine legale, quell'uomo - dicevamo - torturò, assassinò, incarcerò e accusò dinanzi ai tribunali quelli che lottavano per la legge e per ridare al popolo la sua libertà.
Signori Giudici: Io sono quel cittadino che un giorno si presentò inutilmente dinanzi al Tribunale per chiedere che castigasse quegli ambiziosi che violarono le leggi e ridussero in cenere le nostre istituzioni, e ora è me che si accusa di volere abbattere questo regime illegale e ristabilire la Costituzione legittima della Repubblica, mi si è tenuto settantasei giorni in una cella di isolamento, senza parlare con nessuno né vedere almeno mio figlio; mi si è condotto attraverso la città tra due mitragliatrici pesanti, mi si è trasportato in questo ospedale per giudicarmi segretamente con tutta severità ed un pubblico ministero col Codice in mano, molto solennemente, chiede per me ventisei anni di prigione.
Mi direte che quella volta i giudici della Repubblica non agirono perché gli fu impedito con la forza. Dunque, confessatelo: questa volta ugualmente la forza vi obbligherà a condannarmi. La prima volta non poteste castigare il colpevole; la seconda dovrete castigare l'innocente. La donzella della giustizia due volte violentata con la forza.
E quanta loquacità per giustificare l'ingiustificabile, spiegare l'inspiegabile e conciliare l'inconciliabile! Fino a che si son dati finalmente ad affermare, come suprema ragione, che il fatto crea il diritto. Cioè che il fatto di avere lanciato i carri armati ed i soldati per le strade, impadronendosi del Palazzo Presidenziale, della Tesoreria della Repubblica e degli altri edifici pubblici, e mirare con le armi al cuore del paese, crea il diritto a governarlo. Lo stesso argomento poterono utilizzare i nazisti che occuparono le nazioni dell'Europa ed installarono in esse governi di burattini.
Ammetto e credo che la rivoluzione sia forte del diritto; ma non potrà richiamarsi mai rivoluzione l'assalto notturno a mano armata del 10 di marzo. Nel linguaggio volgare, come disse José Ingenieros, normalmente si dà il nome di rivoluzione ai piccoli disordini che un gruppo di insoddisfatti promuove per togliere agli inetti le loro prebende politiche o i loro vantaggi economici, risolvendosi generalmente nel cambiamento di alcuni uomini con altri, in una nuova ripartizione di impieghi e benefici. Quello non è il criterio del filosofo della storia, non può essere quello dell'uomo di studio.
Non già,quindi, nel senso di cambiamenti profondi negli organismi sociale, poichè sulla superficie del pantano pubblico non si vide muoversi neanche un'onda che agitasse il marciume regnante. Se nel regime anteriore c'era politicume, questo ha moltiplicato per dieci la rapina e ha duplicato per cento la mancanza di rispetto della vita umana.
Si sapeva che Barriguilla aveva rubato ed aveva assassinato, che era milionario, che aveva nella capitale molti edifici di appartamenti, azioni di numerose compagnie straniere, conti favolosi in banche nordamericane, che spartì beni comuni per diciotto milioni di pesos, che si sistemava nel più lussuoso hotel dei milionari yankee, ma quello che nessuno potrà mai credere è che Barriguilla fosse rivoluzionario. Barriguilla è il sergente di Weyler che assassinò dodici cubani nel Guatao... In Santiago de Cuba furono settanta. De te fabula narratur.
Quattro partiti politici governavano il paese prima del 10 di marzo: Auténtico, Liberal, Demócrata e Republicano. A due giorni dal golpe aderì il Republicano; non era passato ancora un anno che il Liberal e il Demócrata stavano già un'altra volta al potere, Batista non ristabiliva la Costituzione, non ristabiliva le libertà pubbliche, non ristabiliva il Congresso, non ristabiliva il voto diretto, non ristabiliva infine nessuna delle istituzioni democratiche strappate al paese, ma ristabiliva Verdeja, Guas Inclán, Salvito García Ramos, Anaya Murillo, e con gli alti gerarchi dei partiti tradizionali nel governo, quanto di più corrotto, rapace, conservatore ed antidiluviano nella politica cubana. Questa è la rivoluzione di Barriguilla!
Assente del più elementare contenuto rivoluzionario, il regime di Batista ha significato in tutti gli aspetti una retrocessione di vent'anni per Cuba. Tutti hanno dovuto pagare ben caro il suo ritorno, ma principalmente le classi umili che stanno passando fame e miseria, mentre la dittatura che ha rovinato il paese con la corruzione, l'inettitudine e gli affanni, si dedica alla più ripugnante politica, inventando formule e ancora formule di perpetuarsi nel potere, benché si regga su un mucchio di cadaveri ed un mare di sangue.
Né una sola iniziativa coraggiosa è stata dettata. Batista vive legato mani e piedi ai grandi interessi, e non poteva essere altrimenti, per la sua mentalità, per la carenza totale di ideologia e di principi, per l'assenza assoluta della fede, la fiducia e il sostegno delle masse. Fu un semplice cambiamento di mani ed una spartizione di bottino tra gli amici, parenti, complici e la remora di parassiti voraci che integrano l'impalcatura politica del dittatore. Quanti obbrobri sono stati fatti soffrire al popolo affinché un gruppo di egoisti che non sentono per la patria la minima considerazione possano trovare nella cosa pubblica un modus vivendi facile e comodo!.
Con quanta ragione disse Eduardo Chibás nel suo discorso postumo che Batista incoraggiava il ritorno dei coroneles, del palmacristi e della ley de fuga! Immediatamente dopo il 10 di marzo cominciarono a prodursi un'altra volta atti davvero vandalici che si credevano esiliati per sempre da Cuba: l'assalto all'Universitad del Aire, attentato senza precedenti ad un'istituzione culturale, dove i gangsters del SIM si mischiarono coi mocciosi della gioventù del PAU; il sequestro del giornalista Mario Kuchilán, rapito in piena notte dalla sua casa e torturato selvaggiamente fino a lasciarlo quasi irriconoscibile; l'assassinio dallo studente Rubén Batista e le fucilate criminali contro una pacifica manifestazione studentesca vicino alla stessa muraglia dove i volontari fucilarono gli studenti del 71; uomini che sputarono sangue dai polmoni davanti agli stessi tribunali di giustizia per le barbare torture che avevano applicato loro i corpi repressivi, come nel processo del dottor García Bárcena. E non riferisco qui le centinaia di casi nei quali gruppi di cittadini sono stati bastonati brutalmente senza distinzione di uomini o donne, giovani o vecchi. Tutto questo prima del 26 di Luglio.
Dopodichè, si sa già, neanche il cardinale Arteaga fu immune da atti di questa natura. Tutto il mondo sa che fu vittima degli agenti repressivi. Ufficialmente affermarono che era opera di una banda di ladri. Per una volta dissero la verità, che cos'altro è questo regime?...
La cittadinanza ha appena contemplato inorridita il caso del giornalista che fu rapito e sottoposto a torture di fuoco per venti giorni. In ogni fatto un cinismo inaudito, un'ipocrisia infinita: la vigliaccheria di sfuggire la responsabilità ed incolpare invariabilmente i nemici del regime. Metodi di governo che non hanno niente da invidiare alla peggiore combriccola di gangster. Hitler si assunse la responsabilità per i massacri del 30 giugno del 1934 dicendo che era stato per 24 ore la Corte Suprema della Germania; gli sbirri di questa dittatura che, vile e codarda, non è paragonabile con nessun altra per bassezza, sequestrano, torturano, assassinano, e dopo incolpano vigliaccamente gli avversari del regime. Sono i metodi tipici del sergente Barriguilla.
In tutti questi fatti che ho menzionato, signori magistrati, neppure una sola volta sono apparsi i responsabili per essere giudicati dai tribunali. Come! Non era questo il regime dell'ordine, della pace pubblica e del rispetto alla vita umana?
Se tutto questo ho qui riferito è affinché mi sia detto se tale situazione può chiamarsi rivoluzione generatrice di diritto; se è o no lecito lottare contro di essa; se non devono essersi molto prostituiti i tribunali della Repubblica per mandare in prigione i cittadini che vogliono liberare la propria patria di tanta infamia.
Cuba sta soffrendo un crudele e ignobile dispotismo e voi non ignorate che la resistenza di fronte al dispotismo è legittima; questo è un principio universalmente riconosciuto e la nostra Costituzione del 1940 lo consacrò espressamente nell'articolo 40: "E' legittima la resistenza adeguata per la protezione dei diritti individuali precedentemente garantiti". Di più, anche se non l'avesse consacrato la nostra legge fondamentale, è presupposto senza il quale non può concepirsi l'esistenza di una collettività democratica. Il professore Infiesta nel suo libro di Diritto Costituzionale stabilisce una differenza tra Costituzione Politica e Costituzione Giuridica, e dice che "a volte si includono nella Costituzione Giuridica principi costituzionali che, senza di essa, richiederebbero ugualmente il consenso del popolo, come i principi della maggioranza o della rappresentanza nelle nostre democrazie." Il diritto di insurrezione dinanzi alla tirannia è uno di quei principi che, sia o no incluso nella Costituzione Giuridica, ha sempre piena vigenza in una società democratica. La proposizione di questa questione davanti ad un tribunale di giustizia è uno dei problemi più interessanti del diritto pubblico. Duguit ha detto nel suo Trattato di Diritto Costituzionale che "se l'insurrezione fallisce, non esisterà tribunale che osi dichiarare che non ci furono cospirazione o attentato contro la sicurezza dello Stato, che il governo era tirannico e l'intenzione di abbatterlo era legittima." Ma si noti bene che non dice "il tribunale non dovrà", ma che "non esisterà tribunale che osi dichiarare"; più chiaramente che non ci sarà tribunale che osi sfidare, che non ci sarà tribunale sufficientemente coraggioso per farlo sotto una tirannia. La questione non ammette alternativa; se il tribunale è coraggioso e compie il suo dovere, oserà.
Si è appena discusso rumorosamente la validità della Costituzione di 1940; il Tribunale di Garanzie Costituzionali e Sociali decise contro di essa ed a favore degli Statuti; tuttavia, signori giudici, io sostengo che la costituzione di 1940 continua ad essere vigente. La mia affermazione potrà sembrare assurda ed estemporanea; ma non vi meravigliate, sono io che mi meraviglio che un tribunale di diritto abbia cercato di dare un vile colpo di spugna alla Costituzione legittima della Repubblica. Come fatto fin qui, aderendo rigorosamente ai fatti, alla verità e alla ragione, dimostrerò quello che ho appena affermato. Il Tribunale di Garanzie Costituzionali e Sociali fu istituito per l'articolo 172 della Costituzione del 1940, completato dalla Legge Organica numero 7 del 31 maggio del 1949. Queste leggi, in virtù delle quali fu creato, gli concessero, in materia di incostituzionalità, una competenza specifica e determinata: risolvere i ricorsi di incostituzionalità contro leggi, decreti-legge, risoluzioni o atti che neghino, diminuiscano, restringano o adulterino i diritti e le garanzie costituzionali o che ostacolino il libero funzionamento degli organi dello Stato. Nell'articolo 194 si stabiliva ben chiaramente: "I giudici e tribunali sono obbligati a risolvere i conflitti tra le leggi vigenti e la Costituzione conformandosi al principio che questa prevalga sempre su quelle." D'accordo, dunque, con le leggi che gli diedero origine, il Tribunale di Garanzie Costituzionali e Sociali doveva pronunciare sempre a beneficio della Costituzione. Se quel tribunale fece prevalere gli Statuti al di sopra della Costituzione della Repubblica uscì completamente dalle sue competenze e facoltà, realizzando, pertanto, un atto giuridicamente nullo. La decisione in sé stessa, inoltre, è assurda e la cosa assurda non ha validità, né in realtà né in diritto, non esiste neanche metafisicamente. Per molto venerabile che sia, un tribunale non potrà mai dire che il cerchio è quadrato, o, il che è uguale, che l'embrione grottesco del 4 aprile può chiamarsi Costituzione di uno Stato.
Intendiamo per Costituzione la legge fondamentale e suprema di una nazione che definisce la sua struttura politica, regola il funzionamento degli organi dello Stato e mette limiti alle loro attività, deve inoltre essere stabile, duratura e piuttosto rigida. Gli Statuti non presentano nessuno di questi requisiti. Innanzitutto contengono una contraddizione mostruosa, spudorata e cinica in ciò che è più essenziale, e cioè relativamente all'integrazione della Repubblica col principio della sovranità. L'articolo 1 dice: "Cuba è un Stato indipendente e sovrano organizzato come Repubblica democratica..." Il Presidente della Repubblica sarà designato per il Consiglio dei Ministri. E chi sceglie il Consiglio dei Ministri? L'articolo 120, comma 13: "Spetta al Presidente nominare e rinnovare liberamente i ministri, sostituendoli nei modi che ritenga opportuni." Chi sceglie chi, alla fine? Non è questo il classico problema dell'uovo e la gallina, che nessuno ha risolto ancora?
Un giorno si riunirono diciotto avventurieri. Il piano era assaltare la Repubblica col suo bilancio di trecentocinquanta milioni. Con la complicità del tradimento e delle ombre misero in atto il loro proposito: "Ed ora che cosa facciamo?" Disse uno di essi agli altri: "Voi mi nominate primo ministro ed io vi nomino generali." Fatto questo cercò venti alabardieri e disse loro: "Io vi nomino ministri e voi mi nominate presidente." Così si nominarono l'un l'altro generali, ministri, presidente e rimasero col Tesoro e la Repubblica.
E non è che si trattasse dell'usurpazione della sovranità per una sola volta, per nominare ministri, generali e presidente, ma un uomo si dichiarò in alcuni statuti padrone assoluto, non già della sovranità, bensì della vita e della morte di ogni cittadino e dell'esistenza stessa della nazione. Per questo motivo sostengo che non solamente è traditore, vile, codardo e ripugnante l'atteggiamento del Tribunale di Garanzie Costituzionali e Sociali, ma anche assurdo.
C'è negli Statuti un articolo che è passato abbastanza inavvertito ma che è quello che dà la chiave di volta di questa situazione e dal quale possiamo trarre conclusioni decisive. Mi riferisco alla clausola di riforma contenuta nell'articolo 257 e che dice testualmente: "Questa Legge Costituzionale potrà essere riformata dal Consiglio dei Ministri con un quorum dei due terzi dei suoi membri." Qui la beffa arrivò al colmo. Non hanno solo esercitato la sovranità per imporre al paese una Costituzione senza contare sul suo consenso e scegliere un governo che concentrasse nelle sue mani tutti i poteri, ma grazie all'articolo 257 fanno definitivamente proprio l'attributo più essenziale della sovranità, che è la facoltà di riformare la legge suprema e fondamentale della nazione, cosa che hanno fatto già varie volte dal 10 di marzo, benché affermino col maggiore cinismo del mondo nell'articolo 2 che la sovranità risiede nel popolo e da lui promanano tutti i poteri. Se per realizzare queste riforme basta la conformità del Consiglio dei Ministri, rimane allora nelle mani di un solo uomo il diritto di fare e disfare la Repubblica, un uomo che è inoltre il più indegno di quelli che sono nati in questa terra. E questo fu quanto accettato dal Tribunale di Garanzie Costituzionali, ed è valido e legale tutto quello che da ciò deriva? Ebbene, vedete quello che accettò: "Questa Legge Costituzionale potrà essere riformata dal Consiglio dei Ministri con il quorum dei due terzi dei suoi membri." Tale facoltà non riconosce limiti; al riparo di essa qualunque articolo, qualunque capitolo, qualunque titolo, la legge intera può essere modificata. L'articolo 1, per esempio, che menzionai già, dice che "Cuba è uno Stato indipendente e sovrano organizzato come Repubblica democratica" - benché in realtà sia oggi una satrapía sanguinante - ; l'articolo 3 dice che "il territorio della Repubblica è costituito dall'Isola di Cuba, la Isla de Pinos e le altre isole e isolotti adiacenti..."; e così di seguito. Batista ed il suo Consiglio dei Ministri, al riparo dell'articolo 257, possono modificare tutti questi attributi, dire che Cuba non è ora una Repubblica, bensì una Monarchia Ereditaria ed ungersi egli, Fulgencio Batista, Re; possono smembrare il territorio nazionale e vendere una provincia ad un paese straniero come fece Napoleone con la Louisiana; possono sospendere il diritto alla vita e, come Erode, ordinare di sgozzare i bambini neonati: tutte queste misure sarebbero legali e voi dovreste mandare in prigione chiunque si opponga, come si pretendete di fare con me in questo momento. Ho fatto esempi estremi affinché si capisca meglio quanto triste ed umiliante sia la nostra situazione. E queste facoltà onnicomprensive in mani di uomini che in realtà sono capaci di vendere la Repubblica con tutti i suoi abitanti!
Se il Tribunale di Garanzie Costituzionali accettò simile situazione, che cosa aspetta ad appendere le toghe al chiodo? È un principio elementare di diritto pubblico che non esiste costituzionalità dove il Potere Costitutivo ed il Potere Legislativo risiedono nello stesso organismo. Se il Consiglio dei Ministri fa le leggi, i decreti, i regolamenti e contemporaneamente ha facoltà di modificare la Costituzione in dieci minuti, maledetta la mancanza che ci fa un Tribunale di Garanzie Costituzionali! La sua sentenza è, dunque, irrazionale, inconcepibile, contraria alla logica e le leggi della Repubblica che voi, signori giudici, giuraste di difendere. Al cedere a favore degli Statuti non rimase tuttavia abolita la nostra legge suprema; bensì il Tribunale di Garanzie Costituzionali e Sociali si mise fuori dalla Costituzione, rinunciò alla sua giurisdizione, si suicidò giuridicamente. Che riposi in pace!
Il diritto di resistenza che stabilisce l'articolo 40 di quella Costituzione è pienamente vigente. Lo si approvò affinché funzionasse mentre la Repubblica andava normalmente? No, perché era per la Costituzione quello che una scialuppa di salvataggio è per un'imbarcazione in alto mare, che non si lancia in acqua se non quando l'imbarcazione è stata silurata da nemici appostati sulla sua rotta. Tradita la Costituzione della Repubblica e strappate al popolo tutte le sue prerogative, gli rimaneva solo quel diritto che nessuna forza può togliergli, il diritto a resistere all'oppressione e all'ingiustizia. Se ancora rimane qualche dubbio, qui c'è un articolo del Codice di Difesa Sociale che non dovrebbe dimenticare il signor Pubblico Ministero, e che recita testualmente: "Le autorità di nomina del Governo o per elezione popolare che non avranno resistito all'insurrezione a tutti i costi e con ogni possibilità che fossero alla loro portata, incorreranno in una sanzione di interdizione speciale da sei a dieci anni."
Era obbligo dei magistrati della Repubblica resistere al colpo di mano traditore del 10 di marzo. Si capisce perfettamente che quando nessuno ha compiuto la legge, quando nessuno ha compiuto il dovere, si invia in prigione gli unici che hanno compiuto la legge ed il dovere.
Non potrete negarmi che il regime di governo che è stato imposto alla nazione è indegno della sua tradizione e della sua storia. Nel suo libro, Lo spirito delle leggi, che servì di fondamento alla moderna divisione dei poteri, Montesquieu distingue per la loro natura tre tipi di governo: "il Repubblicano in cui il paese intero o una parte del paese ha il potere sovrano; il Monarchico in cui uno solo governa ma con ordinamento di leggi fisse e determinate; ed il Dispotico in cui uno solo, senza leggi e senza regole, può tutto senza altri limiti che la sua volontà ed il suo capriccio." Quindi aggiunge: "Un uomo al quale i suoi cinque sensi gli dicono senza cessare che egli è tutto, e che gli altri non sono niente, è naturalmente ignorante, pigro, voluttuoso." "Come è necessaria la virtù in una democrazia, l'onore in una monarchia, è necessario la paura in un governo dispotico; in quanto alla virtù, non è necessaria, ed in quanto all'onore, sarebbe pericoloso."
Il diritto alla ribellione contro il dispotismo, signori giudici, è stato riconosciuto dalla più lontana antichità sino al presente, da uomini di tutte le dottrine, di tutte le idee e di tutte le credenze. Nelle monarchie teocratiche della più remota antichità in Cina, era praticamente un principio costituzionale che quando il re governasse in modo turpe e dispotico, fosse deposto e rimpiazzato da un principe virtuoso.
I pensatori dell'antica India impararono la resistenza attiva contro gli arbitri dell'autorità. Giustificarono la rivoluzione e tradussero molte volte le proprie teorie in pratica. Una delle sue guide spirituali diceva che "un'opinione sostenuta da molti è più forte dello stesso re. La fune tessuta con molte fibre è sufficiente a trascinare un leone."
Le città stato della Grecia e la Repubblica Romana, non ammettevano solo, ma apologetizzavano la morte violenta dei tiranni.
Nel Medioevo, Juan di Salisbury nel suo Libro dell'uomo di Stato, dice che quando un principe non governa secondo diritto e degenera in tiranno, è lecita e giustificata la sua deposizione violenta. Raccomanda che contro il tiranno si usi il pugnale invece del veleno.
San Tommaso d'Aquino, nella "Summa Theologica" rifiutò la dottrina della tirannide, e sostenne, senza dubbio, la tesi che i tiranni devono essere deposti dal popolo.
Martin Lutero proclamò che quando il governo degenera in tirannide ferendo la legge, i sudditi sono liberati dal dovere dell'ubbidienza. Il suo discepolo Felipe Melanchton sostiene il diritto di resistenza quando i governi si trasformano in tiranni. Calvino, il pensatore più notevole della Riforma dal punto di vista delle idee politiche, postula che il popolo ha diritto a prendere le armi per opporsi a qualsiasi usurpazione.
Niente meno che un gesuita spagnolo dell'epoca di Filippo II, Juan Mariana, nel suo libro "De Rege et Regis Institutione", afferma che quando il governante usurpa il potere, o quando eletto, regge la vita pubblica in maniera tirannica, è lecito l'assassinio con un semplice accorgimento, farlo direttamente o, avvalendosi dell'inganno, col minore tumulto possibile.
Lo scrittore francese Francisco Hotman sostenne che tra governanti e sudditi esiste un vincolo di contratto, e che il popolo può sollevarsi in una ribellione di fronte alla tirannia dei governi quando questi violano quel patto.
In quella stessa epoca appare anche un opuscolo che fu molto letto, intitolato Vindiciae Contra Tyrannos, firmato sotto lo pseudonimo di Stephanus Junius Brutus, in cui si proclama apertamente che è legittima la resistenza ai governi quand'essi opprimono il popolo e che era dovere dei magistrati onorevoli capeggiare la lotta.
I riformatori scozzesi Juan Knox e Juan Poynet sostennero questo stesso punto di vista, e nel libro più importante di quel movimento, scritto da Jorge Buchnam, si dice che se il governo esercita il potere senza contare sul consenso del popolo o dirige i destini di questo in una maniera ingiusta ed arbitraria, si trasforma in tiranno e può essere destituito o privato della vita nell'ultimo caso.
Juan Altusio, giurista tedesco dei principi del secolo XVII, nel suo Trattato di politica, dice che la sovranità in quanto autorità suprema dello Stato nasce dal concorso volontario di tutti i suoi membri; che l'autorità suprema dello Stato nasce dal concorso volontario del governo col riconoscimento del popolo e che il suo esercizio ingiusto, antigiuridico o tirannico esime il popolo dal dovere di obbedienza e giustifica la resistenza e la ribellione.
Fin qui, signori magistrati, ho menzionato esempi dell'Antichità, del Medioevo e dei primi tempi dell'Età Moderna: : scrittori di tutte le idee e tutte le credenze. Di più, come vedrete, questo diritto sta nella radice stessa della nostra esistenza politica, grazie ad esso voi potete vestire oggi quelle toghe di magistrati cubani, che volesse il cielo fossero per la giustizia.
E' risaputo che in Inghilterra, nel secolo XVII, furono detronizzati due re, Carlo I e Giacomo II, per atti di dispotismo. Questi fatti coincisero con la nascita della filosofia politico liberale, essenza ideologica di una nuova classe sociale che lottava allora per rompere le catene del feudalesimo. Di fronte alle tirannie di diritto divino, quella filosofia oppose il principio del contratto sociale ed il consenso dei governati, e servì da fondamento alla rivoluzione inglese di 1688, ed alle rivoluzioni americana e francese del 1775 e1789. Questi grandi avvenimenti rivoluzionari aprirono il processo di liberazione delle colonie spagnole in America, il cui ultimo anello fu Cuba. In questa filosofia si alimentò il nostro pensiero politico e costituzionale, che venne sviluppandosi dalla prima Costituzione di Guáimaro fino a quella del 1940, influenzata quest'ultima già dalle correnti socialiste del mondo attuale che consacrarono in essa il principio della funzione sociale del della proprietà ed il diritto inalienabile dell'uomo a un'esistenza decorosa, la cui piena validità hanno ostacolato i grandi interessi costituiti.
Il diritto di insurrezione contro la tirannia ricevette allora la sua consacrazione definitiva e si trasformò in postulato essenziale della libertà politica.
Già nel 1649 John Milton scrive che il potere politico risiede nel popolo, il quale può nominare o destituire i re, e ha il dovere di eliminare i tiranni.
John Locke nel suo "Trattato di Governo" sostiene che quando si violano i diritti naturali dell'uomo, il popolo ha il diritto e il dovere di sopprimere o cambiare il governo: "L'unico rimedio contro la forza senza autorità sta nell'opporre ad essa la forza". Jean Jacques Rousseau dice con molta eloquenza nel suo "Contratto Sociale": "Mentre un popolo si vede forzato a obbedire e obbedisce, fa bene; e non appena può strapparsi il giogo e se lo strappa, fa meglio, recuperando la sua libertà con lo stesso diritto con cui gli è stata tolta".
"Il più forte non è mai sufficientemente forte per essere sempre il padrone, se non trasforma la forza in diritto e l'obbedienza in dovere. [...] La forza è un potere fisico; non vedo che moralità possa derivare dai suoi effetti. Cedere alla forza è un atto di necessità, non di volontà; tutto il resto è un fatto di prudenza. In che senso potrà essere questo un dovere?"
"Rinunciare alla propria libertà è rinunciare alla qualità dell'uomo, ai diritti dell'Umanità, e perfino ai suoi doveri. Non c'è ricompensa possibile per quegli che rinuncia a tutto. Tale rinuncia è incomparabile con la natura dell'uomo; e togliere tutta la libertà alla volontà è togliere tutta la moralità alle azioni. Infine, è una convinzione vana e contraddittoria stipulare da un lato con un'autorità assoluta e per un'altra con un'obbedienza senza limiti..."
Thomas Paine disse che "un uomo giusto è più degno di rispetto che un ruffiano incoronato."
Solo scrittori reazionari si opposero a questo diritto dei popoli, come quel chierico della Virginia, Jonathan Boucher, che disse che "Il diritto alla rivoluzione era una dottrina condannabile derivante da Lucifero, il padre delle ribellioni."
La Dichiarazione di Indipendenza del Congresso di Filadelfia il 4 Luglio del 1776, consacrò questo diritto in un bel paragrafo che dice: "Sosteniamo come verità evidenti che tutti gli uomini nascono uguali; che a tutti il Creatore conferisce loro certi diritti inalienabili tra i quali si contano la vita, la libertà ed il conseguimento della felicità; che per assicurare questi diritti si istituiscono tra gli uomini governi i cui giusti poteri derivano dal consenso di quanti sono governati; che purché una forma di governo tenda a distruggere quelle finalità, il popolo ha diritto a riformarla o abolirla, ed istituire un nuovo governo che si fonda su detti principi ed organizzi i suoi poteri nella forma che a suo giudizio garantisca meglio la loro sicurezza e felicità."
La famosa Dichiarazione Francese dei Diritti dell'Uomo lasciò alle generazioni future questo principio: "Quando il governo viola i diritti del popolo, l'insurrezione è per questo il più sacro dei diritti e il più imperioso dei doveri" "Quando una persona si impossessa della sovranità deve essere condannata a morte dagli uomini liberi"
Credo di aver giustificato sufficientemente il mio punto di vista: sono più ragioni di quelle che brandì il signor Pubblico Ministero per chiedere ch'io sia condannato a ventisei anni di carcere; tutte assistono gli uomini che lottano per la libertà e la felicità di un popolo; nessuna quanti l'opprimono, sviliscono e saccheggiano spietatamente; per questo motivo io ho dovuto esporne molte ed egli non potè esporne una sola. Come giustificare la presenza di Batista al potere, potere cui arrivò contro la volontà del popolo e violando col tradimento e la forza le leggi della Rivoluzione? Come chiamare rivoluzionario un governo dove si sono coniugati gli uomini, le idee ed i metodi più retrogradi della vita pubblica? Come considerare giuridicamente valido l'alto tradimento di un tribunale la cui missione era difendere la nostra Costituzione? Con che diritto mandare in prigione cittadini che vennero a dare, per il decoro della propria patria, il proprio sangue e la propria vita?
Questo è mostruoso davanti agli occhi della nazione ed ai principi della vera giustizia!
Però c'è una ragione che ci assiste, più potente di tutte le altre: siamo cubani ed essere cubano implica un dovere, non compierlo è un crimine ed un tradimento. Viviamo orgogliosi della storia della nostra patria; l'apprendiamo a scuola e siamo cresciuti udendo parlare di libertà, di giustizia e di diritti.
Ci fu presto insegnato a venerare l'esempio glorioso dei nostri eroi e dei nostri martiri. Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez e Martí furono i primi nomi che si fissarono nel nostro cervello; ci fu insegnato che il Titano aveva detto che la libertà non si mendica, ma si conquista col filo del machete; ci fu insegnato che per l'educazione dei cittadini nella patria libera, scrisse l'Apostolo nel suo libro L'Età di Oro: "Un uomo che si accontenta di ubbidire a leggi ingiuste, e permette che calpestino il paese in cui nacque gli uomini che glielo maltrattano, non è un uomo onesto. Nel mondo dev'esserci una certa quantità di decoro, come deve aversi una certa quantità di luce. Quando ci sono molti uomini senza decoro, ci sono sempre altri che hanno in sé il decoro di molti uomini. Questi sono quelli che si ribellano con forza terribile contro coloro che rubano ai popoli la loro libertà, chè è come rubare agli uomini il loro decoro. In quegli uomini operano migliaia di uomini, si muove un popolo intero, agisce la dignità umana..." Ci fu insegnato che il 10 ottobre ed il 24 febbraio sono effemeridi gloriose e di gioia patria, perché segnano i giorni in cui i cubani si ribellarono contro il giogo dell'infame tirannia; ci fu insegnato a volere e difendere la bella bandiera della stella solitaria, ed a cantare tutti i pomeriggi un inno i cui versi dicono che vivere in catene e vivere in affronto e di obbrobrio sommersi, e che morire per la patria è vivere. Tutto questo apprendemmo e non lo dimenticheremo, benché oggi nella nostra patria si stia assassinando ed imprigionando gli uomini per aver praticato le idee che insegnarono loro dalla culla. Nascemmo in un paese libero che ci lasciarono i nostri padri, e sprofonderà l'Isola nel mare prima che acconsentiremo ad essere schiavi di qualcuno.
Sembrava che l'Apostolo andasse a morire nell'anno del suo centenario, che la sua memoria si estinguesse per sempre, tanto era l'affronto! Ma vive, non è morto, il suo popolo è ribelle, il suo popolo è degno, il suo popolo è sempre fedele al suo ricordo; ci sono cubani che sono caduti difendendo le sue dottrine, ci sono giovani che vennero a morire vicino alla sua tomba in magnifico risarcimento, a donargli il loro sangue e la loro vita affinché egli continui a vivere nell'anima della patria. Cuba, che cosa sarebbe di te se avessi lasciato morire il tuo Apostolo!
Termino la mia difesa, però non lo farò come fanno sempre tutti gli avvocati, chiedendo la libertà del difeso; non posso chiederla quando i miei compagni stanno soffrendo a Isla de Pinos una prigionia ignobile. Inviatemi insieme a loro a condividere la loro sorte, è concepibile che gli uomini che hanno onore siano morti o prigionieri in una repubblica dove è presidente un criminale e un ladro.
Ai signori magistrati, la mia sincera gratitudine per avermi permesso di esprimermi liberamente, senza meschine coazioni; non vi conservo rancore, riconosco che in certi aspetti siete stati umani e so che il presidente di questo tribunale, uomo di vita limpida, non può dissimulare la sua ripugnanza per lo stato di cose regnanti che l'obbliga a dettare una sentenza ingiusta.
Resta tuttavia all'Udienza un problema più grave: qui si svolgono i procedimenti avviati per i settanta omicidi, cioè per il più grande massacro che abbiamo conosciuto, e i colpevoli restano liberi con l'arma in mano, che è una minaccia perenne per la vita dei cittadini; se non cade sopra di essi tutto il peso della legge, per codardia o perchè ve lo impediscono, e non rinunciano in pieno tutti i giudici, io ho pietà della vostra dignità e compatisco la macchia senza precedenti che cadrà sopra il Potere Giudiziario.
In quanto a me so che il carcere sarà duro come non lo è mai stato per nessuno, pieno di minacce, di vile e codardo rancore, però non lo temo, così come non temo la furia del tiranno miserabile che ha preso la vita di settanta miei fratelli.
Condannatemi, non importa, la storia mi assolverà.


Pronunciato dall'avvocato Fidel Alejandro Castro Ruz nel processo per i fatti del Moncada, il 16 ottobre del 1953

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